sábado, 7 de diciembre de 2013

SIETE (FINAL)



¿Acaso existe la manera de alterar el pasado? ¿De modificar las malas decisiones que tomamos? ¿De evitar aquellos errores que nos afectan aun en el presente? Gaspar se encuentra a punto de prender fuego aquella caja que tenía la sencilla habilidad de hacer desaparecer a siete persona cuyo nombre se deposite dentro de ella. Cinco personas habían desaparecido, la ciudad de Arroyo Seco conmovida, su sobrina secuestrada y sin salida cierta. Se encuentra en el predio frente a la perrera municipal donde a su lado se encuentra la misma mujer que días atrás le había entregado ese cofre en la plaza San Martín.
“Nada va a cambiar con prenderla fuego” – le aclara la mujer. El apaga el encendedor y se acerca a ella que permanecía inmutable. Casi actúa por impulso agrediéndola pero se controla y solo se limita a hablarle con la voz fuerte: “No quiero saber más nada con esta caja… ¡no aguanto más todo esto!” Gaspar se quebró en llanto lleno de impotencia. Ella le recuerda que todo llegaría a su fin solo cuando siete personas sean desaparecidas por esa magia: “y te das cuenta que no es tan sencillo cuando anhelas que determinada persona deje de existir por más mala que resulte.”
El patea la caja arrojándola a varios metros. Pero en lo profundo comprendía que las palabras de la mujer eran ciertas; que aun las personas menos insignificantes en la vida valen, y que no por dejar de existir, las cosas mejorarían como muchas veces pensamos. “¿Cómo hago para que aparezcan todos?” – le preguntó pero ella le indica que no había forma, que esas desapariciones eran similares a la muerte misma.
Lejos de allí, cerca del barrio Güemes la policía comandada por el agente Marcos ingresa bruscamente a una vivienda donde finalmente logran recuperar a la pequeña Damaris que estaba secuestrada por el hermano de Mario, la primera persona que Gaspar había hecho desaparecer. Rápidamente unas mujeres policías constatan el estado de salud de la niña y se la llevan a su madre en el hospital Nº 50 que al verla, recuperó sus fuerzas luego de una intensa angustia.
Gaspar queda sentado en el césped a metros de la caja y sin la mujer. Y para cuando intenta ponerse de pie para caminar hacia ella, rápidamente es iluminado por las luces de los móviles del comando radioeléctrico. Decenas de perros comenzaron a ladrar desde el predio del otro lado de la ruta y varios agentes se precipitan sobre él reduciéndolo y finalmente lo trasladan con caja en manos a la seccional 27ª dejándolo solo en una habitación contigua a la del comisario. Al  rato ingresa Marcos que tras indicarle que habían recuperado a su sobrina, viene a reclamar el trabajo solicitado: hacer desaparecer a una persona más.
Ahora es el mismo Gaspar quien le explica al oficial que por más que las personas que menos queremos desaparezcan, eso no resuelve los problemas de convivencia ni mejora las demás relaciones; “piense muy bien a quién hará desaparecer… no hay vuelta atrás, ¡aprenda a valorar a cada uno de los que tiene a su lado aun a los que menos tolere!” – le expresó. Marcos consintió con esas palabras y salió para pensar dejándolo solo en la habitación.
Observando el silencio del cuarto, pasa por su cabeza una secuencia de imágenes de los que ya no estaban. Mario, quien lo había hostigado toda su adolescencia y parte de la juventud. Alfredo, su mal llevado encargado de la fábrica. Ulises, su padre alcohólico y golpeador de su esposa. Renato, al agente que iba a arrestarlo. La inocente mujer policía que le devolvió la caja. Y por último, Tania, su novia. Todos ellos, ya no estaban ni jamás volverían a estarlo. Todos ellos importantes para su vida, aun aquellos que parecían más difíciles de sobrellevar. Y no había manera de revertir esto solamente que pasar largos años en una cárcel esperando que pocos o casi nadie creyeran en el misterioso poder de esa caja que aun permanecía frente a él.
Tenía como un nudo en la garganta. Estaba lleno de dolor. Se quiebra y no puede parar de llorar. Se pone de pie, se rasca su cabellera y vuelve a sentarse. Golpea su pecho y vuelve a pararse. Por momento pasan por su memoria las voces y los rostros de los que hizo desaparecer. Finalmente se acerca al cobre, coloca su propio nombre en un papel y lo coloca adentro. Comenzó a observar cómo su propia mano comenzaba a esfumarse, luego su brazo, sus piernas y el resto del cuerpo. Al mismo instante, la caja también desaparece. Cuando ingresa el agente, era demasiado tarde y solo quedaban en el cuarto muebles y papeles; emite una pequeña sonrisa y se sienta.

Lejos de allí, una joven camina hasta el centro de una plaza llorando. Era víctima de golpes de su novio. Se sienta y una mujer aparece a su lado con el cofre en mano. La muchacha escucha a la extraña señora mientras observa a su alrededor… allí varios niños y matrimonios paseaban en la plaza San Martín de V. Constitución.


FIN

La Posta Hoy - 07/12/2013