Cada persona tiene su forma y su tiempo para elaborar un duelo. Lo que
resulta difícil, en todo caso, es superar la triste realidad en la que aquel
ser querido no estará más. Y ese despegue físico es el que tanto duele y tanto
amarga; mucho más cuando se trata de un familiar bien cercano.
Sin embargo el duelo de Sara, tras la muerte sorpresiva de su madre,
tuvo un gran paréntesis. Convencida por una carta que encontró sobre la mesa de
luz, fue hasta el nicho, abrió el ataúd y recuperó con vida a su mamá. Ese día
vivió momentos diferentes y especiales con la nueva oportunidad de tener a Olga
a su lado: desayunaron, almorzaron, bailaron y recorrieron las fotos del álbum familiar.
Y no quitaba la mirada de su madre deseando que cada instante quedara congelado
en el tiempo.
Incluso Sara llamó a su novio, Gonzalo, para compartirle la nueva. El
muchacho, dejando su trabajo, se presentó en casa de su pareja y pasó por
varios minutos, paralizado junto a la puerta al ver a su suegra sentada a la
mesa como si nunca habría abandonado esta vida. No obstante, pese a esa fugaz
visita, su novia continuó a solas con su mamá a quien le cocinó y le agradeció,
en varias oportunidades, por volver a estar a su lado. Y la tarde llegó, Sara
se recostó en la cama al mismo tiempo que el silencio volvió a reinar en el
hogar.
Nada como buscar el sueño siendo observados por la persona que amamos. Es
algo placentero y trae tranquilidad el saber que ese ser amado está allí,
parado junto a la cama, esperando que durmamos como si fuera posible
acompañarnos aun en los sueños. Y esto es lo que Sara vivía en esos momentos
con los ojos cerrados, sonriente y dejando que su madre acariciara su cabellera
y tarareara una canción de cuna.
Cuando una rosa se quiebra y comienza a secarse, es inútil creer que una
persona puede volver a juntarla y revivir la parte desprendida. La buena
intención no alcanzará ni siquiera cuando el cuidador ponga toda su esperanza
en que la planta volverá a ser como antes. Y la realidad enseña que la rosa no
será la misma y que jamás se podrá volver a tener la planta que fue en su
momento cuando podía dar las mejores flores.
Gonzalo llegó a la casa de su novia alrededor de las veintidós horas e
ingresó a la misma. Algunas cosas estaban fuera de su lugar. Dado que Sara no
había salido de la casa en las últimas cuarentaiocho horas prefiriendo quedarse
dentro de la vivienda; su novio esperaba encontrarla en una actitud de luto pero
esta dormía en la cama de Olga. El caminó hacia la cocina y se sorprendió al
ver fotos esparcidas sobre la mesa junto a un plato y una taza que permanecían
servidos. Y finalmente caminó hacia la habitación, encendió la luz y Sara despertó.
En los ojos de ella no había lagrima pero sí una mirada distinta. “Hola
amor” – lo saludó mientras él se acercaba a la cama para besarla. “¿Mi mamá?” –
le preguntó haciendo que Gonzalo la mirara y respirara profundamente. “Sara,
vos ya sabes que ella no está más…” – respondió el muchacho midiendo sus
palabras y sin intención de lastimarla. Pero Sara sonrió y se sentó en la cama
objetándo: “Amor, vos ya la viste esta mañana… ella resucitó y hoy pasamos un
hermoso día juntas.”
Después de varios minutos donde Sara le contó a su novio todo lo vivido
en las últimas horas junto a su madre que había regresado de su muerte, Gonzalo
se puso de pie junto a la cama, rascó su cabellera y forzando su voz expresó
que algo allí no estaba bien: “Amor, no vine esta mañana y recién salgo de
trabajar” – aclaró el pero ella estaba segura en lo que decía hasta incluso
comenzó a llamar a su madre, la que podía estar, tal vez, en otro ambiente de
la casa. “No, Sara, no hagas eso… por favor” – le pidió el.
La noche anterior, basada en todo su dolor, Sara había escrito la carta
donde ella misma era la destinataria. Su enorme tristeza le permitió crear una
realidad donde imaginó haber quitado con vida a su mamá del ataúd y pasado un
día haciendo lo que más quería para sentir felicidad. Pero tales cosas nunca
ocurrieron aunque Sara tenía la plena seguridad que su mamá había estado
nuevamente con ella ese día; por ende tuvieron que internarla, contra su
voluntad, para tratarla con medicamentos. Y las cosas, jamás fueron lo mismo
para ella.
Sara pasó el resto de su vida, solitaria, dentro de la habitación de una
clínica psiquiátrica. Allí donde en una conversación que carecía de respuestas,
hablaba con su mamá quien permanecía a su lado y la peinaba al igual que cuando
era niña. Y así ella no lloraba, ni extrañaba, ni sentía angustia… estaba
arraigada a una realidad, su propia realidad, donde su mamá había vuelto para
quedarse a su lado y para siempre.