¿Qué hacemos cuando nuestros secretos más
importantes salen a la luz? ¿A dónde vamos cuando las puertas de ayudas se nos
cierran? ¿Y cómo enfrentamos las consecuencias que puede ocasionar justamente
ese secreto? Gaspar, en una casa del barrio Doña Pepa, está entre el dilema de
hacer desaparecer a su novia o su ex, la sexta persona. Porque tarde o
temprano, todos terminamos por entender que cada una de las decisiones que
tomamos tienen sus consecuencias.
Tras la misteriosa desaparición de cinco
personas, la ciudad se encuentra conmovida y asustada. Hay manifestaciones en
la via pública y la presencia de la policía y gendarmes se hace cada vez más
fuerte en las calles. El agente Marcos intenta explicar lo ocurrido a los
medios pero miente al explicar que se está trabajando por la aparición de esas
personas; incluso de la joven oficial que dejó escapar al único sospechoso.
Cuando termina de dialogar con los periodistas, se escabulle entre varios
uniformados y sale de la seccional 27ª sin ser visto.
Los nervios y la impotencia hicieron que
Verónica se desvaneciera y fuera llevada al hospital Nº 50. Allí permanecía en
observaciones, adormecida mientras su madre, Nerina, aguardaba a algún
profesional sentada en el largo sillón de cemento en el pasillo principal. Se
tomaba su cabeza, lagrimeaba, se ponía de pie, caminaba observando el interior
de cada consultorio y volvía a sentarse. Y cuando pocas personas habían quedado
en el nosocomio, por la puerta de guardia ingresa su hijo con el cofre en mano.
Cuando las cosas nos superan podemos negar
muchas realidades para encontrar otra salida alternativa, menos de la familia.
O sea, de cada una de esas personas que amamos y que sabemos nos comprenden
mejor que otros. Nerina corre para abrazarlo y llorar juntos. “Hijo, ¿qué está
pasando? ¿Qué hiciste?” – le pregunta pero no deseando su respuesta, sino solo
que lo interroga desde su angustia. Gaspar la calma sentándola nuevamente, deja
la caja a un costado y le acomoda la cabellera. La mujer le cuenta sobre el
secuestro de su sobrina, “la nota decía que no aparecerá hasta que vuelva
Mario” – detalla.
Luego ingresa lentamente a la sala donde se
encontraba su hermana. Siempre tenía entre sus manos la caja. Permanece por
varios minutos de pie a su lado y vuelve. Junto a la puerta, lo espera Marcos
apoyado en la pared que sin decir palabras le indica que ingrese a otra de las
salas, va tras él y cierra la puerta. Adentro, muy distendido el agente le
propone negociar por el uso de la caja: “necesito hagas desaparecer a alguien
por mi, ¿cuál es tu oferta?” – le preguntó. Marcos tenía el deseo de hacer
eliminar de la vida a su superior con la finalidad de ascender y ocupar el
primer lugar en la seccional 27ª.
Allí es donde Gaspar ve la oportunidad ideal
para proponerle que recupere a su sobrina a cambio de utilizar la magia de la
caja a su favor. El oficial consiente con la propuesta y llegan al acuerdo. Y
mientras Marcos permanece sentado en la camilla de la sala y con una sonrisa,
Gaspar aprovecha para salir por detrás del hospital. Salta un cerco y camina en
dirección a la ruta. Busca los lugares en penumbra de las veredas y se dirige
hacia el norte de la ciudad; aunque con un rumbo poco definido.
El agente se dirige hacia el lugar donde se
encontraba Nerina y se sienta a su lado. La mujer le explica que su hijo es un
buena persona, “aunque no entiendo qué está pasando” – expresa. No obstante el oficial aprovecha la ocasión
para indagarle sobre quien podría tener cautiva a su nieta; “ella aparecerá” –
le asegura.
Varias columnas y postes de luz comenzaron a
llenarse con la fotografía de Gaspar y acusándolo de asesino. Pero sus hechos
que para algunos lo convertían en enemigo, para otros era algo no solo
inexplicable sino deseable. Ingresa al baño de la estación de servicios Oil y
de pie frente al mingitorio se da cuenta que detrás estaba un joven paralizado
que venía a cargar gas a su vehículo. Lo reconocía de las fotos y de lo que
todos comentaban en la ciudad. Pero como Gaspar lo notó asustado, siguió con lo
suyo, se lavó las manos y se dirigió a la salida; “si decís algo, ¡te hago desaparecer!”
– le indicó.
A los diez minutos ingresaba al predio
descampado que se encuentra frente al del basural. Entra por un enorme arco de
material y aunque varios perros del predio del frente, comenzaron a ladrarle,
igual se sumergió en la oscuridad. Tomó la caja, la colocó en el piso, la rodeó
de hojas y ramas y se preparó para prenderla fuego. Pero antes de que acercara
la llama de un encendedor al cofre, notó que a los pocos metros se encontraba
aquella mujer que en la plaza San Martín le había entregado la misma.
(continúa en la próxima edición)
La Posta Hoy - 30/11/2013