Lunes
siendo las veinte horas aproximadamente, un auto Senic modelo 2013 sale de la
ciudad en dirección sur. Antes de llegar al acceso del cementerio se abre de la
ruta y se estaciona sobre la banquina; el chofer coloca la luz indicando que
iba a girar hacia la izquierda pero luego la apaga. Allí queda por varios
minutos mientras que otros vehículos pasan a su lado en dirección a Fighiera.
El joven conductor estaba decidido tomar el camino al cementerio al mismo
tiempo que otro vehículo viniera en dirección contraria simplemente para
superar un desafío.
Desafío
es una acción difícil a la que hay que enfrentarse. Una empresa en la que uno
entra generalmente por algún tipo de interés. Tal cual lo tomaron cinco jóvenes
amigos de Arroyo Seco partiendo desde lo que sería una noche de viernes de
asado y un reto, que cualquier persona ajena a ellos, consideraría como loco.
Marcos,
Dilan, Laureano, Cesar y Uriel
acostumbran, todos los viernes desde hace años, a juntarse a comer una parillada.
Fueron compañeros de secundaria la que terminaron hace algo más de tres años en
la Escuela Comercial. A veces se
juntaban en un restaurant, otras en casa de alguno de ellos o donde se
dispusiera la oportunidad para pasarla bien en camaradería. Fue así como uno de
ellos, Marcos, consiguió que un tío le prestara su casa de fin de semana en el
Bote Club y llevó a sus panas a aquel lugar. Y allí, entre asado, música y
cervezas, apareció a medianoche quien cambiaría sus vidas.
Siempre
hay personas que aparecen en determinados momentos para cambiarnos el camino. A
veces desconocidas y otras veces, del círculo cercano aunque inesperadas. Así
como este hombre, vecino del barrio ribereño, que se acercó a la casa donde
estaban estos jóvenes en primera instancia para informarse sobre el alboroto
del lugar. Y llamó al portón al instante que Laureano lo divisó de lejos cuando
salía afuera a fumar.
“Venía
a ver nada más por seguridad” – se presentó el buen vecino interesado en que
todo marchara de manera normal. Marcos se arrimaba al lugar junto a Laureano
que intentaba explicarle que estaban allí comiendo un asado, “es mi tío el
dueño de la casa… ¡no pasa nada!” – explicó. El hombre que se presentó como Julio
dijo quedarse más tranquilo, “no es normal ver cinco autos frente a esta casa”
- manifestó y los momentáneos anfitriones lo invitaron a pasar.
Marcos
le presentó a sus amigos y lo llevó hasta la parilla para jactarse de lo que
habrían de comer; “lo invitamos a comer, jefe” – sumó Laureano a la guía
turística por la casa. Julio primero se negó argumentando que debía levantarse
temprano pero luego de explicar que vivía solo, terminó por compartir el
momento con estos que tenían más que ganas de pasar una noche divertida al
ritmo de Los Palmeras que sonaban desde el stereo de un Peugeot 206 propiedad
de Dilan.
Más
tarde, ya sentados a la mesa y disfrutando de la parrillada, Julio indaga un
poco más sobre la vida de los jóvenes quienes entre cargadas y chistes, se
presentaron. “¿Son todos de Arroyo Seco?” – preguntó a los que todos
respondieron afirmativamente. De a rato, uno de ellos se levantaba para buscar
más cervezas a la heladera y abastecía al resto incluyendo a la visita. Pero
aunque había mucho más para conocerse, quien se sumó al grupo de manera
sorpresiva tenía un desafío que hacerles para su asombro.
Alrededor
de la una de la mañana, Cesar, quien había trabajado toda la tarde como
operario en Dreyfus, acababa por quedarse dormido en un enorme puf del quincho
de la casa. Los demás tenían un poco más de aguante aunque Dilan se levantó a
apagar la música y tuvo inconvenientes en encontrar la manija de la puerta de
su vehículo tras haber bebido varias cervezas. Y allí estaba Julio aun sentado
entre ellos que esperó que regresara Dilan para tomar la palabra.
“Les
hago un desafío” – comenzó captando la atención de los cuatro; “¿quién de
ustedes necesita un millón de pesos?” Los amigos intercambiaron sus miradas las
que dispersaron a los pocos segundos tras varias risas, “¿a quién hay que
matar?” – preguntó irónicamente Laureano. Julio correspondió a la risa pero fue
más explícito: “tiene un millón de pesos el que de ustedes cinco, tenga el
mejor accidente con su vehículo y continúe con vida.”
El
reto aunque traspasaba lo racional no dejaba de ser interesante para cualquiera
de estos jóvenes que con ese dinero como premio, podían hacer varias cosas.
Ninguno de los cuatro que escuchó la propuesta lo analizó desde la lógica y fueron
solamente a interiorizarse cómo sería el pago; “soy vecino de esta casa” –
indicó Julio; “cuando el último de ustedes termine de protagonizar su accidente
vienen hasta acá y les doy el dinero en efectivo.” La condición era quedar con
vida y dañar el vehículo lo más que se pudiera frente a un tercero involucrado
que también debía quedar vivo.
Uriel
era quien justamente se animó a ser el primero en cumplir el desafío. Esperó con
su auto un tiempo considerable al costado de la ruta antes de tomar el camino
hacia el cementerio. Y cuando visualizó que un camión se acercaba en sentido
contrario, colocó el cambio a su coche llevándolo a la ruta y provocando que la
tractora lo envistiera aunque su chofer intentó frenar la marcha. El vehículo
Senic terminó por golpear contra la garita y Uriel perdió su conocimiento
cuando su cabeza dio contra el vidrio de la puerta contigua.
(Continúa
en la próxima edición)
La Posta Hoy - 27/09/2014