sábado, 28 de enero de 2012

DE MOSQUITOS, ABOGADOS Y POLITICOS


Una tarde doña Zunilda percibió que en su casa había más mosquitos que moléculas de oxígeno. Rezongó descubriendo que nadie le había dicho, tres meses atrás, cuando le entregaron su vivienda, que la misma incluía un criadero de estos insectos. Y mucha mayor fue su bronca cuando se dio cuenta que no tenía ni un pedazo de espiral ni una tableta usada como para prenderla fuego y colocarla en un broche de ropa.
“Zunilda, Zunilda… ¡Vení a ver esto!” – la llamó Hermelinda, su vecina, con la que se habían conocido luego de boicotear una visita del ex gobernador Binner a la ciudad, cuando se demoraban las entregas de las casas; fue ahí cuando Zunilda llevó el bombo de su hijo, el mismo que éste usaba para alentar a A.S.A.C. en la cancha, y fueron a hacer reclamos.
Doña Zunilda salió aunque no daba la ocasión para sentarse afuera como para chusmear qué otras personas más se habían ganado la vivienda. Hermelinda había dado con la fuente del problema: frente al barrio, pasando la calle, a pocos metros, había un gran estanque que servía de larvario para la epidemia.
“Hay que hacer algo…” – expresó Hermelinda con una mano en el mentón y con ganas de boicotear alguna otra visita oficial. “Mañana mismo me voy a hablar con un abogado o al Concejo…” – expresó Zunilda más que amargada.

Cerca de las diez de la mañana se acercó en bicicleta al Concejo y la tuvo que apoyar en un árbol, porque es el único lugar público que no tiene bicicletero. Preguntó por un concejal amigo, uno con el que había compartido una choripaneada antes de las últimas elecciones donde se repartieron lindas promesas. “Señora, el concejal llega a las doce…” – le dijo una empleada.
Saliendo del Honorable Concejo se dirigió a la casa de su abogado, un amigo de la familia que le había tramitado a Zunilda la pensión luego de la muerte de su finado esposo. “Zunilda, claro que se puede hacer algo, podemos demandar al municipio, que es el responsable de limpiar ese estanque” – le dijo el letrado, tal cual carancho que luego de volar kilómetros y kilómetros encontraba un cadáver en descomposición.

“Mosquitos y abogados sobran en Arroyo” – le expresaba Zunilda a Hermelinda. Sentadas afuera de sus casas, cubiertas de repelente, primero comenzaron a hablar sobre la hija de otra vecina que aparentemente su esposo era empleado municipal, pero que tampoco hacía nada por la invasión de esos insectos en el barrio. “El concejal me dijo que enviaría un pedido al intendente de que limpien el estanque y mi abogado le va a enviar una carta documento, ¡así no se puede vivir!”
“¿Vos decís Zunilda que se va a hacer algo? Yo ya me resigno a vivir con estos mosquitos todo el verano” – manifestó Hermelinda, mientras acariciaba a su perro mestizo que acababa de saltar sobre sus piernas. Un cachorro que había adoptado luego de una intensa campaña de la Protectora de Animales.
“Mi abogado es muy bueno… Me tramitó la pensión del finado Roque.”

Pero la noche era ideal para que, muy lejos de este nuevo barrio; concejal, abogado e intendente se juntaran a compartir una rica parrillada. Asado corte mar del plata, costillas, unos chorizos y morcillas era lo que había en el parrillero. Y comiendo dentro de un quincho de lujo, bien cerrado por cierto, para que no ingresaran mosquitos, los amigos brindaron con augurios de prosperidad y trabajo para el nuevo año, abrazándose tal como adolescentes, esperando fotografiar el momento para luego subirlo a Facebook.

Indignada de pasar otra noche a manotazos, Zunilda nuevamente se fue hasta el Concejo. “Doña, ya le envié al intendente el pedido de limpieza de ese estanque” – le informó el concejal, que por ese día había llegado temprano; once y media de la mañana. “Zunilda, esto va en camino, ya mañana le envío la carta documento al municipio” – fueron las palabras de su abogado, que terminaba de tomarse un vaso con Uvasal.
Doña Zunilda regresó con esperanzas a su barrio. Se lo comentó a Hermelinda y a un par de vecinas, que de tarde en tarde se juntaban para decir “mirá quién también se ganó la casita”. Pero a los quince días, a los veinte y al mes, nada cambiaba. Los mosquitos se multiplicaban. El estanque siempre en el mismo lugar y con más agua que nunca por una llovizna de esas que aparecen en enero. Encima tenía que aguantar el planteo de sus vecinas, también molestas de que la epidemia no acabara. Embroncada se decidió a ir por su cuenta a hablar en persona con el propio intendente sobre los mosquitos en el barrio, “¡me va a tener que escuchar!” – le prometió a sus amigas, como si se postulara a una presidencia de la futura vecinal.
No bastaba con la bronca que tenía con el abogado y el concejal, cuando su nietito vino a hacerle una pregunta de la tarea de vacaciones.
“Abuela, ¿qué es un abogado?”
“¿Abogado? Un abogado es un político en fase larval… escribí eso en el cuaderno.”


Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 28/01/2012

sábado, 21 de enero de 2012

PAÑALES PARA ADULTOS


“¿Acá entregan pañales para adultos?” – preguntó Yolanda a la empleada del dispensario, que jamás quitó la vista del celular con el que se enviaba mensajitos con su pareja. “No, señora, acá no.”
“Joven, ¿y a dónde tengo que ir?”
“No sé, vaya al hospital… En una de esas los entregan allá” – le informó la chica que sonreía al recibir un mensajito de su novio, que decía que esa noche la iba a llevar a tomar un helado a Froilán.
“¿Hasta allá tengo que ir? Es muy lejos…” comentó Yolanda sabiendo que eran las once de la mañana, el sol partía la calle y ni siquiera dinero tenía para un remis; y si hubiera tenido dinero, hubiese comprado los pañales y jamás molestado a la empleada municipal que estaba tan ocupada detrás de su escritorio.

A la media hora entró al hospital casi sin aliento, donde se acercó a recepción. Dos empleados, un hombre mayor y una joven, hablaban de los policiales que habían sido publicados en La Posta el sábado anterior, sin percatarse de que Yolanda estaba ahí parada esperando ser atendida.  “El H.D.P. de calle Moreno es ese tipo que yo te digo… Para mí es ése” – le comentaba el empleado a su compañera.
“Buen día, busco pañales para adultos.”
“¿Vos decís? ¡Pero ese tipo es un pan de Dios! Fue a la escuela primaria con mi hermano”
“Sí, es ése?”
“Buen día, busco pañales para adultos” – repitió Yolanda, mientras golpeó suavemente el cristal de la recepción con el anillo que su nieta le había regalado para su cumpleaños número 82. Los empleados cortaron la conversación y la joven secretaria, muy amablemente, dirigió su miraba a la abuela.
“¿Busca pañales? Va a tener que acercarse hasta el predio del ferrocarril…”
“¿Y qué tiene que ver el tren con los pañales?”
“No señora, es que en el predio del ferrocarril funciona Acción Social de la Municipalidad…”

Doce y cuarto del mediodía y Yolanda sube con pocas fuerzas la rampa del galpón del ferrocarril. Un concejal justo salía del predio y, compadeciéndose de la abuela, se acercó, se puso a un costado y siguió de largo hablando por celular mientras Yolanda terminó de subir la rampa. Ingresaba al predio justo al momento en que salía una señora con un bebé en brazos.
“Joven, ¿acá entregan pañales para adultos?”
“Sí, abuela, creo que sí. Hable con la empleada rubia que está ahí adentro… Si no la atiende hable con la morocha y sino está la pelirroja, que la vuelve a enviar con la rubia.”
“Gracias joven.”
Yolanda, cansada de andar y caminar, primero se sentó, al tiempo que se apoyó en la pared tapando con sus manos un afiche de la provincia que hacía publicidad de un costoso festival popular musical. Permaneció ahí cinco minutos esperando que alguien la atendiera. Definitivamente se dio cuenta de que tenía que acercarse a una oficina, tal cual Alicia en el País de las Maravillas a la hora de elegir qué puerta abrir.
“Abuela, para pañales para adultos va a tener que esperar a la directora… Debe estar por llegar” – le informó una secretaria desde una ventanilla, la cual cerró enseguida para seguir tomando mates con sus compañeras, con temas interesantes de conversación como saber a quién pertenecían las iníciales de los policiales de La Posta.
Ahí quedó Yolanda, en ese pasillo por casi cuarenta minutos. Sabía que almorzaría puchero a las tres de la tarde. Sabía que su perro Colita ya empezaba a extrañarla. Sabía que cuando regresara a su casa, el sol estaría más fuerte que antes. Sabía que la directora estaba por llegar en algún momento para pedirle los benditos pañales para adultos. Se puso de pie varias veces, caminó ese pasillo otras tantas y de a ratos se sentaba esperando.
Finalmente entró la directora, que como llevaba un pañuelo en su cabeza Yolanda no pudo saber el color de su cabello, pero supuso que era a quien ella esperaba.
“Señorita, yo vengo por pañales para adultos…”
“Sí abuela, pero me va a tener que esperar, que adentro me están esperando los del canal para hacer una nota y ya estoy con usted…” – le comunicó la empleada mientras se introducía en su oficina.
Yolanda volvió a sentarse por unos minutos. Pero se puso de pie al rato.

“¿Usted es la de los pañales para adultos? Recién la semana próxima van a llegar…” –le informó luego la secretaria desde la ventanilla, nuevamente cerrándola para continuar con sus mates.
Yolanda miró la ventanilla cerrada, miró el pasillo desierto, miró la puerta de la oficina de la directora y se acercó a una de las macetas del lugar, donde se encontraba un hermoso helecho.
Trece horas y Yolanda se levantó el vestido, se bajó su calzón y se agachó.


Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 21/01/2012

sábado, 14 de enero de 2012

LADRON Y POLICIA


Casi corriendo el agente Cansuela subió la escalera de la comisaría y entró a la oficina del comisario.
“Jefe, ¡hay una vieja en el teléfono que dice tener un sospechoso saltando la pared del patio!” – le informó el empleado a su superior.
El comisario, que aún permanecía con los pies sobre su escritorio y con el control del televisor en sus manos, adoptó una expresión como de preocupado. Aquella era la cuarta llamada de la noche en la que una vieja llamaba preocupada al notar que un ladrón ingresaba al patio de su vivienda.
“¿Un sospechoso?” – preguntó el comisario, que jamás atinó ni a apagar la televisión, donde en ese momento transmitían un capítulo repetido de “Policías en Acción”, ni bajar los pies del escritorio.
En ese instante la puerta principal de la comisaría se abrió, obligando al agente Cansuela a descender para atender a una mujer de unos cincuenta años, agitada de tanto pedalear, muy asustada.
“¡Ay oficial! ¡Estoy muy asustada!” – le expresó al agente.
“¿Qué le ocurre Señora? ¡Tranquilícese!”
La señora logró sentarse en el banco de madera, se hizo la señal de la cruz ante la imagen de la Virgen y se dispuso a darle más detalles al empleado: “Iba cruzando la Plaza 9 de Julio en mi bicicleta y me salió un tipo que me pedía la bicicleta… Por suerte pude esquivarlo y me vine corriendo hasta acá… ¡Ay Dios mío, se me sale el corazón sólo de recordar la cara de ese degenerado.”
“Pero, ¿también quiso violarla?” – le preguntó Cansuela.
“No, no… ¡supongo que no le di tiempo!”
“Es que no tenía tan mal gusto” – pensó el agente, que estaba dispuesto a tomar nota de la declaración. “¿No va a enviar un policía a la plaza?” – preguntó la señora, mientras que extraía de sus pechos un pañuelo con el que se sacó sus mocos. “Tengo un móvil en el Puerto, otro en Acevedo y otro en Playa Hermosa” – dijo Cansuela, sabiendo que no había mucho para hacer; que en el tiempo que tardase algún móvil en llegar a la plaza el ladrón ya había robado tres bicicletas y encima tal vez violado a alguien, ese degenerado… Eso sí, a alguien más linda que esta señora.
“No puede ser… Soy socia de la cooperadora, mire, tengo el carnecito… ¡no puede ser esto!”
Allí sonó el teléfono de la seccional y el agente Cansuela no tuvo otra alternativa que acercarse al aparato para atender. “¡Seccional 27!”
“Hola… Escuché ruidos en el fondo de mi casa, me asomé por la ventana y creo que hay un tipo que está adentro de mi patio…” El empleado le tomó la dirección, colgó el teléfono y atinó a subir la escalera, pero fue frenado por la mujer, que aún seguía sacándose los mocos.
“¿Oficial, no van a enviar un policía a la plaza?”
Aquella no era realmente la mejor noche para Cansuela, el joven empleado provincial que hacía dos meses había egresado de la Escuela de Policías, no terminaba de pagar todavía su uniforme y encima vivía en San Lorenzo, por lo que tenía que viajar día por medio hasta Arroyo: “Ya le informo al comisario” – respondió.
Y con esta ya era la quinta interrupción que el señor comisario recibía con la misma situación. Apenas su súbdito abrió la puerta, lo miró y dijo: “¡Cómo se nota que sos nuevo pibe! ¿Qué pasó ahora?”
“Jefe, hay una señora que dice haber cruzado por la Plaza 9 de Julio cuando le salió un desconocido que quiso robarle la bici…”
“¿Se la robó?”
“No. Dice que tenía cara de degenerado…”
“¿La violó?”
“No, si viera la cara de esta vieja se va a dar cuenta de por qué no lo hizo.”
“¿Entonces?”
“Y llamó otra señora de pleno centro que dice tener un ladrón en el patio de su vivienda.”
El comisario saltó de su silla apagando el televisor y preocupado más que nunca por la información que le suministraba el agente dijo: “¡Esto ya es un quilombo! ¿Dijo un ladrón en pleno centro?”
Cansuela miró a su superior y le respondió positivamente con un gesto de la cabeza.
“¿Hacemos algo jefe?”

“Uno acá en la plaza… Otro en pleno centro… Otro cerca del hospital… Otro cerca del supermercado… Esto no da para más: los envío de dos en dos y se me dispersan como ratas…!”

Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 14/01/2012