Carla, con doce años, se juntaba con
sus amigas para ir a comer al restaurante que funcionaba en el primer piso del
supermercado Siria. A eso de las nueve y media, cada una salía muy arreglada de
su casa y se encontraban en la esquina de San Martín y H. Primo, para reírse de
los disparates propios de la adolescencia. Luego de comer en ese lugar, irían a
tomar un helado a Fiorilli y a dar una vuelta por el centro de la ciudad, hasta
que una de las madres iba a buscarlas y las repartía en cada domicilio cerca de
la una de la madrugada.
Darío, de catorce, prefería ir con un
par de amigos a comer a la Shell. Intentaban subir al primer piso del
restaurante, pero aparentemente éste estaba, de alguna manera, reservado para
gente más pudiente. Así que ahí nomas, cerca del cajero del autoservicio,
pedían sus hamburguesas con papa fritas. Salían de ese lugar, también darían
una vuelta por el centro, hasta que cada uno se iba a su casa cerca de las dos
de la mañana. Incluso Darío
acompañó a su amigo, que vivía cerca de la tienda Nosotros por calle J. B.
Justo al 600.
Martina, también de catorce, se
juntaba con sus amigas en la Plaza 9 de Julio e iban al cine del Club Athletic
a ver la película de las Spice Girls. Se compraban pororós en el ingreso a la
sala y disfrutaban de dos divertidas horas. Una de estas chicas era de P.
Esther, a quien la trajo su madre en auto, dado que sólo funcionaban los
remises compartidos y las traffics que recogían a los pasajeros en cada garita
después de que se terminaran de fundir los últimos ómnibus de la empresa
Victoria.
Julián, de doce, disfrutaba de los
festivales que se organizaban en calle San Martín e H. Yrigoyen. Porque en un
kiosquito podían comprar los globos bombuchas con los que irían a molestar a otras
chicas que paseaban por el centro. Si se aburrían, sólo tenían que dirigirse al
local de video juegos que funcionaba frente al Sanatorio Maiorano, donde
gastarían sus monedas en fichas. No había ni celulares ni Facebook pero igual
se divertían. Y aunque el festival terminaba, ellos podían permanecer por
varias horas caminando por allí, hasta que el sueño los convenciera de irse a
su cama.
Los que preferían quedarse en casa,
antes pasaban por el video de La Plaza por una peli en VHS: era cuestión de
elegir entre Las Tortugas Ninjas, Robocop, Terminator I o alguna argentina como
Los Bañeros. Estaban, claro, los más grandecitos, que pispiaban el rincón de
las pelis condicionadas o algo erótico, como ver a Isabel Sarli en una ducha.
Por otro lado, algunos amigos preferían jugar con el Family: alquilar un
cartucho de Turri de esos en los que venían más de un juego y pasar toda la noche, por
ejemplo, disparando a los patos con una pistolita verde que se conectaba a la
consola de video juego.
Por la tarde, los alumnos del Santa
Lucía hacían el Test de Cooper alrededor de la Plaza 9 de Julio. Algunos
corrían y otros intentaban engañar al profesor escondidos detrás del kiosquito
de Chipo, mientras que leían los titulares de la revista Saber Más u ojeaban
alguna historieta de Condorito. Luego se llenaban sus bolsillos de caramelos
‘media hora’ y Fizz, o para pintarse la lengua de colores.
En las fiestas de quince no se
pagaban tarjetas y lo más copado era festejarlo en el local de Fiebre, luego de
que la cumpleañera se sacara fotos junto al aljibe del Club Unión. Bailaban con
la música del ‘tractor amarillo que no da ni la hora’ y terminaban llorando con
la ceremonia de velas, donde la chica dedicaba la última a los seres queridos
que no estaban presentes.
Leo, de once años, iba el día viernes
a la Biblioteca y se llevaba un cuento de esos que le permitían armar la
historia al lector, seleccionando la página donde continuar la aventura.
Entonces, con ese libro tendría un fin de semana ocupado por más que sus amigos
lo invitaran a cazar ranas en el canal Savoca o jugar un partido de fútbol en el
potrero de Rivadavia y Cardozo.
Y si se trataba de diversión para los
adolescentes, ingrediente importante eran las llegadas de los parques y circos
a la ciudad. Un parque se colocaba en el terreno frente a la Escuela 6036 y
alegraba a todos con un samba o una pequeña montaña rusa que constaba de una
sola vuelta. Y para los circos,el lugar preferido era detrás del hospital: días
antes se paseaba al león por la ciudad y casi todos estarían presentes en las
funciones.
Así es, en una humilde muestra, cómo
se divertían en Arroyo Seco quienes hoy ya pasaron los treinta años y siguen
sosteniendo que hubo un tiempo diferente, donde la diversión fue mucho más sana
que la actual.
Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 13/10/2012
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