Como todos los domingos doña Beatriz
se acercó a las siete de la mañana a la parada de colectivo de J. B. Justo y la
ruta con la finalidad de ir al cementerio a llevarle flores a su difunto
esposo. Una vecina que regresaba de su trabajo se le acercó muy gentilmente:
“Abuela,
acá no para más el cole, tiene que ir a la próxima cuadra” – le dijo.
“Gracias
joven” – le dijo doña Beatriz caminando un par de cuadras mientras que,
justo a mitad de camino, cruzaba un ómnibus amarillo frente a ella. Y llegando
a la garita que está próxima a la escuela nº 6036 se percató que allí adentro
había una parejita de novios muy acaramelados, así que por pudor decidió
caminar hasta J. B. Justo e Independencia a esperar el próximo coche.
Allí estuvo parada unos diez minutos hasta
que un remis sin habilitación frenó frente a ella:
“Abuela,
¿la puedo llevar?” - le consultó el
chofer.
La señora desconfiando de aquel
hombre, le agradeció su amabilidad pero prefirió seguir esperando. “La parada del cole se cambió abuela, tiene
que ir hasta donde está la imagen de la Virgen” – le informó el conductor
antes de que se alejara del lugar. Beatriz nuevamente caminó unos cien metros
hasta llegar al lugar donde se encontraba la imagen pero algo también allí la
incomodó.
Luego de escuchar unos murmullos se
acercó lentamente detrás de la virgen donde pudo observar a tres jóvenes que
fumaban tirados en el piso. Por seguridad, se vio obligada a caminar hasta la
garita ubicaba en la intercesión de las calles Independencia y Libertad. Resultó
ser que la parada estaba repleta de jóvenes trasnochados que al ritmo de los
Wachiturros desde sus celulares, seguían bailando sin tener noción de la hora
del día.
Lentamente cruzó la calle y se
decidió caminar hasta la parada de H. Primo e Independencia. Y por esos
infortunios de la vida, mientras caminaba cerca de la plaza del Donante, otro
colectivo interurbano cruzó la ciudad levantando a los trasnochados jóvenes y
continuando su recorrido de manera normal.
Pasando frente al anfiteatro vio como
un joven salió corriendo entre las plantas al momento en que era perseguido por
un agente de policía. La situación le sembró temor, aceleró sus pasos hasta que
escuchó unos disparos y se freno poniendo sus manos en su cabeza. “Dios mío” – rezó. Pero viendo que su
vida no corría peligros observó que de lejos la policía había capturado al caco
que momentos atrás se había alzado de una cartera de una pasajera que en pleno
centro de la ciudad, también estaba desorientada por el cambio de paradas.
No caminó mucho más hasta que
nuevamente tuvo que acelerar su caminata pero esta vez porque dos perros
salieron a ladrarle desde lo que en su momento fue un carrusel. Beatriz, muy
asustada, tomó unas piedras y arrojándoselas, logró ahuyentarlos para continuar
su travesía sin saber qué le deparaba más adelante. Continuó caminando y cerca
del paso peatonal de la estación, le salieron al encuentro dos mujeres muy bien
vestidas que le entregaron el Atalaya.
“Si
tiene unos minutos nos gustaría compartirle unas palabras” – le propuso con
gentileza una de las mujeres. Pero Beatriz le explicó de su apuro por tomar el
colectivo y disculpándose, prosiguió su camino para más adelante encontrarse
con una batalla campal. Se trataba de intercambios de palabras y forcejeos entre
unos jóvenes, inspectores de tránsito y policías que realizaban un control de
tránsito cercano al paso nivel de H.
Primo.
Beatriz decidió cruzar la calle al
mismo tiempo que un adolescente, que intentaba escapar en su Zanella 50 de
aquel operativo, la chocó en sus piernas arrojándola al piso. En cuestión de
segundos los agentes detuvieron al rebelde y la ayudaron a levantarse.
“¿Se
encuentra bien abuela?” – le preguntó un inspector de tránsito.
“Sí,
joven, sí, estoy bien…” – respondió Beatriz que aun no salía del susto; “voy a tomar el colectivo.”
“Bueno
abuela… pero sabe que el colectivo no para más en esta esquina, tendrá que ir
hasta la próxima cuadra” – le informó el empleado municipal.
Doña Beatriz agradeció a los agentes
y llegó a la vereda para acercarse a la parada de colectivo. “¿Dónde será que para el colectivo?” –
pensó. Algo confundida por todo lo que le había ocurrido marchó hasta
Independencia y S. Nicolás. Al llegar allí, tuvo que optar por otra alternativa
ya que era imposible quedarse en ese lugar dado el olor a orín que salía de
aquella garita. Finalmente decidió agachar su cabeza y seguir caminando.
A las ocho de la mañana, extendió su
mano y un colectivo frenó frente a ella. Ya muy cansada de tanto caminar, subió
lentamente y se dispuso a abonar al chofer:
“¿Hasta donde va abuela?”
“Al cementerio joven…”
El chofer la miró y son una humilde
sonrisa le informó:
“Abuela, está es la parada del
cementerio… de aquí tiene que caminar hasta adentro.”
Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 18/02/2012
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