“¿Acá entregan pañales para adultos?” – preguntó
Yolanda a la empleada del dispensario, que jamás quitó la vista del celular con
el que se enviaba mensajitos con su pareja. “No, señora, acá no.”
“Joven, ¿y a dónde tengo que ir?”
“No sé, vaya al hospital… En una de esas los
entregan allá” – le informó la chica que sonreía al recibir un mensajito de su
novio, que decía que esa noche la iba a llevar a tomar un helado a Froilán.
“¿Hasta allá tengo que ir? Es muy lejos…” comentó
Yolanda sabiendo que eran las once de la mañana, el sol partía la calle y ni
siquiera dinero tenía para un remis; y si hubiera tenido dinero, hubiese
comprado los pañales y jamás molestado a la empleada municipal que estaba tan
ocupada detrás de su escritorio.
A la media hora entró al hospital casi sin aliento,
donde se acercó a recepción. Dos empleados, un hombre mayor y una joven,
hablaban de los policiales que habían sido publicados en La Posta el sábado anterior,
sin percatarse de que Yolanda estaba ahí parada esperando ser atendida. “El H.D.P. de calle Moreno es ese tipo que yo
te digo… Para mí es ése” – le comentaba el empleado a su compañera.
“Buen día, busco pañales para adultos.”
“¿Vos decís? ¡Pero ese tipo es un pan de Dios! Fue
a la escuela primaria con mi hermano”
“Sí, es ése?”
“Buen día, busco pañales para adultos” – repitió
Yolanda, mientras golpeó suavemente el cristal de la recepción con el anillo que
su nieta le había regalado para su cumpleaños número 82. Los empleados cortaron
la conversación y la joven secretaria, muy amablemente, dirigió su miraba a la
abuela.
“¿Busca pañales? Va a tener que acercarse hasta el
predio del ferrocarril…”
“¿Y qué tiene que ver el tren con los pañales?”
“No señora, es que en el predio del ferrocarril
funciona Acción Social de la
Municipalidad …”
Doce y cuarto del mediodía y Yolanda sube con pocas
fuerzas la rampa del galpón del ferrocarril. Un concejal justo salía del predio
y, compadeciéndose de la abuela, se acercó, se puso a un costado y siguió de
largo hablando por celular mientras Yolanda terminó de subir la rampa.
Ingresaba al predio justo al momento en que salía una señora con un bebé en
brazos.
“Joven, ¿acá entregan pañales para adultos?”
“Sí, abuela, creo que sí. Hable con la empleada
rubia que está ahí adentro… Si no la atiende hable con la morocha y sino está
la pelirroja, que la vuelve a enviar con la rubia.”
“Gracias joven.”
Yolanda, cansada de andar y caminar, primero se
sentó, al tiempo que se apoyó en la pared tapando con sus manos un afiche de la
provincia que hacía publicidad de un costoso festival popular musical.
Permaneció ahí cinco minutos esperando que alguien la atendiera.
Definitivamente se dio cuenta de que tenía que acercarse a una oficina, tal
cual Alicia en el País de las Maravillas a la hora de elegir qué puerta abrir.
“Abuela, para pañales para adultos va a tener que
esperar a la directora… Debe estar por llegar” – le informó una secretaria
desde una ventanilla, la cual cerró enseguida para seguir tomando mates con sus
compañeras, con temas interesantes de conversación como saber a quién
pertenecían las iníciales de los policiales de La Posta.
Ahí quedó Yolanda, en ese pasillo por casi cuarenta
minutos. Sabía que almorzaría puchero a las tres de la tarde. Sabía que su
perro Colita ya empezaba a extrañarla. Sabía que cuando regresara a su casa, el
sol estaría más fuerte que antes. Sabía que la directora estaba por llegar en
algún momento para pedirle los benditos pañales para adultos. Se puso de pie
varias veces, caminó ese pasillo otras tantas y de a ratos se sentaba
esperando.
Finalmente entró la directora, que como llevaba un
pañuelo en su cabeza Yolanda no pudo saber el color de su cabello, pero supuso
que era a quien ella esperaba.
“Señorita, yo vengo por pañales para adultos…”
“Sí abuela, pero me va a tener que esperar, que
adentro me están esperando los del canal para hacer una nota y ya estoy con
usted…” – le comunicó la empleada mientras se introducía en su oficina.
Yolanda volvió a sentarse por unos minutos. Pero se
puso de pie al rato.
“¿Usted es la de los pañales para adultos? Recién la
semana próxima van a llegar…” –le informó luego la secretaria desde la
ventanilla, nuevamente cerrándola para continuar con sus mates.
Yolanda miró la ventanilla cerrada, miró el pasillo
desierto, miró la puerta de la oficina de la directora y se acercó a una de las
macetas del lugar, donde se encontraba un hermoso helecho.
Trece horas y Yolanda se levantó el vestido, se
bajó su calzón y se agachó.
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