El
cura párroco adoptó un mestizo que crió afuera de la iglesia con las sobras de
su comida. Lo llamó con el nombre de Cartucho y su ceremonia de bautismo contó
con la presencia de jerarcas de la curia. El cachorro creció en el espíritu católico
y hasta hubo una abuela que salió asustada de la parroquia al verlo cerca del
atrio y luego de creer que el can de San Roque había cobrado vida.
Hubo
también una malhumorada señora que integra el grupo de una capilla, quien
protagonizó un mal momento con el perro Cartucho. Cuando ingresó a la parroquia
lo vio cerca de la puerta y no tuvo la mejor idea que correrlo arrojándole agua
bendita de la piletilla. Fue así que Cartucho salió corriendo y la mujer optó
por pedirte al sacerdote que lo exorcizara argumentando que al agua bendita
provocó la manifestación del demonio.
"No,
madre" - le explicó el religioso; "cualquier perro saldrá corriendo
si usted lo sorprende arrojándole agua bendita o agua común. Vaya y siga
colaborando en la capilla." Finalmente la mujer salió del complejo
parroquial, se persignó al ver a Cartucho que terminaba por sacudirse arriba de
uno de los canteros y regresó a su barrio.
La
fama del animal creció cuando en todos los videos de casamientos, se lo podía
ver caminando hacia el altar delante de la novia incluso tomándose sus minutos
para frenarse y rascarse sus pulgas. Una pareja joven lo preparó para la
situación, y lo vistieron de frac haciendo que éste llevara delante de la novia
una canastita mientras arrojaba pétalos en su andar.
Cierto
domingo, un monaguillo rebelde puso en el bolsillo de su jean unos objetos del
atrio parroquial. Toda la misa se desarrolló con normalidad hasta que llegado
el momento de su retiro, Cartucho comenzó a ladrar al adolescente delante de la
mirada de todos los feligreses. Y para calmar al can, el mismo sacerdote
procedió a colocar al colaborar contra la pared y revisar sus bolsillos
encontrando un par de ostias y algunas monedas del alfolí. Fue en ese momento
cuando todos los presentes irrumpieron en un gran aplauso hacia el perro que permanecía
sentado tratando de quitarse las últimas garrapatas.
Fue
la tortura de Cartucho cuando una joven de una escuela religiosa quiso sumarse
a las alabanzas de la misa con su voz. Cuando la chica comenzó a cantar
"Llevame donde los hombres necesiten tu Palabra"; en ese mismo
instante el perro inició su aullido desde el fondo de la iglesia. A decir
verdad, la joven no daba con ninguno de los tonos de la canción pero nadie se
animaba a sacarla del coro más que Cartucho, cuyo oído sufría con su canto. Al
domingo siguiente, los asistentes al culto se dieron cuenta que la chica no
cantaba más y que el sacerdote la había indemnizado de por vida.
Incluso
el mismo perro, en algunas misas y ante la ausencia de colaboradores, optó por
agarrar el ofrendario en su boca y pasar entre los presentes para recibir las
limosnas. Un importante empresario de la ciudad optó por poner unas míseras
monedas en el canastillo pero para su sorpresa, el perro no se movió de su lado
y comenzó a gruñirle obligándolo a que convirtiera su ofrenda en dos billetes
de Evita. Su actitud a cara de perro, hizo que las contribuciones aumentaran
notablemente domingo tras domingo.
Para
los momentos de confesión, el perro acompañaba a los presentes delante de la eucaristía
para asegurarse de que cada uno rezara la cantidad de Ave Maria y Padrenuestros
que el cura le había indicado. Doña Romualda, por ejemplo, contó en el
confesionario que había hablado mal de todas las vecinas de su barrio del Guemes
y por concejo del párroco debía emitir seis rezos. Al quinto padrenuestro ya
intentó irse del lugar pero Cartucho la ladró intimándola a que completara su
pena.
A excepción
del matrimonio, Cartucho había participado de todos los sacramentos. Participó
de su primera comunión con mucho entusiasmo y acompañado por integrantes de la
protectora de animales. Para su confirmación, optó por elegir de padrino a otro
can que siempre se hospeda en la Municipalidad desde hace tiempo cuando había
una secretaria que le permitía dormir en los sillones del despacho
gubernamental.
El
can además recorría los patios de los colegios del complejo parroquial y
alertaba a cualquier docente frente a actitudes indecorosas de algún que otro
alumno junto a sus pares. Pero ese trabajo lo realizó hasta que una mañana una
preceptora algo nerviosa lo sacó a escobazos de la dirección donde Cartucho
había ingresado para pedir expulsión a un alumno que estaba coqueteando con una
compañera en el aula.
Finalmente,
el mestizó terminó por enfermarse un día y luego de recibir la extremaunción,
partió a la patria celestial. Jamás había faltado a una misa, procesión o
celebración espiritual. Muchos feligreses sintieron con mucho dolor su partida,
hubo voces que intentaron incluso de canonizarlo por su vida religiosa ejemplar,
pero el párroco en cambio prefirió conmemorar un salón escolar con su nombre:
Cartucho, el perro del cura.
La Posta Hoy - 06/07/2013
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