‘Mañana a las
seis horas, tu mamá volverá a la vida’ – rezaba la carta que Sara encontró
sobre la mesa de luz, al costado de la cama de su madre que había fallecido dos
días atrás. Una carta inoportuna e incómoda para la joven que en el duelo, no
salía de su casa y deseaba abrir sus ojos para encontrarse, en algún momento,
con que todo fuera un sueño. Llevó el papel a su pecho y terminó creyéndola
mientras que llamaba a Maximiliano, su amigo, con quien iría, al día siguiente,
a abrir el nicho donde descansaban los restos de su mamá.
Durante toda la
noche previa al tercer día de duelo, Sara se recostó pensando con lo que podía
encontrarse horas más tarde. Por momentos supuso que aquella carta no era otra
cosa más que una broma de mal gusto para quien se enfrentaba a cada minutos con
el dolor por la pérdida de un ser querido. Pero su deseo de que fuera verdad,
le era más fuerte y se convencía de que su madre regresaría a la vida. “Tal vez
nunca murió y solo estaba dormida” – pensó luego de releer la carta. Y siendo
las cinco de la mañana, tras haber permanecido en vigilia, se duchó y salió con
su bicicleta en dirección al cementerio.
El primo de
Maximiliano era empleado municipal y responsable de cementerio. Maximiliano lo
había llamado pidiéndole en carácter de favor, poder abrir el nicho y el ataúd
de la madre de Sara con la idea de retirar de allí adentro un valioso reloj de
pulsera. El empleado primero se había negado pero terminó cediendo al pedido de
su primo con la condición de hacer ese trabajo antes del inicio de su jornada
laboral y sin mayores compromisos. Así es que Sara llegó al ingreso del
cementerio y allí estaban esperándola estos muchachos.
Sara le agradece
al empleador por el gesto y se dirigen al panteón en cuestión, faltando pocos
minutos para la seis de la mañana. En el operario podía notarse algo de
preocupación e interés en que todo pasara muy rápido a fin de que ninguna otra
persona más estuviera allí. Ya frente al nicho, el muchacho toma un
cortafierros y al golpe de una masa, comienza a desmoronar los bordes del
mismo. Para sorpresa, tras un golpe de la masa, los tres escuchan otro ruido
menor y continuo, se miran y finalmente se percatan que el mismo provenía del
interior del nicho. El empleado termina por dejar las herramientas en el piso y
asustado se retira sin dar explicaciones, y a los pocos segundos es seguido por
Maximiliano aunque la joven intentó detenerlo. Y allí quedó ella sola sabiendo
que algo debía hacer.
Sara toma las
herramientas y termina por quitar la lápida del nicho. “Mamá… mamá… yo te
sacaré” – comenzó a decir para cuando finalmente tomó fuerzas, extrajo el ataúd
hacía afuera y siguió escuchando el pequeño golpe que venía desde adentro del
féretro. Con una gran sonrisa y forzando la tapa del cajón con el cortafierros,
terminó por abrirlo y descubrió que su madre estaba despierta quien rápidamente
se sentó. Ambas se abrazaron y luego Sara ayudó a Olga a salir del ataúd aun
sin necesidad de hallar explicaciones a lo que estaba sucediendo.
“Hija, ¿qué
paso?” – solo fue lo que en varias oportunidades, Olga le preguntó a su hija.
Sara solamente deseaba abrazarla como nunca antes lo había hecho y no
encontraba palabras para responder a su madre. Las mujeres rápidamente salieron
del cementerio incluso olvidando la bicicleta y sin rastros de Maximiliano ni
su primo. “Mamá… hace tres días que te encontré muerta en casa” – manifestó
Sara cuando llegaban al hogar ante la mirada de una vecina que salía a la
vereda para caerse desmayada del asombro por lo que estaba percibiendo. Y
finalmente ingresaron a la vivienda.
Olga volvió a
abrazar a su gata y se dirigió a su cuarto para ducharse y cambiarse de ropa.
Sara tomó el celular y llamó a Gonzalo,
su novio, a fin de ponerlo al tanto de
la nueva. El muchacho solo intentó tranquilizar a su enamorada que tras hablar
acompaña de llantos no dejaba bien en claro lo que había acontecido y haciendo
que el, muy asustado se retire del trabajo para tomar su auto y ver lo que
estaba aconteciendo en casa de su novia. La madre finalmente regresó al comedor
con un hermoso vestido de flores rojas que hacía tiempo no usaba y nuevamente
su hija la abrazó fuertemente.
A los veinte
minutos, Gonzalo estacionó su auto frente a la vivienda, entró a la casa y
quedó paralizado al ver a su amada y su suegra sentadas a la mesa desayunando. Incluso
Olga tenía en su regazo a su gata. El dudó en acercársele a Olga pese a que
Sara lo tomó de la mano y lo arrimó a ella. “¡Esto no puede estar pasando!” –
manifestó y comenzó a llorar. Y finalmente terminó por convencerse de que
aquello era real sin muchas más explicaciones que dar.
En ese mismo
segundo pero fuera de casa, la gata terminó de lamerse sentada sobre un tapial
de la casa. Luego saltó sobre la bicicleta de Sara y finalmente cruzó la calle
ante la mirada de la vecina que, muy triste, continuaba barriendo la calle que
permanecía, aun, sin ningún vehículo.
(Continúa en la próxima edición)
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