Sin necesidad del PES o del FIFA y
con una mejor calidad de competencia sana, así eran los encuentros que se
armaban en el baldío del barrio que se usaba como potrero. No estaba la cancha
marcada pero bastaba con que estuviera el césped bien corto y los arcos se
encontraran en el lugar. Sin previa convocatoria, porque no había telefonía
celular, todos los pibes ahí se encontraban para el partido de la tarde.
En realidad, si faltaban los arcos…
esto jamás impediría el partido.
Varios de los pibes contaban con
pelota, pero era cuestión de elegir para el partido aquella que estaba más
inflada o bien que pintaba de más original por la marca. Y si era de marca y no
estaba inflada, solo bastaba con llevarla por unos minutos al bicicletero del barrio
que con un pico y el compresor, la dejaba lista para iniciar el partido de la
tarde. Lo que era seguro, era que el dueño del balón jugaba sí o sí en el
encuentro por más queso que resultase en las diferentes jugadas.
Para armar el equipo, si eran muchos,
los dos más fanfarrones del barrio elegían a los jugadores pero siempre se
quedaban ellos con los puestos de delanteros. Luego de un “pan – queso”, uno
comenzaba a elegir a los demás y siempre dejando al gordito para el último… que
después de toda, siempre terminaba en el arco o tenía que salir a la mitad del
partido cuando un nuevo pibe se acercaba al predio y pedía entrar.
Todo estaba listo cuando los
presentes quedaban divididos para el enfrentamiento. Por ahí surgía el problema
de uno que quedaba afuera de la división al ser numero impar: “no importa, ¡quédate
detrás del arco que entras en el segundo tiempo!” – le indicaba quien ya se
había puesto la etiqueta de capitán del equipo. Los fanfarrones que habían
elegido a sus pares, ahora armaban las posiciones y algunas que otras tácticas
de pases que jamás eran respetadas… y el flaco que jugaba de dos siempre subía
y terminaba metiendo un gol.
Solo restaba que al lado de cada arco
quedasen las camperas y pantalones largos para que la pelota comenzara a rodar.
El partido era interrumpido cuando una madre aparecía en escena para llamar a
su hijo para que le hiciera un mandado, entonces se producía el cambio y el que
estaba parado detrás del arco, entraba. O peor aún, que justo el que debía
retirarse era el dueño del balón… entonces todos se quedarían mirando hasta
terminar usando una bocha sin marca y algo desinflada.
A los quince minutos, el encuentro
nuevamente debía ser interrumpido cuando un perro galgo entró a la cancha y
corrió en dirección a su dueño. Sin mayores problemas, el can se sentó cerca de
la pelota para rascar la picazón de sus pulgas hasta que varios jugadores lo
corrieran del predio y pasara a ser parte de la tribuna. Lo que complicaba las
cosas era cuando en vez de uno, eran dos los perros que ingresaban y encima se
ponían a pelear en el medio del potrero.
Para algunos resultaba ser un partido
más entre los pibes del barrio pero para otros, era casi un clásico de las
ligas mayores. Había empujones y algunos enojos, otros que no se aguantaban un
pequeño roce y otros que se rebelaban a su capitán y se pasaban directamente al
equipo contrario. La emoción aumentaba cuando a los costados de la cancha
aparecían las chicas del barrio y su presencia motivaba a los cancheros a que
corrieran como los mejores y se esforzaran a más no poder, por meter el gol que
definiera el encuentro.
Cada gol se celebraba a lo grande. Si
se cobraba penal, siempre el fanfarrón y capitán del equipo era el que se
auto-elegía para patearlo pese a que siempre lo erraba. Por esas razones, a
veces su equipo se le enojaba y aparecía alguno que quejándose decidía
abandonar la cancha para hacer jueguitos detrás del arco con el hermanito más
chiquito que por su edad, quedó afuera del partido.
La jornada no se cortaba aunque cayeran
lluvias en la cancha. En todo caso, el barro le ponía el ingrediente de
diversión al encuentro que terminaba con todos los amigos saltando charcos y embarrándose
hasta que aparecían las madres para pedirles que regresen a su casa y tomar la
merienda con matecocido y tortas fritas.
A los pocos días, uno de los padres
se encargaría de cortar el césped de la cancha con la finalidad de seguir
apostando a los encuentros sanos de su hijo junto a sus amigos del barrio.
Los pibes fueron creciendo y el potrero,
ocupado por otras generaciones hasta que algún que otro emprendimiento,
cultural o comercial, ocupara aquel lugar dejando sepultada las huellas de
pibes que pasaban tardes enteras en el lugar. De allí, solo algunos hicieron
carrera y se dedicaron al futbol profesional incluso llegando a competir en las
ligas mayores. Y otros, en cambio, tomaron rumbos diferentes al deporte… pero
siempre llevando en su memoria aquellos momentos vividos en la canchita del
barrio.
Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 30/03/2013