A
veces las historias de amor nacen en los lugares y circunstancias menos
esperadas. Tal así como la historia que involucra a Braulio que quedó más que
vislumbrado con una joven maestra, llamada Leticia, que todas las mañana toma
el mismo colectivo A en dirección a su trabajo. Supo el nombre por casualidad,
pero no tenía otro dato más que ese que poco servía para una búsqueda en
facebook.
La
investigación le arrojó un resultado de cuarenta perfiles de chicas llamadas
Leticia con amigos en común. Filtró la localidad y la búsqueda se redujo a unas
quince jóvenes. Entonces no le quedó otra que comenzar a mirar fotos de una
tras otra esperando encontrar a una de ellas vestida con guardapolvo o haciendo
alusión a su profesión como maestra. Y ya que cuando el descendía en el Cristo
para ir a trabajar en Arcor, ella seguía en el colectivo, lo más obvio es que
ejerciera la docencia en algún colegio de Fighiera, Pavon u otras localidades
desde aquel punto cardinal.
Finalmente,
viernes por la noche, optó por cerrar la red social y salir con amigos pensando,
de a ratos, que el día lunes volvería a verla. Y así sucedió: tomó el colectivo
junto a su amigo, el “pelado”, en Gral. Lagos y cuando el colectivo ingresó a
Arroyo Seco por calle J. B. Justo, ella subió al ómnibus desde la parada de la
Esc. Nº 6036. Pero el estaba sentado en los últimos asientos junto a su
compañero y Leticia muy cerca del chofer con quien entablo una amena charla que
comenzó con el tiempo y abarcó los aumentos de precios; esto fue hasta que
terminó por descender para cumplir su función de operario y echar la última
mirada hacia el colectivo creyendo que podía ser correspondido.
Por
la tarde Braulio y el pelado esperaban en la carnicería del Arco Iris previo a
la parrillada que compartirían junto a algunos compañeros de trabajo. Para su
sorpresa, frente a la exhibidora de los lácteos estaba ella poniendo cosas en
su carrito. Dejó a su amigo esperando el turno para comprar la carne y
rápidamente se dirigió a donde estaba Leticia para observarla disimuladamente
mientras ponía algunas cosas en su carrito junto a las cervezas. Así la siguió por varios sectores del
supermercado hasta que finalmente llegaron a las cajas, donde para su sorpresa,
ella se arrimó a su pareja que hablada con el policía del comercio. Y fue
hallado por su amigo que no escatimó en cuestionarle para qué puso entre las
cosas del asado, elementos de perfumería, yogurt, toallitas femeninas, hisopos
y barritas de cereal.
“Pelado,
la mina tiene pareja” – le comentó a su compañero muy frustrado mientras
cargaban las cosas en el auto ubicado en la playa de estacionamiento del
supermercado. “En una de esas es el hermano, el primo o un amigo” – expresó el
pelado pero no hubo más recursos para que la conversación continuara. Comieron
la parrillada donde su amigo contó al resto la locura vivida por Braulio en el
super convirtiéndolo en el hazmerreir de la noche. Y luego se fue a dormir.
Al
día siguiente ya no fue lo mismo. Aunque ambos subieron al colectivo como cada
mañana pero Braulio siguió dormitando hasta el momento que tuvo que descender y
ella hablaba con el conductor. Pero el día miércoles, Leticia llegó a la parada
y mientras dejaba el portafolio en el piso sonrió al leer un pasacalle colgado
sobre la esquina de J. Celman y J. B. Justo que rezaba: “Leti… ¡estoy loco por
vos!”. Así es como Braulio se la jugó y por la madrugada, con la ayuda de su
amigo “el pelado”, colocó ese cartel.
Leticia
subió al colectivo de bandera A con una sonrisa. Y allí en los últimos asientos
estaba Braulio y su compañero asomados a
la ventanilla viendo cómo finalmente había quedado el pasacalle en esa esquina.
No obstante, ella expresó el motivo de su alegría al chofer de la línea con
quien todas las mañanas compartía ese tramo del viaje. Pero no solo eso, sino
que el empleado de Rosario Bus aprovechó la oportunidad para mentirle y decirle
que el dueño de esa declaración era él.
Ella
se sentó en los primeros asientos ante la mirada del chofer que siguió por unos
instantes alagándola como mujer e invitándola a tomar algo en algún momento.
Leticia le indicó que no podía pero agradeció el gesto del pasacalle y optó por
revisar una agenda con datos de sus alumnos, simplemente para escapar de la
situación. Y, muy detrás de ella, cuando el coche que transitaba por
Independencia pasó la calle San Nicolás; los amigos se pusieron de pie para
disponerse a bajar luego de apretar el timbre.
Cuando
el colectivo llegó a la parada, la puerta se abrió, Braulio bajó primero y el
pelado aprovechó a gritar hacia adentro de la unidad “¡chau, Leti!”. Braulio
bajó a su compañero de un tirón antes de que la puerta se cierre y no se
percataron que desde las primeras ventanillas ella trataba de descubrir quien
la había saludado. Y más tarde ella descendió en Fighiera para dirigirse a la
escuela.
Al
día siguiente ella toma el colectivo como todas las mañanas y saluda al chofer
aunque con menos motivación, y cuando la unidad dobla en J. B. Justo e
Independencia se detiene sin poder ponerse en marcha nuevamente. Entonces los
pocos pasajeros se ven obligados a descender para esperar el próximo coche y
allí también quedan parados sobre el cordón cuneta, Braulio y Leticia con menos
de un metro de distancia.
(continúa
en la próxima edición)
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