“Vengo a denunciar un robo” – informó
Amanda al agente de policía que la atendió en la seccional 27ª. Oriunda de
Rosario, estaba de visita por Arroyo Seco junto con sus dos hijos que dejó en
el vehículo mientras hacia la denuncia: “un robo a cara descubierta… me sacó
todo el dinero que tenía.”
Había visitado durante la primera
hora de la mañana el puerto local donde esperaba pasar el día pescando y
comiendo hamburguesas a la parrilla. Pero se encontraron con una bajada
totalmente sucia, baño tapado, mesas rotas y las únicas sanas, estaban llenas
de tripas de pescado. Buscaron otro lugar.
“Ya le tomamos la denuncia, señora” –
le expresó el oficial muy atentamente. “Estoy indignada” – se descargó ella,
“días atrás escuchamos por la radio en Rosario a un concejal de acá decir que
Arroyo tenía un perfil turístico, venimos con mi familia y nos pasa esto.”
Amanda caminaba por la comisaría a la espera del sumariante que en ese momento
revisaba su facebook en su oficina.
También estuvieron en la bajada
detrás del cementerio y de playa Mansa con la idea de encontrar hermosas riberas
para colocar una sombrilla y hacer castillos de arena. Pero solo había una
costa repleta de embases de botellas, camalotes, viejas del agua y hasta un
caballo muerto. Optaron por seguir el recorrido.
“Señora, acá tiene el libro con fotos
de delincuentes de Arroyo Seco… mírelo tranquilo y me dice si quien le robó
está ahí” – le dijo el agente mientras ponía en sus manos un bibliorato con más
de cien hojas. Amanda se sentó a mirar. A los pocos segundos, regresó el
policía con otro libro de unas cincuenta hojas; “disculpe señora, me equivoqué
de libro, ese es el de violadores… aquí tiene el de los delincuentes” – le
indicó mientras intercambiaron los álbumes.
Pasaron por el museo esperando
encontrar gigantes fósiles de dinosaurios y utilería de la antigüedad que
perteneciera a los indígenas que habitaron la zona. Pero al entrar hallaron
algunas pocas fotos muy dispersas y un balde con un trapo de piso en su
interior; esto último era de la empleada de limpieza que había olvidado
guardarlos y los dejó a la vista de todos.
Por allí nomás recorrieron la
estación de trenes y unas oficinas municipales donde funcionaba al Area de
Desarrollo y Asistencia Social; “seguramente de acá ayudan a los más
necesitados” – le dijo la madre a sus hijos. Y allí nomás, al lado de esta
área, estaban unas personas en situación de calle. La familia siguió el
recorrido.
“Yo estaba parada en la plaza cuando
viene un delincuente y me pide todo el dinero que tenía” – relata Amanda al
policía que le tomaba la declaración mientras seguía ojeando el álbum que
contenía fotos de malandras, cacos, pibes chorros, góticos, villeros,
rocanroleros, rolingas, emos, flogger y algunas otras tribus urbanas.
Intentando encontrar lo turístico de
la ciudad terminaron recorriendo el espacio verde próximo al anfiteatro. Se
tomaron algunas fotografías junto a los juegos oxidados y obsoletos de la
plazita y finalmente se retiraron del lugar cuando comenzaron a percibir el
olor a marihuana que provenía de detrás de algunos árboles del lugar.
“Éste es el que me robó… éste es” –
le aseguró la mujer al empleado provincial mientras le señalaba la foto. El
oficial tomó el álbum y cuando vio la fotografía, abrió su boca algo sorprendido.
“Este… este… ¡debe haber un error, señora!” – balbuceó.
“No, no hay ningún error… ¡este es el
hombre que me robó!” – insistió Amanda.
Pero el policía seguía sin encontrar
explicación a lo que acontecía en el momento. “Es que alguien hizo una broma y
puso en este álbum esta foto de un concejal de la ciudad” – explicó.
Amanda cruzó sus brazos: “Ya sé, ¡no
me diga que es el mismo concejal que habló por la radio diciendo que Arroyo
tenía un perfil turístico!” El policía la miró y le dijo que sí.
Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 28/04/2012