He
aquí la recopilación de algunas historias de Arroyo Seco donde los
protagonistas son típicos comerciantes, que la luchan a sol y a sombras, pero
que cometieron el error de fiarle a sus clientes.
Maria
puso un almacén en el barrio recién inaugurado. En su momento, fió a algunos
vecinos que eran los que le habían acompañado en las marchas por la demora de
entrega de las casas. Cuando comenzó, era su comercio el único; pero para
cuando las libretas de los deudores se habían hecho suficientemente grandes,
estos iban a comprar a otro de los cientos de almacenes que ya instalados en su
misma manzana.
Margarita
cedió ante el pedido de fiado de un cliente que necesitaba solamente pan y
leche todos los días. Jamás cobró estas cosas, no pudo reponer la mercadería y
finalmente tuvo que cerrar el negocio. Le agarró una depresión profunda y tuvo
que asistir al psicólogo; donde cada sesión con el profesional le resultó más cara
de lo que sale un kilo de pan y un litro de leche diario.
Don
Carlos fió a uno de sus mejores amigos. No pudo cobrarle, perdió la amistad y
tuvo que aguantar las críticas de su cliente que lo trató, en diálogo con otros
vecinos, de "ladrón", "mal humorado" y de hasta ser
engañado por su esposa. Desde entonces, amigo que tiene, amigo que no le fia...
solamente para seguir creyendo que su amada le permanece fiel y no entrar en la
duda.
Susana
fió a varios vecinos de su cuadra. Pero recibió un shock cuando caminando (para
adelgazar los kilos subidos en navidad) descubrió que en los cestos de basura
de esos clientes había enormes bolsas de los comercios de su competencia. AMAS
tuvo que asistirla cuando la encontraron casi sin aliento agarrada a un canasto
de residuos y golpeándose el pecho con una bolsa de Micropack.
Mario
fio su servicio a un vecino quien a las pocas semanas se mudó del barrio
alquilando otra casa en el otro extremo de Arroyo Seco. Finalmente no lo vio
más a su cliente, que si visitaba el barrio caminaba en la vereda opuesta, y
tuvo que poner de su propio bolsillo para reponer los elementos usados en aquel
trabajo.
Beti
dejó de fiar a sus clientes cuando se dio cuenta que abriendo libretitas y
libretitas, a los únicos que beneficiaba era a los fabricantes de libretas. Y
colocó cientos de cartelitos en el mostrador como ser:
>
aquí se fiará solo cuando se compruebe que hay vida en otro planeta y tengamos
la plena seguridad que vendrán a comprar a este negocio
>
se fiará solamente a personas mayores de 90 años acompañados de sus padres
>
en este comercio comenzaremos a fiar cuando el "negro" llegue a ser
intendente
Pero
la mejor ocurrencia la tuvo Miguel cuando entre las estanterías de su almacén
de barrio colocó la leyenda "aquí solo fiamos los artículos de sex-shop".
Esto bastó para que varios de los clientes observaran todo el local buscando algún
producto de esta categoría, cosas que jamás hubo. O el peor de los casos lo
pasó doña Angela, socia del Centro de Jubilados, con ochenta y cinco años que
entró y le pidió a Miguel algo que le diera emoción en su solitaria
intimidad... "y me lo tiene que fiar, claro"- le dijo la abuela.
Julián
tuvo una mejor idea. En contraparte a su carismática manera de relacionarse con
los demás y no pudiendo negarse a los pedidos de fiado, le solicitó a su suegra
que por un mes le atendiera el minimercadito que había montado gracias a la
inversión de un dinero ganado en un juicio. Solo con el agrio rostro de la suegra,
jamás un cliente se le ocurrió pedir fiado y el negocio de Julián prosperó a lo
grande a tal punto de llegar a ser un conocido supermercado de la ciudad.
Rita
fue más allá con su accionar. Una tarde bajó las persianas de su tiendita y
salió a recorrer las calles de Arroyo. Sentada en la heladería de Grido estaba
una de sus clientas deudoras, a la que se animó a solicitarle delante de todos
los presentes el pago de la pilcha comprada y la clienta le abonó. Cerca de la
Biblioteca, encontró a otra de sus clientas morosas que venía de anotar a su
hijo en clases de apoyo de inglés en el Centro Cultural. Pero al no poder
cobrarle, terminó por sacarle la remera y el shor que tenía puesto y la obligó
a regresar a su hogar en ropa interior.
Perla
también apeló a la vergüenza de sus morosos para cobrar los fiados en su
comercio ubicado en pleno centro: en la vidriera colocó una marquesina digital
donde podía leerse a todo color el nombre de sus morosos invitándolos a pasar y
regularizar su situación.
Estas
son solo algunas de las historias de almaceneros y otros pequeños comerciantes
que para nada recomiendan el fiar a clientes luego de sus malas experiencias.
Quien de lo malo, sacó alguno bueno, fue Miguel quien, a pedido de los vecinos,
tuvo que finalmente traer nuevos artículos a su comercio y sacar el cartel de
los estantes.
Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 23/02/2013