sábado, 13 de septiembre de 2014

ENAMORADO EN LA LINEA A (parte III)


La unidad que se rompe pone a Braulio y Leticia más cerca que nunca. Allí estaban esa mañana, ambos parados junto a otros pasajeros frente a la imagen de la Virgen ubicada en Independencia y Gral. Lopez. Y aunque a otras personas solo les comenzaba a preocupar los minutos que pasaban y la posibilidad de llegar tarde a sus trabajos, Braulio y su amigo, el pelado, solo miraban a la maestra que no dejaba de obsevar su reloj de pulsera.
“Decile algo, ¡aprovechá!” – lo empuja su amigo. Pero Braulio busca qué y cómo acercársele sin terminar siendo un irrespetuoso. Finalmente y con la escusa de preguntarle si sabía a qué hora pasaría el próximo coche, se le acerca haciendo paso entre otros pasajeros. Y para cuando estaba a menos de diez centímetros y todo se disponía para hacerle la pregunta, un vehículo se estaciona frente a ellos y otra docente que conocía a Leticia termina por llevarla a su trabajo.
Diez minutos mas tarde, el nuevo coche arriba a la parada. Los amigos suben y terminan por descender, como todos los días, en el Cristo y se dirigieron a su trabajo. “Mañana le digo que fui yo el del pasacalle” – le expresó decidido a su compañero, mientras almorzaban. Pero al día siguiente, el tomó el colectivo en Gral. Lagos bajo una torrencial lluvia y espero que ella subiera sin que esto ocurriera. “Tal vez es por la lluvia que no viaja en colectivo” – pensó. Y al día siguiente, tampoco ella ascendió al coche, ni al siguiente ni en los próximos días.
Asi fue que durante varios día, Braulio permanecía expectante sobre la unidad cuando atravesaba J. B. Justo y J. Celman y solo terminaba por conformarse con ver el pasacalle que de a poco, iba deshilachándose. “Quizás se vaya en auto; quizás no trabaje más” – pensaba de a ratos mientras la línea A recorría el centro de la ciudad. Y descendía frente al Cristo con su amigo deseando poder verla una vez, al día siguiente.
Por la tarde tomó su auto y se vino a Arroyo Seco a dar vueltas cerca de aquella parada frente a la Esc. Nº 6036 y recorriendo las calles próximas. “Si tomaba el colectivo ahí… de aquí no debe vivir muy lejos” – concluía mientras hacía cálculos de cuánto ella podía caminar hacia esa garita en relación a otras que le quedaban más lejos. Y finalmente fue demorado sobre calle J. Celman, por un móvil del comando dado que una vecina dio aviso de la presencia de un vehículo que varias veces pasaba frente a su casa.
Tuvo que descender del auto y presentarle la documentación al oficial que le interrogaba sobre lo que hacía por allí. Y en mismo momento que trataba de explicarle, de alguna manera, lo que hacía, ve que Leticia caminaba por la vereda de enfrente mirando las luces celestes del móvil policial. La siguió con la vista y logró ver el momento en que ella ingresaba a su casa al instante que abría la puerta y era saludada por dos perros caniches.
Y cuando terminó por explicarle de manera absurda a los policías, que finalmente lo dejaron seguir transitando, optó por irse a su casa y buscar en la guía telefónica de internet, alguna Leticia que viviera sobre esa calle y en esa altura de Arroyo Seco. Fue así que entonces, ahora sabía también el apellido de la maestra con el que reforzó nuevamente la búsqueda en Facebook y logró encontrarla con el apodo de “seño lety”. Y le envió la solicitud de amistad. 
Al día siguiente Braulio hizo el mismo recorrido y tampoco ella ascendió a la unidad. Pero apostó a que ella aceptara su solicitud y por la tarde se fue a visitar a su hermana que hacía tiempo no veía quien vivía en San Nicolás. Fue solamente hasta allí para hacer una selfie con la mascota de sus sobrinos, un caniche, y subir aquella foto como si fuera un anzuelo, a su perfil de la red social.
Para su sorpresa, al día siguiente Leticia tomó el colectivo a la hora y en el lugar como lo hubiera hecho días atrás. Simplemente que en esta oportunidad, Braulio no se encontraba en el coche ya que había tomado licencia por enfermedad luego de fracturarse el tobillo en un partido de futbol la tarde del día anterior. Pero el pelado, sí la vió subir y rápidamente le envió un sms a su amigo para comentarle la nueva. Fue así que, aunque enyesado, igual al día siguiente subió al coche en Gral. Lagos dispuesto a jugarse una nueva oportunidad para no solamente verla, sino sentarse a su lado y hablarle de su amor por ella.
Ya para cuando el colectivo salió de la ruta e ingresó por J. B. Justo, Braulio se puso de pie en los últimos asientos y logró verla que ella estaba en la parada extendiendo su mano para detener la unidad. Ella sube, abona al chofer y se sienta en los primeros asientos junto a la ventanilla. De repente, el caminó hacia el chofer a quien le hizo una pregunta solo de excusa y se sentó al lado de ella.
“Le pregunté si iba a aumentar el boleto pero este tipo no sabe nada” – le comentó a buscando una conversación. Leticia lo miró: “¡no sería raro! ¡todo aumenta!” – objetó. El pensó qué decirle pero nada venía a su cabeza y el colectivo seguía pasando más y más cuadras. Entonces luchaba por no querer desaprovechar esa oportunidad y para cuando la lína A dobló en Belgrano e H. Irigoyen, el se tiró a la pileta: “Leticia, yo me llamo Braulio… ¡fui yo quien colgó ese pasacalle!” – le manifestó con una sonrisa.

(continúa en la próxima edición)

La Posta Hoy - 13/09/2013

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