sábado, 27 de septiembre de 2014

DESAFIO AL VOLANTE (parte I)


Lunes siendo las veinte horas aproximadamente, un auto Senic modelo 2013 sale de la ciudad en dirección sur. Antes de llegar al acceso del cementerio se abre de la ruta y se estaciona sobre la banquina; el chofer coloca la luz indicando que iba a girar hacia la izquierda pero luego la apaga. Allí queda por varios minutos mientras que otros vehículos pasan a su lado en dirección a Fighiera. El joven conductor estaba decidido tomar el camino al cementerio al mismo tiempo que otro vehículo viniera en dirección contraria simplemente para superar un desafío.

Desafío es una acción difícil a la que hay que enfrentarse. Una empresa en la que uno entra generalmente por algún tipo de interés. Tal cual lo tomaron cinco jóvenes amigos de Arroyo Seco partiendo desde lo que sería una noche de viernes de asado y un reto, que cualquier persona ajena a ellos, consideraría como loco.
Marcos, Dilan, Laureano, Cesar  y Uriel acostumbran, todos los viernes desde hace años, a juntarse a comer una parillada. Fueron compañeros de secundaria la que terminaron hace algo más de tres años en la Escuela Comercial.  A veces se juntaban en un restaurant, otras en casa de alguno de ellos o donde se dispusiera la oportunidad para pasarla bien en camaradería. Fue así como uno de ellos, Marcos, consiguió que un tío le prestara su casa de fin de semana en el Bote Club y llevó a sus panas a aquel lugar. Y allí, entre asado, música y cervezas, apareció a medianoche quien cambiaría sus vidas.
Siempre hay personas que aparecen en determinados momentos para cambiarnos el camino. A veces desconocidas y otras veces, del círculo cercano aunque inesperadas. Así como este hombre, vecino del barrio ribereño, que se acercó a la casa donde estaban estos jóvenes en primera instancia para informarse sobre el alboroto del lugar. Y llamó al portón al instante que Laureano lo divisó de lejos cuando salía afuera a fumar.
“Venía a ver nada más por seguridad” – se presentó el buen vecino interesado en que todo marchara de manera normal. Marcos se arrimaba al lugar junto a Laureano que intentaba explicarle que estaban allí comiendo un asado, “es mi tío el dueño de la casa… ¡no pasa nada!” – explicó. El hombre que se presentó como Julio dijo quedarse más tranquilo, “no es normal ver cinco autos frente a esta casa” - manifestó y los momentáneos anfitriones lo invitaron a pasar.
Marcos le presentó a sus amigos y lo llevó hasta la parilla para jactarse de lo que habrían de comer; “lo invitamos a comer, jefe” – sumó Laureano a la guía turística por la casa. Julio primero se negó argumentando que debía levantarse temprano pero luego de explicar que vivía solo, terminó por compartir el momento con estos que tenían más que ganas de pasar una noche divertida al ritmo de Los Palmeras que sonaban desde el stereo de un Peugeot 206 propiedad de Dilan.
Más tarde, ya sentados a la mesa y disfrutando de la parrillada, Julio indaga un poco más sobre la vida de los jóvenes quienes entre cargadas y chistes, se presentaron. “¿Son todos de Arroyo Seco?” – preguntó a los que todos respondieron afirmativamente. De a rato, uno de ellos se levantaba para buscar más cervezas a la heladera y abastecía al resto incluyendo a la visita. Pero aunque había mucho más para conocerse, quien se sumó al grupo de manera sorpresiva tenía un desafío que hacerles para su asombro.
Alrededor de la una de la mañana, Cesar, quien había trabajado toda la tarde como operario en Dreyfus, acababa por quedarse dormido en un enorme puf del quincho de la casa. Los demás tenían un poco más de aguante aunque Dilan se levantó a apagar la música y tuvo inconvenientes en encontrar la manija de la puerta de su vehículo tras haber bebido varias cervezas. Y allí estaba Julio aun sentado entre ellos que esperó que regresara Dilan para tomar la palabra.
“Les hago un desafío” – comenzó captando la atención de los cuatro; “¿quién de ustedes necesita un millón de pesos?” Los amigos intercambiaron sus miradas las que dispersaron a los pocos segundos tras varias risas, “¿a quién hay que matar?” – preguntó irónicamente Laureano. Julio correspondió a la risa pero fue más explícito: “tiene un millón de pesos el que de ustedes cinco, tenga el mejor accidente con su vehículo y continúe con vida.”
El reto aunque traspasaba lo racional no dejaba de ser interesante para cualquiera de estos jóvenes que con ese dinero como premio, podían hacer varias cosas. Ninguno de los cuatro que escuchó la propuesta lo analizó desde la lógica y fueron solamente a interiorizarse cómo sería el pago; “soy vecino de esta casa” – indicó Julio; “cuando el último de ustedes termine de protagonizar su accidente vienen hasta acá y les doy el dinero en efectivo.” La condición era quedar con vida y dañar el vehículo lo más que se pudiera frente a un tercero involucrado que también debía quedar vivo.

Uriel era quien justamente se animó a ser el primero en cumplir el desafío. Esperó con su auto un tiempo considerable al costado de la ruta antes de tomar el camino hacia el cementerio. Y cuando visualizó que un camión se acercaba en sentido contrario, colocó el cambio a su coche llevándolo a la ruta y provocando que la tractora lo envistiera aunque su chofer intentó frenar la marcha. El vehículo Senic terminó por golpear contra la garita y Uriel perdió su conocimiento cuando su cabeza dio contra el vidrio de la puerta contigua.  

(Continúa en la próxima edición)

La Posta Hoy - 27/09/2014

sábado, 20 de septiembre de 2014

ENAMORADO EN LA LINEA A (final)


Braulio se la jugó y sentado al lado de Leticia, finalmente le expresó lo enamorado que estaba de ella. Dijo ser el responsable del pasacalle con la declaración de amor y aguardó su respuesta ante una noble sonrisa. Ella agachó la cabeza por un segundo y al volver a levantarla solo expresó “gracias… ¡no sé qué decirte!”. Y el fue por más sabiendo que quedaban pocas cuadras para descender de la unidad.
“¿Te molesta si me pasas tu numero?” – le preguntó. Leticia le agradeció nuevamente pero se negó a pasarle su número de teléfono objetando que estaba en pareja y no quería tener problemas. Y para cuando el ómnibus se acercó al Cristo, el se despidió sin más para buscar a su compañero e irse a trabajar. Ella siguió en el viaje con una sonrisa.
Al día siguiente Braulio tomó el cole y directamente se sentó en los primeros lugares abandonando al “pelado”, su amigo. Más tarde ella subió, abonó al chofer, se frenó al verlo, lo saludó con un “hola” y se sentó en los asientos del otro lado del pasillo. Ella permaneció mirando su celular, de a ratos y luego también observando hacia afuera de la unidad. El quedó allí inmóvil esperando que tal vez se diera el momento para intercambiar alguna conversación per todo continuó de manera normal, “chau” – le correspondió ella a su saludo cuando descendió.
Durante los días siguientes, Leticia optó por sentarse siempre en el mismo lugar pero obviando toda mínima conversación con el quien finalmente optó por sentarse nuevamente entre los últimos asientos junto a su compañero. Y de allí atrás, algo resignado, la veía cada mañana subir y tomar su lugar muy cerca del chofer sin siquiera levantar su mirada.
Varios días habían pasado y para su sorpresa, Braulio descubre que ella había aceptado su solicitud de amistad de Facebook y que ese sábado por la tarde se encontraba conectada. “Hola, ¿cómo estás?” – le escribió y notó que a los pocos segundos, de la otra parte lo había leído aunque no respondió. El quedó a la espera de una respuesta que nunca llegó aunque se tomó el tiempo de recorrer cada una de las fotos de ella que a la media hora, su estado aparecia como desconectada.
Pasaron dos días y en cuanto podía, ingresaba a la red social desde su celular esperando recibir una respuesta al chat. Y llegó esa respuesta una mañana sobre el colectivo donde, como venía ocurriendo, el se encontraba en los últimos lugares y ella, en los primeros. “Yo bien, ¿vos?” – escribió. Sin importar el tiempo que se demoró en responder, Braulio salió al cruce preguntándole si podía sentarse a su lado y ella le respondió que sí.
El entonces se incorporó de su lugar, caminó entre los asientos y llegó a ella para sentarse a su lado. Se saludaron y dieron lugar a una agradable charla donde, entre otras cosas, Leti le preguntó si el caniche de la foto de su perfil era de su propiedad a lo que él le contó la verdad. Ella sonrió y viendo que el colectivo estaba a punto de salir de la zona urbana, le pasó su número. El descendió luego de saludarla y continuó escribiéndole por watsapp entre el trayecto del Cristo y su trabajo.
“Sos hermosa, Leti” – le manifestó por mensaje en varias oportunidades. Ella solo decía gracias. Braulio ingresó a la fabrica y desarrolló su labor aunque, de a ratos, volvía al chat al igual que Leticia que disponía segundos intercalados con las enseñanzas que brindaba a sus alumnos. La docente había roto su relación anterior luego de descubrir que su pareja le era infiel y se tomó el tiempo previo para hurgar en el facebook de su seguidor antes de querer conocerlo un poco más.
Por la tarde, ya en sus respectivas casas, el la llamó y estuvieron algo de dos horas dialogando. Incluso Leticia le expresó estar interesada también en conocerlo un poco más, coordinando una cita para el siguiente viernes por la noche aunque recién era lunes. El día martes se vuelvieron a sentar por separado pero al miércoles, el volvió a esperarla en los primeros asientos y sin aguantar más, esa misma tarde se encuentran en The Clover a tomar algo para conocerse y comenzar, de esa manera, con una excelente relación.

¿Cómo sigue esta historia? – Continúa como la vayan escribiendo sus protagonistas hoy en día; puesto que, aunque se hayan cambiado sus nombres para preservar su identidad, esta historia ocurrió así.


La Posta Hoy - 30/09/2014

sábado, 13 de septiembre de 2014

ENAMORADO EN LA LINEA A (parte III)


La unidad que se rompe pone a Braulio y Leticia más cerca que nunca. Allí estaban esa mañana, ambos parados junto a otros pasajeros frente a la imagen de la Virgen ubicada en Independencia y Gral. Lopez. Y aunque a otras personas solo les comenzaba a preocupar los minutos que pasaban y la posibilidad de llegar tarde a sus trabajos, Braulio y su amigo, el pelado, solo miraban a la maestra que no dejaba de obsevar su reloj de pulsera.
“Decile algo, ¡aprovechá!” – lo empuja su amigo. Pero Braulio busca qué y cómo acercársele sin terminar siendo un irrespetuoso. Finalmente y con la escusa de preguntarle si sabía a qué hora pasaría el próximo coche, se le acerca haciendo paso entre otros pasajeros. Y para cuando estaba a menos de diez centímetros y todo se disponía para hacerle la pregunta, un vehículo se estaciona frente a ellos y otra docente que conocía a Leticia termina por llevarla a su trabajo.
Diez minutos mas tarde, el nuevo coche arriba a la parada. Los amigos suben y terminan por descender, como todos los días, en el Cristo y se dirigieron a su trabajo. “Mañana le digo que fui yo el del pasacalle” – le expresó decidido a su compañero, mientras almorzaban. Pero al día siguiente, el tomó el colectivo en Gral. Lagos bajo una torrencial lluvia y espero que ella subiera sin que esto ocurriera. “Tal vez es por la lluvia que no viaja en colectivo” – pensó. Y al día siguiente, tampoco ella ascendió al coche, ni al siguiente ni en los próximos días.
Asi fue que durante varios día, Braulio permanecía expectante sobre la unidad cuando atravesaba J. B. Justo y J. Celman y solo terminaba por conformarse con ver el pasacalle que de a poco, iba deshilachándose. “Quizás se vaya en auto; quizás no trabaje más” – pensaba de a ratos mientras la línea A recorría el centro de la ciudad. Y descendía frente al Cristo con su amigo deseando poder verla una vez, al día siguiente.
Por la tarde tomó su auto y se vino a Arroyo Seco a dar vueltas cerca de aquella parada frente a la Esc. Nº 6036 y recorriendo las calles próximas. “Si tomaba el colectivo ahí… de aquí no debe vivir muy lejos” – concluía mientras hacía cálculos de cuánto ella podía caminar hacia esa garita en relación a otras que le quedaban más lejos. Y finalmente fue demorado sobre calle J. Celman, por un móvil del comando dado que una vecina dio aviso de la presencia de un vehículo que varias veces pasaba frente a su casa.
Tuvo que descender del auto y presentarle la documentación al oficial que le interrogaba sobre lo que hacía por allí. Y en mismo momento que trataba de explicarle, de alguna manera, lo que hacía, ve que Leticia caminaba por la vereda de enfrente mirando las luces celestes del móvil policial. La siguió con la vista y logró ver el momento en que ella ingresaba a su casa al instante que abría la puerta y era saludada por dos perros caniches.
Y cuando terminó por explicarle de manera absurda a los policías, que finalmente lo dejaron seguir transitando, optó por irse a su casa y buscar en la guía telefónica de internet, alguna Leticia que viviera sobre esa calle y en esa altura de Arroyo Seco. Fue así que entonces, ahora sabía también el apellido de la maestra con el que reforzó nuevamente la búsqueda en Facebook y logró encontrarla con el apodo de “seño lety”. Y le envió la solicitud de amistad. 
Al día siguiente Braulio hizo el mismo recorrido y tampoco ella ascendió a la unidad. Pero apostó a que ella aceptara su solicitud y por la tarde se fue a visitar a su hermana que hacía tiempo no veía quien vivía en San Nicolás. Fue solamente hasta allí para hacer una selfie con la mascota de sus sobrinos, un caniche, y subir aquella foto como si fuera un anzuelo, a su perfil de la red social.
Para su sorpresa, al día siguiente Leticia tomó el colectivo a la hora y en el lugar como lo hubiera hecho días atrás. Simplemente que en esta oportunidad, Braulio no se encontraba en el coche ya que había tomado licencia por enfermedad luego de fracturarse el tobillo en un partido de futbol la tarde del día anterior. Pero el pelado, sí la vió subir y rápidamente le envió un sms a su amigo para comentarle la nueva. Fue así que, aunque enyesado, igual al día siguiente subió al coche en Gral. Lagos dispuesto a jugarse una nueva oportunidad para no solamente verla, sino sentarse a su lado y hablarle de su amor por ella.
Ya para cuando el colectivo salió de la ruta e ingresó por J. B. Justo, Braulio se puso de pie en los últimos asientos y logró verla que ella estaba en la parada extendiendo su mano para detener la unidad. Ella sube, abona al chofer y se sienta en los primeros asientos junto a la ventanilla. De repente, el caminó hacia el chofer a quien le hizo una pregunta solo de excusa y se sentó al lado de ella.
“Le pregunté si iba a aumentar el boleto pero este tipo no sabe nada” – le comentó a buscando una conversación. Leticia lo miró: “¡no sería raro! ¡todo aumenta!” – objetó. El pensó qué decirle pero nada venía a su cabeza y el colectivo seguía pasando más y más cuadras. Entonces luchaba por no querer desaprovechar esa oportunidad y para cuando la lína A dobló en Belgrano e H. Irigoyen, el se tiró a la pileta: “Leticia, yo me llamo Braulio… ¡fui yo quien colgó ese pasacalle!” – le manifestó con una sonrisa.

(continúa en la próxima edición)

La Posta Hoy - 13/09/2013

sábado, 6 de septiembre de 2014

ENAMORADO EN LA LINEA A (parte II)


A veces las historias de amor nacen en los lugares y circunstancias menos esperadas. Tal así como la historia que involucra a Braulio que quedó más que vislumbrado con una joven maestra, llamada Leticia, que todas las mañana toma el mismo colectivo A en dirección a su trabajo. Supo el nombre por casualidad, pero no tenía otro dato más que ese que poco servía para una búsqueda en facebook.
La investigación le arrojó un resultado de cuarenta perfiles de chicas llamadas Leticia con amigos en común. Filtró la localidad y la búsqueda se redujo a unas quince jóvenes. Entonces no le quedó otra que comenzar a mirar fotos de una tras otra esperando encontrar a una de ellas vestida con guardapolvo o haciendo alusión a su profesión como maestra. Y ya que cuando el descendía en el Cristo para ir a trabajar en Arcor, ella seguía en el colectivo, lo más obvio es que ejerciera la docencia en algún colegio de Fighiera, Pavon u otras localidades desde aquel punto cardinal.
Finalmente, viernes por la noche, optó por cerrar la red social y salir con amigos pensando, de a ratos, que el día lunes volvería a verla. Y así sucedió: tomó el colectivo junto a su amigo, el “pelado”, en Gral. Lagos y cuando el colectivo ingresó a Arroyo Seco por calle J. B. Justo, ella subió al ómnibus desde la parada de la Esc. Nº 6036. Pero el estaba sentado en los últimos asientos junto a su compañero y Leticia muy cerca del chofer con quien entablo una amena charla que comenzó con el tiempo y abarcó los aumentos de precios; esto fue hasta que terminó por descender para cumplir su función de operario y echar la última mirada hacia el colectivo creyendo que podía ser correspondido.
Por la tarde Braulio y el pelado esperaban en la carnicería del Arco Iris previo a la parrillada que compartirían junto a algunos compañeros de trabajo. Para su sorpresa, frente a la exhibidora de los lácteos estaba ella poniendo cosas en su carrito. Dejó a su amigo esperando el turno para comprar la carne y rápidamente se dirigió a donde estaba Leticia para observarla disimuladamente mientras ponía algunas cosas en su carrito junto a las cervezas.  Así la siguió por varios sectores del supermercado hasta que finalmente llegaron a las cajas, donde para su sorpresa, ella se arrimó a su pareja que hablada con el policía del comercio. Y fue hallado por su amigo que no escatimó en cuestionarle para qué puso entre las cosas del asado, elementos de perfumería, yogurt, toallitas femeninas, hisopos y barritas de cereal.
“Pelado, la mina tiene pareja” – le comentó a su compañero muy frustrado mientras cargaban las cosas en el auto ubicado en la playa de estacionamiento del supermercado. “En una de esas es el hermano, el primo o un amigo” – expresó el pelado pero no hubo más recursos para que la conversación continuara. Comieron la parrillada donde su amigo contó al resto la locura vivida por Braulio en el super convirtiéndolo en el hazmerreir de la noche. Y luego se fue a dormir.
Al día siguiente ya no fue lo mismo. Aunque ambos subieron al colectivo como cada mañana pero Braulio siguió dormitando hasta el momento que tuvo que descender y ella hablaba con el conductor. Pero el día miércoles, Leticia llegó a la parada y mientras dejaba el portafolio en el piso sonrió al leer un pasacalle colgado sobre la esquina de J. Celman y J. B. Justo que rezaba: “Leti… ¡estoy loco por vos!”. Así es como Braulio se la jugó y por la madrugada, con la ayuda de su amigo “el pelado”, colocó ese cartel.
Leticia subió al colectivo de bandera A con una sonrisa. Y allí en los últimos asientos estaba Braulio y su compañero  asomados a la ventanilla viendo cómo finalmente había quedado el pasacalle en esa esquina. No obstante, ella expresó el motivo de su alegría al chofer de la línea con quien todas las mañanas compartía ese tramo del viaje. Pero no solo eso, sino que el empleado de Rosario Bus aprovechó la oportunidad para mentirle y decirle que el dueño de esa declaración era él.
Ella se sentó en los primeros asientos ante la mirada del chofer que siguió por unos instantes alagándola como mujer e invitándola a tomar algo en algún momento. Leticia le indicó que no podía pero agradeció el gesto del pasacalle y optó por revisar una agenda con datos de sus alumnos, simplemente para escapar de la situación. Y, muy detrás de ella, cuando el coche que transitaba por Independencia pasó la calle San Nicolás; los amigos se pusieron de pie para disponerse a bajar luego de apretar el timbre.
Cuando el colectivo llegó a la parada, la puerta se abrió, Braulio bajó primero y el pelado aprovechó a gritar hacia adentro de la unidad “¡chau, Leti!”. Braulio bajó a su compañero de un tirón antes de que la puerta se cierre y no se percataron que desde las primeras ventanillas ella trataba de descubrir quien la había saludado. Y más tarde ella descendió en Fighiera para dirigirse a la escuela.
Al día siguiente ella toma el colectivo como todas las mañanas y saluda al chofer aunque con menos motivación, y cuando la unidad dobla en J. B. Justo e Independencia se detiene sin poder ponerse en marcha nuevamente. Entonces los pocos pasajeros se ven obligados a descender para esperar el próximo coche y allí también quedan parados sobre el cordón cuneta, Braulio y Leticia con menos de un metro de distancia.
(continúa en la próxima edición)



 La Posta Hoy - 06/09/2014