Sin
dudarlo, Carlos y Analia dan el sí ante la jueza quien, en aquella mañana,
termina por declararlos marido y mujer: “que así sea, tanto en la paz como en
la adversidad” – explicó la magistrada. Además sellan el momento dándose un
piquito y emocionando a cuantas tías y vecinas, conocidas de la novia, que se
dieron cita en el interior del Registro Civil de Arroyo Seco. Y finalmente la
jueza le entrega la libreta de matrimonios indicándoles que aquella era solo
figurativa para la foto, dado que no tenían más que solo esa y esperaban una
nueva partida desde la Nación.
El
flamante matrimonio se fotografía con la libreta antes de devolverla a la jueza
y los presentes se avalanchan para saludarlos y expresar los mejores deseos.
Los que iban saludando iban saliendo por los pasillos del registro mientras que
la parejita termina de escuchar el memorial de la vecina que recuerda, en esos
momentos, cuando veía a Carlos de púber correr por la vereda de la manzana en
pañales y lleno de mocos. Y se preparan para salir sabiendo que fuera del lugar
le arrojarían arroz y recibirían más abrazos y besos.
Pero
cuando están por salir, un empleado provincial le comunica que una
manifestación por un remate de casa en el Juzgado interrumpió el pasillo del
registro por lo que debían salir por un sector interno que conduce al ingreso
principal del palacio municipal contiguo. Y viendo que no había otra
alternativa, Carlos y Analía caminan por unas grutas hasta encontrarse con una
ventana.
El
muchacho hace anclas a su amada quien termina por saltar del otro lado de la
ventana y cae justo sobre una pila de papeles de la oficina de hacienda. La
responsable de la cartelera se congela mirando a la mujer y soltando el
resaltador verde fluor que tenía en sus manos y con el que ajustaba
presupuestos de gastos. Otras empleadas corrieron a levantarla justo cuando el
marido también salta al interior y la funcionaria le explica que afuera de su
oficina la esperaban sindicalistas por lo que debían salir por otro pasillo.
Carlos
levanta sobre sus hombros a su señora quien estirándose logra introducirse por
un ventanal y cae en el interior de la oficina de Obras Publicas justo cuando
algunos empleados preparaban el mate-listo y se disponían a desayunar. La novia
quita las telarañas de su cabello y su amado intenta treparse a la pared para
llegar a su lado en el momento que se raja el pantalón en su parte trasera ante
la mirada de una empleada municipal que traía unos tulipanes y colocaba en un
florero.
Nuevamente
el matrimonio se une para cuando el secretario de Obras ingresaba a la oficina
con un mapa de la ciudad y pregunta a sus colaboradores dónde quedaba la calle
Moreno. Carlos, que también retiraba las telarañas de su ropa, le explica que la
misma corre de sur a norte entre Belgrano y Rivadavia y el funcionario se
retira con una enorme sonrisa. Y allí, un empleado le informa que desde ese
lugar, la salida a la calle estaba siendo interrumpida por un acto donde el
Intendente presentaba a la prensa nuevos tractores, por lo que debían tomar
otro pasillo.
Carlos
y Analía camina por los pasillos intentando salir al exterior y sin tener
éxito. En un momento, se encuentran saliendo a la Biblioteca justo ante la
mirada de una abuela que ojeaba una novela de Agatha Christie. Luego, desde
otro pasillo terminan por encontrarse en el calabozo de la Comisaria y un
tercer intento los conduce a un aula del Centro Cultural donde dos personas
diseñaban el periódico En Positivo. Luego, una enorme gruta los traslada a una
puerta próxima a las mesas de villar de la sede del ASAC. Y algo desanimados,
terminan por sucumbirse en otro pasillo frío y oscuro, apenas iluminado por una
pequeña lámpara de 15w que los lleva a correr tal cual fueran perseguidos por
unos zombis.
Finalmente
abren una compuerta y la luz solar ilumina el rostro de la flamante pareja
acompañado del canto de los pájaros. Se detuvieron a tomar aire y se dan cuenta
que se encontraban sobre el techo del palacio municipal desde el cual podían
ver solamente la punta de las palmeras. Pero el amor era más fuerte y sin
rendirse, optan por llamar a los gritos a unos transeúntes que dan aviso a los
bomberos quienes rápidamente se dieron cita sobre la calle 9 de Julio. Y allí
extienden una enorme escalera haciendo que los novios desciendan a la vereda
sin ningún conocido que los recibiera por el momento.
A
los pocos segundos, las vecinas que esperaban a la salida del registro logran
ver a la pareja que bajaba por un costado del edificio municipal y corren a
ellos a los empujones entre los posibles compradores de la casa rematada que
termina por venderse a veinte mil pesos. Les arrojan el arroz para le emoción
de Carlos y Analía que no dejaban de quitarse la suciedad de su ropa y haciendo
que algunos granos caigan dentro de la chimenea de los tractores presentados a
los periodistas. Esto ultimo ocasionó que cuando un empleado los puso en
marcha, las maquinas se recalentaran y debieran devolverse al proveedor para su
recambio por garantía. Y finalmente, el flamante matrimonio se alejó del lugar
junto a sus seres queridos para celebrar el suceso.
La Posta Hoy - 13/12/2014
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