sábado, 25 de febrero de 2012

CLASICO AMOR


Esta es la historia de amor de Juleo y Rumieta, una relación que nació en el Gabino Machuca mientras se llevaba a cabo el clásico de la ciudad. Juleo era barrabrava del ASAC y Rumieta del CAU. Un amor que brotó a partir de miradas que se cruzaron luego de que policías aparecieran en la escena para frenar a simpatizantes que hacían disturbios: mientras Juleo era golpeado por una cachiporra en el piso, Cupido lo flechó y no dejaba de mirar apasionadamente a Rumieta que en la tribuna visitante era arrastrada de los pelos por una agente de policía… no importaba que estaban siendo golpeados porque daba la sensación que el tiempo se detuvo para unirlos en el amor.
Días después volvieron a cruzarse en el supermercado chino. Al momento que ambos iban a tomar un paquete de salchichas, Cupido volvió a flecharlos juntando lentamente los dedos de sus manos. Y aunque Juleo había quedado como Freddy Cruder por la golpiza, Rumieta no dejaba, de todas maneras, de deslumbrarse por tanta belleza frente a sus ojos. Ella lo sonrió aunque le faltaban tres dientes, también producto de la agresión policial. Finalmente se intercambiaron sus números de celular… en realidad el anotó en un papelito el numero de ella porque su celular lo había perdido mientras corría para escapar de las balas de goma.
Con el correr de los días la relación creció. Evitaban hablar de fútbol para que nada los distanciara en su amor que cada vez más parecía al de una novela mexicana. “Loco, estas de la cabeza, ¿qué vas a hacer cuando haya un clásico?” – le cuestionaron sus amigos pero Juleo no hacía caso y no dejaba de pensar en la bella Rumieta, quien en ese momento salía de la pileta de su club tal cual Pamela Anderson en Beitwatch.

Llegó el día del casamiento y el problema fue ubicar las mesas de sus respectivos amigos. La boda se llevó a cabo en el centro de Jubilados ya que Juleo y Rumieta acordaron evitar el salón cubierto del CAU y el salón Dorado. Para la decoración se obviaron los globos azules, blancos y negros. Y para el menú, Juleo rogó a su amada no servir nada picante. Los hinchas fueron ubicados en mesas distantes y hasta la pista de baile estaba dividida en dos a fin de evitar cruces. Una tía de Rumieta le había recomendado contratar a un policía con cachiporra y un can para la fiesta, pero ella no le hizo caso.
En la parroquia, para la ceremonia religiosa, se abrieron puertas laterales para el ingreso de los diferentes grupos de amigos luego de una minuciosa requisa escoltada por policías a caballo.
“Estamos reunidos en esta noche para unir en el santo matrimonio a  Juleo y Rumieta” – expresó el cura ante la mirada enojada de varios barrabravas a quienes los uniformados les habían extraído varias pilas de sus bolsillos; “¿prometer estar siempre unidos en la abundancia tanto como en la miseria, en la enfermedad como en la salud, en los malos como en los buenos momentos?”
Juleo y Rumieta se miraron y aunque prometieron en el altar estar siempre unidos hicieron la salvedad ante la presencia de los clásicos.
El casamiento fue histórico y el día lunes siguiente el comisario informó a los medios de comunicación que no hubo incidentes en el encuentro de barras durante la fiesta; “únicamente el servicio de ambulancia tuvo que atender a algunos simpatizantes pasados de copa que ingresaron al salón con bombos.”

Pasó el tiempo y llegó un nuevo clásico: Juleo y Rumieta se separaron y se dirigieron a sus respectivas tribunas. Alentaban a los jugadores con mucha euforia pero por momentos quitaban su vista de la cancha para cruzar sus miradas y regalarse una sonrisa.
“Decile al gordo de los bombos que está ahí cerca que la policía ya lo tiene marcado” – le mando ella un mensajito a su celular.
Por un momento una gran bandera cayo sobre la cabeza de Rumieta impidiéndole ver a su esposo. Era la sensación de faltarle el aire hasta la que la catorce volvió a enrollar su bandera y pudo nuevamente visualizar a Juleo que abrazado a sus amigos alentaba al picante.
Por la noche volvieron a reconciliarse y uno llegaba a la cama más feliz que el otro:
“Por favor no hablemos ni de jugadas ni de goles” – le pidió ella. Juleo guardó su cargada y terminaron inundándose en un apasionado beso que a los nueve meses trajo su fruto.

Del clásico amor de Juleo y Rumieta llegaron al mundo: Horacio y Rogelio, mellizos. Luego de una larga conversación acordaron hacerles socios uno de cada equipo. Pero los niños crecieron y eligieron sus propios clubes en donde simpatizar; uno de hizo hincha del Real y el otro de Talleres.


Publicado en el Semanario "La Posta Hoy" el 25/02/2012


sábado, 18 de febrero de 2012

PARADAS CAMBIADAS


Como todos los domingos doña Beatriz se acercó a las siete de la mañana a la parada de colectivo de J. B. Justo y la ruta con la finalidad de ir al cementerio a llevarle flores a su difunto esposo. Una vecina que regresaba de su trabajo se le acercó muy gentilmente:
Abuela, acá no para más el cole, tiene que ir a la próxima cuadra” – le dijo.
Gracias joven” – le dijo doña Beatriz caminando un par de cuadras mientras que, justo a mitad de camino, cruzaba un ómnibus amarillo frente a ella. Y llegando a la garita que está próxima a la escuela nº 6036 se percató que allí adentro había una parejita de novios muy acaramelados, así que por pudor decidió caminar hasta J. B. Justo e Independencia a esperar el próximo coche.
Allí estuvo parada unos diez minutos hasta que un remis sin habilitación frenó frente a ella:
Abuela, ¿la puedo llevar?” -  le consultó el chofer.
La señora desconfiando de aquel hombre, le agradeció su amabilidad pero prefirió seguir esperando. “La parada del cole se cambió abuela, tiene que ir hasta donde está la imagen de la Virgen” – le informó el conductor antes de que se alejara del lugar. Beatriz nuevamente caminó unos cien metros hasta llegar al lugar donde se encontraba la imagen pero algo también allí la incomodó.
Luego de escuchar unos murmullos se acercó lentamente detrás de la virgen donde pudo observar a tres jóvenes que fumaban tirados en el piso. Por seguridad, se vio obligada a caminar hasta la garita ubicaba en la intercesión de las calles Independencia y Libertad. Resultó ser que la parada estaba repleta de jóvenes trasnochados que al ritmo de los Wachiturros desde sus celulares, seguían bailando sin tener noción de la hora del día.
Lentamente cruzó la calle y se decidió caminar hasta la parada de H. Primo e Independencia. Y por esos infortunios de la vida, mientras caminaba cerca de la plaza del Donante, otro colectivo interurbano cruzó la ciudad levantando a los trasnochados jóvenes y continuando su recorrido de manera normal.
Pasando frente al anfiteatro vio como un joven salió corriendo entre las plantas al momento en que era perseguido por un agente de policía. La situación le sembró temor, aceleró sus pasos hasta que escuchó unos disparos y se freno poniendo sus manos en su cabeza. “Dios mío” – rezó. Pero viendo que su vida no corría peligros observó que de lejos la policía había capturado al caco que momentos atrás se había alzado de una cartera de una pasajera que en pleno centro de la ciudad, también estaba desorientada por el cambio de paradas.
No caminó mucho más hasta que nuevamente tuvo que acelerar su caminata pero esta vez porque dos perros salieron a ladrarle desde lo que en su momento fue un carrusel. Beatriz, muy asustada, tomó unas piedras y arrojándoselas, logró ahuyentarlos para continuar su travesía sin saber qué le deparaba más adelante. Continuó caminando y cerca del paso peatonal de la estación, le salieron al encuentro dos mujeres muy bien vestidas que le entregaron el Atalaya.
Si tiene unos minutos nos gustaría compartirle unas palabras” – le propuso con gentileza una de las mujeres. Pero Beatriz le explicó de su apuro por tomar el colectivo y disculpándose, prosiguió su camino para más adelante encontrarse con una batalla campal. Se trataba de intercambios de palabras y forcejeos entre unos jóvenes, inspectores de tránsito y policías que realizaban un control de tránsito cercano al  paso nivel de H. Primo.
Beatriz decidió cruzar la calle al mismo tiempo que un adolescente, que intentaba escapar en su Zanella 50 de aquel operativo, la chocó en sus piernas arrojándola al piso. En cuestión de segundos los agentes detuvieron al rebelde y la ayudaron a levantarse.
¿Se encuentra bien abuela?” – le preguntó un inspector de tránsito.
Sí, joven, sí, estoy bien…” – respondió Beatriz que aun no salía del susto; “voy a tomar el colectivo.
Bueno abuela… pero sabe que el colectivo no para más en esta esquina, tendrá que ir hasta la próxima cuadra” – le informó el empleado municipal.
Doña Beatriz agradeció a los agentes y llegó a la vereda para acercarse a la parada de colectivo. “¿Dónde será que para el colectivo?” – pensó. Algo confundida por todo lo que le había ocurrido marchó hasta Independencia y S. Nicolás. Al llegar allí, tuvo que optar por otra alternativa ya que era imposible quedarse en ese lugar dado el olor a orín que salía de aquella garita. Finalmente decidió agachar su cabeza y seguir caminando.
A las ocho de la mañana, extendió su mano y un colectivo frenó frente a ella. Ya muy cansada de tanto caminar, subió lentamente y se dispuso a abonar al chofer:
“¿Hasta donde va abuela?”
“Al cementerio joven…”
El chofer la miró y son una humilde sonrisa le informó:
“Abuela, está es la parada del cementerio… de aquí tiene que caminar hasta adentro.”


 Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 18/02/2012

sábado, 4 de febrero de 2012

ACCIDENTE


Benito Juárez salió a caminar como todos los días por la Plaza 9 de Julio y le llamó la atención un grupo de personas frente a la Biblioteca. Se acercó. Notó que se trataba de un acto donde colocaban una estrella para llamar a conciencia sobre los accidentes de tránsito. Le resultó interesante, así que cuando llegó a su casa se lo comentó a Doña Beatriz, que a medias escuchó a su esposo, ya que acomodaba en la alacena los artículos que acababa de comprar en el supermercado chino.
“...Beatriz, también estaba el intendente” – culminó el relato Benito Juárez.
Doña Beatriz, que todas las tardes se juntaba a matear con su vecina Marta, ya tenía el tema de conversación. Marta era una mujer que hacía benevolencias en Caritas. “Marta, ¿vos no escuchaste nada de un accidente frente al municipio esta mañana? Algo así me comentó Benito… Que también estaba el intendente” – le dijo Beatriz a su amiga, sentadas bajo la sombra de un paraíso.
“No Beatriz, y eso que escucho todas las mañanas a Noemí, pero no dijeron nada” – respondió Marta, que aún no salía de su asombro de cómo ocurren accidentes en pleno centro y en plena hora del día sin que nadie lo haya prevenido.
Cuando el sol comenzó a caer, la benévola Marta terminó de llenar un bolso negro con zapatillas y ropa que ya no servían en su casa y las llevó para hacer caridad. Don Julio Gómez recibió el paquete muy contento:
“Gracias Beatriz… ¡Que Dios la bendiga!”
“Don Julio, usted que anda siempre por la calle, ¿no supo nada de un accidente que tuvo el intendente esta mañana? Al parecer fue frente a la plaza…”
Julio, que aquella mañana no había salido de su casa, se enteró de la noticia muy asombrado. Que el máximo funcionario de la ciudad tuviera un accidente por negligencia (porque Beatriz supuso que, además, fue por negligencia) era una novedad que debía charlar con sus pares. Y ya que integraba la comisión directiva de tres instituciones de la ciudad, justo aquella noche lo comentó en la reunión de una de ellas.
Así fue como el accidente por negligencia del intendente fue el tema de conversación entre los cuatro miembros de la comisión directiva, que estaban reunidos como si fueran la ONU decidiendo qué hacer con la seguridad mundial. La comisión la integraban como veinte personas, pero siempre se reunían cuatro: Doña Esperanza, Don Martino, Don Ignacio y Don Julio. Entre ellos sabían que su institución era muy importante como para seguir reuniéndose y tratar de sacarla a flote, pese a las deudas que dejó la administración anterior.

Doña Esperanza llevó la noticia a su barrio. Hasta Ramirito, su vecinito de nueve años, se enteró y corrió para decirle a su mamá que el intendente estaba ebrio en el momento del choque, provocando un accidente en cadena, haciendo que un colectivo de la línea M chocara con el frente de la capilla del colegio de las monjas.
Don Martino, con algunas copas de vino de cajita encima, lo difundió entre sus compañeros de bochas. Buenos jugadores que se la pasaron criticando a los medios, que no dijeron nada del accidente sólo para cubrir al intendente, “siempre pasa eso, nos enteramos de lo que ellos quieren… de las cosas que más importan, ningún medio dice nada” – argumentó un experimentado bochófilo que sabía que tendría que esperar al sábado para enterarse de la verdad en La Posta.
Don Ignacio se lo contó a su nieta Flopi, una adolescente de quince años que más tarde chatearía con su novio. Antes, publicó la noticia en su muro de Facebook. Para entonces todos los cibernautas de la ciudad estaban enterados de que el intendente tenía su carnet de conducir vencido, manejaba un auto importado, manejaba a 100 km por hora en pleno centro y que, además, venía de discutir con el presidente del Concejo, por lo que se produjo ese accidente.

Benito salió de su casa en dirección al almacén del barrio a comprar cien gramos de mortadela, cien de queso y un cuarto de pan. Doña Elvira lo atendió muy triste y mientras colocaba el fiambre en la cortadora no pudo evitar dialogar con su vecino:
“¿Vio lo que pasó, Don Benito? Parece que murió el intendente esta mañana en un accidente…”
“No me diga Doña Elvira, pensar que lo vi esta mañana muy sonriente frente a la Biblioteca.”
“Terrible Don Benito. Seguro lo vio entonces antes de que ocurriera el accidente.”
Don Benito también se amargó por la noticia, que tendría que comentarle a su esposa al llegar a casa, mientras preparían los sándwiches de mortadela y queso.
“Era un pan de Dios este pibe” – manifestó Doña Elvira.
“¡Terrible! Y yo que lo vi parado ahí junto a la estrella…”
“Por eso le digo Don Benito, el intendente era un pan de Dios… seguro que está en el cielo, rodeado de estrellas.”



Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 04/02/2012