Eran las diez de la mañana del día
sábado y este buen empresario le solicitó La Posta a un canillita ubicado junto
al semáforo de Mitre y Belgrano. El pibe le entregó el ejemplar y se dispuso a
cobrarle.
“Esto no vale cuatro pesos pero lo
pago por vos, pibe” – le dijo el malhumorado hombre.
“No tiene obligación de comprarlo
señor” – le objetó el muchacho.
Lo compraba todos los sábados aunque,
cuando se encontraba con sus amigos y allegados, negaba que lo comprara
desvalorizando su contenido y diciendo que conocía todo lo que allí salía
publicado simplemente por el comentario de la gente.
Antes de que la luz del semáforo se
pusiera en verde, giró el periódico leyendo los aplausos y abucheos. “Acá tengo
que estar yo” – pensó. Pero no fue así, no encontró ningún abucheo a su persona
y tuvo que seguir su marcha obligado por la bocina de otro vehículo.
Y mientras hacía las maniobras de
giro en las intercesiones de las calles, de reojo leía algunos titulares
resaltados de la tapa. Incluso abrió el diario, y leyó el listado de quienes
integran el staff suponiendo que allí podía aparecer él.
“¡Para qué lo compras si después te
vas a perseguir de que hablan mal de vos!” – le criticó su esposa en su casa
mientras colocaba ropa en su automático, un aparato que habían comprado
financiado diez meses atrás en Noya pero que solo abonaron una cuota. “Porque
seguro hablan de mí” – le refunfuñó su esposo mientras se sentaba en su sillón
a ojearlo.
“Querido, la única vez que saldrás en
La Posta será en la sección de necrológicas y no te vas a poder quejar” – le
manifestó su señora al momento que acomodaba unos dvd de películas que habían
alquilado hacia dos meses del video La Plaza pero nunca devolvieron.
El marido tenía la seguridad de
encontrar alguna referencia a su persona en el periódico. Así que cada hoja la
miraba detenidamente, “son unos desgraciados… seguro algo pusieron de mí” – era
lo que pensaba mientras pasaban los titulares. Incluso en el suplemento
deportivo se detuvo a leer línea por línea suponiendo que entre aquellos
informes futbolísticos se encontraría alguna referencia a su imagen.
“Querido, ¿por qué te perseguís
tanto? Si estuvieras haciendo las cosas bien, no tendrás de qué preocuparte por
aparecer en el diario” – le criticó su mujer que de la ventana observaba el
cable del cual se alimentaban de energía eléctrica ilegalmente.
Continuó leyendo los titulares de
policiales. Buscó alguna abreviatura de los protagonistas que coincidiera con
su nombre y apellido. Luego buscó también las calles y las alturas para ver si
coincidían con su domicilio. Pero no había indicios. “Seguro que estoy de
encubierto” – seguía pensando. Hasta miró publicidad por publicidad teniendo la
plena sensación de que en alguna de ellas encontraría alguna crítica a su reputación.
“Hace tres meses me estas diciendo
que la tienen contra vos… pero jamás saliste en el diario” – volvió a
cuestionarle su esposa que ahora buscaba su chequera para emitir unos vales sin
fondos con los que días después comprarían un terrenito en Tierras de Sueño.
Su esposo no detuvo la búsqueda ni
siquiera escuchando la dulce y amorosa voz de su encantadora esposa, con quien
muchas veces se lucirían de la mano en reuniones donde acostumbra asistir la
gente de clase alta de la ciudad. En un momento dio su grito en el cielo ante
la mirada sorprendente de su cónyuge. Había llegado a la contratapa del
semanario.
“Acá estoy… seguro que esto es para
arruinarme” – expresó indignado.
“¿Estas seguro?” – le preguntó su mujer
algo atónita y llevando su mano izquierda a la boca.
El empresario dobló el ejemplar en
dos y se dispuso a llamar a su abogado.
“Sí, claro… bien seguro, este perro
gordo y negro de Decur es parecido a mí.”
Publicado en el semanario "La Posta hoy" el 05/05/2012
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