Un sábado por la
mañana, una avioneta sobrevoló un campo lindero a la zona urbana esparciendo
sobre la siembra una especie de agroquímico. Hizo varias veces el recorrido
hasta que en cuestión de veinte minutos, terminó por alejarse casi sin ser
percibido por los vecinos de la zona. Y sin embargo, con el paso de los días,
algo comenzó a ocurrir teniendo a varias personas como protagonistas.
El día miércoles,
una mujer de unos cincuenta años se presentó en el consultorio de dermatología
para que el profesional le observe algunas manchas que aparecieron en algunas
partes de su cuerpo. Se trataba de una extraña hiperpigmentación de color roja
que, aunque sin producir picazón, era muy molesta estéticamente. El dermatólogo
de renombre, tras observar las manchas, le expreó que ese tipo de manchas son
producidas solamente por el contacto con un químico de poco uso; “lo extraño es
que en estos últimos tres días, esta es la quinta consulta similar” – manifestó
a la paciente.
Pero sin
transmitir a la señora su preocupación, terminó por recetarle una crema de
nombre Fermatixlin; “es de las más caras pero muy efectiva para este tipo de
manchas” – le recomendó aclarándole que incluso su compra no tenía descuento
por ninguna obra social. A los veinte minutos, la paciente entra en una
farmacia y con la receta termina de adquirir la crema en un pote de ciento
cincuenta gramos al costo de novecientos pesos. Y lo llamativo es que en la misma farmacia, en
el trascurso del día se vendieron otros cuatro potes iguales.
Al día siguiente
nuevamente el dermatólogo recibió la visita de una madre y su hijo de diez años
con las mismas manchas en su piel. Tras una simple observación, el profesional
da otra vez el conocido diagnóstico y receta Fermatixlin para la cura y
eliminación de esa pigmentación. Y, para entonces, una alerta se generó en la
mente del médico que pidió a la administración del Centro de Salud donde
trabajaba, el legajo de sus últimos pacientes.
Se llevó la
documentación a su consultorio y por varios minutos permaneció a puertas
cerradas estudiando de manera más profunda cada caso. Tras varios minutos, dejó
la papelería sobre su escritorio y tomó nota de lo que había descubierto: todas
las personas que se habían presentado con manchas iguales en su piel, residían
en el mismo barrio o zona de la ciudad.
Entonces para la
siguiente consulta con la misma problemática, el profesional indagó un poco más
sobre el la zona de residencia; “el químico que produce estas manchas se
encuentra solamente en algunos agroquímicos que están prohibidos” – comentó al
paciente. Y así fue como, tras la información aportada por el vecino, se
comprobó que días atrás una avioneta había estado fumigando con ese químico en
un campo aledaño al barrio damnificado.
Y aunque los
vecinos que sufrieron el contacto con ese agroquímico hicieron la denuncia
correspondiente y el caso tomo estado público, muy poco se avanzó en el tema
del cual nunca se encontró responsables penados y en cuestión de dos semanas,
todo pasó al olvido. Porque incluso el Fermatixlin había producido sus efectos
sin dejar cicatrices en la piel de los damnificados y no hubo otras
consecuencias adversas o mayores para el químico en cuestión.
Solo pudo darse
con el piloto de la avioneta pero su declaración ante la justicia le sirvió
para que el juez lo declare inimputable; “mi idea no era fumigar esa zona sino
solo probar los aspersores de mi nave y sin querer, utilicé ese agroquímico que
tenía guardado de años en un galpón de mi campo” – había confesado. El hombre
no tuvo siquiera que pagar una multa por su error y terminó por pedir disculpas
a los vecinos mediante su Facebook.
Lo que sí
ocurrió es que el dermatólogo, trascurridas varias semanas, se comunicó
telefónicamente con un amigo que justamente trabaja en el laboratorio que
produce Fermatixlin. “Hice mi trabajo” – le comentó el profesional a su
compañero quien no tardo en agradecerle; “sí, lo sé… me informó el distribuidor
que en cuestión de días se vendieron más de treinta potes en tu ciudad… todo un
record.” Y así es como el médico recibió en su cuenta corriente, un depósito
por diez mil pesos en concepto de regalía de parte del laboratorio.
Pero aún hay más,
el principal titular del laboratorio es el mismo gerente de la fábrica que
produce el agroquímico esparcido en aquel campo; “usa estos químicos desde tu
avioneta que no son mortales pero me ayudará a vender unas cremas” –le había
pedido a su primo, quien fuera el piloto de la avioneta. “Mira que si se
descubre todo no quiero ir preso” – le refutó el pariente antes de colocar el
producto en los fumigadores; para lo cual el empresario le manifestó: “no te
preocupes, con lo que ganó de las cremas vendidas me alcanza también para
adornar al juez.”
Y a los dos
meses, cuando lo ocurrido en la ciudad quedó en el olvido, las manchas aparecieron
en vecinos de otra población distante de la provincia. Puesto que en esa
localidad, también trabajaba el famoso dermatólogo, había sobrevolado la misma
avioneta y la causa la tomó el juez de siempre. Allí también hubo venta record
de Fermatixlin.
La Posta Hoy, 15/8/15
No hay comentarios:
Publicar un comentario