Ignacio bajó del colectivo a metros de la facultad pensando en el examen
final de su carrera de abogacía. Durante varias semanas venía preparándose para
rendir esa evaluación y en su cabeza no había más que leyes, conceptos y
definiciones. E ingresando al edificio universitario, segundos antes de que se
dispusiera a poner en silencio su celular, recibió una llamada identificándose
como representante de su empresa de telefonía.
En un breve tiempo, el emisor le ofreció un plan para su servicio mucho
más económico que lo que venía abonando. Pero ante los nervios propios de la
situación, Ignacio intentó acelerar la conversación optando por aceptar el
cambio de plan y confirmando la operación aportando sus datos personales
requeridos por el promotor. Y luego, cuando finalizó la llamada optó por apagar
el celular e ingresó al aula donde debía exponer su trabajo final.
A los cinco minutos, la mamá de Ignacio, llamada Petrona, quien
acomodaba y limpiaba su hogar, recibió una llamada a su celular. Atendió y del
otro lado una voz masculina le informó que tenían secuestrado a su hijo y que
si seguía sus indicaciones, todo terminaría de la mejor manera. La mujer cortó
rápidamente la llamada aunque quedó pensando en aquella data. Pero a los
treinta segundos, el llamado se duplicó.
Petrona optó nuevamente por cortar la llamada entrante y rápidamente
llamó a su hijo, cuyo celular le indicaba estar apagado. Intentó tres veces, le
envió un watsapp y cuando estaba por dejar el aparato sobre la mesa, recibió el
llamado del supuesto secuestrador. “¿Cómo sé que es mi hijo?” – preguntó. Del
otro lado le brindan los datos de su hijo indicándole incluso que fue
secuestrado a metros de su ingreso a la
facultad; y para cuando la mujer pide hablar con él, solo pudo escucharse una
llamado de auxilio que dijo “mamá, soy yo” y esta la confundió con la voz de su
hijo.
El secuestrador le solicitó cinco mil pesos en tarjetas de telefonía
celular de varias compañías luego de que la mujer le preguntara qué pedía a
cambio de la libertad de Ignacio. “No cuelgues nunca el teléfono… nosotros
escuchamos todo desde acá y te vigilaremos cuando salgas a la calle; si avisas
a alguien entonces tu hijo, muere” – le indicó el delincuente mientras Petrona
se disponía a salir a la calle tras tomar un dinero que tenía en su mesa de luz
tras haber cobrado su jubilación días atrás.
De manera meticulosa, la mujer siempre con el celular intercomunicado
dentro de su bolsillo, se dirigió a un kiosco a media cuadra de su casa y
compró varias tarjetas por el valor de cinco mil pesos incluyendo la ganancia
agregada del comerciante. “¿Todo bien, Petrona? ¿Para qué quiere tantas
tarjetas?” – le preguntó de curioso el kiosquero a lo que la señora le
respondió que era para participar de un juego televisivo y, para evadir otras
preguntas, salió el comercio en dirección a su hogar.
Dentro de su casa, con el celular
en altavoz se sentó junto a la mesa del comedor y comenzó a raspar las bandas
de los códigos numéricos de cada una de las tarjetas. Y tras indicaciones del
secuestrador, Petrona les fue pasando cada una de esas series de manera
pausada.
Luego el delincuente le pidió que tome todas las tarjetas ya raspadas,
las coloque dentro de un balde y junto con otros papeles, las prenda fuego. Así
lo hizo la mujer siempre bajo la presión de que estaba siendo observada desde
lejos. Y cuando hubo terminado, el secuestrador la felicitó y antes de cortar,
le informó que su hijo sería liberado en la puerta de la facultad. Petrona
terminó llorando apoyada sobre su mesa y a la media hora recibió el llamado de
Ignacio que le comunicó muy feliz el haberse recibido; el joven salía de la
facultad, era felicitado por sus amigos pero se encontró con las llamadas
perdidas de su madre.
En realidad el secuestrador no era más que un detenido de la cárcel de
Piñeiro que contaba con un teléfono celular de incógnito en su celda. ¿Cómo
obtuvo el número de Ignacio? – Este lo tenía publicado en su Facebook, donde
incluso semanas atrás había posteado que se acercaba tal día en que debía
rendir el final de su carrera. ¿Cómo consiguió el número de Petrona? – Cuando
llamó primero al joven, para confirmar el supuesto cambio de plan, el falso
promotor le pidió otro número auxiliar e Ignacio le paso el de su madre. ¿De
quién era la voz de auxilio? – Simplemente pertenecía a otro compañero de su
celda, con quién luego compartió las recargas para mensajes y llamadas.
Y aunque luego intentaron llamar al número que había aparecido en el
celular de la mujer, nunca tuvieron éxito. Puesto que la línea pertenecía a un
chip sin dueño que un familiar del preso había adquirido, como otros, a veinte
pesos en un kiosco del barrio.
La Posta Hoy, 29/08/15

