Difícil y dura resultó ser siempre la vida de Ignacio
Vagoneta que, con treinta y dos años, entre las pocas veces que trabajó fue
como voluntario en una campaña de Caritas. En Arroyo Seco siempre tuvo la fama
de odiar al trabajo tanto como el gato al agua, pero todo se debió a que cuando
en la escuela secundaria le informaron sobre su deber de hacer pasantías, esos
días se enfermó con cuarenta y tres de fiebre.
Jamás agarró siquiera una pala. No hacía fuerzas ni siquiera
sentado en el inodoro y el día que le dieron una tenaza para desarmar su
bicicleta, estuvo tres horas buscando la manera de cómo usar esa herramienta
hasta que desistió y pidió un manual de instrucción.
Cuando sus amigos le hablaban de cierto lugar o fábrica
que estaba necesitando de empleados, una rara alergia le brotaba en sus brazos
y no podía disimularlo. Y si le decían que una empresa ubicada en el norte de
la ciudad tomaba gente, el agarraba su bicicletas y recorría el sur
desorientado como yerno que es abrazado por su suegra.
Cierto tiempo pasó a ser parte de la planta municipal.
Trabajó en maestranza y una mañana pidió al Secretario de Obras un permiso de
seis horas paras llevar su perro al veterinario. Pero como le negaron el
permiso, trabajó sin ganas y rompió algunas maquinas de la Municipalidad. Finalmente
cobró su sueldo un día viernes (atrasado, pero lo cobró) y al día lunes
desapareció del corralón. Tampoco fue mucho lo que cobró ya que del mes de
empleo, trabajó solo siete días y el resto lo pasó con carpeta médica por su
simple dolor de pulgar.
El día que lo llamaron de Grimoldi para que entrara a
trabajar, el día antes de ingresar se llegó al correo y envió un telegrama de
renuncia.
“¿Desde hace cuanto que trabaja ahí?” – le preguntó la
secretaria del correo.
“Cero días… iba a entrar mañana.”
Bajo la presión de su madre cansada de mantenerlo compró
un escueto curriculum en El Indiecito pero jamás lo llenó con sus datos ni
tampoco lo fotocopió para repartirlo en las empresas. Y si lo hacía, ponía
algún que otro dato falso con tal de que nadie lo ubicara.
Pero por esas cosas de la vida un día lo ubican desde
Dreifus y se presenta a la entrevista:
“¿Sabe soldar?” – le preguntó el personal de recursos
humanos de la empresa.
“No.”
“¿Sabe electricidad?”
“No.”
“¿Sabe manipular un torno?”
“No.”
“Dígame, ¿qué sabe hacer? ¿Para qué vino a la
entrevista?”
“Nada. Solo vine a decirle que conmigo no cuente.”
Además consiguió por entonces un Plan Trabajar del
Gobierno. Como contraprestación a ese subsidio debía prestar una servicio en alguna
institución por un par de horas en el día… cosa que jamás cumplió pero, de
todas maneras, no tardó en quejarse cuando se lo quitaron.
Su situación económica sin embargo no era nada mala, de
vez en cuanto lograba enamorar a una cincuentona que lo llevaba a su casa, lo
empilchaba y así sobrevivía un par de semanas. Así es que cuando le estaba
faltando mantención, se iba a los bailes del Club de Tango o del Centro de
Jubilados y regresaba llevando del brazo a una que otra mujer mayor necesitada
de amor.
Uno de sus mejores amigos, viendo su situación, le
recomendó que se dedicara a la política y que se postulara para un cargo en el
Concejo Deliberante. Así fue como se sumó a uno de esos partidos políticos que
hay en Arroyo, hizo tres mes de militancia y lo pusieron en una lista. Resultó
ser que ganó; pero cuando tuvo que presentarse a trabajar, terminó renunciando.
Una de esas tardes en las que recorría las calles mirando
vidrieras, sin saberlo terminó leyendo los anuncios de empleados de Adecco. Fue
en ese instante que una empleada salió a preguntarle si pensaba postularse para
alguno de esos puestos. Vagoneta cayó desmayado y tuvo que ser socorrido por
Amas simplemente por encontrarse más cerca de un trabajo como nunca antes.
A pesar de todo, no le fue muy mal en la vida. Entre las
últimas novias que tuvo, una al fallecer le dejó un par de locales comerciales
en alquiler. Así que si de Vagoneta se trató, no solo que jamás trabajó sino
que además, a partir de ese momento se dedicó a vivir de los arriendos.
Y así es como se lo suele ver hoy paseando por Arroyo.
Siempre bien empilchado, sin arrugas en sus manos, sentado en la vereda de su
casa aparentando estar cansado y observando como miles y miles se ganan el
sueldo con el sudor de su frente.
Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 28/07/2012