sábado, 18 de febrero de 2012

PARADAS CAMBIADAS


Como todos los domingos doña Beatriz se acercó a las siete de la mañana a la parada de colectivo de J. B. Justo y la ruta con la finalidad de ir al cementerio a llevarle flores a su difunto esposo. Una vecina que regresaba de su trabajo se le acercó muy gentilmente:
Abuela, acá no para más el cole, tiene que ir a la próxima cuadra” – le dijo.
Gracias joven” – le dijo doña Beatriz caminando un par de cuadras mientras que, justo a mitad de camino, cruzaba un ómnibus amarillo frente a ella. Y llegando a la garita que está próxima a la escuela nº 6036 se percató que allí adentro había una parejita de novios muy acaramelados, así que por pudor decidió caminar hasta J. B. Justo e Independencia a esperar el próximo coche.
Allí estuvo parada unos diez minutos hasta que un remis sin habilitación frenó frente a ella:
Abuela, ¿la puedo llevar?” -  le consultó el chofer.
La señora desconfiando de aquel hombre, le agradeció su amabilidad pero prefirió seguir esperando. “La parada del cole se cambió abuela, tiene que ir hasta donde está la imagen de la Virgen” – le informó el conductor antes de que se alejara del lugar. Beatriz nuevamente caminó unos cien metros hasta llegar al lugar donde se encontraba la imagen pero algo también allí la incomodó.
Luego de escuchar unos murmullos se acercó lentamente detrás de la virgen donde pudo observar a tres jóvenes que fumaban tirados en el piso. Por seguridad, se vio obligada a caminar hasta la garita ubicaba en la intercesión de las calles Independencia y Libertad. Resultó ser que la parada estaba repleta de jóvenes trasnochados que al ritmo de los Wachiturros desde sus celulares, seguían bailando sin tener noción de la hora del día.
Lentamente cruzó la calle y se decidió caminar hasta la parada de H. Primo e Independencia. Y por esos infortunios de la vida, mientras caminaba cerca de la plaza del Donante, otro colectivo interurbano cruzó la ciudad levantando a los trasnochados jóvenes y continuando su recorrido de manera normal.
Pasando frente al anfiteatro vio como un joven salió corriendo entre las plantas al momento en que era perseguido por un agente de policía. La situación le sembró temor, aceleró sus pasos hasta que escuchó unos disparos y se freno poniendo sus manos en su cabeza. “Dios mío” – rezó. Pero viendo que su vida no corría peligros observó que de lejos la policía había capturado al caco que momentos atrás se había alzado de una cartera de una pasajera que en pleno centro de la ciudad, también estaba desorientada por el cambio de paradas.
No caminó mucho más hasta que nuevamente tuvo que acelerar su caminata pero esta vez porque dos perros salieron a ladrarle desde lo que en su momento fue un carrusel. Beatriz, muy asustada, tomó unas piedras y arrojándoselas, logró ahuyentarlos para continuar su travesía sin saber qué le deparaba más adelante. Continuó caminando y cerca del paso peatonal de la estación, le salieron al encuentro dos mujeres muy bien vestidas que le entregaron el Atalaya.
Si tiene unos minutos nos gustaría compartirle unas palabras” – le propuso con gentileza una de las mujeres. Pero Beatriz le explicó de su apuro por tomar el colectivo y disculpándose, prosiguió su camino para más adelante encontrarse con una batalla campal. Se trataba de intercambios de palabras y forcejeos entre unos jóvenes, inspectores de tránsito y policías que realizaban un control de tránsito cercano al  paso nivel de H. Primo.
Beatriz decidió cruzar la calle al mismo tiempo que un adolescente, que intentaba escapar en su Zanella 50 de aquel operativo, la chocó en sus piernas arrojándola al piso. En cuestión de segundos los agentes detuvieron al rebelde y la ayudaron a levantarse.
¿Se encuentra bien abuela?” – le preguntó un inspector de tránsito.
Sí, joven, sí, estoy bien…” – respondió Beatriz que aun no salía del susto; “voy a tomar el colectivo.
Bueno abuela… pero sabe que el colectivo no para más en esta esquina, tendrá que ir hasta la próxima cuadra” – le informó el empleado municipal.
Doña Beatriz agradeció a los agentes y llegó a la vereda para acercarse a la parada de colectivo. “¿Dónde será que para el colectivo?” – pensó. Algo confundida por todo lo que le había ocurrido marchó hasta Independencia y S. Nicolás. Al llegar allí, tuvo que optar por otra alternativa ya que era imposible quedarse en ese lugar dado el olor a orín que salía de aquella garita. Finalmente decidió agachar su cabeza y seguir caminando.
A las ocho de la mañana, extendió su mano y un colectivo frenó frente a ella. Ya muy cansada de tanto caminar, subió lentamente y se dispuso a abonar al chofer:
“¿Hasta donde va abuela?”
“Al cementerio joven…”
El chofer la miró y son una humilde sonrisa le informó:
“Abuela, está es la parada del cementerio… de aquí tiene que caminar hasta adentro.”


 Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 18/02/2012

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