Si
los desafíos en los que uno se sube, bordean lo irracional entonces hay que
replantarse si vale la pena seguirlos. Y mucho más cuando las consecuencias de
los mismos, causa daños irreparables. Tal el caso de estos cinco jóvenes de
Arroyo Seco que tras la propuesta de un vecino del barrio Bote Club, se
proponen experimentar el mejor accidente de tránsito por el premio de un millón
de pesos.
Cesar
acaba de perder su vida en este juego. Era el segundo, tras su amigo Uriel, que
se animaba al desafío. Ahora los cuatro amigos no logran comprender qué ocurrió
o qué salió mal a tal punto de medir la locura en la que un viernes por la
noche se embarcaron. Aquella iba a ser un asado más entre ellos, pero sin lugar
a dudas que aquel hombre, Julio, les cambió la vida.
Apenas
llega la noticia del fallecimiento de Cesar, quien a alta velocidad terminó por
colisionar con el guardarrail y acabó en el arroyo del ingreso norte de la
ciudad; Marcos tomó su auto y fue en búsqueda de Julio en el barrio ribereño.
Iba más que enfurecido. Llegó a la casa, descendió del coche y se precipitó a
llamar con sus palmas. Insistió tres veces hasta que finalmente salió una
mujer.
Julio
no se encontraba y ella era su sobrina que estaba de paseo por esa casa. “¿Qué
es lo que necesita de él?” – le preguntó la mujer que tenía unos cuarenta años;
“supongo que el debe estar en Rosario en estos momentos pero por la noche
estará de vuelta por acá.”
“Nada…
volveré” – expresó Marcos casi al mismo tiempo que volvía a subirse a su auto
para emprender el regreso a la zona urbana y acercarse al lugar del accidente.
Una vez que pasó frente al ingreso al predio de la perrera, no pudo avanzar más
dado que bomberos y policías trabajan en el lugar. Descendió y entre los muchos
curiosos, solo pudo observar a familiares de su amigo que lloraban al costado
del puente.
Lejos
de allí, detrás del Club Unión, Laureano permanecía tirado en su cama con la
mirada fija en el techo. Por momentos luchó con la idea de contarle a su madre
lo que estaba ocurriendo entre el grupo de amigos pero prefirió callarlo aunque
la cuestión pesaba mucho sobre su mente. Y mucho más aún, porque siguiendo con
el sorteo para establecer el orden en el que debían accidentarse, era su turno.
Se
llega hasta allí Uriel con quien dialogan en el hall. Laureano intentó
convencerlo para dar por terminado con todo e incluso contarlo a sus familiares,
pero su visita se negó argumentando que había cumplido con su parte, que tenía
su auto muy dañado y que, aunque uno de ellos había muerto, el resto podía
seguir incluso hasta cobrar el dinero y dividirlo en partes iguales.
“Tenemos
que seguir” – manifestó Uriel; “yo estoy sin trabajo y no puedo arreglar mi
auto salvo que lleguemos hasta el final… cobremos esa plata y la dividamos en
cuatro.” Laureano recordó que aquel desafío había costado la vida de Cesar pero
Uriel objetó que aquello era parte del juego; “vos y yo sabemos que cualquier
accidente puede ser fatal; el riesgo se corre pero no podemos volver para
atrás” – explicó.
Dilan,
por su parte, también luchó con sus pensamientos por horas mientras trabajaba
en su carpintería. Tenía bien en claro su responsabilidad en la tragedia de
Cesar pero no podía hacer mucho más que callarlo y esperar a ver cómo
continuaba todo. Por momentos miró los sms de sus amigos pero no respondió a
ninguno y en un momento de distracción terminó por cortarse parte de su mano
con el serrucho.
Rápidamente
puso la mano bajo el agua de una canilla y la envolvió con una remera. Perdía
mucha sangre. Puso llave al comercio y en su auto, Peugeot 206 modelo 2010
color blanco, se acercó al hospital para ser curado. Una enfermera lo cura y
con las indicaciones de una médica, pone varios puntos en la herida causada en
la palma. Ya cuando estaba sentado en la camilla esperando las últimas
recomendaciones de los profesionales para irse, observa una llamada a su
celular de parte de Marcos.
Dilan
apaga su celular y sale del hospital. Arroja el aparato en el medio del campo
detrás del edificio del nosocomio y llega a su casa, alrededor de las diez de
la noche, para preparar un bolso con su ropa. Estaba decidido irse por un
tiempo a Buenos Aires donde vivía gran parte de su familia. Consideraba que
esta era la única manera de escapar de aquel desafío.
Marcos,
Uriel y Laureano se encontraban en el velorio de su amigo sin poder explicar lo
que sabían pero tomándose el tiempo para consolar a los familiares de Cesar.
“No pude ubicar a Dilan” – informa Marcos que también cuenta su intento fallido
de localizar a Julio en el Bote Club. Y casi cerca de la medianoche, Uriel
recibe un llamado de un familiar que le comunica que Dilan había sufrido un
accidente por Panamericana al ingreso a Capital Federal.
(continúa
en la próxima edición.)
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