sábado, 7 de diciembre de 2013

SIETE (FINAL)



¿Acaso existe la manera de alterar el pasado? ¿De modificar las malas decisiones que tomamos? ¿De evitar aquellos errores que nos afectan aun en el presente? Gaspar se encuentra a punto de prender fuego aquella caja que tenía la sencilla habilidad de hacer desaparecer a siete persona cuyo nombre se deposite dentro de ella. Cinco personas habían desaparecido, la ciudad de Arroyo Seco conmovida, su sobrina secuestrada y sin salida cierta. Se encuentra en el predio frente a la perrera municipal donde a su lado se encuentra la misma mujer que días atrás le había entregado ese cofre en la plaza San Martín.
“Nada va a cambiar con prenderla fuego” – le aclara la mujer. El apaga el encendedor y se acerca a ella que permanecía inmutable. Casi actúa por impulso agrediéndola pero se controla y solo se limita a hablarle con la voz fuerte: “No quiero saber más nada con esta caja… ¡no aguanto más todo esto!” Gaspar se quebró en llanto lleno de impotencia. Ella le recuerda que todo llegaría a su fin solo cuando siete personas sean desaparecidas por esa magia: “y te das cuenta que no es tan sencillo cuando anhelas que determinada persona deje de existir por más mala que resulte.”
El patea la caja arrojándola a varios metros. Pero en lo profundo comprendía que las palabras de la mujer eran ciertas; que aun las personas menos insignificantes en la vida valen, y que no por dejar de existir, las cosas mejorarían como muchas veces pensamos. “¿Cómo hago para que aparezcan todos?” – le preguntó pero ella le indica que no había forma, que esas desapariciones eran similares a la muerte misma.
Lejos de allí, cerca del barrio Güemes la policía comandada por el agente Marcos ingresa bruscamente a una vivienda donde finalmente logran recuperar a la pequeña Damaris que estaba secuestrada por el hermano de Mario, la primera persona que Gaspar había hecho desaparecer. Rápidamente unas mujeres policías constatan el estado de salud de la niña y se la llevan a su madre en el hospital Nº 50 que al verla, recuperó sus fuerzas luego de una intensa angustia.
Gaspar queda sentado en el césped a metros de la caja y sin la mujer. Y para cuando intenta ponerse de pie para caminar hacia ella, rápidamente es iluminado por las luces de los móviles del comando radioeléctrico. Decenas de perros comenzaron a ladrar desde el predio del otro lado de la ruta y varios agentes se precipitan sobre él reduciéndolo y finalmente lo trasladan con caja en manos a la seccional 27ª dejándolo solo en una habitación contigua a la del comisario. Al  rato ingresa Marcos que tras indicarle que habían recuperado a su sobrina, viene a reclamar el trabajo solicitado: hacer desaparecer a una persona más.
Ahora es el mismo Gaspar quien le explica al oficial que por más que las personas que menos queremos desaparezcan, eso no resuelve los problemas de convivencia ni mejora las demás relaciones; “piense muy bien a quién hará desaparecer… no hay vuelta atrás, ¡aprenda a valorar a cada uno de los que tiene a su lado aun a los que menos tolere!” – le expresó. Marcos consintió con esas palabras y salió para pensar dejándolo solo en la habitación.
Observando el silencio del cuarto, pasa por su cabeza una secuencia de imágenes de los que ya no estaban. Mario, quien lo había hostigado toda su adolescencia y parte de la juventud. Alfredo, su mal llevado encargado de la fábrica. Ulises, su padre alcohólico y golpeador de su esposa. Renato, al agente que iba a arrestarlo. La inocente mujer policía que le devolvió la caja. Y por último, Tania, su novia. Todos ellos, ya no estaban ni jamás volverían a estarlo. Todos ellos importantes para su vida, aun aquellos que parecían más difíciles de sobrellevar. Y no había manera de revertir esto solamente que pasar largos años en una cárcel esperando que pocos o casi nadie creyeran en el misterioso poder de esa caja que aun permanecía frente a él.
Tenía como un nudo en la garganta. Estaba lleno de dolor. Se quiebra y no puede parar de llorar. Se pone de pie, se rasca su cabellera y vuelve a sentarse. Golpea su pecho y vuelve a pararse. Por momento pasan por su memoria las voces y los rostros de los que hizo desaparecer. Finalmente se acerca al cobre, coloca su propio nombre en un papel y lo coloca adentro. Comenzó a observar cómo su propia mano comenzaba a esfumarse, luego su brazo, sus piernas y el resto del cuerpo. Al mismo instante, la caja también desaparece. Cuando ingresa el agente, era demasiado tarde y solo quedaban en el cuarto muebles y papeles; emite una pequeña sonrisa y se sienta.

Lejos de allí, una joven camina hasta el centro de una plaza llorando. Era víctima de golpes de su novio. Se sienta y una mujer aparece a su lado con el cofre en mano. La muchacha escucha a la extraña señora mientras observa a su alrededor… allí varios niños y matrimonios paseaban en la plaza San Martín de V. Constitución.


FIN

La Posta Hoy - 07/12/2013

sábado, 30 de noviembre de 2013

SIETE (parte 11)



¿Qué hacemos cuando nuestros secretos más importantes salen a la luz? ¿A dónde vamos cuando las puertas de ayudas se nos cierran? ¿Y cómo enfrentamos las consecuencias que puede ocasionar justamente ese secreto? Gaspar, en una casa del barrio Doña Pepa, está entre el dilema de hacer desaparecer a su novia o su ex, la sexta persona. Porque tarde o temprano, todos terminamos por entender que cada una de las decisiones que tomamos tienen sus consecuencias.
Tras la misteriosa desaparición de cinco personas, la ciudad se encuentra conmovida y asustada. Hay manifestaciones en la via pública y la presencia de la policía y gendarmes se hace cada vez más fuerte en las calles. El agente Marcos intenta explicar lo ocurrido a los medios pero miente al explicar que se está trabajando por la aparición de esas personas; incluso de la joven oficial que dejó escapar al único sospechoso. Cuando termina de dialogar con los periodistas, se escabulle entre varios uniformados y sale de la seccional 27ª sin ser visto.
Los nervios y la impotencia hicieron que Verónica se desvaneciera y fuera llevada al hospital Nº 50. Allí permanecía en observaciones, adormecida mientras su madre, Nerina, aguardaba a algún profesional sentada en el largo sillón de cemento en el pasillo principal. Se tomaba su cabeza, lagrimeaba, se ponía de pie, caminaba observando el interior de cada consultorio y volvía a sentarse. Y cuando pocas personas habían quedado en el nosocomio, por la puerta de guardia ingresa su hijo con el cofre en  mano.
Cuando las cosas nos superan podemos negar muchas realidades para encontrar otra salida alternativa, menos de la familia. O sea, de cada una de esas personas que amamos y que sabemos nos comprenden mejor que otros. Nerina corre para abrazarlo y llorar juntos. “Hijo, ¿qué está pasando? ¿Qué hiciste?” – le pregunta pero no deseando su respuesta, sino solo que lo interroga desde su angustia. Gaspar la calma sentándola nuevamente, deja la caja a un costado y le acomoda la cabellera. La mujer le cuenta sobre el secuestro de su sobrina, “la nota decía que no aparecerá hasta que vuelva Mario” – detalla.
Luego ingresa lentamente a la sala donde se encontraba su hermana. Siempre tenía entre sus manos la caja. Permanece por varios minutos de pie a su lado y vuelve. Junto a la puerta, lo espera Marcos apoyado en la pared que sin decir palabras le indica que ingrese a otra de las salas, va tras él y cierra la puerta. Adentro, muy distendido el agente le propone negociar por el uso de la caja: “necesito hagas desaparecer a alguien por mi, ¿cuál es tu oferta?” – le preguntó. Marcos tenía el deseo de hacer eliminar de la vida a su superior con la finalidad de ascender y ocupar el primer lugar en la seccional 27ª.
Allí es donde Gaspar ve la oportunidad ideal para proponerle que recupere a su sobrina a cambio de utilizar la magia de la caja a su favor. El oficial consiente con la propuesta y llegan al acuerdo. Y mientras Marcos permanece sentado en la camilla de la sala y con una sonrisa, Gaspar aprovecha para salir por detrás del hospital. Salta un cerco y camina en dirección a la ruta. Busca los lugares en penumbra de las veredas y se dirige hacia el norte de la ciudad; aunque con un rumbo poco  definido.
El agente se dirige hacia el lugar donde se encontraba Nerina y se sienta a su lado. La mujer le explica que su hijo es un buena persona, “aunque no entiendo qué está pasando” – expresa.  No obstante el oficial aprovecha la ocasión para indagarle sobre quien podría tener cautiva a su nieta; “ella aparecerá” – le asegura.
Varias columnas y postes de luz comenzaron a llenarse con la fotografía de Gaspar y acusándolo de asesino. Pero sus hechos que para algunos lo convertían en enemigo, para otros era algo no solo inexplicable sino deseable. Ingresa al baño de la estación de servicios Oil y de pie frente al mingitorio se da cuenta que detrás estaba un joven paralizado que venía a cargar gas a su vehículo. Lo reconocía de las fotos y de lo que todos comentaban en la ciudad. Pero como Gaspar lo notó asustado, siguió con lo suyo, se lavó las manos y se dirigió a la salida; “si decís algo, ¡te hago desaparecer!” – le indicó.
A los diez minutos ingresaba al predio descampado que se encuentra frente al del basural. Entra por un enorme arco de material y aunque varios perros del predio del frente, comenzaron a ladrarle, igual se sumergió en la oscuridad. Tomó la caja, la colocó en el piso, la rodeó de hojas y ramas y se preparó para prenderla fuego. Pero antes de que acercara la llama de un encendedor al cofre, notó que a los pocos metros se encontraba aquella mujer que en la plaza San Martín le había entregado la misma.


(continúa en la próxima edición)

La Posta Hoy - 30/11/2013

sábado, 23 de noviembre de 2013

SIETE (parte 10)



¿Realmente sabemos hacer uso de un poder? ¿Qué pasa cuando no debemos explicaciones sobre el uso que le damos a esa habilidad? ¿Podemos manejar ese poder o finalmente terminamos siendo esclavos del mismo? Son las preguntas que Gaspar y Tania deberán responder. Ciertamente ni ellos están seguros de tener esas respuestas cuando en sus manos tienen una caja con la magia de poder hacer desaparecer a cualquier persona cuyo nombre se deposite dentro de ella. Y solo quedan dos chances.
Ambos permanecen sentados próximos al predio de la estación de trenes. Esperan que nadie los descubra. Ahí intentan dilucidar cómo sigue todo, “podemos tomar el padrón y al azar, escribir cualquier nombre y hacer desaparecerla” – propone ella queriendo terminar todo; “seguramente a alguien le haremos un favor y a otros le provocaremos dolor.” Pero su novio sigue sin inmutarse. Entonces ella va por una segunda propuesta: “o busquemos en los policiales de los diarios y hacemos desaparecer al más desgraciado de este mundo… ¡así le hacemos un favor a la sociedad!”
Pero en un momento, Gaspar reacciona bruscamente contra su novia cuestionándole porqué había contado todo sobre la caja a las autoridades policiales. Ella le implora perdón mientras llora; pero el camina de lado a lado muy nervioso. “Siempre pensé que podía contar con vos” – manifiesta antes de intentar alejarse del lugar. Ella lo toma del brazo y su novio se la quita de encima con mucha ira; termina sentada en el piso: “¡perdón Gaspar! ¡Pero vos hiciste desaparecer a cinco personas de Arroyo Seco y nadie te dice nada!” El se frena por un momento pensando en esas palabras pero termina por irse.
El agente Marcos llega a la comisaria y se encuentra con la celda abierta, Gaspar y otros dos ladrones sueltos y un montículo de ropa junto al ingreso de la misma. Se agarra la cabeza pero la situación es invadida por una enorme cantidad de personas que comenzaron a agruparse fuera de la seccional 27ª. Familiares y amigos de Alfredo y Mario reclamaban por la aparición de ambos. Ninguna autoridad podía darles explicaciones, incluso el comisario prefirió no salir a hablar con los manifestantes y se provocó un momento donde comenzaron a arrojar elementos contra la dependencia.
Nerina es consolada por su hija en su casa. Ninguna de las dos podía salir del asombro aunque aun no lograban entender lo que había ocurrido con el y con su padre. Y qué hacemos cuando nuestras decisiones también lastiman a los que amamos aunque no es eso lo que queríamos. Verónica nota que en el hogar algo raro estaba sucediendo, que había mucho silencio pese a que su hija permanecía todavía en su cuarto. Va hacia la habitación, abre la puerta y se encuentra con que la pequeña no estaba allí y en cambio, había una ventana abierta. Solo había una nota sobre la cama que rezaba: “Cuando aparezca mi hermano Mario, entonces aparecerá Damaris”. La mujer corre a la cocina para informarle a Nerina que habían secuestrado a la niña.
Entonces terminamos por recurrir a aquellas personas que dejamos atrás en nuestra vida. Y no necesariamente porque con esas personas las cosas resultaron mejores, sino porque no encontramos otras salidas a la realidad del presente. Gaspar llega a casa de Gisel, que tras abrirle la puerta, se sorprende y le invita a entrar para resguardarlo de la búsqueda. Ella vive en un departamento cercano al barrio Doña Pepa. Se sientan en el comedor donde la chica observa la caja, pregunta de qué se trataba pero el le niega la verdad.
Entre el tumulto de personas que reclamaban por explicaciones frente a la seccional, intentan ingresar a la misma Verónica y su madre pidiendo por su niña. Una mujer las identifica a los gritos que se trataban de familiares del sospechoso de las desapariciones y varios vecinos comienzan a insultarlas. Pero Verónica se defiende muy alterada argumentando que busca a su hija y allí se genera una gran tensión haciendo que varios gendarmes se dieran cita en el lugar para dispersar a los presentes con gases lacrimógeno y balas de gomas. Los que podían huían y otros aprovechaban los instantes para seguir arrojando cosas contra la seccional y los policías presentes. Verónica y Nerina debieron correr hacia la esquina y para resguardarse, entraron en la sede del ASAC donde finalmente la joven se desvaneció con una profunda amargura.
De lo que estaba ocurriendo en esa cuadra, toda la ciudad comenzó a enterarse de a poco. Incluso Gisel recibe un llamado de una compañera de trabajo informándole del caos. Mientras le servía jugo a Gaspar, le transmitió la nueva; “¿pero cómo es posible que hayas hecho desaparecer a personas?” – le preguntó mientras aprovechó la situación para acariciarlo y besarlo. El guardó silencio aunque respondió al afecto recibido. De todas maneras, aquel momento fue interrumpido por el timbre de la puerta.
Cuando Gisel abre se encuentra con Tania que segura de encontrar a su novio allí adentro, entra y los confronta en el comedor. Tenía lagrimas en sus ojos y se la podía notar muy nerviosa: “¡No me iré de acá hasta que no escribas mi nombre o el de ella y lo pongas en esa caja! ¡El mío o el de ella!” – planteó.

(continúa en la próxima edición)

La Posta Hoy - 23/11/2013

sábado, 16 de noviembre de 2013

SIETE (parte 9)



En pocos días la vida de Gaspar había cambiado notablemente desde que una extraña mujer le había entregado en la plaza San Martín una caja dorada con la magia de hacer desaparecer a quien el quisiera y colocase su nombre dentro de ella. Primero fue Mario, enemigo y vecino de su infancia; luego Alfredo, el encargado del lugar donde trabaja; le siguió su padre y por último, Renato, el investigador que iba tras él para apresarlo. No obstante, su propia novia lo había delatado ante la policía y ahora estaba muy confundida.
Ocurre que muchas veces queremos ayudar y sin saber cómo, terminamos por perjudicar a quienes amamos. Más aun cuando actuamos bajo una emoción fuerte que solo nos impulsó a hacer algo que no puede revertirse. Y nos sentimos culpables, tristes, confundidos o solo con ganas de que el mundo se termine para nosotros. Tania, observa el auto volcado de Renato y camina llorando a la casa de su novio que vivía cerca del Hospital Nº 50. Lo llama por la ventana, Gaspar sale con la caja en sus manos y terminan hablando sentados sobre el puente próximo al nosocomio.
El sabía que algo había pasado, conocía que esa cara podía decir más de lo que expresaran los labios. Ella comienza pidiéndole perdón y finalmente le cuenta que lo había denunciado. Gaspar se incorpora asustado, comienza a insultarla y sin controlarse termina por empujarla. Tania le pide que se detenga: “¡Anotá mi nombre y ponelo en la caja!” – le ruega, “¡sé que no sirvo para nada!”
“No, ¡hoy no!” – manifiesta Gaspar descendiendo del puente pero dejándole la caja; “¡hacelo vos!”. Camina hacia su casa muy nervioso, entra y comienza a colocar ropa dentro de una mochila. Allí junto a la puerta de su cuarto estaba su sobrina preguntándole qué estaba haciendo. El trata de escapar de la situación pero ella insiste interrogándole si iba a buscar a su abuelo. “El abuelo jamás aparecerá” – le informa con lágrimas en sus ojos, le da un fuerte abrazo y sale de su hogar. Pero afuera había varios móviles policiales y el agente Marcos le apuntó en la cara finalmente para apresarlo y llevarlo a la comisaria 27ª.
Solos en una habitación, Marcos le interroga queriendo saber dónde estaba esa caja. Gaspar permanece callado y sin levantar su mirada. “Incluso si me dices dónde está… ¡puedo darte dinero para que hagas desaparecer a cierta gente de mi vida!” – manifestó el policía muy seguro de su propuesta y captando su atención. Pero decide aguardar en silencio por lo cual es puesto en una celda junto a dos malhechores.
Mas tarde, el agente brinda información a los medios de Arroyo Seco sobre la detención. Habla de la seguridad de haber apresado al responsable de las desapariciones pero no da detalles de la manera en la que sucedieron, “ni tampoco sabemos dónde se encuentran las personas buscadas” – detalla frente a varios micrófonos. Así es, mediante el noticiero local, como la familia de Gaspar se entera de lo ocurrido: su madre muy confundida abrazada a su hija, la pequeña Damaris con temor y Tania sentada en un sofá por largos minutos y sin poder decir algo hasta que finalmente se incorpora y sale.
Media hora más tarde, por la dependencia policial, pasó Gisel intentando ver a su ex pareja. Como se lo negaron, solo le dejó un chocolate que el guardia, a punto de finalizar su turno, se lo acercó a la celda. La chica terminó mirando los peluches de El Indiecito deseando que Gaspar se acuerde de ella en el momento difícil que estaba atravesando.  
¡Qué hacemos cuando no hay más nada para hacer! Es en esos segundos donde pensamos que hubiera sido mejor no haber nacido que estar pasando por ese momento difícil, allí cuando solo tenemos a nuestro lado gente que desconoce lo que nos pasa y que difícilmente pueden ayudarnos. Instantes en los que preferimos desaparecer por completo. No obstante, aun en los lugares más oscuros también aparecen los destellos de luz.
Cuando el silencio reinaba en la comisaria y las agujas del reloj marcaban las cinco horas de la madrugada, una agente de policía se acerca a la reja y lo despierta. Traía un enorme regalo: “Gaspar… ¡no sé que es! Pero se acercó una chica que te dejó este regalo. Dijo que eran unos dulces y que te ama mucho.” La inocente policía abre la reja, coloca el paquete en el suelo del interior de la celda, cierra la misma y se retira para continuar con su guardia.
Gaspar quita el envoltorio y junto a la caja se encontraba una carta que rezaba: “¡Parece que solo funciona con vos! ¡No la uses para mal! Te amo.” Y la firma de la nota era la de Tania. Además había un anotador y una birome. Apela a un poco de su astucia y llama a la empleada que sutilmente se acerca a la reja. Le agradece por el gesto y luego de varios minutos de intercambio de palabras, le pregunta su nombre y apellido. La oficial se lo brinda, el lo anota en una hoja que finalmente introduce en la caja. En un pestañeo, el cuerpo de la mujer se esfuma dejando su ropa en el suelo. Por último, extrayendo la llave entre el uniforme, abre la reja y logra escaparse.
Corre en dirección a las vías pero antes se topa con su novia que lo esperaba sentada en la vidriera de la zapatería de San Martín y 9 de Julio. Cruzan las calles y se esconden entre los enormes galpones del predio de la estación de trenes.


(continúa en la próxima edición)

La Posta Hoy - 16/11/2013

sábado, 9 de noviembre de 2013

SIETE (parte 8)



Existen puntos finales a todas las cosas que hacemos. Aun para aquellas que son consecuencias del mal uso de un poder que podamos conseguir. Ocurre que muchas veces, esos finales acontecen cuando menos los esperamos… y ahí nos damos cuenta que pese a tener poder, somos vulnerables. Para Gaspar, eso que lo convertía en poderoso era una caja con la habilidad de hacer desaparecer a cuanto nombre se depositara dentro de ella. Y también para él, el final estaba por llegar.
A la medianoche, Gaspar es despertado por la sirena del movil policial que se acercaba a su casa. Rápidamente se viste, toma la caja y sale por el patio en el mismo momento que el agente Renato llamaba a la puerta y Nerina se despertaba para abrirle. Salta el tapial que lo separaba de la casa vecina, esquiva el ataque de un perro atado y corre hacia la calle.
El ladrido del animal alerta al agente indicándole que algo estaba pasando en la cuadra. Con su radio pide refuerzos al comando radioeléctrico justo cuando Nerina abría la puerta siendo escoltada por su hija. Renato le informa que buscaba a Gaspar, la madre camina hasta el cuarto y le comunica que no se encontraba. Sale de la casa para mirar en toda dirección y las mujeres se quedaron observando sin comprender lo que estaba ocurriendo.
Gaspar salta unos arbustos y corre hacia la ruta. Siempre camina mira hacia atrás. Para cuando atraviesa la calle cercana a la capilla San Cayetano, en la curva frente al hospital el móvil policial toma la ruta y va tras el quien acelera sus pasos. Toma la calle San Nicolás, huye en dirección al rio, atraviesa un enorme zanjón y se dirige al bote club. Cerca de una cancha de fútbol, a oscuras, se frena para descansar. Se sienta bajo un árbol abrazando la caja y dispuesto a colocar en ella otros nombres. Pero divisa que desde el camino al Rowing, un auto se acerca al lugar.
Ahora corre hacia el campo entre los surcos del sembrado. Se esconde detrás de un enorme cañaveral y así la policía pasa frente a él pero sin verlo. Por momentos, respira tranquilo.  A los cinco minutos, camina en dirección al Centro Médico y allí se detuvo para divisar algo con lo que no esperaba encontrarse en ese contexto. Nota que justo en la esquina donde finaliza una estancia, estaba de pie una persona que solo miraba hacia el piso. Apenas podía ver su silueta y se anima a saludar pero no es correspondido. Se acerca lentamente suponiendo incluso que su vista le estaba engañando y a pocos metros la persona levanta su mirada provocando que Gaspar huya asustado al descubrir que allí estaba Mario.
Corre hacia el rio muy espantado. Es ahí donde cree que todo lo que había hecho, comenzaba a llegar a su fin. Primero pensó que se trató de su imaginación, pero también tenía la plena seguridad de que se trataba de él. Corre y de a ratos mira hacia atrás, y como nadie lo sigue se detiene para apoyarse en una planta. Pero nota que una sombra se reflejaba en el piso proveniente de otra persona que estaba detrás de ese árbol.  Mira y descubre que Alfredo también estaba a centímetros de él.
Corriendo ingresa al Centro Médico para acercarse a una garita de seguridad. Allí podía haber alguien que lo auxiliara, alguien que le diera, tal vez, una respuesta a lo que estaba viviendo. Trepándose pasa sobre unas rejas y cerca del puesto de seguridad, descubre que no había nadie en aquel lugar. Nadie al menos por unos pocos segundos. Porque cuando se aproxima a pasos medidos una silueta comienza a aparecer hasta tomar la forma exacta de su padre. “¡No puede ser!” – manifestó, abrazó fuertemente la caja y corrió hacia un quincho en el que podía verse algunas luces encendidas.
No obstante, antes de llegar al salón, las luces de un auto que estaba en la oscuridad se encienden y se acercan hacia él a alta velocidad. Finalmente el coche conducido por Renato termina por arroyarlo provocando que Gaspar golpee su cabeza contra el parabrisas y despierte de su sueño sobresaltado. Se sienta en la cama muy agitado, enciende la luz del cuarto y busca en su billetera la tarjeta que el investigador le había entregado. Cuando la encuentra, transcribe el nombre en un papel y lo coloca en la caja.
El detective iba por la calle H. Primo, pasa la calle San Martín en dirección a las vías y frente a la heladería Llao-Llao termina por desaparecer. El vehículo se frena bruscamente, tumba, colisiona con una camioneta estacionada en el lugar y acaba por clavarse contra unos postes a metros del monumento a los bomberos voluntarios. Rápidamente, muchas personas comienzan a acercarse al lugar sorprendiéndose que nadie estuviera al volante del auto. Y sobre la vereda, muy asustada, permanece Tania que había huido de la comisaria por una puerta trasera.



(continua en la próxima edición)

La Posta Hoy - 09/11/2013

sábado, 2 de noviembre de 2013

SIETE (parte 7)



Pocas veces pensamos que la magia puede salirse de la ficción y aparecer en nuestras vidas. Y menos cuando creemos que algo mágica puede ayudarnos a mejorar nuestra realidad. Tampoco Gaspar, días atrás, iba a imaginarse que una caja que le entregó una extraña mujer en la plaza San Martín iba a tener el poder de hacer desaparecer a las primeras sietes personas cuyos nombres depositara dentro de ella. Pero, ¿qué ocurre cuando otras personas con su inocencia ponen en vilo esa magia?
Damaris, de seis años, es sobrina de Gaspar y estaba a punto de romper la caja con un martillo creyendo que se trataba de una alcancía. El entra a su cuarto y al encontrarse con aquella escena, le ordena a un solo grito que no lo haga. La nena deja el martillo a un costado y finalmente su tio termina de guardarla sobre el ropero pero consintiéndola con un billete… que en definitiva, era lo que ella estaba deseando. Cuando el susto pasó, se conecta a internet pero ahora para chatear con Gisel, su ex novia, una joven empleada de un supermercado céntrico.
A los pocos minutos regresan a casa Nerina con su hija Verónica luego de buscar por el sector de la plazoleta de la estación de trenes a su esposo. Cuando Verónica propone hacer la denuncia, su hermano le sale al cruce indicándole que lo mejor era esperar otro día mas, “recién toman una denuncia por abandono de personas cuando pasan un par de días… papá se fue porque quiso” – argumentó.
Pero no solo el sabia que Ulises no iba a regresar, sino también Tania, la novia de Gaspar. Y a ella, eso le había molestado mal a tal punto de irse enojada con su novio. Llegó a su casa llorando y aunque a cada rato, veía en la pantalla de su celular las llamadas de él, no quiso atenderlo. Luego termina por enviarle un mensaje: “Gaspar… ¡no te das cuenta lo que has hecho con tu papá! Haz que aparezca o realmente iré a la comisaria a denunciarte.” El mira el mensaje y termina por romper su teléfono arrojándolo contra la pared.
Mas tarde, más tranquilo, dialoga con su hermana a solas sentados en el umbral de la casa. “Vero, ¿nunca pensaste lo bueno que sería hacer desaparecer completamente  al que intentó abusar de Damaris?” – preguntó él. Ella lo miró, y aunque desconocía el punto de la cuestión, midió su respuesta; “hizo mucho mal pero no soy quien para desearle su muerte… es Dios quien se encarga de eso.” Allí fue donde Gaspar puso punto final a la conversación, porque aunque sabía que no se trataba de una muerte, también entendía que su hermana no le iba a comprender lo que podía hacer con su caja.
Lejos de allí, en Villa Gdor. Galvez, los agentes Renato y Marcos dialogan con los empleados de la fábrica donde ejercía funciones Alfredo. Su trabajo consistía en simplemente recopilar información acerca de posibles enemigos que este jefe pudo tener antes de su misteriosa desaparición. Allí es donde varios operarios de la empresa comienzan a coincidir en que el único a quien Alfredo trataba mal era Gaspar de Arroyo Seco. Marcos mira al investigador quien le aseguró tener el dato que necesitaba para explicar, de alguna manera, lo que estaba pasando en la ciudad.
Media hora más tarde, dentro de una oficina de la seccional 27ª ambos siguen dialogando y trabajando sobre todos los datos obtenidos. Aun así, Renato no tenía la explicación racional a la manera en la que una persona podía hacer desaparecer a otros. Y para cuando todo parecía un ovillo donde resultaba difícil encontrar su punta, aparece Tania en la dependencia y es atendida por ambos.
Siempre creemos que para todas decisiones que tomamos, tendremos a los que amamos a nuestro lado. Pero su apoyo también es limitado. Entonces ahí nos damos cuenta que el amor de dos personas no tiene nada tiene que ver con las razones de ser y los deseos de cada una de ellas. “Y creo que también a su padre hizo desaparecer” – culmina el relato ante los agentes. Allí es donde Renato le informa sobre la ropa y determina a quién le correspondía.
Por unos instantes, Renato y  Marcos salen de la oficina y fuera de la comisaria acuerdan rápidas acciones sobre el caso; “iré a buscarlo” – informó el investigador. Renato se sube a su auto para ir tras el arresto de Gaspar mientras que  Marcos, por su parte, no pudo evitar pensar, por momento, qué útil le resultaría en sus manos tener esa caja; “¿y qué ocurre si se coloca el nombre de la presidenta o del gobernador?” – es otra pregunta que pasó por su cabeza. Luego regresa a la oficina y para su sorpresa, Tania no estaba.
Sentado en su cama, Gaspar tiene la caja entre sus manos y no puede evitar llorar. A su lado, muy minuciosamente, se sienta su sobrina, “¿tío, por qué estas triste?”. El obvia la respuesta y dejando el cofre sobre la mesa de luz acompaña a la niña a su cuarto, la arropa y le da un beso en al frente. Regresa a su habitación y se duerme.


(continúa en la próxima edición)

La Posta Hoy - 02/11/2013

sábado, 26 de octubre de 2013

SIETE (parte 6)



Cuando Nerina se despertó lo primero que hizo fue mirar al costado de su cama y notó que su esposo no había regresado. Mientras tanto, en su pieza, Gaspar estaba asomado a la ventana buscando las fuerzas para comenzar el nuevo día. No le era fácil enfrentar la mañana pensando que era responsable de la desaparición mágica de tres personas, incluyendo su padre. Y peor aún, cuando sabía que no había vuelta atrás tras haber colocado el nombre dentro de la caja dorada.
Tania llega a desayunar con él. Saluda a su suegra que se dispuso a preparar el café y sorprendió a su novio en su cuarto. Lo notó preocupado y aunque en parte, sabía de dónde venía aquel malestar, le preguntó qué le ocurría. Gaspar obvió la pregunta ni tampoco se animó a contarle lo de su padre. Pero en el momento cuando desayunaban, Nerina le comenta a su hijo que Ulises no había regresado y Tania queda desconcertada.
Hay decisiones que tomamos sin consultar y esquivando el consejo de quienes amamos. Y cuando nos damos cuenta que las mismas tienen mayores consecuencias de las que pensamos, es demasiado tarde para dar explicaciones o buscar culpables. Es allí cuando tenemos temor a quedarnos solos, a que nos juzguen, a que nos critiquen o simplemente a que se conviertan en nuestros enemigos.
“Gaspar… decime que no hiciste desaparecer a tu viejo” – le planteó ella en voz baja para que su suegra no escuchara desde la cocina en el momento que se disponía a colocar unas masitas en un plato. El se lo negó.
A la seccional 27ª entra una mujer muy nerviosa y es atendida por el agente Marcos. Su nombre es Sonia y vive cerca de la cancha del ASAC. Saca de una bolsa, una muda de ropa y pasa a contarle que en horas de la madrugada había visto algo sobrenatural; “estaba bajando del colectivo amarillo en la parada de H. Primo e Independencia cuando veo a un hombre en la vereda de enfrente… jamás  dejé de mirarlo pero desapareció ante mis ojos. Vi como el cuerpo se esfumaba en el aire y toda su ropa caía al piso” – cuenta. El oficial, tras buscar algún tipo de documentación entre la vestimenta, finalmente llama a Renato y lo pone al tanto; “de todas maneras, no sabemos quién era esa persona” – informa.
Sonia es tranquilizada por una policía quien primero la trata de loca; “no estoy loca señorita, estoy diciendo la verdad” – le manifestó. La joven empleada se sienta a su lado y le expresa que nadie desaparece así de esa manera, que tal vez solo le haya parecido o simplemente fue su vista la que la engañó. No obstante, entra a la sala el investigador Renato que termina por agarrarla de la mano; “yo sí le creo… ¡no es la primera vez que desaparecen personas de esa manera!” – la consuela.
Dentro del despacho del comisario, Renato le indica a Marcos que de lo último, nada debía tomar estado público. “Estas personas se esfumaron porque hay alguien que tiene una forma mágica de hacerlas desaparecer” – informa, “el tema es saber quién es y cuál es esa forma.” El agente local no terminaba por salir del asombro y queda observando detenidamente la vestimenta que yacía sobre el escritorio.
“Me preocupa tu papá” – manifestó Nerina a su hijo, “cuando anoche salió de casa, estaba ebrio.” Pero para salvarse de la situación, Gaspar le indicó que si en la próxima hora no regresaba, saldría a buscarlo. Incluso a la escena, se suma Verónica y su hija Damaris, recién llegadas de Rosario.
Su hermana estuvo casada con Alexis, quien ahora permanecía preso por intentar abusar de la hija de ambos. Fue justamente una vecina la que descubrió al joven en situación comprometedora con su niña que solo tenía por entonces, seis años. Lo sucedido fue un golpe muy duro no solo para Verónica, sino también para toda su familia incluyendo a Gaspar. El matrimonio se disolvió aunque ella prefirió seguir viviendo solamente junto a su pequeña Damaris en un departamento alquilado.
Verónica salió a caminar junto a su madre en la búsqueda de su padre mientras que Gaspar continuó en el living dialogando con su novia. Ella le indaga una y otra vez hasta que el terminó de reconocerle que ciertamente había hecho desaparecer a su padre. Tania se levanta enojada, “sino aparece, iré a la comisaría y contaré todo. ¡No puedes hacer lo que estás haciendo!” – le manifestó muy indignada y se retiró de la casa.
Pero antes de darle alguna explicación, Gaspar prefirió dirigirse a su cuarto masticando las palabras de su novia, “no si antes desapareces” – pensó. Pero ingresó a su habitación y se encontró con su sobrina a punto de romper la caja con un martillo creyendo que la misma era una alcancía.

(continúa en la próxima edición)

La Posta Hoy - 26/10/2013

sábado, 19 de octubre de 2013

SIETE (parte 5)



Gaspar estaba a punto de hacer desaparecer de su vida a su padre, un militar con problemas de alcohol y golpeador de su esposa. Sería aquella la tercera persona que quitaría de la tierra. Anteriormente lo había hecho primero con su vecino, Mario, y luego con su patrón, Alfredo… colocó sus nombres dentro de la caja dorada y estas se esfumaron de manera misteriosa. Pero sin posibilidades de volver atrás, retuvo en sus manos durante varios minutos el papel con el nombre de su progenitor.
Ocurre que aun de las personas que queremos que desaparezcan por completo de nuestras vidas, también tenemos algunos recuerdos de buenos tiempos vividos. Es como si un gran álbum de fotos se abriera rápidamente en su cabeza y Gaspar podía contemplar imágenes donde su padre jugaba con él, otra donde le enseñaba a andar en bicicleta en la plazoleta de la estación de trenes, otra donde lo acompañaba en su primer día de clases en la Fiscal 73 y otra donde le regaló un gigante auto de colección. Optó por arroyar aquel papel al que finalmente arrojó bajo su cama; luego se echó a dormir.
Como todos los días, llega a su trabajo a las ocho de la mañana pero en esta oportunidad se encuentra con sus compañeros hablando sobre la desaparición física de su jefe. Uno de sus pares, Martín, se acerca para buscar su opinión sobre lo ocurrido a lo que Gaspar comenta desconocer completamente lo ocurrido. Allí permanecieron varios minutos hasta que un responsable de la firma salió para informarles que la jornada estaba momentáneamente suspendida. Emprende el viaje de regreso a su casa.
A pocos metros de su hogar, sale a la vereda la madre de Mario acompañada por una oficial de policía y otro de sus hijos, Esteban. La mujer tenía en sus ojos la apariencia de haber estado llorando durante varias horas. Gaspar la mira y ella lo saluda muy cabizbaja. La mujer sube al vehículo del comando radioeléctrico y se retira del lugar frente a la mirada de Gaspar que no pudo tener palabras para transmitirle. Pero para su sorpresa, al ingresar a su casa se encuentra con Renato que le esperaba junto a Nerina en el living.
El investigador se presenta y el se sienta junto a su madre. Renato primero le pregunta si conocía a Mario y Alfredo a lo que el solo le indica el vínculo que los unía con ellos. “En muchas partes del mundo se dan fenómenos de desapariciones continuadas de personas” – explica el agente- “y siempre son inexplicables hasta que se encuentra al responsable de las mismas que tuvo vínculo con todas ellas. Lo sorprendente es que esas desapariciones seguidas no superan nunca los siete casos y hasta ahora, nadie sabe cómo se hace para que eso suceda.” Gaspar vuelve a afirmar no saber ningún dato sobre quienes dejaron de existir. Y luego de relatar esa información, Renato acomoda su corbata y se retira del lugar. No obstante, antes de llegar a la puerta se vuelve para entregarle su tarjeta personal, “por si en algún momento sabes algo… allí tienes mi número” – indica.
Luego del mediodía, se ejercita en el gimnasio ubicado sobre calle Constantini y se detiene para escuchar a dos jóvenes que hablaban sobre Alfredo. Uno comenta que aunque todos sabían que pese a ser una mala persona en relación con sus empleados y robaba en su empresa, enfrentaba un gran problema: tenía una nena de seis años a quien le habían declarado un cáncer fulminante. “Para esa nena… su padre era la fortaleza y ahora lo necesita” – comentan estas personas sobre sus bicicletas. Gaspar agacha la cabeza y sin dar explicaciones al entrenador, sale del lugar en dirección a la plaza San Martín, envía un mensaje a su novia y se sienta a esperarla cerca de la abandonaba fuente.
Porque es difícil de sobrellevar cuando hacemos sufrir a otros y no hay manera de volver atrás para subsanarlo. Tania llega y encuentra a su novio llorando. El le cuenta que sus lágrimas se debían al encuentro con la madre de Mario y al escuchar la razón de la vida de Alfredo. “Tiene que haber una forma para revertir esto” – manifiesta ella pero el lo niega. Por varios minutos permanecen abrazados ante la mirada distante del agente Marcos que permanecía dentro de su auto en el playón de la estación de servicio.
Las horas transcurrieron y Gaspar estaba durmiendo. Pero algo volvió a despertarlo como en otras oportunidades. Eran algo de las dos de la madrugada y el llanto de su madre lo obliga a salirse de la cama e ir tras ella. La encuentra nuevamente en el piso, “papá volvió a golpearme, hijo; no sé qué hacer…” – expresó la mujer sin fuerzas y abrazada a él. Ulises tras agredir a su esposa, había salido a la calle, ebrio y sin rumbo. Cansado de la situación, impotente de poder revertirla, ayuda a su madre a incorporarse hasta sentarla en una silla y rápidamente corre a su cuarto. Toma el papel que estaba debajo de su cama y se decide a colocarlo dentro de la caja.


(continua en la próxima edición)

La Posta Hoy - 19/10/2013

sábado, 12 de octubre de 2013

SIETE (parte 4)



Dos desaparecidos misteriosamente en Arroyo Seco y un solo responsable: Gaspar. Un secreto que solo conocía su novia Tania: la existencia de una caja dorada capaz de hacer desaparecer a las primeras siete personas cuyos nombres se colocarán dentro de ella. Y un agente de policía, Marcos, junto a un investigador de la policía federal, Renato, tras una pista esencial: buscar el vínculo entre esas dos personas.
A diferencia de una relación sentimental donde es uno el que elige a quien quiere poner a su lado, hay otras personas cuya proximidad es solo una determinación de la vida. Sin chaces de elegir; sea para aceptar o para rechazar, estas personas están a nuestro alrededor.
El padre de Gaspar llega a casa luego de cumplir su larga guardia militar en Rosario. Aun trae puesto el uniforme cuando se sienta en el comedor algo ebrio y le ordena rápidamente a su esposa que le trajera la cena. Nerina sirve de lo preparado en un plato y lo lleva a la mesa. Luego del primer bocado, Ulises arroja el plato al piso indicando que la comida estaba fría.
Ulises acostumbraba a denigrar a su mujer. Lo hacía con las palabras o con acciones. Prácticamente desde que se casaron, la violencia se había instalado en aquel matrimonio. Aun sus hijos, de pequeños, vieron y se dieron cuenta de todo lo que pasaba entre ellos. Pero cuando crecieron, tanto Gaspar como su hermana en muchas ocasiones salieron a la defensa de su madre.
“La próxima vez que tocas a mamá, ¡te mato!” – lo había amenazado Gaspar a su padre cuando cinco meses atrás llegó a casa y encontró a su madre con moretones en su cara. No dudó en lanzarse contra Ulises que al encontrarse alcoholizado, no pudo mantenerse en pie para defenderse de la situación. Y Nerina rápidamente medió para que todo se calmara.
“Dame dos minutos que ya la caliento” – le indicó la mujer a su esposo que procedía a quitarse la camisa mientras que dejaba su arma sobre la mesa. Encendió nuevamente la cocina y tomó un repasador para limpiar lo que había caído al piso. Pero cuando se acercó a su esposo, este la empujó con violencia para hacerse paso e ir al dormitorio. Y allí quedó la mujer muy triste y llorando.
A los pocos minutos, cuando Nerina notó que su hijo ingresaba, luego de haber acompañado a Tania a su casa, se incorporó rápidamente como si nada hubiera pasado secando inclusive sus lágrimas.
“¿Estás bien mamá?” – le preguntó Gaspar que conocía ese rostro de angustia.
Pero su madre le indicó que sí. Incluso le manifestó que estaba muy cansada y que deseaba irse a la cama. No obstante, el sabía que algo había pasado… algo que incluso pasó en muchas otras oportunidades anteriormente. Prefirió en esta oportunidad no hacer nada y solamente se encerró en su cuarto, puso algo de música y chateó nuevamente con su novia pese a tener mensajes privados en su facebook de su ex novia.
“Otra vez el enfermo golpeando a mi vieja” – le contó. A ella le preocupaba lo que había ocurrido con los desaparecidos animándose a creer en la magia de aquella caja. Tania le dijo qué pensaba hacer al respecto por lo que su novio, preocupado y dolido a la vez, le manifestó que tal vez vuelva a utilizarla con el nombre de su padre. “No, Gaspar… ¡si en verdad funciona, luego puedes arrepentirte y será demasiado tarde!” – manifestó ella.
En la comisaria 27ª, el agente Marcos entra a una oficina donde Renato trabajaba mirando fotos y documentos de quienes habían desaparecido. “Tenemos un vínculo…” – le informó al investigador, “es un tal Gaspar, vive cerca del hospital 50. Es vecino de Mario, el primer desaparecido, y a su vez, empleado de Alfredo, el segundo.”
Es en los momentos cuando apoya la cabeza en su almohada que no puede evitar traer a su memoria los malos momentos vividos en su casa con su padre alcohólico agrediendo al resto de la familia. Y a pocos centímetros de él se encontraba sobre la mesa de luz, la caja dorada con la habilidad de poder cambiar esa difícil historia. Gaspar se detuvo por minutos, observándola, hasta que tomó un papel donde escribió el nombre de su progenitor.


(continua en la próxima edición)

La Posta Hoy - 12/10/2013

sábado, 5 de octubre de 2013

SIETE (parte 3)



La magia de la caja dorada le sirvió a Gaspar para hacer desaparecer de la tierra a Mario, vecino y enemigo de la adolescencia. No obstante, de lo que no podía escapar fue de las preguntas de dos oficiales que en la búsqueda del desaparecido llegaron a su casa. Es ahí donde Nerina, su madre, de descuidada indica a los policías que él y Mario eran prácticamente enemigos.
“De todas maneras, no sé nada de él… ojalá que aparezca” – expresó Gaspar salvaguardándose de la mirada sospechosa de los agentes de la seccional 27ª.
En ese momento ingresó Tanía a la casa. Se saludaron con un beso y la muchacha saluda a su suegra que despedía a los policías. Porque así como hay personas que marcan para mal nuestras vidas o la de nuestros seres queridos, también están aquellas que nos hacen muy bien. Y existen porque queremos que existan. Y correspondemos a esa existencia amándoles. Nos hace bien estar con las mismas y tienen ese perfume capaz de hacernos olvidar los problemas o los malos momentos. Y para Gaspar, Tania es una de ellas.
Habían cursado juntos el colegio secundario aunque recién iniciaron una relación casi cinco años después de su graduación en una cena de reencuentros. Incluso vivían en el mismo barrio aunque pocas veces se cruzaron en su infancia. Tania es empleada de Grimoldi y estudia vocalización en la academia de Lucas Boschiero. Se llevaban muy bien salvo ocasiones donde aparecía entre ambos, Gisel, una ex novia.
“¿Qué tal tu día?” – indagó. El explicó que su jornada resultó ser la misma de siempre. A solas, Gaspar se anima a mostrarle la caja y contarle sobre el poder que en ella residía y que apenas comenzaba a conocer.  Y aunque obviamente, primero no le creyó luego le resultó novedosa la explicación. Y en ese momento, el propuso probarlo con su encargado… anotó en un papel su nombre y ante la mirada de su novia, lo colocó dentro de la caja: “aquella mujer me dijo que funcionaria con siete personas solamente” – detalló.
En ese instante Alfredo, cuando ingresaba al local de venta de motos de Colón y Moreno, despareció dejando solo un montículo de su vestimenta sobre sus zapatillas. La empleada del comercio sale, nota la ropa y algo desorientada, da aviso a la comisaria.
La pareja sale a caminar por el centro de la ciudad y cenan en Premis.  Sentados en el bar, la pareja observan el televisor y para su asombro, la presentadora del noticiero de Canal 2 informa sobre la misteriosa desaparición de un hombre. “Al salir del negocio, solo me encontré con la ropa y un celular” – relata la empleada del negocio a la prensa; “es como si hubiera sido secuestrado, pero lo secuestraron desnudo.” Con la pista del celular y la documentación en la billetera que permanecía en el pantalón, finalmente dan a conocer la identidad del desaparecido.
Tania mira a su novio, el corresponde su mirada y  lleva su mano a la boca. Todo era muy extraño para que resultase una mera coincidencia. Dónde está preguntó ella pero él no encontró respuesta para darle más que rascarse su cabellera y, con la mano en alto, solicitarle la cuenta al mozo para retirarse rápidamente del lugar. Al salir, se tomaron de la mano y caminaron hasta la remisería que se encuentra a media cuadra.
En el lugar donde Alfredo desapareció, varios vecinos se dieron cita para observar nada más ni nada menos que ropa apilada sobre unas zapatillas. Oficiales de la seccional 27 habían rodeado la zona con una cinta pero entre los curiosos, se asomó un hombre de gran estatura que pasó tras la misma y se acercó hasta la escena. Una agente intentó frenar su paso pero no le dio importancia hasta que llegó al comisario  y un ayudante para presentarse como un agente especial representando a la policía federal, un tal Renato: “fui enviado para investigar lo que está sucediendo en Arroyo Seco, ¡necesito todos los datos que tienen sobre las dos personas desaparecidas!”
El comisario asigna a su agente Marcos para que le aporte la información reunida hasta el momento. Renato levanto con la ayuda de su birome la camisa que yacía sobre el piso y le comenta al empleado policial que no es la primera vez que comienzan a desaparecer personas de esa manera en la historia del país e incluso en otros lugares del mundo. Marcos lo miró sin entender nada; “solo tenemos que buscar el vínculo entre los dos desaparecidos y podemos encontrar al responsable” – detalló el investigador.


(continua en la próxima edición)

La Posta Hoy - 05/10/2013

sábado, 28 de septiembre de 2013

SIETE (parte 2)



Todos tenemos personas cuya existencia marcaron y marcan de alguna manera nuestras vidas. Positiva o negativamente; pero su influencia es algo que no podemos evitar. Y nos acostumbramos a ellas porque no hay otra manera de cambiar esas realidades.
También Gaspar tiene personas que lo han marcado y lo siguen marcando a diario. Simplemente que sí tiene una manera de modificar esa realidad: la caja que una mujer le entrego en la plaza San Martín; en la cual todo nombre que deposite dentro de ella, esa persona desaparece automáticamente de la faz de la tierra. Y lo probó una noche con su vecino, un ex compañero del Goretti que vivió toda su vida hostigándole.
Se levanta y olvidando lo que había hecho, se lanza a lo que parecía ser un día normal a otros. Normal aunque no necesariamente bueno para su parte. Primero observa la casa de su vecino pero no nota nada extraño. Lleva a la fábrica de helados en Villa Gdor. Galvez y se encuentra otra vez con su mal llevado jefe, Alfredo, quien le había tomado por punto. Este superior lo obliga a llevar una carga de doscientos kilos de helado con una carretilla manual por toda la fábrica.
“Y si te quejas… ¡te echo!” –lo amenaza. Esto porque justamente Gaspar no era de la elite al que pertenecían muchos de sus compañeros que ayudaban a su jefe en ganancias deshonestas. Engañando a los directivos de la compañía, Alfredo realizaba ventas fuera del circuito comercial legal para favorecerse a sí mismo y a sus seguidores.
Se aguanta ese maltrato pero en el tiempo de su almuerzo aprovecha a relajarse escribiéndose mediante su celular con su novia. Posteriormente su jefe viene a acusarlo de hacer perder la carga simplemente por el tiempo que llevó recorriendo todo el depósito; y aunque Gaspar intentó defenderse, terminó siendo sancionado.
De regreso, desciende del colectivo frente al Cristo e ingresa a una estación de servicio para comprar chicles. Ahí escucha la conversación de dos policías que comentaban sobre la desaparición de Mario; “fue sin dejar nada de rastros… incluso su familia encontró toda su ropa debajo de la sábana tal como el se había acostado”- informa un oficial a su compañero.
En el living de la misma casa, estaba sentada la madre de Mario. Una empleada de la Municipalidad que no podía entender lo que había ocurrido con su hijo pese que un policía intenta tranquilizarla diciéndole que tal vez podía tratarse de un secuestro. En un momento, la mujer irrumpe en llantos.
Ya en su dormitorio, con la caja entre sus manos, de a ratos mira la casa vecina donde varios policías entraban y salían buscando pistas de Mario. Su madre ingresa al cuarto y manifiesta el dilema que existía en el barrio próximo al Hospital: “¡es como si se hubiera esfumado mientras dormía y solo quedó su ropa” – expresa. Gaspar informa no saber nada recordándole que no tenía ningún tipo de amistad o diálogo con él.
Distintas cuestiones pululan por su mente: ¿quién podría enterarse que el responsable de esa desaparición es él? ¿dónde fue a parar?; ¿la desaparición es para siempre?; y si no falló con Mario, ¿por qué no probarlo con su jefe?. Y en esta última pregunta se detuvo para meditar. Después de todo, Gaspar se merecía una mejor condición laboral después de haber soportado por años a Alfredo.
Cuando Nerina se dirige a atender un llamado a la puerta, su hijo queda solo en la pieza pensando que si lo de la caja dio resultado por qué no volver a probarlo con su encargado. Aunque era muy paciente, sinceramente estaba más que cansado por esa continua tortura en su trabajo. Es en ese momento que dos policias de la seccional 27ª ingresan a la casa a fin de entrevistar a Nerina y a Gaspar.
Primero es la mujer quién les expresa no saber nada sobre el paradero de Mario. Luego su hijo indica lo mismo de mala manera. Y para cuando los oficiales estaban a punto de retirarse del lugar, Nerina quiere aportar otras aclaraciones a las palabras de su hijo: “oficial, eso es seguro… ¡el no sabe nada… siempre fueron enemigos los dos!”. Los empleados provinciales le clavaron sus miradas.

(Continúa en la próxima edición)


La Posta Hoy - 28/09/2013

sábado, 21 de septiembre de 2013

SIETE (parte 1)



¿Qué hace alguien que tiene la posibilidad de hacer desaparecer a siete personas de su vida? ¿Cómo maneja esa especie de magia que puede altear el rumbo de su vida? ¿Cómo elige a esas personas y qué emociones influyen en esa elección?
Gaspar está sentado en la plaza San Martín cuando se sienta, a su lado, una mujer desconocida con una caja dorada en sus manos. Es algo así como un cofre con una hendidura en su parte superior. Ella esta vestida muy elegantemente y le entrega la misma ante su mirada desconcertada.
“Es para vos” – indica. La elegancia de la caja lo cautivó, la tomó en sus manos y la analizó. “¿Qué es?” – preguntó.
La mujer se puso de pie para explicarle el uso de la misma: “solo basta con que escribas en un papel el nombre y apellido de una persona y lo coloques en este cofre para que ella desaparezca completamente de la tierra.” Además le aclara que ninguna otra persona podía hacer uso de ella y que al final de la séptima persona, la misma dejaría de existir.
Se queda mirando el cofre mientras la mujer se aleja del lugar con pasos muy medidos hasta perderse completamente entre otras personas que se hallaban en la estación de servicio Oil.
Es un joven común en cuanto a su rutinaria vida. Tiene 25 años. Trabaja en una fábrica de helados en Villa Gdor Galvez, hace dos años está de novio con Tania y aun convive con sus padres en el barrio cercano al Hospital. Su madre, Nerina, es costurera y trabaja en su casa. Ulises es su padre y es militar. También tiene una hermana, Verónica, divorciada y con una pequeña niña de seis años, Damaris, que viven en Rosario. Y reparte su vida entre el trabajo, su novia y tiempo en el gimnasio.
Sale a correr todos los días a las siete de la tarde en dirección al Rowing Club. Lo hace porque le gusta y lo disfruta mucho. Corre escuchando rock desde sus auriculares conectado a su celular. Hace unas diez cuadras y llega a la plaza para estirarse y retomar las fuerzas. Allí descansa por unos minutos mientras envía mensajes desde su celular y se hidrata. Luego regresa a casa y como todos los días, se topa con Mario, vecino y ex compañero del Goretti, que lo rebaja con sus palabras.
Existen aquellos que necesitan rebajar a otros simplemente para sentirse importante ellos mismos. Son personas cuya identidad no está cimentada sobre sus propias fortalezas sino sobre las debilidades de quienes le rodean. Debilidades que ellos se encargan de hacer notar una y otra vez. Anhelan sentirse más grandes y más valiosos que otros, aquellos a quienes toman por víctimas. Tal es el caso de Mario en relación a Gaspar: “¡Enfermo!” – le insultó.
Cuando ambos cursaban el mismo año de escuela secundaria Mario lo había tomado de punta siempre insultándolo y tratándolo como trapo de piso, inclusive humillándolo delante de otros estudiantes. Lo hacía porque Gaspar no era un tipo problemático, sino tranquilo, encerrado en su mundo y muy estudioso; todo lo contrario a él. Y, peor aún, si hubo algo que molestó a Mario fue descubrir que su víctima estaba de novio con el amor imposible de toda su adolescencia.
Incluso a la salida de Pasacalle, en ciertas oportunidades, Mario intentó agredirlo pero jamás el respondió a esos empujones e insultos y prefirió tomarse bien fuerte de la mano de su novia, subirse a un remis e irse a su casa. Claro que como todas las cosas que nos molestan y nos dañan, existen límites de tolerancia.
Antes de la medianoche, y aun sin comprender lo de la caja, sigue observándola desde su cama mientras la misma descansa en la mesa de luz. Ahí se acuerda de Mario, sonríe y rápidamente toma un papel donde escribe el nombre y apellido de su vecino. En realidad, duda de la veracidad de las palabras de aquella desconocida mujer pero tampoco tiene algo por perder con solo intentarlo… entonces finalmente coloca el papel en la caja y en ese mismo instante, Mario se esfuma de su cama.
Gaspar se acuesta pensando si en verdad aquello funciona. Solo resta esperar al nuevo amanecer para que el lo descubra… y por qué no utilizar el mismo truco para hacer desparecer a otras personas cuyas existencias fueron de influencia negativa para su vida. ¿Bien usado? – depende de él.

(Continúa en la próxima edición)

La Posta Hoy - 21/09/2013

sábado, 14 de septiembre de 2013

EL PAYASO PIRULIN


Cesar jamás se imaginaba lo que iba a sucederle solo por el hecho de aportar su presencia a un momento cargado de diversión y ternura. Se prestó como voluntario para colaborar en la fiesta del niño municipal y terminó vestido de payaso. “Pirulin” se bautizó y llegó a la plazoleta haciendo piruetas y malabares con tres naranjas que había comprado dos horas antes en El Príncipe.
En un primer instante, una decena de niños corrieron a él para abrazarle y demostrarle su amor. “Hola Piñón Fijo” – le saludaron unas mellizas con trenzas. El les aclaró que no tenía nada que ver y que solo era un voluntario para la fiesta. Pero el cariño de los presentes fue más allá de la identidad y de a poco, otros niños se sumaron al abrazo para Pirulin.
De su bolsillo sacó unos chupetines que con mucha alegría comenzó a distribuir entre los niños. De repente se dio cuenta que a su alrededor tenía más chicos que las golosinas con las que contaba en su bolsillo. Y peor aún, detrás de los árboles seguían saliendo más y más y caminaban en su dirección con los brazos abiertos. Entonces Pirulin se asustó y comenzó a despedirlos, “bueno chicos, ya está… pueden ir para el otro lado” – les comentó.
Repartió los últimos chupetines y levantó en alto la bolsa vacía apelando a que todos se alejaran de él. Pero un pequeñito de dos años vino a abrazarlo y estiró su mano esperando recibir su golosina. Pirulin se estremeció y no le quedó otra que darle la bolsa vacía, dejó que el chiquito buscara el chupetín allí adentro y aprovechó a alejarse del lugar. Pero no pudo irse muy lejos, se dio cuenta que una decena de niños permanecían abrazados a sus piernas.
“Bueno, hago el último malabar” – aclaró Pirulin sabiendo que no tenía muchas alternativas para zafar de la situación. Los chicos aplaudieron esperando ver nuevamente el show de tres naranjas que daban vuelta por el aire y se cruzaban de mano en mano. Así sucedió el sencillo espectáculo terminando con el momento en que el payaso regaló las frutas a unos niños. Pero se sumó un cuarto, un quinto y muchos más reclamando también sus frutas. “Voy a buscar más frutas y vuelvo” – expresó sonriendo mientras huía hacia atrás.
Pero no fue muy lejos. Tropezó con una nenita cachetona y pecosa, terminando en el piso y los niños se le abalanzaron ya no para abrazarlo sino para comenzar a saltarle encima. Incluso un nenito de seis años intentó quitarle la peluca tirándole inclusive de sus patillas naturales. Pirulin se incorporó y comenzó a agitar sus piernas para despegar a los púberes tal como un perro de sus pulgas. Pero unos se soltaban y otros se sumaban, y cada vez eran más… ya no eran veinte ni treinta sino más de cincuenta purretes los que venían a abrazar al payaso.
Hizo, hizo e hizo hasta que logrando despegarse de los niños, corrió unos metros… pero esto enardeció a los pequeños haciendo que una nena de cinco años le arrojara una piedra por la cabeza. Pirulin, medio mareado, terminó  apoyado en un árbol y nuevamente se le juntaron a su alrededor: “Ataquemos a Pirulín!!!” – gritaron algunos pequeños líderes haciendo que alrededor de setenta burrumines corrieran a él, incluso bebes que descendían de sus cochecitos y a pasos lentos iban para abrazarlo.
Fue allí cuando un nenito de tres años con camiseta de Ñuls le pegó en la cabeza con su pelota y otros con remera de Ben10 le dio en la cara con su tazo. Pirulin empezó a los manotazos como queriendo zafar de un enjambre de avispas en pleno ataque, pero no pudo con la multitud de inocentes que venían a rodearlo, incluso algunos bajando del árbol con plumas en su cabeza, pintados la cara y con flechas y arcos. El payaso intentó huir pero nuevamente cayó en las manos de siete nenas de cuatro años que vestidas de las Princesas de Disney lo frenaron y comenzaron a golpearle. Y un pequeñito de cinco años, vestido de angelito, aprovechó para morderle la oreja y sacarle la nariz roja.
Pirulin no tenía escapatoria y aunque pidió auxilio, ninguno adulto acudió a ayudarle porque estaban mirando la obra de teatro que se desarrollaba sobre el escenario, “mira como los chicos quieren al payaso” – le dijo una madre a otra. Sin embargo, Pirulin seguía siendo víctima de desenfrenados niños tal como hombre que cae en un rio lleno de pirañas. Hasta que finalmente, Cesar se quitó la peluca y se sobresaltó entre todos como Hulk dispuesto a dar pelea. Por un momento, los pequeños se frenaron asustados… se miraron entre sí, “¡ataquen!” – se motivaron y fueron otra vez a su encuentro.
Pirulín hizo piquete de ojos a un chiquito, tecleó la oreja a otro, nockeo a otro con una naranja, puso su pañuelo sucio en la boca de un cuarto, le dijo que Papa Noel no existe a un quinto y revoleo a un par sobre las ramas. Pero los niños iban a la contraofensiva con mayor impulso: le golpearon en la panza, uno mordió sus manos, otro le tiró con un bate sobre la cabeza y otro le pegó en sus genitales dejándole tirado en el piso pidiendo tiempo y paz.

Los chicos se daban cuenta de que todo se les había escapado de sus manitos. Entonces comenzaron a llorar haciendo que sus padres vinieran a ver qué es lo que estaba ocurriendo en el lugar. Y los progenitores lo único que encontraron fue a un payaso tirado en el piso lamentándose de dolores; “¡Que mal esta persona haciendo llorar a los niñitos! ¡Niños tan inocentes y este payaso que los trata mal!” – le repudiaron finalmente a Pirulin que terminó internado en el Clemente Alvarez.

La Posta Hoy - 14/09/2013

sábado, 7 de septiembre de 2013

MATRIMONIO DE FIESTA



Había llegado el día y el matrimonio de Zulma y Gino se comenzaron a preparar para asistir a una fiesta de quince que se desarrollaría en Kawintun. La cita era a las 21 hs; el ya estaba preparado a las 19 hs pero ella recién 20:55hs entraba al baño a ducharse. Ella, días atrás había recorrido un par de tiendas hasta encontrar el vestido más adecuado para la situación e incluso ese sábado se tomó el tiempo para ir a la peluquería de Pagano; en cambio él, siempre despeinado recurrió a ponerse la misma camisa y el jeans que había usado en las dos anteriores fiestas.
Gino a las 21 hs comienza a dar vuelta por la casa mientras que, de a ratos, le indica a su esposa que se apure. Coloca un pañuelo en el bolsillo trasero de su pantalón, un peine en otro, su celular en el bolsillo delantero y  su billetera en otro, además de poner un Beldent en el de la camisa. Zulma, en cambio, pondría todo lo necesario y más aún en un solo lugar: su cartera; aquella que había comprado en una boutique del centro de la ciudad. Ella llevaría además un Uvasal, una tableta de ballaspirinas, un carretel de hilo negro, pañuelitos descartables, pintalabios, espejito, sacapuntas, birome, estampita, monedero, pendrive, tic tac, alfileres de gancho,  esmalte, quitaesmalte, bolsita, monedas sueltas y cientos de pequeñas cosas más.
El enciende el televisor a fin de constatar en Crónica que la hora sea la que figura en su reloj pulsera. Comprueba que efectivamente ya son las 21:20 hs y su mujer recién sale del baño, conecta la plancha y procede a secarse el cabello mientras se queja con su peluquera de haberle dejado un desastre la cabeza; “y encima me cobró ochenta pesos” – manifiesta. Es ahí donde Gino quiere refutarle preguntándole por qué había ido a ese lugar si sabía que no le harían un buen trabajo, y comienzan las primeras discusiones de la noche.
Zulma se toma su tiempo para elegir qué ponerse argumentando que el vestido que había comprado días atrás finalmente no le gusta. Entonces pasa varios minutos mirando el placar, midiéndose uno y otro vestido y buscando la mejor combinación entre zapatos, cartera, aros y resto del vestido. Toda esa búsqueda descontrolada la pone nerviosa mientras que su amado permanece apoyado en la puerta de la habitación esperando el momento para dirigirse a la fiesta.
Un jeans y una camisa fueron sencillamente la ropa de Gino que ya estaba preparado para pasar una linda noche. Ella, en cambio prefirió tomarse su tiempo además para seleccionar el pañuelito que colocaría en su cuello y ver qué anillo combinaba mejor con las minúsculas florcitas que decoraban sus sandalias.
Cuando los ánimos se alteraron por completo, el prefiere ir al vehículo a esperarla mientras se coloca el primer beldent en su boca. Cada cinco segundos, toca bocina haciendo que su hermosa esposa llegara al punto de ebullición y se asome a la puerta para gritarle “¡ya voy!”.  Pero la espera llega a su fin, el termina todos los chicles y ella termina por subirse en el mismo momento en que su amado se da cuenta que tiene pinchada la rueda trasera del vehículo; “¡cómo puede ser que no miraste antes que estaba pinchada!” – le reclama Zulma.
Gino desciende. Reniega por minutos con el baúl hasta que lo abre. Saca las herramientas y auxilio. Afloja los tornillos de la rueda a cambiar. Levanta el coche con el gato. Coloca el auxilio, baja el coche completamente al nivel del piso y ajusta los tornillos. Guarda las herramientas en el baúl e ingresa a su casa para lavarse las manos. Ella aprovechó todo ese momento para dar dentro del coche los últimos retoques a su imagen; encima cuando sube su esposo, le hace la observación que la camisa se había ensuciado con aceite. Entonces el pobre hombre se ve obligado a regresar a su hogar para cambiarla por una que estaba sin manchas, aunque toda arrugada. Y así salen para el cumpleaños faltando pocos minutos para las diez de la noche.
Dentro del coche, había un silencio que podía en cualquier momento quebrarse con enojos contenidos. “Les pedí que nos sentaran en la mesa con mi mamá” – indica ella haciendo que cierto malestar subiera a la cabeza de su esposo. El recordó que en la última fiesta su suegra, en medio de la fiesta, se ahogó con un pedacito de lechuga y tuvo que ser socorrida por AMAS haciendo que tuviera que terminan acompañándola mientras quedó internada hasta el día siguiente.
Y así Gino transitó las últimas cuadras antes de llegar al salón sin ganas. Más aún cuando su esposa nuevamente  se queja de la peluquera. Y para colmo, cuando llegan a Kawintun se encuentran con que no había ninguna fiesta… entonces Zulma busca entre su cartera la tarjeta de invitación donde finalmente descubren que la fiesta había sido el día anterior.


La Posta Hoy - 07/09/2013