Gaspar estaba a punto de hacer desaparecer de
su vida a su padre, un militar con problemas de alcohol y golpeador de su
esposa. Sería aquella la tercera persona que quitaría de la tierra.
Anteriormente lo había hecho primero con su vecino, Mario, y luego con su
patrón, Alfredo… colocó sus nombres dentro de la caja dorada y estas se
esfumaron de manera misteriosa. Pero sin posibilidades de volver atrás, retuvo
en sus manos durante varios minutos el papel con el nombre de su progenitor.
Ocurre que aun de las personas que queremos
que desaparezcan por completo de nuestras vidas, también tenemos algunos
recuerdos de buenos tiempos vividos. Es como si un gran álbum de fotos se
abriera rápidamente en su cabeza y Gaspar podía contemplar imágenes donde su
padre jugaba con él, otra donde le enseñaba a andar en bicicleta en la
plazoleta de la estación de trenes, otra donde lo acompañaba en su primer día
de clases en la Fiscal 73 y otra donde le regaló un gigante auto de colección.
Optó por arroyar aquel papel al que finalmente arrojó bajo su cama; luego se
echó a dormir.
Como todos los días, llega a su trabajo a las
ocho de la mañana pero en esta oportunidad se encuentra con sus compañeros
hablando sobre la desaparición física de su jefe. Uno de sus pares, Martín, se
acerca para buscar su opinión sobre lo ocurrido a lo que Gaspar comenta
desconocer completamente lo ocurrido. Allí permanecieron varios minutos hasta
que un responsable de la firma salió para informarles que la jornada estaba
momentáneamente suspendida. Emprende el viaje de regreso a su casa.
A pocos metros de su hogar, sale a la vereda
la madre de Mario acompañada por una oficial de policía y otro de sus hijos,
Esteban. La mujer tenía en sus ojos la apariencia de haber estado llorando
durante varias horas. Gaspar la mira y ella lo saluda muy cabizbaja. La mujer
sube al vehículo del comando radioeléctrico y se retira del lugar frente a la
mirada de Gaspar que no pudo tener palabras para transmitirle. Pero para su
sorpresa, al ingresar a su casa se encuentra con Renato que le esperaba junto a
Nerina en el living.
El investigador se presenta y el se sienta
junto a su madre. Renato primero le pregunta si conocía a Mario y Alfredo a lo
que el solo le indica el vínculo que los unía con ellos. “En muchas partes del
mundo se dan fenómenos de desapariciones continuadas de personas” – explica el
agente- “y siempre son inexplicables hasta que se encuentra al responsable de
las mismas que tuvo vínculo con todas ellas. Lo sorprendente es que esas
desapariciones seguidas no superan nunca los siete casos y hasta ahora, nadie
sabe cómo se hace para que eso suceda.” Gaspar vuelve a afirmar no saber ningún
dato sobre quienes dejaron de existir. Y luego de relatar esa información,
Renato acomoda su corbata y se retira del lugar. No obstante, antes de llegar a
la puerta se vuelve para entregarle su tarjeta personal, “por si en algún
momento sabes algo… allí tienes mi número” – indica.
Luego del mediodía, se ejercita en el gimnasio
ubicado sobre calle Constantini y se detiene para escuchar a dos jóvenes que
hablaban sobre Alfredo. Uno comenta que aunque todos sabían que pese a ser una
mala persona en relación con sus empleados y robaba en su empresa, enfrentaba
un gran problema: tenía una nena de seis años a quien le habían declarado un
cáncer fulminante. “Para esa nena… su padre era la fortaleza y ahora lo
necesita” – comentan estas personas sobre sus bicicletas. Gaspar agacha la
cabeza y sin dar explicaciones al entrenador, sale del lugar en dirección a la
plaza San Martín, envía un mensaje a su novia y se sienta a esperarla cerca de
la abandonaba fuente.
Porque es difícil de sobrellevar cuando
hacemos sufrir a otros y no hay manera de volver atrás para subsanarlo. Tania
llega y encuentra a su novio llorando. El le cuenta que sus lágrimas se debían
al encuentro con la madre de Mario y al escuchar la razón de la vida de
Alfredo. “Tiene que haber una forma para revertir esto” – manifiesta ella pero
el lo niega. Por varios minutos permanecen abrazados ante la mirada distante
del agente Marcos que permanecía dentro de su auto en el playón de la estación
de servicio.
Las horas transcurrieron y Gaspar estaba
durmiendo. Pero algo volvió a despertarlo como en otras oportunidades. Eran
algo de las dos de la madrugada y el llanto de su madre lo obliga a salirse de
la cama e ir tras ella. La encuentra nuevamente en el piso, “papá volvió a
golpearme, hijo; no sé qué hacer…” – expresó la mujer sin fuerzas y abrazada a
él. Ulises tras agredir a su esposa, había salido a la calle, ebrio y sin
rumbo. Cansado de la situación, impotente de poder revertirla, ayuda a su madre
a incorporarse hasta sentarla en una silla y rápidamente corre a su cuarto.
Toma el papel que estaba debajo de su cama y se decide a colocarlo dentro de la
caja.
(continua en la
próxima edición)
La Posta Hoy - 19/10/2013
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