Casi como en un pestañeo, Olga se encontraba de pie entre un tumulto de
gente. Desorientada mira a su alrededor y descubre que tanto ella como el
resto, vestían un atuendo blanco. Poniéndose en punta de pie observó sobre las
cabezas de los que le rodeaban; había millones y millones de personas en el
lugar. Algunos conversaban con sus compañeros. Ninguno tenía tristeza, ni temor,
ni apuro aunque era como si todos esperaran algo.
Y sin noción del tiempo transcurrido allí, Olga comienza a oir de lejos
la voz de su hija diciendo “mamá… yo te sacaré”. Y aquella voz se hizo cada vez
más cercana haciendo que ella en cuestión de segundos, abriera los ojos y se
encontrara con su hija que terminaba de abrirle el ataúd.
Tras la muerte de un ser querido, aparece esa sensación de que quedaron
pendientes un montón de cosas por hacer y decir. Nos da la sensación de que la
vida pasó lo suficientemente rápido como para no tener el momento de charlar
aquellas cosas importantes o de vivir momentos especiales de una manera
diferente. Descubrimos que la actitud de dejar todo para mañana no tuvo
sentido. Y las cosas cambian, pero Sara vive otra situación única e increíble.
La repentina muerte de su madre había puesto a Sara en una continua
tristeza aun cuando sus amigas y su novio intentaron, por momento, ayudarla
para que se distraiga y pensara en otras cosas. Pero las cosas cambiaron,
cuando motivada por una carta que encontró en la mesa de luz, abrió al tercer
día el ataúd y recuperó a su madre con vida. Y cada minuto de ese día, ambas
disfrutaban de su compañía como nunca antes lo habían hecho.
Sara ojeó las fotos del álbum familiar sonriendo al ver donde estaban
reflejados los momentos especiales de su infancia. Secuencias que traía a la
memoria y añoraba acompañada de las palabras de su madre. Fotografías que las
acercaban más a través de los recuerdos y de sentir cuán gratificante
significaron todos esos momentos. Y la sensación de que algo les había dado a
ambas, una segunda oportunidad para estar juntar.
A las dos horas, la joven abre sus ojos despertando tras un breve
descanso. Permaneció inmóvil por algunos segundos hasta que se dio cuenta que
alguien estaba de pie junto a su cama. Giró su cuerpo y observó a su madre,
inmovilizada, que la observaba con una sonrisa. “Solo te miraba cómo dormías…
me quede a tu lado para cuidarte” – le manifestó la mujer haciendo que Sara se
incorporara y la abrazara.
Luego merendaron mientras que Sara le contaba a su madre su temor:
“nadie va a creer que estas otra vez con vida; aun cuando te vean acá pensarán
que en realidad, nunca estuviste muerta” – le expresó. Y Olga se tomó el tiempo
de acariciarle la cabellera interrumpida al instante por una brisa que entró en
el comedor e hizo volar las fotografías que se habían salido del álbum y
permanecían esparcidas sobre la mesa.
Al ritmo de un tema de The Beatles, Sara bailó tomada de la mano de su
madre para cuando un locutor interrumpió la música de la radio y ambas
terminaron por quejarse. A los diez minutos, un llamado de Gonzalo ingresó a su
celular pero ella no le atendió. El muchacho que aún se encontraba en el
trabajo cortó la llamada y comenzar a
preocuparse por su novia. Y las horas pasaron en la casa donde
cualquiera que pasaba por la vereda podía ignorar lo que estaba pasando
adentro.
Para cuando comenzó a ocultarse el sol, la joven cocinó a su madre sin
permitirle que ella le diera una mano en la preparación de la cena: “siempre me
cocinaste y ahora soy yo quien quiero prepararte la cena” – le indicó Sara para
cuando, antes de que la comida estuviera a punto, terminaba de poner los
cubiertos sobre la mesa. Y finalmente cenaron charlando sobre cómo saldrían al día
siguiente, a la calle.
Alrededor de las diez de la noche Gonzalo, como acostumbraba cada día,
paso por la casa de su novia. Los días posteriores a la muerte de su suegra, se
encontraba con Sara que llorando permanecía sentada en la cocina aun sin poder
superar la perdida. Sin embargo, en esa tercera noche el comedor estaba vacío y
ella dormitaba en su habitación. E ingresó a la vivienda muy despacio notando
que las cosas no estaban como los días anteriores.
Se encontró con fotos en el piso y algunos utensilios sobre la mesa. Se
acercó para ver de cerca lo que había allí y para su sorpresa, había dos platos
y dos tazas, pero un plato y una taza estaban servidos. Y finalmente, notando
que el celular de Sara estaba también sobre la mesa con sus llamadas perdidas,
ingresó en la pieza para encontrarse con su pareja que despertó cuando el
encendió la luz.
(Continúa en la próxima edición)
No hay comentarios:
Publicar un comentario