Chapi era un
delincuente como muchos y su debilidad eran los robos nocturnos a locales
comerciales. En sus atracos no acostumbraba a ejercer violencia ni mucho menos,
pistas para ser identificado. Sin embargo, un viejo amigo lo encontró sentado
en la esquina de la cuadra donde residía y en voz baja, le propuso un negocio:
“soy cerrajero y tengo copia de las llave de un nuevo comercio” – le comentó
captando su interés.
Pero antes de
que avanzaran en el acuerdo que iría a beneficiarlos a ambos, el cerrajero le
expresó que había un solo problema: “el local se encuentra a metros de la policía”
– le indicó. Se trataba de un comercio que inauguró semanas atrás y cuyo dueño
había cambiado la cerradura de la puerta principal con la finalidad de obtener
seguridad; “y como es nuevo, todavía el local no cuenta con alarmas… además,
quién va a creer que alguien irá a robar al lado de la comisaria” – expresó.
“El problema es
que en la esquina de esa cuadra hay cámara” – manifestó el Chapi a su amigo
quien sonrió dándole a entender que tenía todo bajo control para poder quedarse
con la mitad del botin. “Tengo un amigo que esta semana monitorea esa cámara de
180°, entonces esta noche va a poner el foco en dirección contraria al local” –
le aclaró el cerrajero a lo que el caco acepto el trato y tomó la llave en sus
manos.
Cerca de la una
de la madrugada, Chapi caminó frente a la comisaría y a los pocos metros, llave
de por medio, ingresó al local. Para
trabajar tranquilo y buscar en el interior todos los objetos de valor posibles,
volvió a poner llave a la puerta e inició su tarea. Revisó primero los cajones
de un escritorio y para su alegría, encontró efectivo por la suma de mil pesos
junto a un reloj de pulsera y una cadenita que aparentaba ser de oro. Y rápidamente
empezó a poner esos elementos valiosos dentro de sus bolsillos.
Pero algo
complicó la labor de Chapi. A los quince minutos, se dio cuenta que otra
persona se puso de pie junto a la puerta de ingreso y colocó una llave en la
cerradura. Se escondió detrás del escritorio utilizando la penumbra y se
inmovilizó. Y allí entró otro ladrón que para evitar un mal momento, cerró la
puerta con llave tras su ingreso y se preparó para revisar el lugar.
“Este es el
Gato” – balbuceó debajo del escritorio cuando conoció a su inesperado
acompañante. Rápidamente se dejo ver por su amigo que primero se alarmó, pero luego
terminó por abrazarse con quien, en otras tantas oportunidades, había
compartido algunos robos. “¿Qué haces robando acá?” – preguntó el recién ingresado
a su pana, a lo que Chapi le respondió que estaba gracias a la llave que el
cerrajero le había brindado. El tema es que el cerrajero también había mandado
al Gato con otra copia y allí se quedaron inmovilizados los dos ladrones
sorprendidos por las casualidades de la vida.
“Hacemos así:
todo lo que hay de valor lo repartimos en tres parte iguales” – propuso Chapi
considerando en el botín al proveedor de la llave. El Gato consintió y antes de
que pusiera una cadenita de oro en su bolsillo, su amigo le frenó cuestionando:
“todo lo ponemos sobre el escritorio y luego lo llevamos en una bolsa para que
quede más claro.” Y ambos siguieron
separando las cosas de valor que había en el nuevo comercio aunque el primero
jamás reveló lo que ya tenía oculto en sus bolsillos.
No pasaron ni
cinco minutos y un tercer ladrón, apodado Laucha, entró en escena con otra
copia de la llave. Lo bueno es que todos estos se conocían puesto que en alguna
oportunidad habían compartido celda de una comisaría de Villa Gdor. Galvez.
“¡Esto es increíble! Cuando agarre al cerrajero, lo mato” – expresó el Gato
ante la mirada de Chapi que se rascaba su cabellera. “¿Y ahora?” – preguntó el
tercero en sumarse.
“Hagamos algo:
todo lo de valor lo repartimos entonces en cuatro” – propuso el primero en
llegar al lugar. Pero el Gato, haciendo uso de la palabra, expuso que
directamente el cerrajero, por aquella jugada de regalar copias de la llave a
doquier, quede afuera del botín y los demás aceptaron.
Ya para cuando
los tres delincuentes colocaron sobre el escritorio todos los objetos de valor
hallados, Chapi tomó una bolsa y ante la mirada de sus compañeros los guardó.
“De acá vamos hasta la esquina de mi casa y repartimos todo esto” - expuso casi sin más nada que hacer en ese
local. Y entonces, de manera silenciosa, salieron del comercio pero, para su
sorpresa, afuera les esperaban unos cinco oficiales de policía apuntándoles con
arma que finalmente les redujeron.
Meses atrás, un
comerciante se había cansado de que le robaran tres veces. Entonces alquiló un
local a metros de la comisaría, montó allí su nuevo comercio y se presentó de
un amigo que meses atrás hizo un curso de cerrajería. “Quiero atrapar a esos
choros y tengo una idea” – le propuso al cerrajero que estaba dispuesto a
ayudarle.
La Posta Hoy, 12/09/15
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