Faltando pocos
minutos para la medianoche, Maximiliano recibe en su celular un llamado de una
amiga que le preguntó si su primo seguía trabajando como encargado del
cementerio. “Sí, claro, ¿necesitás algo de él?” – preguntó el muchacho. La
chica respiró profundamente y tras indicarle que le habría de pedir un gran
favor, le solicitó: “Se que te parecerá una locura pero necesito que mañana muy
temprano, junto con tu primo, podamos abrir el nicho y el cajón donde está mi
mamá.” Y hubo silencio entre los amigos.
Días atrás.
Aunque cada
persona tiene su manera de procesar un duelo tras la muerte de un ser querido,
todos de igual manera, con el avance del tiempo, nos conformamos a la triste
realidad de que esa persona no estará mas y de que las cosas jamás serán igual.
Es que en verdad la mente termina por convencernos que no hay nada por hacer
para revertir esa muerte. Pero, ¿qué pasaría si realmente lo hubiera?
Sara tiene
veinticinco años y convive con Olga, su madre de cincuenta años. Tiene su
propia tienda de ropas en el centro de la ciudad, la que pudo abrir con una
indemnización tras ser despedida un año atrás de una importante fábrica; y está
de novia con Gonzalo, un mecánico, de su misma edad. Todas las mañanas, a las
nueve horas, abre su comercio y antes de que lleguen los primeros clientes
prepara el equipo de mate. Y a los veinte minutos, llega su madre a hacerle
compañía, desayunar juntar y charlar. Pero una mañana, su mamá no llegó.
Aunque prácticamente
amanecían juntas, era Sara quien se retiraba primera, en bicicleta, hacia su
negocio mientras que su madre alimentaba a su gata, se tomaba el tiempo para
limpiar y ordenar el hogar y luego iba, a pie, a la tienda. Y aunque Sara junto
a su novio venían planificando desde hace algunos meses, su boda; la relación
con su madre era como de amigas y muy buenas compañeras.
Cuando faltaban
quince minutos para las diez de la mañana, Sara termina de atender a una clienta
y busca el celular en su cartera para preguntarle a su madre, por sms, si se
encontraba bien y si estaba llegando. Y si bien era extraño que la mujer se
demorara tanto en llegar, lo era aún más que no respondiera el mensaje de
texto. A los cinco minutos, Sara la llamó al celular y luego al teléfono fijo
de la casa, y no tuvo suerte por lo que comenzó a preocuparse.
Dejó el negocio al cuidado de una amiga que pasó a
visitarle y se fue a su casa. Llegó y encontró a su madre en el piso de la
cocina puesto que un infarto había causado su muerte. Sara gritó haciendo que
una vecina que barría en la vereda se asustara e ingrese a socorrerla. Y luego
dieron aviso al servicio de emergencias que, aunque no se demoró en llegar, era
tarde para revertir lo acontecido.
“¿Por qué? ¿Por qué a ella?” – se preguntaba Sara mientras permanecía en
el comedor rodeada de vecinos y la ambulancia de la funeraria retiraba el
cuerpo de la mujer. Al rato se hundió en un fuerte abrazo con su novio que
llegó a la casa y lloró fuertemente.
Casi todo lo que sucede repentinamente duele, pero nada como la muerte
de un allegado a quien saludamos en un momento como si nada iba a pasar. Y
pensar que ese saludo se convirtió en el último que le emitimos: sin poder
despedirnos ni decir las cosas que quedarán pendientes de por vida.
Las siguientes horas fueron las más tristes para Sara: observar de a
ratos el cuerpo de su madre en el ataúd y cerrar sus ojos como deseando que
todo fuera solo un sueño; recibir el pésame de allegados y amigos y anhelar,
por sobre todas las cosas, que esas horas pasen rápidamente. Y finalmente,
grabar en su retina los segundos en donde colocaron el féretro en un nicho y
una lápida selló el lugar.
Siguieron dos días de duelo en los cuales Sara prefirió estar en su
casa. Por momentos estuvo acompañada por su novio y amigos. Ordenó el hogar y
volvió a reacomodar lo ordenado simplemente para crear ese ámbito de movimiento
dentro de la vivienda. Lloró sobre la cama de su madre varias veces y
difícilmente podía dormir y dejar de pensar en el vacío que reinaba más allá de
algún que otro ruido de la gata que deambulaba por las habitaciones del hogar.
Y pasó por momentos donde prefirió estar a solas y otros, en lo que tenía
necesidad de ser abrazada.
Y a la segunda noche y mientras permanecía acostada en la cama de su
madre, se percató que sobre la mesa de luz había un sobre. Lo tomó y retiró de
su interior, una carta sin remitente que rezaba: Mañana a las seis horas, tu
mamá volverá a la vida. No lo dudes y ve a buscarla. Sara, muy sorprendida, tomó
el papel y lo apoyó en su pecho mirando a cada lado de la habitación. Y después
de pensar en aquella leyenda por más de una hora, secó sus lágrimas y tomando
su celular, llamó a Maximiliano –un viejo amigos al que en otras oportunidades,
había ayudado con dinero.
El muchacho le devuelve a la media hora su llamada para informarle que
su primo, encargado del cementerio, había cedido al pedido: “Tuve que decirle
que era para recuperar un valioso reloj de pulsera que tenía tu mamá puesto” –
le indicó; “por eso, mañana antes de las seis, nos espera para sacar el ataúd.”
(Continúa en la próxima edición)
La Posta Hoy - 07/02/2015
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