¿Acaso existe la manera de alterar el pasado?
¿De modificar las malas decisiones que tomamos? ¿De evitar aquellos errores que
nos afectan aun en el presente? Gaspar se encuentra a punto de prender fuego
aquella caja que tenía la sencilla habilidad de hacer desaparecer a siete
persona cuyo nombre se deposite dentro de ella. Cinco personas habían
desaparecido, la ciudad de Arroyo Seco conmovida, su sobrina secuestrada y sin
salida cierta. Se encuentra en el predio frente a la perrera municipal donde a
su lado se encuentra la misma mujer que días atrás le había entregado ese cofre
en la plaza San Martín.
“Nada va a cambiar con prenderla fuego” – le
aclara la mujer. El apaga el encendedor y se acerca a ella que permanecía
inmutable. Casi actúa por impulso agrediéndola pero se controla y solo se
limita a hablarle con la voz fuerte: “No quiero saber más nada con esta caja…
¡no aguanto más todo esto!” Gaspar se quebró en llanto lleno de impotencia. Ella
le recuerda que todo llegaría a su fin solo cuando siete personas sean
desaparecidas por esa magia: “y te das cuenta que no es tan sencillo cuando
anhelas que determinada persona deje de existir por más mala que resulte.”
El patea la caja arrojándola a varios metros.
Pero en lo profundo comprendía que las palabras de la mujer eran ciertas; que
aun las personas menos insignificantes en la vida valen, y que no por dejar de
existir, las cosas mejorarían como muchas veces pensamos. “¿Cómo hago para que
aparezcan todos?” – le preguntó pero ella le indica que no había forma, que
esas desapariciones eran similares a la muerte misma.
Lejos de allí, cerca del barrio Güemes la policía
comandada por el agente Marcos ingresa bruscamente a una vivienda donde finalmente
logran recuperar a la pequeña Damaris que estaba secuestrada por el hermano de
Mario, la primera persona que Gaspar había hecho desaparecer. Rápidamente unas
mujeres policías constatan el estado de salud de la niña y se la llevan a su
madre en el hospital Nº 50 que al verla, recuperó sus fuerzas luego de una
intensa angustia.
Gaspar queda sentado en el césped a metros de
la caja y sin la mujer. Y para cuando intenta ponerse de pie para caminar hacia
ella, rápidamente es iluminado por las luces de los móviles del comando
radioeléctrico. Decenas de perros comenzaron a ladrar desde el predio del otro
lado de la ruta y varios agentes se precipitan sobre él reduciéndolo y
finalmente lo trasladan con caja en manos a la seccional 27ª dejándolo solo en
una habitación contigua a la del comisario. Al
rato ingresa Marcos que tras indicarle que habían recuperado a su
sobrina, viene a reclamar el trabajo solicitado: hacer desaparecer a una
persona más.
Ahora es el mismo Gaspar quien le explica al
oficial que por más que las personas que menos queremos desaparezcan, eso no
resuelve los problemas de convivencia ni mejora las demás relaciones; “piense
muy bien a quién hará desaparecer… no hay vuelta atrás, ¡aprenda a valorar a
cada uno de los que tiene a su lado aun a los que menos tolere!” – le expresó.
Marcos consintió con esas palabras y salió para pensar dejándolo solo en la
habitación.
Observando el silencio del cuarto, pasa por su
cabeza una secuencia de imágenes de los que ya no estaban. Mario, quien lo
había hostigado toda su adolescencia y parte de la juventud. Alfredo, su mal
llevado encargado de la fábrica. Ulises, su padre alcohólico y golpeador de su
esposa. Renato, al agente que iba a arrestarlo. La inocente mujer policía que
le devolvió la caja. Y por último, Tania, su novia. Todos ellos, ya no estaban
ni jamás volverían a estarlo. Todos ellos importantes para su vida, aun
aquellos que parecían más difíciles de sobrellevar. Y no había manera de
revertir esto solamente que pasar largos años en una cárcel esperando que pocos
o casi nadie creyeran en el misterioso poder de esa caja que aun permanecía
frente a él.
Tenía como un nudo en la garganta. Estaba lleno
de dolor. Se quiebra y no puede parar de llorar. Se pone de pie, se rasca su
cabellera y vuelve a sentarse. Golpea su pecho y vuelve a pararse. Por momento
pasan por su memoria las voces y los rostros de los que hizo desaparecer.
Finalmente se acerca al cobre, coloca su propio nombre en un papel y lo coloca
adentro. Comenzó a observar cómo su propia mano comenzaba a esfumarse, luego su
brazo, sus piernas y el resto del cuerpo. Al mismo instante, la caja también
desaparece. Cuando ingresa el agente, era demasiado tarde y solo quedaban en el
cuarto muebles y papeles; emite una pequeña sonrisa y se sienta.
Lejos de allí, una joven camina hasta el centro
de una plaza llorando. Era víctima de golpes de su novio. Se sienta y una mujer
aparece a su lado con el cofre en mano. La muchacha escucha a la extraña señora
mientras observa a su alrededor… allí varios niños y matrimonios paseaban en la
plaza San Martín de V. Constitución.
FIN
La Posta Hoy - 07/12/2013