Juan terminará de
leer este semanario y se acordará de que mañana es el día de la madre. Así que,
dejando el periódico sobre la mesa, se tomará el tiempo para pensar en un buen
regalo. El ejemplar no quedará ahí mucho tiempo ya que rápidamente vendrá su
esposa que lo primero que hará es leer las necrológicas y luego, las noticias
policiales.
Cuando comience el
horario comercial de un sábado a la tarde, Juan correrá a una florería de calle
Libertad. Primero estará quince minutos buscando dónde estacionarse hasta que
terminará dejando su vehículo a cuatro cuadras del comercio. Entrará y se
encontrará con helechos y potus ya adornados y preparados para la ocasión. Pero
cuando pregunte por ellos, el comerciante le informará que todas esas plantas
ya están encargadas y que poco queda por ser vendido. “Por qué regalarle algo
que todos le regalan a su madre… veré otra cosa” – pensará y saldrá del
negocio.
Andando hacia su
auto, se detendrá para ver la vidriera de una tienda por calle Belgrano también
adornada para la fecha. Pensará primero qué color de esos vestidos le puede
gustar a su madre y luego ingresará a consultar sobre los mismos. Esperará un
buen rato para ser atendido, dado la cantidad de gente comprando regalos, hasta
que finalmente le preguntará a la joven vendedora sobre tal vestido de la
vidriera.
“¿Qué talle señor?
¿Es para una señora grande?” – le preguntará la joven.
Juan pensará en el
talle a comprar. No lo recordará pero cuando le de explicaciones a la joven
sobre el cuerpo de su madre, la misma le dirá que no cuentan con vestidos de
ese talle. Así que saldrá de aquella tienda y caminará una cuadra más hasta
encontrarse con un bazar.
También allí se
encontrará con una gran cantidad de personas comprando regalos y unas malhumoradas
vendedoras cansadas del día envolviéndolos. Tomará unos floreros, unas tazas,
un centro de mesa y otros utensilios de cocina, “esto es muy barato… tendría
que jugármela”- pensará. Dejará entonces todas las cosas en sus estantes y saldrá
de aquel comercio.
En su auto llamará
a su esposa para consultarle qué puede comprarle a su madre. “Ni idea… una
cartera, por ejemplo” – le propondrá su amada. Así que Juan pegará unas vueltas
en su auto hasta estacionarse próximo a un comercio por calle H. Irigoyen. Dado
que también allí tendrá que esperar a ser atendido, se acercará a mirar unas
carteras y comenzará a observarlas mientras no sabrá con cuál quedarse.
“¿Es para usted
señora?” – le preguntará la vendedora. Juan, algo ofendido, dejará la cartera
en el lugar y saldrá corriendo del comercio para volver a subirse a su vehículo
y dirigirse a una casa de electrodomésticos que justamente había lanzado un
panfleto con artículos para las madres.
Allí consultará
sobre licuadoras, secadores de cabello, celulares y hasta por una tostadora que
estaba en promoción. Pero nada le convencerá por los costos también recordando
la cantidad de deudas que contrajo en otros momentos. Se determinará a salir y
seguirá buscando por otros rubros.
Consultará por un
desayuno por calle Sarmiento, por un kit de belleza en calle San Martín, un par
de zapatos por calle Sarmiento, unas cortinas en una retacería de Independencia
y finalmente terminará comprando, cuatro horas más tarde, un elegante alhajero
con un toque bien delicado de presentación. Elegirá el mejor papel de
envoltorio y saldrá para su casa esperando el día siguiente para llevárselo a
su madre.
Diez de la mañana,
Juan llegará junto a su esposa al geriátrico donde está su madre. Bajará con el
regalo mientras su mujer quedará en el auto. Entrará al lugar, saludará y
abrasará a su mamá que se emocionará al volver a ver a su hijo. Le entregará el
regalo y a los cinco minutos saldrá del lugar para subirse al auto y comenzar
el día de paseo con su familia. Su
madre, por otro lado, irá a su cuarto y dejará ese regalo junto a los demás que
recibió en los últimos años… en el día de la madre.
Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 20/10/2012
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