Silvia es mamá de Benito y Raquel,
mamá de Ciro. Benito y Ciro son compañeritos de la salitas de preescolar del
jardín; y mientras ellos dibujaban la consigna que la docente les planteó en el
día, sus mamás esperaban afuera del colegio conversando.
“Lo anoté a Benito en Labarra… quiero
que aprenda a nadar de chiquito” – le expresó Silvia a su amiga. Raquel con una
mano en el pecho le retrucó: “No, yo lo anoté en Los Tiburones, ¡vos sabes que
en Labarra me dijeron que a un bebé de un año le hicieron hacer saltos
ornamentales desde el trampolín!” Pero en realidad, Benito le tenía miedo a la
pileta y durante cinco meses no pudieron meterlo en el agua ni con sus padres y
Ciro jamás se sumergió en otra pileta que no sea la minipelopincho de la casa
de su abuela.
A los dos minutos el pochoclero llegó
al lugar y se estacionó frente al colegio mientras preparaba el pororó y
colgaba unos molinetes de colores que al instante el viento los hizo girar sin
parar. “Y Ciro ya mañana retoma las prácticas en Talleres… no lo iba a mandar a
fútbol este año pero el entrenador habló con mi marido y le pidió que lo
mandará… ¡dice que juega muy bien para la edad que tiene!” – le contó Raquel a
su compañera.
Silvia miró atentamente a su amiga y
luego de morderse el labio inferior, le expresó: “Yo lo anoté en Unión… me
dijeron que en Talleres un entrenador de los chicos de cuatro años los hizo
correr durante dos horas sin descansar, ¡una locura” Raquel la miró con la boca
abierta para dar allí terminado ese tema. Pero en realidad Ciro vivía en el
banco de suplentes porque estando en la cancha no agarraba una pelota ni para
acomodarla y Benito iba a clases de patín porque no le gustaba el fútbol.
Se acercó al lugar otra mamá en moto
que luego de sacarse el casco hondeó su cabello tal cual actriz de propaganda
de champoo. Pero ninguna de ellas se percató de esta otra mamá por estar tan
concentradas en su conversación. “Y yo lo anoté a Benito en computación en el
IAC” – relató Silvia. No pasaron ni tres segundos que Raquel ya tenía en su
lengua las palabras justas para retrucarle, “¿vos estas segura de mandarlo ahí?
Viste el nene de Claudia que tiene cuatro años, me contó ella que lo mandó ahí
y la profesora le obligó a que aprendiera programación, reparación y diseño web…
¡de terror! Yo por eso lo anoté en Nasa.” Pero en realidad Benito la única vez
que tocó una computadora fue cuando agarró la neetbook de su hermano mayor (la
que le habían dado en el colegio) rompiéndosela contra el piso y Ciro el único
mouse que conocía era Mickey.
Y así, mientras otras mamás iban
acercándose al colegio, Silvia y Raquel continuaban en la disputa. “En dibujo,
mi hijo ya armó el plano de una casa” – contó una (su nene aun seguía dibujando
los mismos renacuajos típicos de años atrás). “Y en teatro, el profesor me dijo
que mi hijo será un Federico Luppi” – contó la otra (su hijo fue una sola vez a
teatro pero se la pasó llorando toda la clase porque extrañaba a su mamá y
finalmente abandonó). Y cuando salieron los niños, ambas tomaron a sus hijos
algo enojadas entre sí y subieron a sus respectivos vehículos.
Ciro, muy contento, le contó a su
mamá que había hecho un dibujo muy lindo de flores, casitas y muñequitos: “má,
me quedó lindo y es el mejor dibujos de todos” – le dijo con ternura. “Bueno,
no te agrandes, ¡no sé quién te enseñó a ser tan orgulloso!” – le objetó su
madre. Y exactamente la misma conversación era la que se desarrollaba en el
otro auto con Benito y su querida mamá.
Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 24/03/2012