sábado, 28 de febrero de 2015

RESURRECCION (final)



Cada persona tiene su forma y su tiempo para elaborar un duelo. Lo que resulta difícil, en todo caso, es superar la triste realidad en la que aquel ser querido no estará más. Y ese despegue físico es el que tanto duele y tanto amarga; mucho más cuando se trata de un familiar bien cercano.
Sin embargo el duelo de Sara, tras la muerte sorpresiva de su madre, tuvo un gran paréntesis. Convencida por una carta que encontró sobre la mesa de luz, fue hasta el nicho, abrió el ataúd y recuperó con vida a su mamá. Ese día vivió momentos diferentes y especiales con la nueva oportunidad de tener a Olga a su lado: desayunaron, almorzaron, bailaron y recorrieron las fotos del álbum familiar. Y no quitaba la mirada de su madre deseando que cada instante quedara congelado en el tiempo.
Incluso Sara llamó a su novio, Gonzalo, para compartirle la nueva. El muchacho, dejando su trabajo, se presentó en casa de su pareja y pasó por varios minutos, paralizado junto a la puerta al ver a su suegra sentada a la mesa como si nunca habría abandonado esta vida. No obstante, pese a esa fugaz visita, su novia continuó a solas con su mamá a quien le cocinó y le agradeció, en varias oportunidades, por volver a estar a su lado. Y la tarde llegó, Sara se recostó en la cama al mismo tiempo que el silencio volvió a reinar en el hogar.
Nada como buscar el sueño siendo observados por la persona que amamos. Es algo placentero y trae tranquilidad el saber que ese ser amado está allí, parado junto a la cama, esperando que durmamos como si fuera posible acompañarnos aun en los sueños. Y esto es lo que Sara vivía en esos momentos con los ojos cerrados, sonriente y dejando que su madre acariciara su cabellera y tarareara una canción de cuna.
Cuando una rosa se quiebra y comienza a secarse, es inútil creer que una persona puede volver a juntarla y revivir la parte desprendida. La buena intención no alcanzará ni siquiera cuando el cuidador ponga toda su esperanza en que la planta volverá a ser como antes. Y la realidad enseña que la rosa no será la misma y que jamás se podrá volver a tener la planta que fue en su momento cuando podía dar las mejores flores.
Gonzalo llegó a la casa de su novia alrededor de las veintidós horas e ingresó a la misma. Algunas cosas estaban fuera de su lugar. Dado que Sara no había salido de la casa en las últimas cuarentaiocho horas prefiriendo quedarse dentro de la vivienda; su novio esperaba encontrarla en una actitud de luto pero esta dormía en la cama de Olga. El caminó hacia la cocina y se sorprendió al ver fotos esparcidas sobre la mesa junto a un plato y una taza que permanecían servidos. Y finalmente caminó hacia la habitación, encendió la luz y Sara despertó.
En los ojos de ella no había lagrima pero sí una mirada distinta. “Hola amor” – lo saludó mientras él se acercaba a la cama para besarla. “¿Mi mamá?” – le preguntó haciendo que Gonzalo la mirara y respirara profundamente. “Sara, vos ya sabes que ella no está más…” – respondió el muchacho midiendo sus palabras y sin intención de lastimarla. Pero Sara sonrió y se sentó en la cama objetándo: “Amor, vos ya la viste esta mañana… ella resucitó y hoy pasamos un hermoso día juntas.”
Después de varios minutos donde Sara le contó a su novio todo lo vivido en las últimas horas junto a su madre que había regresado de su muerte, Gonzalo se puso de pie junto a la cama, rascó su cabellera y forzando su voz expresó que algo allí no estaba bien: “Amor, no vine esta mañana y recién salgo de trabajar” – aclaró el pero ella estaba segura en lo que decía hasta incluso comenzó a llamar a su madre, la que podía estar, tal vez, en otro ambiente de la casa. “No, Sara, no hagas eso… por favor” – le pidió el.
La noche anterior, basada en todo su dolor, Sara había escrito la carta donde ella misma era la destinataria. Su enorme tristeza le permitió crear una realidad donde imaginó haber quitado con vida a su mamá del ataúd y pasado un día haciendo lo que más quería para sentir felicidad. Pero tales cosas nunca ocurrieron aunque Sara tenía la plena seguridad que su mamá había estado nuevamente con ella ese día; por ende tuvieron que internarla, contra su voluntad, para tratarla con medicamentos. Y las cosas, jamás fueron lo mismo para ella.
Sara pasó el resto de su vida, solitaria, dentro de la habitación de una clínica psiquiátrica. Allí donde en una conversación que carecía de respuestas, hablaba con su mamá quien permanecía a su lado y la peinaba al igual que cuando era niña. Y así ella no lloraba, ni extrañaba, ni sentía angustia… estaba arraigada a una realidad, su propia realidad, donde su mamá había vuelto para quedarse a su lado y para siempre.



 La Posta Hoy - 28/02/2015

sábado, 21 de febrero de 2015

RESURRECCION (parte III)



Casi como en un pestañeo, Olga se encontraba de pie entre un tumulto de gente. Desorientada mira a su alrededor y descubre que tanto ella como el resto, vestían un atuendo blanco. Poniéndose en punta de pie observó sobre las cabezas de los que le rodeaban; había millones y millones de personas en el lugar. Algunos conversaban con sus compañeros. Ninguno tenía tristeza, ni temor, ni apuro aunque era como si todos esperaran algo.
Y sin noción del tiempo transcurrido allí, Olga comienza a oir de lejos la voz de su hija diciendo “mamá… yo te sacaré”. Y aquella voz se hizo cada vez más cercana haciendo que ella en cuestión de segundos, abriera los ojos y se encontrara con su hija que terminaba de abrirle el ataúd.
Tras la muerte de un ser querido, aparece esa sensación de que quedaron pendientes un montón de cosas por hacer y decir. Nos da la sensación de que la vida pasó lo suficientemente rápido como para no tener el momento de charlar aquellas cosas importantes o de vivir momentos especiales de una manera diferente. Descubrimos que la actitud de dejar todo para mañana no tuvo sentido. Y las cosas cambian, pero Sara vive otra situación única e increíble.
La repentina muerte de su madre había puesto a Sara en una continua tristeza aun cuando sus amigas y su novio intentaron, por momento, ayudarla para que se distraiga y pensara en otras cosas. Pero las cosas cambiaron, cuando motivada por una carta que encontró en la mesa de luz, abrió al tercer día el ataúd y recuperó a su madre con vida. Y cada minuto de ese día, ambas disfrutaban de su compañía como nunca antes lo habían hecho.
Sara ojeó las fotos del álbum familiar sonriendo al ver donde estaban reflejados los momentos especiales de su infancia. Secuencias que traía a la memoria y añoraba acompañada de las palabras de su madre. Fotografías que las acercaban más a través de los recuerdos y de sentir cuán gratificante significaron todos esos momentos. Y la sensación de que algo les había dado a ambas, una segunda oportunidad para estar juntar.
A las dos horas, la joven abre sus ojos despertando tras un breve descanso. Permaneció inmóvil por algunos segundos hasta que se dio cuenta que alguien estaba de pie junto a su cama. Giró su cuerpo y observó a su madre, inmovilizada, que la observaba con una sonrisa. “Solo te miraba cómo dormías… me quede a tu lado para cuidarte” – le manifestó la mujer haciendo que Sara se incorporara y la abrazara.
Luego merendaron mientras que Sara le contaba a su madre su temor: “nadie va a creer que estas otra vez con vida; aun cuando te vean acá pensarán que en realidad, nunca estuviste muerta” – le expresó. Y Olga se tomó el tiempo de acariciarle la cabellera interrumpida al instante por una brisa que entró en el comedor e hizo volar las fotografías que se habían salido del álbum y permanecían esparcidas sobre la mesa.
Al ritmo de un tema de The Beatles, Sara bailó tomada de la mano de su madre para cuando un locutor interrumpió la música de la radio y ambas terminaron por quejarse. A los diez minutos, un llamado de Gonzalo ingresó a su celular pero ella no le atendió. El muchacho que aún se encontraba en el trabajo cortó la llamada y comenzar a  preocuparse por su novia. Y las horas pasaron en la casa donde cualquiera que pasaba por la vereda podía ignorar lo que estaba pasando adentro.
Para cuando comenzó a ocultarse el sol, la joven cocinó a su madre sin permitirle que ella le diera una mano en la preparación de la cena: “siempre me cocinaste y ahora soy yo quien quiero prepararte la cena” – le indicó Sara para cuando, antes de que la comida estuviera a punto, terminaba de poner los cubiertos sobre la mesa. Y finalmente cenaron charlando sobre cómo saldrían al día siguiente, a la calle.
Alrededor de las diez de la noche Gonzalo, como acostumbraba cada día, paso por la casa de su novia. Los días posteriores a la muerte de su suegra, se encontraba con Sara que llorando permanecía sentada en la cocina aun sin poder superar la perdida. Sin embargo, en esa tercera noche el comedor estaba vacío y ella dormitaba en su habitación. E ingresó a la vivienda muy despacio notando que las cosas no estaban como los días anteriores.
Se encontró con fotos en el piso y algunos utensilios sobre la mesa. Se acercó para ver de cerca lo que había allí y para su sorpresa, había dos platos y dos tazas, pero un plato y una taza estaban servidos. Y finalmente, notando que el celular de Sara estaba también sobre la mesa con sus llamadas perdidas, ingresó en la pieza para encontrarse con su pareja que despertó cuando el encendió la luz.

(Continúa en la próxima edición)


 La Posta Hoy - 21/02/2015

sábado, 14 de febrero de 2015

RESURRECCION (parte II)



‘Mañana a las seis horas, tu mamá volverá a la vida’ – rezaba la carta que Sara encontró sobre la mesa de luz, al costado de la cama de su madre que había fallecido dos días atrás. Una carta inoportuna e incómoda para la joven que en el duelo, no salía de su casa y deseaba abrir sus ojos para encontrarse, en algún momento, con que todo fuera un sueño. Llevó el papel a su pecho y terminó creyéndola mientras que llamaba a Maximiliano, su amigo, con quien iría, al día siguiente, a abrir el nicho donde descansaban los restos de su mamá.
Durante toda la noche previa al tercer día de duelo, Sara se recostó pensando con lo que podía encontrarse horas más tarde. Por momentos supuso que aquella carta no era otra cosa más que una broma de mal gusto para quien se enfrentaba a cada minutos con el dolor por la pérdida de un ser querido. Pero su deseo de que fuera verdad, le era más fuerte y se convencía de que su madre regresaría a la vida. “Tal vez nunca murió y solo estaba dormida” – pensó luego de releer la carta. Y siendo las cinco de la mañana, tras haber permanecido en vigilia, se duchó y salió con su bicicleta en dirección al cementerio.
El primo de Maximiliano era empleado municipal y responsable de cementerio. Maximiliano lo había llamado pidiéndole en carácter de favor, poder abrir el nicho y el ataúd de la madre de Sara con la idea de retirar de allí adentro un valioso reloj de pulsera. El empleado primero se había negado pero terminó cediendo al pedido de su primo con la condición de hacer ese trabajo antes del inicio de su jornada laboral y sin mayores compromisos. Así es que Sara llegó al ingreso del cementerio y allí estaban esperándola estos muchachos.
Sara le agradece al empleador por el gesto y se dirigen al panteón en cuestión, faltando pocos minutos para la seis de la mañana. En el operario podía notarse algo de preocupación e interés en que todo pasara muy rápido a fin de que ninguna otra persona más estuviera allí. Ya frente al nicho, el muchacho toma un cortafierros y al golpe de una masa, comienza a desmoronar los bordes del mismo. Para sorpresa, tras un golpe de la masa, los tres escuchan otro ruido menor y continuo, se miran y finalmente se percatan que el mismo provenía del interior del nicho. El empleado termina por dejar las herramientas en el piso y asustado se retira sin dar explicaciones, y a los pocos segundos es seguido por Maximiliano aunque la joven intentó detenerlo. Y allí quedó ella sola sabiendo que algo debía hacer.
Sara toma las herramientas y termina por quitar la lápida del nicho. “Mamá… mamá… yo te sacaré” – comenzó a decir para cuando finalmente tomó fuerzas, extrajo el ataúd hacía afuera y siguió escuchando el pequeño golpe que venía desde adentro del féretro. Con una gran sonrisa y forzando la tapa del cajón con el cortafierros, terminó por abrirlo y descubrió que su madre estaba despierta quien rápidamente se sentó. Ambas se abrazaron y luego Sara ayudó a Olga a salir del ataúd aun sin necesidad de hallar explicaciones a lo que estaba sucediendo.
“Hija, ¿qué paso?” – solo fue lo que en varias oportunidades, Olga le preguntó a su hija. Sara solamente deseaba abrazarla como nunca antes lo había hecho y no encontraba palabras para responder a su madre. Las mujeres rápidamente salieron del cementerio incluso olvidando la bicicleta y sin rastros de Maximiliano ni su primo. “Mamá… hace tres días que te encontré muerta en casa” – manifestó Sara cuando llegaban al hogar ante la mirada de una vecina que salía a la vereda para caerse desmayada del asombro por lo que estaba percibiendo. Y finalmente ingresaron a la vivienda.
Olga volvió a abrazar a su gata y se dirigió a su cuarto para ducharse y cambiarse de ropa. Sara tomó el celular y llamó a  Gonzalo, su novio,  a fin de ponerlo al tanto de la nueva. El muchacho solo intentó tranquilizar a su enamorada que tras hablar acompaña de llantos no dejaba bien en claro lo que había acontecido y haciendo que el, muy asustado se retire del trabajo para tomar su auto y ver lo que estaba aconteciendo en casa de su novia. La madre finalmente regresó al comedor con un hermoso vestido de flores rojas que hacía tiempo no usaba y nuevamente su hija la abrazó fuertemente.
A los veinte minutos, Gonzalo estacionó su auto frente a la vivienda, entró a la casa y quedó paralizado al ver a su amada y su suegra sentadas a la mesa desayunando. Incluso Olga tenía en su regazo a su gata. El dudó en acercársele a Olga pese a que Sara lo tomó de la mano y lo arrimó a ella. “¡Esto no puede estar pasando!” – manifestó y comenzó a llorar. Y finalmente terminó por convencerse de que aquello era real sin muchas más explicaciones que dar.
En ese mismo segundo pero fuera de casa, la gata terminó de lamerse sentada sobre un tapial de la casa. Luego saltó sobre la bicicleta de Sara y finalmente cruzó la calle ante la mirada de la vecina que, muy triste, continuaba barriendo la calle que permanecía, aun, sin ningún vehículo.

(Continúa en la próxima edición)


 La Posta Hoy - 14/02/2015

sábado, 7 de febrero de 2015

RESURRECCION (parte I)


Faltando pocos minutos para la medianoche, Maximiliano recibe en su celular un llamado de una amiga que le preguntó si su primo seguía trabajando como encargado del cementerio. “Sí, claro, ¿necesitás algo de él?” – preguntó el muchacho. La chica respiró profundamente y tras indicarle que le habría de pedir un gran favor, le solicitó: “Se que te parecerá una locura pero necesito que mañana muy temprano, junto con tu primo, podamos abrir el nicho y el cajón donde está mi mamá.” Y hubo silencio entre los amigos.

Días atrás.
Aunque cada persona tiene su manera de procesar un duelo tras la muerte de un ser querido, todos de igual manera, con el avance del tiempo, nos conformamos a la triste realidad de que esa persona no estará mas y de que las cosas jamás serán igual. Es que en verdad la mente termina por convencernos que no hay nada por hacer para revertir esa muerte. Pero, ¿qué pasaría si realmente lo hubiera?
Sara tiene veinticinco años y convive con Olga, su madre de cincuenta años. Tiene su propia tienda de ropas en el centro de la ciudad, la que pudo abrir con una indemnización tras ser despedida un año atrás de una importante fábrica; y está de novia con Gonzalo, un mecánico, de su misma edad. Todas las mañanas, a las nueve horas, abre su comercio y antes de que lleguen los primeros clientes prepara el equipo de mate. Y a los veinte minutos, llega su madre a hacerle compañía, desayunar juntar y charlar. Pero una mañana, su mamá no llegó.
Aunque prácticamente amanecían juntas, era Sara quien se retiraba primera, en bicicleta, hacia su negocio mientras que su madre alimentaba a su gata, se tomaba el tiempo para limpiar y ordenar el hogar y luego iba, a pie, a la tienda. Y aunque Sara junto a su novio venían planificando desde hace algunos meses, su boda; la relación con su madre era como de amigas y muy buenas compañeras.
Cuando faltaban quince minutos para las diez de la mañana, Sara termina de atender a una clienta y busca el celular en su cartera para preguntarle a su madre, por sms, si se encontraba bien y si estaba llegando. Y si bien era extraño que la mujer se demorara tanto en llegar, lo era aún más que no respondiera el mensaje de texto. A los cinco minutos, Sara la llamó al celular y luego al teléfono fijo de la casa, y no tuvo suerte por lo que comenzó a preocuparse.
Dejó el negocio al cuidado de una amiga que pasó a visitarle y se fue a su casa. Llegó y encontró a su madre en el piso de la cocina puesto que un infarto había causado su muerte. Sara gritó haciendo que una vecina que barría en la vereda se asustara e ingrese a socorrerla. Y luego dieron aviso al servicio de emergencias que, aunque no se demoró en llegar, era tarde para revertir lo acontecido.
“¿Por qué? ¿Por qué a ella?” – se preguntaba Sara mientras permanecía en el comedor rodeada de vecinos y la ambulancia de la funeraria retiraba el cuerpo de la mujer. Al rato se hundió en un fuerte abrazo con su novio que llegó a la casa y lloró fuertemente.
Casi todo lo que sucede repentinamente duele, pero nada como la muerte de un allegado a quien saludamos en un momento como si nada iba a pasar. Y pensar que ese saludo se convirtió en el último que le emitimos: sin poder despedirnos ni decir las cosas que quedarán pendientes de por vida.
Las siguientes horas fueron las más tristes para Sara: observar de a ratos el cuerpo de su madre en el ataúd y cerrar sus ojos como deseando que todo fuera solo un sueño; recibir el pésame de allegados y amigos y anhelar, por sobre todas las cosas, que esas horas pasen rápidamente. Y finalmente, grabar en su retina los segundos en donde colocaron el féretro en un nicho y una lápida selló el lugar.
Siguieron dos días de duelo en los cuales Sara prefirió estar en su casa. Por momentos estuvo acompañada por su novio y amigos. Ordenó el hogar y volvió a reacomodar lo ordenado simplemente para crear ese ámbito de movimiento dentro de la vivienda. Lloró sobre la cama de su madre varias veces y difícilmente podía dormir y dejar de pensar en el vacío que reinaba más allá de algún que otro ruido de la gata que deambulaba por las habitaciones del hogar. Y pasó por momentos donde prefirió estar a solas y otros, en lo que tenía necesidad de ser abrazada.
Y a la segunda noche y mientras permanecía acostada en la cama de su madre, se percató que sobre la mesa de luz había un sobre. Lo tomó y retiró de su interior, una carta sin remitente que rezaba: Mañana a las seis horas, tu mamá volverá a la vida. No lo dudes y ve a buscarla. Sara, muy sorprendida, tomó el papel y lo apoyó en su pecho mirando a cada lado de la habitación. Y después de pensar en aquella leyenda por más de una hora, secó sus lágrimas y tomando su celular, llamó a Maximiliano –un viejo amigos al que en otras oportunidades, había ayudado con dinero.
El muchacho le devuelve a la media hora su llamada para informarle que su primo, encargado del cementerio, había cedido al pedido: “Tuve que decirle que era para recuperar un valioso reloj de pulsera que tenía tu mamá puesto” – le indicó; “por eso, mañana antes de las seis, nos espera para sacar el ataúd.”
(Continúa en la próxima edición)


 La Posta Hoy - 07/02/2015