sábado, 14 de febrero de 2015

RESURRECCION (parte II)



‘Mañana a las seis horas, tu mamá volverá a la vida’ – rezaba la carta que Sara encontró sobre la mesa de luz, al costado de la cama de su madre que había fallecido dos días atrás. Una carta inoportuna e incómoda para la joven que en el duelo, no salía de su casa y deseaba abrir sus ojos para encontrarse, en algún momento, con que todo fuera un sueño. Llevó el papel a su pecho y terminó creyéndola mientras que llamaba a Maximiliano, su amigo, con quien iría, al día siguiente, a abrir el nicho donde descansaban los restos de su mamá.
Durante toda la noche previa al tercer día de duelo, Sara se recostó pensando con lo que podía encontrarse horas más tarde. Por momentos supuso que aquella carta no era otra cosa más que una broma de mal gusto para quien se enfrentaba a cada minutos con el dolor por la pérdida de un ser querido. Pero su deseo de que fuera verdad, le era más fuerte y se convencía de que su madre regresaría a la vida. “Tal vez nunca murió y solo estaba dormida” – pensó luego de releer la carta. Y siendo las cinco de la mañana, tras haber permanecido en vigilia, se duchó y salió con su bicicleta en dirección al cementerio.
El primo de Maximiliano era empleado municipal y responsable de cementerio. Maximiliano lo había llamado pidiéndole en carácter de favor, poder abrir el nicho y el ataúd de la madre de Sara con la idea de retirar de allí adentro un valioso reloj de pulsera. El empleado primero se había negado pero terminó cediendo al pedido de su primo con la condición de hacer ese trabajo antes del inicio de su jornada laboral y sin mayores compromisos. Así es que Sara llegó al ingreso del cementerio y allí estaban esperándola estos muchachos.
Sara le agradece al empleador por el gesto y se dirigen al panteón en cuestión, faltando pocos minutos para la seis de la mañana. En el operario podía notarse algo de preocupación e interés en que todo pasara muy rápido a fin de que ninguna otra persona más estuviera allí. Ya frente al nicho, el muchacho toma un cortafierros y al golpe de una masa, comienza a desmoronar los bordes del mismo. Para sorpresa, tras un golpe de la masa, los tres escuchan otro ruido menor y continuo, se miran y finalmente se percatan que el mismo provenía del interior del nicho. El empleado termina por dejar las herramientas en el piso y asustado se retira sin dar explicaciones, y a los pocos segundos es seguido por Maximiliano aunque la joven intentó detenerlo. Y allí quedó ella sola sabiendo que algo debía hacer.
Sara toma las herramientas y termina por quitar la lápida del nicho. “Mamá… mamá… yo te sacaré” – comenzó a decir para cuando finalmente tomó fuerzas, extrajo el ataúd hacía afuera y siguió escuchando el pequeño golpe que venía desde adentro del féretro. Con una gran sonrisa y forzando la tapa del cajón con el cortafierros, terminó por abrirlo y descubrió que su madre estaba despierta quien rápidamente se sentó. Ambas se abrazaron y luego Sara ayudó a Olga a salir del ataúd aun sin necesidad de hallar explicaciones a lo que estaba sucediendo.
“Hija, ¿qué paso?” – solo fue lo que en varias oportunidades, Olga le preguntó a su hija. Sara solamente deseaba abrazarla como nunca antes lo había hecho y no encontraba palabras para responder a su madre. Las mujeres rápidamente salieron del cementerio incluso olvidando la bicicleta y sin rastros de Maximiliano ni su primo. “Mamá… hace tres días que te encontré muerta en casa” – manifestó Sara cuando llegaban al hogar ante la mirada de una vecina que salía a la vereda para caerse desmayada del asombro por lo que estaba percibiendo. Y finalmente ingresaron a la vivienda.
Olga volvió a abrazar a su gata y se dirigió a su cuarto para ducharse y cambiarse de ropa. Sara tomó el celular y llamó a  Gonzalo, su novio,  a fin de ponerlo al tanto de la nueva. El muchacho solo intentó tranquilizar a su enamorada que tras hablar acompaña de llantos no dejaba bien en claro lo que había acontecido y haciendo que el, muy asustado se retire del trabajo para tomar su auto y ver lo que estaba aconteciendo en casa de su novia. La madre finalmente regresó al comedor con un hermoso vestido de flores rojas que hacía tiempo no usaba y nuevamente su hija la abrazó fuertemente.
A los veinte minutos, Gonzalo estacionó su auto frente a la vivienda, entró a la casa y quedó paralizado al ver a su amada y su suegra sentadas a la mesa desayunando. Incluso Olga tenía en su regazo a su gata. El dudó en acercársele a Olga pese a que Sara lo tomó de la mano y lo arrimó a ella. “¡Esto no puede estar pasando!” – manifestó y comenzó a llorar. Y finalmente terminó por convencerse de que aquello era real sin muchas más explicaciones que dar.
En ese mismo segundo pero fuera de casa, la gata terminó de lamerse sentada sobre un tapial de la casa. Luego saltó sobre la bicicleta de Sara y finalmente cruzó la calle ante la mirada de la vecina que, muy triste, continuaba barriendo la calle que permanecía, aun, sin ningún vehículo.

(Continúa en la próxima edición)


 La Posta Hoy - 14/02/2015

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