sábado, 28 de septiembre de 2013

SIETE (parte 2)



Todos tenemos personas cuya existencia marcaron y marcan de alguna manera nuestras vidas. Positiva o negativamente; pero su influencia es algo que no podemos evitar. Y nos acostumbramos a ellas porque no hay otra manera de cambiar esas realidades.
También Gaspar tiene personas que lo han marcado y lo siguen marcando a diario. Simplemente que sí tiene una manera de modificar esa realidad: la caja que una mujer le entrego en la plaza San Martín; en la cual todo nombre que deposite dentro de ella, esa persona desaparece automáticamente de la faz de la tierra. Y lo probó una noche con su vecino, un ex compañero del Goretti que vivió toda su vida hostigándole.
Se levanta y olvidando lo que había hecho, se lanza a lo que parecía ser un día normal a otros. Normal aunque no necesariamente bueno para su parte. Primero observa la casa de su vecino pero no nota nada extraño. Lleva a la fábrica de helados en Villa Gdor. Galvez y se encuentra otra vez con su mal llevado jefe, Alfredo, quien le había tomado por punto. Este superior lo obliga a llevar una carga de doscientos kilos de helado con una carretilla manual por toda la fábrica.
“Y si te quejas… ¡te echo!” –lo amenaza. Esto porque justamente Gaspar no era de la elite al que pertenecían muchos de sus compañeros que ayudaban a su jefe en ganancias deshonestas. Engañando a los directivos de la compañía, Alfredo realizaba ventas fuera del circuito comercial legal para favorecerse a sí mismo y a sus seguidores.
Se aguanta ese maltrato pero en el tiempo de su almuerzo aprovecha a relajarse escribiéndose mediante su celular con su novia. Posteriormente su jefe viene a acusarlo de hacer perder la carga simplemente por el tiempo que llevó recorriendo todo el depósito; y aunque Gaspar intentó defenderse, terminó siendo sancionado.
De regreso, desciende del colectivo frente al Cristo e ingresa a una estación de servicio para comprar chicles. Ahí escucha la conversación de dos policías que comentaban sobre la desaparición de Mario; “fue sin dejar nada de rastros… incluso su familia encontró toda su ropa debajo de la sábana tal como el se había acostado”- informa un oficial a su compañero.
En el living de la misma casa, estaba sentada la madre de Mario. Una empleada de la Municipalidad que no podía entender lo que había ocurrido con su hijo pese que un policía intenta tranquilizarla diciéndole que tal vez podía tratarse de un secuestro. En un momento, la mujer irrumpe en llantos.
Ya en su dormitorio, con la caja entre sus manos, de a ratos mira la casa vecina donde varios policías entraban y salían buscando pistas de Mario. Su madre ingresa al cuarto y manifiesta el dilema que existía en el barrio próximo al Hospital: “¡es como si se hubiera esfumado mientras dormía y solo quedó su ropa” – expresa. Gaspar informa no saber nada recordándole que no tenía ningún tipo de amistad o diálogo con él.
Distintas cuestiones pululan por su mente: ¿quién podría enterarse que el responsable de esa desaparición es él? ¿dónde fue a parar?; ¿la desaparición es para siempre?; y si no falló con Mario, ¿por qué no probarlo con su jefe?. Y en esta última pregunta se detuvo para meditar. Después de todo, Gaspar se merecía una mejor condición laboral después de haber soportado por años a Alfredo.
Cuando Nerina se dirige a atender un llamado a la puerta, su hijo queda solo en la pieza pensando que si lo de la caja dio resultado por qué no volver a probarlo con su encargado. Aunque era muy paciente, sinceramente estaba más que cansado por esa continua tortura en su trabajo. Es en ese momento que dos policias de la seccional 27ª ingresan a la casa a fin de entrevistar a Nerina y a Gaspar.
Primero es la mujer quién les expresa no saber nada sobre el paradero de Mario. Luego su hijo indica lo mismo de mala manera. Y para cuando los oficiales estaban a punto de retirarse del lugar, Nerina quiere aportar otras aclaraciones a las palabras de su hijo: “oficial, eso es seguro… ¡el no sabe nada… siempre fueron enemigos los dos!”. Los empleados provinciales le clavaron sus miradas.

(Continúa en la próxima edición)


La Posta Hoy - 28/09/2013

sábado, 21 de septiembre de 2013

SIETE (parte 1)



¿Qué hace alguien que tiene la posibilidad de hacer desaparecer a siete personas de su vida? ¿Cómo maneja esa especie de magia que puede altear el rumbo de su vida? ¿Cómo elige a esas personas y qué emociones influyen en esa elección?
Gaspar está sentado en la plaza San Martín cuando se sienta, a su lado, una mujer desconocida con una caja dorada en sus manos. Es algo así como un cofre con una hendidura en su parte superior. Ella esta vestida muy elegantemente y le entrega la misma ante su mirada desconcertada.
“Es para vos” – indica. La elegancia de la caja lo cautivó, la tomó en sus manos y la analizó. “¿Qué es?” – preguntó.
La mujer se puso de pie para explicarle el uso de la misma: “solo basta con que escribas en un papel el nombre y apellido de una persona y lo coloques en este cofre para que ella desaparezca completamente de la tierra.” Además le aclara que ninguna otra persona podía hacer uso de ella y que al final de la séptima persona, la misma dejaría de existir.
Se queda mirando el cofre mientras la mujer se aleja del lugar con pasos muy medidos hasta perderse completamente entre otras personas que se hallaban en la estación de servicio Oil.
Es un joven común en cuanto a su rutinaria vida. Tiene 25 años. Trabaja en una fábrica de helados en Villa Gdor Galvez, hace dos años está de novio con Tania y aun convive con sus padres en el barrio cercano al Hospital. Su madre, Nerina, es costurera y trabaja en su casa. Ulises es su padre y es militar. También tiene una hermana, Verónica, divorciada y con una pequeña niña de seis años, Damaris, que viven en Rosario. Y reparte su vida entre el trabajo, su novia y tiempo en el gimnasio.
Sale a correr todos los días a las siete de la tarde en dirección al Rowing Club. Lo hace porque le gusta y lo disfruta mucho. Corre escuchando rock desde sus auriculares conectado a su celular. Hace unas diez cuadras y llega a la plaza para estirarse y retomar las fuerzas. Allí descansa por unos minutos mientras envía mensajes desde su celular y se hidrata. Luego regresa a casa y como todos los días, se topa con Mario, vecino y ex compañero del Goretti, que lo rebaja con sus palabras.
Existen aquellos que necesitan rebajar a otros simplemente para sentirse importante ellos mismos. Son personas cuya identidad no está cimentada sobre sus propias fortalezas sino sobre las debilidades de quienes le rodean. Debilidades que ellos se encargan de hacer notar una y otra vez. Anhelan sentirse más grandes y más valiosos que otros, aquellos a quienes toman por víctimas. Tal es el caso de Mario en relación a Gaspar: “¡Enfermo!” – le insultó.
Cuando ambos cursaban el mismo año de escuela secundaria Mario lo había tomado de punta siempre insultándolo y tratándolo como trapo de piso, inclusive humillándolo delante de otros estudiantes. Lo hacía porque Gaspar no era un tipo problemático, sino tranquilo, encerrado en su mundo y muy estudioso; todo lo contrario a él. Y, peor aún, si hubo algo que molestó a Mario fue descubrir que su víctima estaba de novio con el amor imposible de toda su adolescencia.
Incluso a la salida de Pasacalle, en ciertas oportunidades, Mario intentó agredirlo pero jamás el respondió a esos empujones e insultos y prefirió tomarse bien fuerte de la mano de su novia, subirse a un remis e irse a su casa. Claro que como todas las cosas que nos molestan y nos dañan, existen límites de tolerancia.
Antes de la medianoche, y aun sin comprender lo de la caja, sigue observándola desde su cama mientras la misma descansa en la mesa de luz. Ahí se acuerda de Mario, sonríe y rápidamente toma un papel donde escribe el nombre y apellido de su vecino. En realidad, duda de la veracidad de las palabras de aquella desconocida mujer pero tampoco tiene algo por perder con solo intentarlo… entonces finalmente coloca el papel en la caja y en ese mismo instante, Mario se esfuma de su cama.
Gaspar se acuesta pensando si en verdad aquello funciona. Solo resta esperar al nuevo amanecer para que el lo descubra… y por qué no utilizar el mismo truco para hacer desparecer a otras personas cuyas existencias fueron de influencia negativa para su vida. ¿Bien usado? – depende de él.

(Continúa en la próxima edición)

La Posta Hoy - 21/09/2013

sábado, 14 de septiembre de 2013

EL PAYASO PIRULIN


Cesar jamás se imaginaba lo que iba a sucederle solo por el hecho de aportar su presencia a un momento cargado de diversión y ternura. Se prestó como voluntario para colaborar en la fiesta del niño municipal y terminó vestido de payaso. “Pirulin” se bautizó y llegó a la plazoleta haciendo piruetas y malabares con tres naranjas que había comprado dos horas antes en El Príncipe.
En un primer instante, una decena de niños corrieron a él para abrazarle y demostrarle su amor. “Hola Piñón Fijo” – le saludaron unas mellizas con trenzas. El les aclaró que no tenía nada que ver y que solo era un voluntario para la fiesta. Pero el cariño de los presentes fue más allá de la identidad y de a poco, otros niños se sumaron al abrazo para Pirulin.
De su bolsillo sacó unos chupetines que con mucha alegría comenzó a distribuir entre los niños. De repente se dio cuenta que a su alrededor tenía más chicos que las golosinas con las que contaba en su bolsillo. Y peor aún, detrás de los árboles seguían saliendo más y más y caminaban en su dirección con los brazos abiertos. Entonces Pirulin se asustó y comenzó a despedirlos, “bueno chicos, ya está… pueden ir para el otro lado” – les comentó.
Repartió los últimos chupetines y levantó en alto la bolsa vacía apelando a que todos se alejaran de él. Pero un pequeñito de dos años vino a abrazarlo y estiró su mano esperando recibir su golosina. Pirulin se estremeció y no le quedó otra que darle la bolsa vacía, dejó que el chiquito buscara el chupetín allí adentro y aprovechó a alejarse del lugar. Pero no pudo irse muy lejos, se dio cuenta que una decena de niños permanecían abrazados a sus piernas.
“Bueno, hago el último malabar” – aclaró Pirulin sabiendo que no tenía muchas alternativas para zafar de la situación. Los chicos aplaudieron esperando ver nuevamente el show de tres naranjas que daban vuelta por el aire y se cruzaban de mano en mano. Así sucedió el sencillo espectáculo terminando con el momento en que el payaso regaló las frutas a unos niños. Pero se sumó un cuarto, un quinto y muchos más reclamando también sus frutas. “Voy a buscar más frutas y vuelvo” – expresó sonriendo mientras huía hacia atrás.
Pero no fue muy lejos. Tropezó con una nenita cachetona y pecosa, terminando en el piso y los niños se le abalanzaron ya no para abrazarlo sino para comenzar a saltarle encima. Incluso un nenito de seis años intentó quitarle la peluca tirándole inclusive de sus patillas naturales. Pirulin se incorporó y comenzó a agitar sus piernas para despegar a los púberes tal como un perro de sus pulgas. Pero unos se soltaban y otros se sumaban, y cada vez eran más… ya no eran veinte ni treinta sino más de cincuenta purretes los que venían a abrazar al payaso.
Hizo, hizo e hizo hasta que logrando despegarse de los niños, corrió unos metros… pero esto enardeció a los pequeños haciendo que una nena de cinco años le arrojara una piedra por la cabeza. Pirulin, medio mareado, terminó  apoyado en un árbol y nuevamente se le juntaron a su alrededor: “Ataquemos a Pirulín!!!” – gritaron algunos pequeños líderes haciendo que alrededor de setenta burrumines corrieran a él, incluso bebes que descendían de sus cochecitos y a pasos lentos iban para abrazarlo.
Fue allí cuando un nenito de tres años con camiseta de Ñuls le pegó en la cabeza con su pelota y otros con remera de Ben10 le dio en la cara con su tazo. Pirulin empezó a los manotazos como queriendo zafar de un enjambre de avispas en pleno ataque, pero no pudo con la multitud de inocentes que venían a rodearlo, incluso algunos bajando del árbol con plumas en su cabeza, pintados la cara y con flechas y arcos. El payaso intentó huir pero nuevamente cayó en las manos de siete nenas de cuatro años que vestidas de las Princesas de Disney lo frenaron y comenzaron a golpearle. Y un pequeñito de cinco años, vestido de angelito, aprovechó para morderle la oreja y sacarle la nariz roja.
Pirulin no tenía escapatoria y aunque pidió auxilio, ninguno adulto acudió a ayudarle porque estaban mirando la obra de teatro que se desarrollaba sobre el escenario, “mira como los chicos quieren al payaso” – le dijo una madre a otra. Sin embargo, Pirulin seguía siendo víctima de desenfrenados niños tal como hombre que cae en un rio lleno de pirañas. Hasta que finalmente, Cesar se quitó la peluca y se sobresaltó entre todos como Hulk dispuesto a dar pelea. Por un momento, los pequeños se frenaron asustados… se miraron entre sí, “¡ataquen!” – se motivaron y fueron otra vez a su encuentro.
Pirulín hizo piquete de ojos a un chiquito, tecleó la oreja a otro, nockeo a otro con una naranja, puso su pañuelo sucio en la boca de un cuarto, le dijo que Papa Noel no existe a un quinto y revoleo a un par sobre las ramas. Pero los niños iban a la contraofensiva con mayor impulso: le golpearon en la panza, uno mordió sus manos, otro le tiró con un bate sobre la cabeza y otro le pegó en sus genitales dejándole tirado en el piso pidiendo tiempo y paz.

Los chicos se daban cuenta de que todo se les había escapado de sus manitos. Entonces comenzaron a llorar haciendo que sus padres vinieran a ver qué es lo que estaba ocurriendo en el lugar. Y los progenitores lo único que encontraron fue a un payaso tirado en el piso lamentándose de dolores; “¡Que mal esta persona haciendo llorar a los niñitos! ¡Niños tan inocentes y este payaso que los trata mal!” – le repudiaron finalmente a Pirulin que terminó internado en el Clemente Alvarez.

La Posta Hoy - 14/09/2013

sábado, 7 de septiembre de 2013

MATRIMONIO DE FIESTA



Había llegado el día y el matrimonio de Zulma y Gino se comenzaron a preparar para asistir a una fiesta de quince que se desarrollaría en Kawintun. La cita era a las 21 hs; el ya estaba preparado a las 19 hs pero ella recién 20:55hs entraba al baño a ducharse. Ella, días atrás había recorrido un par de tiendas hasta encontrar el vestido más adecuado para la situación e incluso ese sábado se tomó el tiempo para ir a la peluquería de Pagano; en cambio él, siempre despeinado recurrió a ponerse la misma camisa y el jeans que había usado en las dos anteriores fiestas.
Gino a las 21 hs comienza a dar vuelta por la casa mientras que, de a ratos, le indica a su esposa que se apure. Coloca un pañuelo en el bolsillo trasero de su pantalón, un peine en otro, su celular en el bolsillo delantero y  su billetera en otro, además de poner un Beldent en el de la camisa. Zulma, en cambio, pondría todo lo necesario y más aún en un solo lugar: su cartera; aquella que había comprado en una boutique del centro de la ciudad. Ella llevaría además un Uvasal, una tableta de ballaspirinas, un carretel de hilo negro, pañuelitos descartables, pintalabios, espejito, sacapuntas, birome, estampita, monedero, pendrive, tic tac, alfileres de gancho,  esmalte, quitaesmalte, bolsita, monedas sueltas y cientos de pequeñas cosas más.
El enciende el televisor a fin de constatar en Crónica que la hora sea la que figura en su reloj pulsera. Comprueba que efectivamente ya son las 21:20 hs y su mujer recién sale del baño, conecta la plancha y procede a secarse el cabello mientras se queja con su peluquera de haberle dejado un desastre la cabeza; “y encima me cobró ochenta pesos” – manifiesta. Es ahí donde Gino quiere refutarle preguntándole por qué había ido a ese lugar si sabía que no le harían un buen trabajo, y comienzan las primeras discusiones de la noche.
Zulma se toma su tiempo para elegir qué ponerse argumentando que el vestido que había comprado días atrás finalmente no le gusta. Entonces pasa varios minutos mirando el placar, midiéndose uno y otro vestido y buscando la mejor combinación entre zapatos, cartera, aros y resto del vestido. Toda esa búsqueda descontrolada la pone nerviosa mientras que su amado permanece apoyado en la puerta de la habitación esperando el momento para dirigirse a la fiesta.
Un jeans y una camisa fueron sencillamente la ropa de Gino que ya estaba preparado para pasar una linda noche. Ella, en cambio prefirió tomarse su tiempo además para seleccionar el pañuelito que colocaría en su cuello y ver qué anillo combinaba mejor con las minúsculas florcitas que decoraban sus sandalias.
Cuando los ánimos se alteraron por completo, el prefiere ir al vehículo a esperarla mientras se coloca el primer beldent en su boca. Cada cinco segundos, toca bocina haciendo que su hermosa esposa llegara al punto de ebullición y se asome a la puerta para gritarle “¡ya voy!”.  Pero la espera llega a su fin, el termina todos los chicles y ella termina por subirse en el mismo momento en que su amado se da cuenta que tiene pinchada la rueda trasera del vehículo; “¡cómo puede ser que no miraste antes que estaba pinchada!” – le reclama Zulma.
Gino desciende. Reniega por minutos con el baúl hasta que lo abre. Saca las herramientas y auxilio. Afloja los tornillos de la rueda a cambiar. Levanta el coche con el gato. Coloca el auxilio, baja el coche completamente al nivel del piso y ajusta los tornillos. Guarda las herramientas en el baúl e ingresa a su casa para lavarse las manos. Ella aprovechó todo ese momento para dar dentro del coche los últimos retoques a su imagen; encima cuando sube su esposo, le hace la observación que la camisa se había ensuciado con aceite. Entonces el pobre hombre se ve obligado a regresar a su hogar para cambiarla por una que estaba sin manchas, aunque toda arrugada. Y así salen para el cumpleaños faltando pocos minutos para las diez de la noche.
Dentro del coche, había un silencio que podía en cualquier momento quebrarse con enojos contenidos. “Les pedí que nos sentaran en la mesa con mi mamá” – indica ella haciendo que cierto malestar subiera a la cabeza de su esposo. El recordó que en la última fiesta su suegra, en medio de la fiesta, se ahogó con un pedacito de lechuga y tuvo que ser socorrida por AMAS haciendo que tuviera que terminan acompañándola mientras quedó internada hasta el día siguiente.
Y así Gino transitó las últimas cuadras antes de llegar al salón sin ganas. Más aún cuando su esposa nuevamente  se queja de la peluquera. Y para colmo, cuando llegan a Kawintun se encuentran con que no había ninguna fiesta… entonces Zulma busca entre su cartera la tarjeta de invitación donde finalmente descubren que la fiesta había sido el día anterior.


La Posta Hoy - 07/09/2013