sábado, 29 de agosto de 2015

ROBO A-Z: HIJO


Ignacio bajó del colectivo a metros de la facultad pensando en el examen final de su carrera de abogacía. Durante varias semanas venía preparándose para rendir esa evaluación y en su cabeza no había más que leyes, conceptos y definiciones. E ingresando al edificio universitario, segundos antes de que se dispusiera a poner en silencio su celular, recibió una llamada identificándose como representante de su empresa de telefonía.
En un breve tiempo, el emisor le ofreció un plan para su servicio mucho más económico que lo que venía abonando. Pero ante los nervios propios de la situación, Ignacio intentó acelerar la conversación optando por aceptar el cambio de plan y confirmando la operación aportando sus datos personales requeridos por el promotor. Y luego, cuando finalizó la llamada optó por apagar el celular e ingresó al aula donde debía exponer su trabajo final.
A los cinco minutos, la mamá de Ignacio, llamada Petrona, quien acomodaba y limpiaba su hogar, recibió una llamada a su celular. Atendió y del otro lado una voz masculina le informó que tenían secuestrado a su hijo y que si seguía sus indicaciones, todo terminaría de la mejor manera. La mujer cortó rápidamente la llamada aunque quedó pensando en aquella data. Pero a los treinta segundos, el llamado se duplicó.
Petrona optó nuevamente por cortar la llamada entrante y rápidamente llamó a su hijo, cuyo celular le indicaba estar apagado. Intentó tres veces, le envió un watsapp y cuando estaba por dejar el aparato sobre la mesa, recibió el llamado del supuesto secuestrador. “¿Cómo sé que es mi hijo?” – preguntó. Del otro lado le brindan los datos de su hijo indicándole incluso que fue secuestrado a  metros de su ingreso a la facultad; y para cuando la mujer pide hablar con él, solo pudo escucharse una llamado de auxilio que dijo “mamá, soy yo” y esta la confundió con la voz de su hijo.
El secuestrador le solicitó cinco mil pesos en tarjetas de telefonía celular de varias compañías luego de que la mujer le preguntara qué pedía a cambio de la libertad de Ignacio. “No cuelgues nunca el teléfono… nosotros escuchamos todo desde acá y te vigilaremos cuando salgas a la calle; si avisas a alguien entonces tu hijo, muere” – le indicó el delincuente mientras Petrona se disponía a salir a la calle tras tomar un dinero que tenía en su mesa de luz tras haber cobrado su jubilación días atrás.
De manera meticulosa, la mujer siempre con el celular intercomunicado dentro de su bolsillo, se dirigió a un kiosco a media cuadra de su casa y compró varias tarjetas por el valor de cinco mil pesos incluyendo la ganancia agregada del comerciante. “¿Todo bien, Petrona? ¿Para qué quiere tantas tarjetas?” – le preguntó de curioso el kiosquero a lo que la señora le respondió que era para participar de un juego televisivo y, para evadir otras preguntas, salió el comercio en dirección a su hogar.
Dentro de su casa, con  el celular en altavoz se sentó junto a la mesa del comedor y comenzó a raspar las bandas de los códigos numéricos de cada una de las tarjetas. Y tras indicaciones del secuestrador, Petrona les fue pasando cada una de esas series de manera pausada. 
Luego el delincuente le pidió que tome todas las tarjetas ya raspadas, las coloque dentro de un balde y junto con otros papeles, las prenda fuego. Así lo hizo la mujer siempre bajo la presión de que estaba siendo observada desde lejos. Y cuando hubo terminado, el secuestrador la felicitó y antes de cortar, le informó que su hijo sería liberado en la puerta de la facultad. Petrona terminó llorando apoyada sobre su mesa y a la media hora recibió el llamado de Ignacio que le comunicó muy feliz el haberse recibido; el joven salía de la facultad, era felicitado por sus amigos pero se encontró con las llamadas perdidas de su madre.
En realidad el secuestrador no era más que un detenido de la cárcel de Piñeiro que contaba con un teléfono celular de incógnito en su celda. ¿Cómo obtuvo el número de Ignacio? – Este lo tenía publicado en su Facebook, donde incluso semanas atrás había posteado que se acercaba tal día en que debía rendir el final de su carrera. ¿Cómo consiguió el número de Petrona? – Cuando llamó primero al joven, para confirmar el supuesto cambio de plan, el falso promotor le pidió otro número auxiliar e Ignacio le paso el de su madre. ¿De quién era la voz de auxilio? – Simplemente pertenecía a otro compañero de su celda, con quién luego compartió las recargas para mensajes y llamadas.

Y aunque luego intentaron llamar al número que había aparecido en el celular de la mujer, nunca tuvieron éxito. Puesto que la línea pertenecía a un chip sin dueño que un familiar del preso había adquirido, como otros, a veinte pesos en un kiosco del barrio.

La Posta Hoy, 29/08/15

sábado, 22 de agosto de 2015

ROBO A-Z: GANGA


Lo habitual era que Darío esperara, como todas las mañanas, el colectivo interurbano que lo dejaría a metros de una fábrica en la que era operario. Pero en esta oportunidad, llegó a la parada minutos antes de las seis de la mañana, observó que no hubiera nadie a su alrededor, tomó una remera que tenía en su bolso de trabajo, vendó su mano izquierda y se dirigió rápidamente al dispensario que estaba a pocas cuadras.
Ingresó al nosocomio y el médico de guardia lo recibió haciéndolo pasar a su consultorio casi de incógnitos sin ser vistos por otros pacientes que esperaban a ser atendidos. Darío se sentó, quitó la venda y colocó el brazo sobre una camilla. El profesional le anestesió el brazo y tras la indicación de que mirase para otro lado, tomó un bisturí e hizo un corte largo en su palma. Y finalmente el mismo médico le prestó la atención correspondiente mientras que él dio aviso por un sms a su supervisor de que había tenido un accidente y no se presentaría a trabajar.
Media hora más tarde, el abogado de Darío se presentó en el dispensario para constatar lo que había ocurrido; y tras charlar previamente con el médico acompañó a su cliente a hacer la denuncia policial: “estaba en la parada, esperaba el cole para irme a trabajar y en ese momento se me acerca un loco que con una navaja me pide la mochila y el celular. No se lo quiero dar y en el forcejeo agarra la navaja y me corta la mano” – declaró ante la autoridad policial que con un solo dedo tipiaba el relato en el ordenador. “Contale cómo estaba vestido y en qué estado estaba” – le sugirió abogado con un guiño a lo que su representado agrega: “tenía una capucha así que no pude ver la cara y para mí estaba drogado o algo de eso, porque cuando me cortó, se asustó y salió corriendo como si estuviera mareado.”
Casi en simultáneo, pero en otro lugar de la ciudad, Carlos llegó a su lugar de trabajo rengueando y quejándose por un dolor muy fuerte en su pie. Apenas marcó su ingreso en la portería, se apoyó contra la pared y dando aviso a su encargado fue visto por un médico que tras trasladarlo al hospital y hacerle la radiografía correspondiente, le informó que tenía una fractura de tibia y peroné. “Venía lo más bien y cuando estaba bajando del colectivo para ir a la fábrica, desciendo y piso mal en un pozo junto al cordón cuneta. Es que me bajé cuando el cole aún estaba en movimiento y ahí comencé a sentir el dolor intenso en el pie” – contó.
En realidad la versión de lo acontecido difería a lo que Carlos relató. La fractura se la había hecho el día anterior por la tarde mientras jugaba un picadito en el potrero del barrio y fue trabado por un jugador contrario, un gordo lo más parecido a un ropero que acostumbraba a mezclar en el futbol técnicas de boxeo, taekwondo y rugby. Un amigo lo llevó hasta el hospital donde fue asistido por un profesional pero nuevamente en su casa se comunicó con su abogado preguntándole cómo aquello podía perjudicarle en su trabajo. Entonces tras la recomendación del letrado, se quitó el yeso, aguantó el dolor toda la noche y esperó el trayecto hacia su trabajo para manifestar que se había hecho la lección al bajar el colectivo y a pocas cuadras de la fábrica.
Dos horas más tarde, en otra fábrica, una mujer de unos cuarenta años, de nombre Esther, vigilaba que una maquina industrial realizara los cortes de tela y prensado pertenecientes a la línea de producción. Su función no era más que la de asistir visualmente y ante cualquier desperfecto o error de la máquina, dar aviso a su supervisor. Pero tras asegurarse que ningún compañero la estuviera observando, cerró los ojos y colocó su mano derecha debajo de la prensadora para cortarse el dedo índice. Gritó, fue asistida por otros operarios y finalmente fue trasladada al hospital sin posibilidad de recuperar su falange. Y cuando estaba más tranquila, con su mano sana tomó su celular y mediante un watsapp le dio aviso con un “listo” a su abogado.
El mismo abogado representó a los tres operarios sin ningún tipo de vínculos entre ellos ni entre sus lugares de trabajo. En los tres casos, este letrado fue el ideólogo del accidente al ser muy amigo de sus clientes y a quienes les había asegurado que esos juicios laborales se ganarían sí o sí; “aun los que ocurren en el trayecto al lugar del trabajo” – les explicó a los dos primeros. Se encargó de realizar el juicio correspondiente a las ART y a los meses cobró sus respectivos honorarios dando también la parte que le correspondía al médico que hizo el corte en la mano de Darío; “prepárate porque vas a tener otros pacientes” – le expresó al profesional de la salud.
Y los tres empleados disfrutaron del dinero a su manera: Darío pudo, junto a otro dinero que tenía ahorrado, comprar un terrero y edificar su casa; Carlos se compró un auto, el que hacía tiempo deseaba comprar pero lo veía como imposible con su escueto sueldo y Esther se dio el gusto de viajar y conocer las playas de Brasil aunque con un dedo menos.


La Posta Hoy, 22/08/15

sábado, 15 de agosto de 2015

ROBO A-Z: FERMATIXLIN


Un sábado por la mañana, una avioneta sobrevoló un campo lindero a la zona urbana esparciendo sobre la siembra una especie de agroquímico. Hizo varias veces el recorrido hasta que en cuestión de veinte minutos, terminó por alejarse casi sin ser percibido por los vecinos de la zona. Y sin embargo, con el paso de los días, algo comenzó a ocurrir teniendo a varias personas como protagonistas.
El día miércoles, una mujer de unos cincuenta años se presentó en el consultorio de dermatología para que el profesional le observe algunas manchas que aparecieron en algunas partes de su cuerpo. Se trataba de una extraña hiperpigmentación de color roja que, aunque sin producir picazón, era muy molesta estéticamente. El dermatólogo de renombre, tras observar las manchas, le expreó que ese tipo de manchas son producidas solamente por el contacto con un químico de poco uso; “lo extraño es que en estos últimos tres días, esta es la quinta consulta similar” – manifestó a la paciente.
Pero sin transmitir a la señora su preocupación, terminó por recetarle una crema de nombre Fermatixlin; “es de las más caras pero muy efectiva para este tipo de manchas” – le recomendó aclarándole que incluso su compra no tenía descuento por ninguna obra social. A los veinte minutos, la paciente entra en una farmacia y con la receta termina de adquirir la crema en un pote de ciento cincuenta gramos al costo de novecientos pesos.  Y lo llamativo es que en la misma farmacia, en el trascurso del día se vendieron otros cuatro potes iguales.
Al día siguiente nuevamente el dermatólogo recibió la visita de una madre y su hijo de diez años con las mismas manchas en su piel. Tras una simple observación, el profesional da otra vez el conocido diagnóstico y receta Fermatixlin para la cura y eliminación de esa pigmentación. Y, para entonces, una alerta se generó en la mente del médico que pidió a la administración del Centro de Salud donde trabajaba, el legajo de sus últimos pacientes.
Se llevó la documentación a su consultorio y por varios minutos permaneció a puertas cerradas estudiando de manera más profunda cada caso. Tras varios minutos, dejó la papelería sobre su escritorio y tomó nota de lo que había descubierto: todas las personas que se habían presentado con manchas iguales en su piel, residían en el mismo barrio o zona de la ciudad.
Entonces para la siguiente consulta con la misma problemática, el profesional indagó un poco más sobre el la zona de residencia; “el químico que produce estas manchas se encuentra solamente en algunos agroquímicos que están prohibidos” – comentó al paciente. Y así fue como, tras la información aportada por el vecino, se comprobó que días atrás una avioneta había estado fumigando con ese químico en un campo aledaño al barrio damnificado.
Y aunque los vecinos que sufrieron el contacto con ese agroquímico hicieron la denuncia correspondiente y el caso tomo estado público, muy poco se avanzó en el tema del cual nunca se encontró responsables penados y en cuestión de dos semanas, todo pasó al olvido. Porque incluso el Fermatixlin había producido sus efectos sin dejar cicatrices en la piel de los damnificados y no hubo otras consecuencias adversas o mayores para el químico en cuestión.
Solo pudo darse con el piloto de la avioneta pero su declaración ante la justicia le sirvió para que el juez lo declare inimputable; “mi idea no era fumigar esa zona sino solo probar los aspersores de mi nave y sin querer, utilicé ese agroquímico que tenía guardado de años en un galpón de mi campo” – había confesado. El hombre no tuvo siquiera que pagar una multa por su error y terminó por pedir disculpas a los vecinos mediante su Facebook.
Lo que sí ocurrió es que el dermatólogo, trascurridas varias semanas, se comunicó telefónicamente con un amigo que justamente trabaja en el laboratorio que produce Fermatixlin. “Hice mi trabajo” – le comentó el profesional a su compañero quien no tardo en agradecerle; “sí, lo sé… me informó el distribuidor que en cuestión de días se vendieron más de treinta potes en tu ciudad… todo un record.” Y así es como el médico recibió en su cuenta corriente, un depósito por diez mil pesos en concepto de regalía de parte del laboratorio.
Pero aún hay más, el principal titular del laboratorio es el mismo gerente de la fábrica que produce el agroquímico esparcido en aquel campo; “usa estos químicos desde tu avioneta que no son mortales pero me ayudará a vender unas cremas” –le había pedido a su primo, quien fuera el piloto de la avioneta. “Mira que si se descubre todo no quiero ir preso” – le refutó el pariente antes de colocar el producto en los fumigadores; para lo cual el empresario le manifestó: “no te preocupes, con lo que ganó de las cremas vendidas me alcanza también para adornar al juez.”
Y a los dos meses, cuando lo ocurrido en la ciudad quedó en el olvido, las manchas aparecieron en vecinos de otra población distante de la provincia. Puesto que en esa localidad, también trabajaba el famoso dermatólogo, había sobrevolado la misma avioneta y la causa la tomó el juez de siempre. Allí también hubo venta record de Fermatixlin.


La Posta Hoy, 15/8/15

sábado, 8 de agosto de 2015

ROBO A-Z: ESCALA


Cerca de las 17 hs, un colectivo interurbano ingresó a la ciudad desde el sur y en la parada cercana a la estación de servicio es solicitado por la mano de un pasajero. Subió allí un joven que pidió un boleto para Rosario, abonó en efectivo dejando el vuelto para el conductor y se sentó en uno de los últimos asientos. El transporte, una unidad  con espacios para varias sillas de ruedas, no contaba con muchos pasajeros en esos momentos.
En su recorrido habitual, ingresando al centro de la ciudad donde entre otras personas, otro joven subió en la parada ubicada en la zona bancaria. Este también abonó en efectivo, con cambio justo, y se quedó de pie en el medio de la unidad. Y más adelante, sobre la ruta y la intersección con la calle Kenedy, un tercero ascendió quedándose de pie cerca del chofer.
El colectivo salió de la zona urbana con algo más de diez pasajeros además del chofer y estos tres jóvenes que en realidad se conocían y sus subidas al colectivo habían sido previamente sincronizadas. Todo pareció transcurrir de manera normal hasta que el último en subirse, se acercó al conductor, le muestró un arma que portaba en su cintura al levantarse discretamente su campera y le indicó: “no te pares por nada ni intentes nada que yo no te diga”. El empleado se dio cuenta de la situación, tragó saliva y apretó sus manos al volante; “dame tu celular” – le obligó el delincuente.
Para cuando el colectivo atravesó la vía de Dreyfus, otro de los jóvenes con arma en mano alzó la voz desde la mitad de la unidad anunciando que se trataba de un robo, pidió que se quedasen tranquilos y que entregasen los celulares y billeteras. Así es como entró en escena el joven sentado en los últimos asientos que con una bolsa comenzó a recoger los elementos de los pasajeros, algunos de ellos asustados y nerviosos. Y como si fuera mucho, una mujer puso algo de resistencia a la entrega de sus cosas de valor e hizo que uno de los delincuentes la obligara subiendo el tono de su voz.
Un operario de fábrica tomó disimuladamente su celular y entre su mochila, comenzó a escribir un mensaje de auxilio que enviaría a uno de sus contactos para que dieran aviso a las fuerzas de seguridad. Terminó de escribir pero su mensaje jamás quedó archivado en la bandeja de salida por falta de crédito. Cuando probó por segunda vez, un delincuente se percató de lo que estaba pasando y le retiró bruscamente la mochila.
Pasando frente a “Casa Joven”, en dirección contraria pasó junto a la unidad un móvil policial y aunque el conductor –sin que los asaltantes se percataran- hizo seña con las luces altas; los oficiales no se dieron cuenta del mensaje y continuaron con su viaje de manera normal.
Mientras que los delincuentes quitaban a todos los pasajeros sus cosas de valor, el ómnibus atravesó la principal parada del ingreso a General Lagos pero siguió por la ruta, dejando a varias personas con sus manos extendidas. Estas personas en la parada observaron el interior del colectivo y aunque se indignaron al verlo pasar de largo, ninguno se percató de lo que estaba ocurriendo en su interior.
Cruzó la siguiente parada de esa localidad y nuevamente abandonó la zona urbana impidiendo que dos personas descendieran donde querían hacerlo. Incluso el delincuente junto al chofer le quitó a este también sus pertenencias como ser celular, reloj de pulsera y billetera. Este último, cuando el colectivo cruzó frente al ingreso del Cotolengo, le indicó al chofer que en la siguiente entrada, dejara la ruta y se dirigiera para el lado del río.
Así entonces el conductor se desvió en dirección al rio y tras transitar algo de cien metros, frenó la unidad a la orden de uno de los delincuentes: “pará el motor y dame la llave” – le ordenó al mismo mientras que un vehículo se acercaba en sentido contrario y a marcha muy lenta. “Por el GPS de la unidad, la empresa ya llamó a la policía seguramente” – le informó el empleado intentando incomodarlos pero sin resultado.
“Se quedan adentro del colectivo sino regresamos y los matamos a todos” – manifestó un asaltante mientras su compañero confirmaba que el auto que se acercaba era el de su amigo, quien pasaba a recogerlos para culminar así con el operativo.
En cuestión de treinta segundos, los tres ladrones descendían del colectivo, se subían al auto donde los esperaba un cuarto integrante de la banda y se dirigieron hacia la ruta para perderse de vista en dirección a Rosario. “Tranquilos”- manifestó el empleado de la empresa de transporte a los pasajeros viendo que varios se pusieron de pie planificando una acción rápida. Y cuando pasaron los cinco minutos, finalmente optaron por bajarse y uno de ellos corrió unos doscientos metros hasta llegar a una casa y dar aviso a la policía.


La Posta Hoy, 8/8/15

sábado, 1 de agosto de 2015

ROBO A-Z: DETALLES


Una familia regresa de sus vacaciones y se encuentran con que delincuentes habían desvalijado por completo su casa. Se encontraban paseando por Córdoba cuando desde su domicilio, desconocidos se alzaban con objetos y elementos muy valiosos: LCD, notebook, microondas, minicomponente, etc. El impacto que les produjo encontrarse con un enorme desorden al ingresar a su vivienda, fue muy fuerte a tal punto de ponerse a llorar mientras que el jefe del hogar se comunicaba rápidamente con la dependencia policial. Y no les quedaba otra que volver a empezar.
Al día siguiente, Margarita desciende de la trafic que la lleva todos los fines de semana al casino y siendo las siete de la mañana, al intentar abrir la puerta de su casa, se da cuenta que la misma estaba sin llave y abierta. Ingresó y se encontró que por el patio, desconocidos habían ingresado revolviendo cajones e interiores de los muebles buscando dinero u objetos de valor; para su tristeza descubre que le habían robado varias joyas, perlas y algo de dinero que tenía guardado en un rincón del ropero. Y aunque llamó a la policía muy triste, no le quedó otra que tener que resignarse y volver a empezar.
Días después, un matrimonio sale de una fiesta de casamiento y regresa muy de tarde a su casa. Pero divisan de lejos que la puerta principal estaba semi abierta. Rápidamente frenan el auto y mientras la mujer llama a la policía, el esposo se anima a ingresar con un bate que guardaba debajo de su asiento. Ingresa a su hogar muy despacio y en los primeros ruidos que produce con su andar, se da cuenta que en el patio había extraños que alarmados intentaron saltar los tapiales y huir. El hombre, apenas los divisó, les gritó pero los malvivientes lograron escapar por espacios linderos al terreno y así perderse entre la oscuridad de la manzana. El matrimonio ya con la presencia de la policía, descubre que los delincuentes habían robado dinero que tenían guardado y pequeños objetos de valor; entre ellos tablet, mp3, relojes de pulsera, etc. Y para cuando los oficiales se retiraron del domicilio, la pareja quedó mirando cada rincón de la casa con la impotencia de saber que habían invadido su privacidad.
Y Sergio regresa de un simposio de profesionales de la medicina, ingresa el auto en su garaje y para cuando entra a su casa, se encuentra con que desconocidos habían violado la seguridad de la propiedad y revolvieron algunos sectores alzándose de cosas de valor. Rápidamente fue a su oficina, tomó un arma que ocultaba debajo de un mueble creyendo que aun los delincuente podían estar allí, pero no tuvo suerte y tras recorrer la casa y dar aviso a la fuerza policial, se encontró con que el robo había sido perpetrado el día anterior faltándole su notebook, computadora de escritorio, televisor, reproductor de blue-ray, etc. Y guardo el arma nuevamente, resignado con que lo ocurrido no iba a revertirse de ninguna manera.
Pero en una casa común y corriente, tres jóvenes se distribuyen el dinero  y los elementos robados en los cuatro hechos. Se toman varias cervezas y conversan sobre los pasos a seguir para nuevos robos. Entonces, se toman el tiempo y cada uno se sienta frente a su notebook conectándose a las redes sociales.
Días atrás, los integrantes de la familia subían fotos a Facebook de sus vacaciones por Carlos Paz y la zona. Publicaban imágenes de los lindos paisajes y de sus excursiones. Y como si fuera poco, la mujer postea una mañana en su muro: “disfrutando los dos últimos días en Córdoba antes de regresar a casa… ¡qué rápido se pasan las vacaciones!”.
Margarita acostumbra de cada lugar donde está, sacarse foto y subirlas a su Facebook. Incluso horas antes de que ingresaran a robar a su casa, posteo una foto con dos amigas tomada en el hall del Casino con el comentario: “hoy como todos los viernes, a probar suerte en este lugar.” Y la foto tuvo varios “me gusta” y comentarios de otros amigos deseándoles suerte.
Durante la tarde y mientras el matrimonio se prepara para asistir al casamiento de unos amigos, la mujer plancha y aprovecha un instante para comentar en su Facebook: “esta noche todos al casamiento de Loli y Juancho… allá vamos.” Y su publicación tuvo una decena de pulgares hacia arriba.
Sergio, también muy fanático de la red social, publicó días atrás las imágenes de cada uno de los expositores del simposio del que participaba. Incluso subió una selfie en la que se lo podía ver junto a otros profesionales amigos en el hall del hotel donde se desarrollaba el evento con la leyenda: “capacitándonos en los últimos días del simposio de nuestras vidas.” Y la imagen tuvo algunos “me gusta”.

Es que justamente estos tres jóvenes delincuentes tienen entre sus amigos a estas personas que publicaron de sus actividades en Facebook e informaron que se encontraban, por ende, fuera de sus domicilios. Dan “me gusta” a sus fotos y estados; y pasó lo que pasó.

La Posta Hoy, 1/8/15