Una tarde doña Zunilda percibió que
en su casa había más mosquitos que moléculas de oxígeno. Rezongó descubriendo
que nadie le había dicho, tres meses atrás, cuando le entregaron su vivienda,
que la misma incluía un criadero de estos insectos. Y mucha mayor fue su bronca
cuando se dio cuenta que no tenía ni un pedazo de espiral ni una tableta usada
como para prenderla fuego y colocarla en un broche de ropa.
“Zunilda, Zunilda… ¡Vení a ver esto!”
– la llamó Hermelinda, su vecina, con la que se habían conocido luego de
boicotear una visita del ex gobernador Binner a la ciudad, cuando se demoraban
las entregas de las casas; fue ahí cuando Zunilda llevó el bombo de su hijo, el
mismo que éste usaba para alentar a A.S.A.C. en la cancha, y fueron a hacer
reclamos.
Doña Zunilda salió aunque no daba la
ocasión para sentarse afuera como para chusmear qué otras personas más se
habían ganado la vivienda. Hermelinda había dado con la fuente del problema:
frente al barrio, pasando la calle, a pocos metros, había un gran estanque que
servía de larvario para la epidemia.
“Hay que hacer algo…” – expresó
Hermelinda con una mano en el mentón y con ganas de boicotear alguna otra
visita oficial. “Mañana mismo me voy a hablar con un abogado o al Concejo…” –
expresó Zunilda más que amargada.
Cerca de las diez de la mañana se
acercó en bicicleta al Concejo y la tuvo que apoyar en un árbol, porque es el
único lugar público que no tiene bicicletero. Preguntó por un concejal amigo,
uno con el que había compartido una choripaneada antes de las últimas
elecciones donde se repartieron lindas promesas. “Señora, el concejal llega a
las doce…” – le dijo una empleada.
Saliendo del Honorable Concejo se
dirigió a la casa de su abogado, un amigo de la familia que le había tramitado
a Zunilda la pensión luego de la muerte de su finado esposo. “Zunilda, claro
que se puede hacer algo, podemos demandar al municipio, que es el responsable
de limpiar ese estanque” – le dijo el letrado, tal cual carancho que luego de
volar kilómetros y kilómetros encontraba un cadáver en descomposición.
“Mosquitos y abogados sobran en
Arroyo” – le expresaba Zunilda a Hermelinda. Sentadas afuera de sus casas,
cubiertas de repelente, primero comenzaron a hablar sobre la hija de otra vecina
que aparentemente su esposo era empleado municipal, pero que tampoco hacía nada
por la invasión de esos insectos en el barrio. “El concejal me dijo que
enviaría un pedido al intendente de que limpien el estanque y mi abogado le va
a enviar una carta documento, ¡así no se puede vivir!”
“¿Vos decís Zunilda que se va a hacer
algo? Yo ya me resigno a vivir con estos mosquitos todo el verano” – manifestó
Hermelinda, mientras acariciaba a su perro mestizo que acababa de saltar sobre sus
piernas. Un cachorro que había adoptado luego de una intensa campaña de la
Protectora de Animales.
“Mi abogado es muy bueno… Me tramitó
la pensión del finado Roque.”
Pero la noche era ideal para que, muy
lejos de este nuevo barrio; concejal, abogado e intendente se juntaran a
compartir una rica parrillada. Asado corte mar del plata, costillas, unos
chorizos y morcillas era lo que había en el parrillero. Y comiendo dentro de un
quincho de lujo, bien cerrado por cierto, para que no ingresaran mosquitos, los
amigos brindaron con augurios de prosperidad y trabajo para el nuevo año,
abrazándose tal como adolescentes, esperando fotografiar el momento para luego
subirlo a Facebook.
Indignada de pasar otra noche a
manotazos, Zunilda nuevamente se fue hasta el Concejo. “Doña, ya le envié al
intendente el pedido de limpieza de ese estanque” – le informó el concejal, que
por ese día había llegado temprano; once y media de la mañana. “Zunilda, esto
va en camino, ya mañana le envío la carta documento al municipio” – fueron las
palabras de su abogado, que terminaba de tomarse un vaso con Uvasal.
Doña Zunilda regresó con esperanzas a
su barrio. Se lo comentó a Hermelinda y a un par de vecinas, que de tarde en
tarde se juntaban para decir “mirá quién también se ganó la casita”. Pero a los
quince días, a los veinte y al mes, nada cambiaba. Los mosquitos se
multiplicaban. El estanque siempre en el mismo lugar y con más agua que nunca
por una llovizna de esas que aparecen en enero. Encima tenía que aguantar el
planteo de sus vecinas, también molestas de que la epidemia no acabara.
Embroncada se decidió a ir por su cuenta a hablar en persona con el propio
intendente sobre los mosquitos en el barrio, “¡me va a tener que escuchar!” –
le prometió a sus amigas, como si se postulara a una presidencia de la futura
vecinal.
No bastaba con la bronca que tenía
con el abogado y el concejal, cuando su nietito vino a hacerle una pregunta de
la tarea de vacaciones.
“Abuela, ¿qué es un abogado?”
“¿Abogado? Un abogado es un político
en fase larval… escribí eso en el cuaderno.”
Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 28/01/2012