Carlos en un
hombre trabajador, honesto policía y padre de familia. Su afán por el trabajo
no se traduce más que a mantener económicamente a su esposa y sus hijos. Y su
vida es tan sencilla como cualquier otro vecino puede verla, aunque con
circunstancias llamativas.
Un día llega a
su casa y su esposa, antes de darle un beso como bienvenida, le informa que el
lavarropas automático dejó de funcionar. Entonces, dos horas después, carga el
aparato a su camioneta y la lleva al service. El técnico se toma el tiempo para
desarmar el lavarropa y con un tono de voz ronca le indica que “el desperfecto
se encuentra en el tambor, que debe ser cambiado completamente con todas su
conexiones.” Carlos opta por abonar una seña de mil pesos para iniciar la
reparación y a los tres días, cuando iría a retirarlo, abonará los otros mil
restantes.
En otro momento
del día, pasa por el mercadito del barrio y compra un yogurt bebible para sus
hijos. Abona y al salir, sube a su vehículo donde lo esperaba su esposa que
agarra el artículo y sin esperar más, observa la fecha de vencimiento: “esto
está vencido” – le comunicó. Carlos corroboró la fecha notificándose que
efectivamente el producto había vencido unas semanas atrás; ingresó al comercio
y tras su reclamo, le cambiaron el artículo. Y finalmente se retiraron a su
hogar.
Casi después del
mediodía del día siguiente, su hija preadolescente viene a expresarle que la
computadora estaba funcionando mal. Como Carlos conocía poco y nada de
informática, y al pedido insistente de su niña, terminó por llevarla al técnico
que tras observarla pasó a darle el diagnóstico: “este ordenador tiene un virus
seguramente que ingresó por alguna descarga de internet; lo peor es que voy a
tener que resetear la máquina e instalar nuevamente todo incluso cambiando el
disco” – le informó ante su desorientación. En fin, terminó por aceptar el
servicio técnico al ordenador por la suma de mil quinientos pesos a pagar en tres
veces.
Acompañado por
su mujer, aquella misma tarde se presentó en su local de ropa favorito para
elegirse una camisa que estrenaría en un casamiento que tendría en los próximos
días. La vendedora le mostró varias prendas indicándole que todas las que tenía
en stock eran de excelente calidad y buena marca. Carlos eligió colores, se
probó dos prendas y finalmente compró una camisa al costo de cuatrocientos
pesos.
Además, terminó
esa semana complicada descubriendo que su vehículo presentaba un problema: tras
permanecer estacionado una mancha de agua aparecía debajo de la camioneta.
Rápidamente la llevó al taller donde el mecánico le indicó, tras analizarla,
que se trataba de la bomba por lo que debía retirarla y cambiarla por una
nueva. Sin cuestionar al que demuestra saber, aceptó el trabajo dejando su vehículo
en el taller por un par de días y abonando por el trabajo una interesante suma
de dinero.
Y por último, ya
en su casa, descansando, se puso a analizar el resumen de su tarjeta de
crédito. Allí se encontró con que la entidad bancaria le descontaba cinco pesos
en los últimos meses de un aporte voluntario a Greenpace al que jamás había
accedido. Y sin ganas siquiera de llamar al banco ni de reclamar en persona a
la sucursal, terminó por aceptarlo admitiendo que se trataba de una escueta
suma.
Pero se encontró
en una disyuntiva cuando su superior, días después, le pidió que firme una
planilla de carga de combustible de los móviles dibujando un número falso. En
realidad, gran parte del combustible de los figurado en ese documento fue al
vehículo propio de ese jefe y Carlos debía consentir con su firma a fin de que
la Provincia abonara el importe a la estación de servicia en cuestión. “Jefe,
enójese si quiere… pero soy una persona honesta y no me gustan estas cosas” –
le expresó el policía negándose a colocar su firma. Y allí comenzó una etapa incómoda para su
vida.
Mas tarde, el
mismo jefe le solicitó que pasara por un casino clandestino a cobrar los
cuatrocientos pesos semanales como honorario al no tener que clausurar el
supuesto cibercafé. También a esto se negó Carlos y tuvo que ir soportando el
mal trato creciente de su superior, por mantener su honestidad a sol y a
sombras. Y cuando no pudo aguantar más, terminó por renunciar ya cansado de
sentirse como si fuera el único honesto que quedaba.
Es que, lejos de
la dependencia policial, el técnico de lavarropas reparaba solamente el enchufe
y ponía en marcha el aparato aunque le cobró por un trabajo mayor que jamás
debía realizar. El dueño del mercadito volvió a poner el yogurt vencido en el
stock y entre otros cliente, se volvió a vender y ya no hubo reclamo. El
técnico informático lo único que hacía era instalar el buscador sin más cambios
a la pc. La vendedora de la tienda reponía sus camisas comprándolas a sesenta
pesos en un viaje a La Salada de Buenos Aires. El mecánico solamente emparchaba
una manguera que contenía una minúscula pinchadura. Y el banco recaudaba de a
cinco pesos, millones entre todos su usuarios que no se quejaban por ese
descuento involuntario que jamás llegaría a la fundación ecologista.
La Posta Hoy, 05/09/15

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