Esta es la historia de amor de Juleo
y Rumieta, una relación que nació en el Gabino Machuca mientras se llevaba a
cabo el clásico de la ciudad. Juleo era barrabrava del ASAC y Rumieta del CAU.
Un amor que brotó a partir de miradas que se cruzaron luego de que policías
aparecieran en la escena para frenar a simpatizantes que hacían disturbios:
mientras Juleo era golpeado por una cachiporra en el piso, Cupido lo flechó y
no dejaba de mirar apasionadamente a Rumieta que en la tribuna visitante era
arrastrada de los pelos por una agente de policía… no importaba que estaban
siendo golpeados porque daba la sensación que el tiempo se detuvo para unirlos
en el amor.
Días después volvieron a cruzarse en
el supermercado chino. Al momento que ambos iban a tomar un paquete de
salchichas, Cupido volvió a flecharlos juntando lentamente los dedos de sus
manos. Y aunque Juleo había quedado como Freddy Cruder por la golpiza, Rumieta
no dejaba, de todas maneras, de deslumbrarse por tanta belleza frente a sus
ojos. Ella lo sonrió aunque le faltaban tres dientes, también producto de la
agresión policial. Finalmente se intercambiaron sus números de celular… en
realidad el anotó en un papelito el numero de ella porque su celular lo había
perdido mientras corría para escapar de las balas de goma.
Con el correr de los días la relación
creció. Evitaban hablar de fútbol para que nada los distanciara en su amor que
cada vez más parecía al de una novela mexicana. “Loco, estas de la cabeza, ¿qué vas a hacer cuando haya un clásico?”
– le cuestionaron sus amigos pero Juleo no hacía caso y no dejaba de pensar en
la bella Rumieta, quien en ese momento salía de la pileta de su club tal cual
Pamela Anderson en Beitwatch.
Llegó el día del casamiento y el
problema fue ubicar las mesas de sus respectivos amigos. La boda se llevó a
cabo en el centro de Jubilados ya que Juleo y Rumieta acordaron evitar el salón
cubierto del CAU y el salón Dorado. Para la decoración se obviaron los globos
azules, blancos y negros. Y para el menú, Juleo rogó a su amada no servir nada
picante. Los hinchas fueron ubicados en mesas distantes y hasta la pista de
baile estaba dividida en dos a fin de evitar cruces. Una tía de Rumieta le
había recomendado contratar a un policía con cachiporra y un can para la
fiesta, pero ella no le hizo caso.
En la parroquia, para la ceremonia
religiosa, se abrieron puertas laterales para el ingreso de los diferentes
grupos de amigos luego de una minuciosa requisa escoltada por policías a
caballo.
“Estamos reunidos en esta noche para
unir en el santo matrimonio a Juleo y
Rumieta” – expresó el cura ante la mirada enojada de varios barrabravas a
quienes los uniformados les habían extraído varias pilas de sus bolsillos;
“¿prometer estar siempre unidos en la abundancia tanto como en la miseria, en
la enfermedad como en la salud, en los malos como en los buenos momentos?”
Juleo y Rumieta se miraron y aunque
prometieron en el altar estar siempre unidos hicieron la salvedad ante la presencia
de los clásicos.
El casamiento fue histórico y el día
lunes siguiente el comisario informó a los medios de comunicación que no hubo
incidentes en el encuentro de barras durante la fiesta; “únicamente el servicio
de ambulancia tuvo que atender a algunos simpatizantes pasados de copa que
ingresaron al salón con bombos.”
Pasó el tiempo y llegó un nuevo
clásico: Juleo y Rumieta se separaron y se dirigieron a sus respectivas
tribunas. Alentaban a los jugadores con mucha euforia pero por momentos quitaban
su vista de la cancha para cruzar sus miradas y regalarse una sonrisa.
“Decile al gordo de los bombos que
está ahí cerca que la policía ya lo tiene marcado” – le mando ella un mensajito
a su celular.
Por un momento una gran bandera cayo
sobre la cabeza de Rumieta impidiéndole ver a su esposo. Era la sensación de
faltarle el aire hasta la que la catorce volvió a enrollar su bandera y pudo
nuevamente visualizar a Juleo que abrazado a sus amigos alentaba al picante.
Por la noche volvieron a reconciliarse
y uno llegaba a la cama más feliz que el otro:
“Por favor no hablemos ni de jugadas
ni de goles” – le pidió ella. Juleo guardó su cargada y terminaron inundándose
en un apasionado beso que a los nueve meses trajo su fruto.
Del clásico amor de Juleo y Rumieta
llegaron al mundo: Horacio y Rogelio, mellizos. Luego de una larga conversación
acordaron hacerles socios uno de cada equipo. Pero los niños crecieron y
eligieron sus propios clubes en donde simpatizar; uno de hizo hincha del Real y
el otro de Talleres.
Publicado en el Semanario "La Posta Hoy" el 25/02/2012