sábado, 9 de junio de 2012

EL CANDIDATO


Entre tantas caras nuevas que se postulan para cargos políticos en nuestra ciudad, en cierta elección apareció un tal Rubertino Solitario… De Proyecto Sur, candidato a intendente de Arroyo Seco. Poco se sabía de él, más que se trataba de un humilde militante que estaba en cientos de comisiones directivas de varias instituciones de la ciudad. Había militado en otro partido, pero por no coincidir con ideales, se separó formando su propio bloque. Tenía mucha fe de llegar e incluso hasta de colocar a alguno de sus nombres en el cargo de concejal, lista que conformaban en su totalidad tres hermanos, su suegra y dos sobrinas.
Rubertino comenzó la campaña como si fuera un Pocho Leprati, y no necesariamente por su labor social sino por ir en bicicleta. Visitó a los medios y le hicieron un par de notas sobre sus propuestas, que no eran otra cosa más que la que proponen siempre todos los candidatos elección tras elección en nuestra ciudad. Habló de FAE, radicación de empresas, mejorar el hospital, seguridad, reordenar el tránsito y wi-fi en todas las plazoletas.
Solicitó licencia en su trabajo y se dedicó a recorrer barrios siempre en dos ruedas. Empeñó su sueldo en compras en el supermercado y llevó a varias familias bolsones de mercadería, garrafas y zapatillas para niños carenciados. Se lo vio a la salida de los colegios repartiendo golosinas a los niños e incluso algunos globos, los que justamente no hacían propaganda con su nombre, sino en los que se leía Feliz Cumpleaños.
Fuera del hospital recibió la queja de tres vecinos: una abuela que dijo estar cinco horas esperando al médico de guardia que dormía su siesta, una señora indignada con una enfermera y un hombre que se quejó de que le hayan cobrado cinco pesos de contribución, cosa que lo privó de comprarse sus cigarrillos. Rubertino tomó nota de todo eso en una servilleta, ya que no alcanzaba su presupuesto de campaña para comprarse una agenda.
Con esas herramientas salió al ataque de las autoridades, “una vergüenza nuestro hospital… ¡Cientos de vecinos me han manifestado su queja!” – expresó a un medio radial. Y luego de hablar entregó a la periodista un folleto de su campaña: una fotocopia de una hojita tipeada en Word con errores ortográficos.
Con mucho esfuerzo alquiló un local en donde montó un tablón con caballetes y algunas sillas de plástico blancas, con las que esperaba atender a los vecinos que pudieran estar interesados en sus proyectos. A saber, jamás nadie visitó el lugar más que una abuela que llegó de casualidad buscando la verdulería que dejó de funcionar en ese local dos meses atrás. De todas maneras, Rubertino era un hombre de fe.
“Sr. Solitario, ¿por qué se postula? Las encuestas lo ubican en el último lugar” – fue el interrogante que le hizo una movilera de radio en la Plaza 9 de Julio.
“Esas encuestas no son fehacientes” – objetó el candidato, “veo el apoyo de la gente mientras camino las calles, así que estoy bien seguro de ganar estas elecciones.”
Comprometiendo sus últimos recursos monetarios, organizó una choripaneada donde reunió a su familia, amigos de sus hijos, algunos vecinos y diez simpatizantes, que de ahí se irían a comer los choripanes de otro candidato. Durante la comida tomó la palabra ante la mirada atenta del público y agradeció el apoyo de todos los que apostaban al cambio votándolo a él.
“¡Vamos Rubertino, carajo!” – gritó un vecino con algunas copas de más.
La emoción alcanzó a los presentes, que se unieron en un solo aplauso ante la sonrisa de Rubertino, que del partido que representaba no había recibido ningún aporte económico, ni siquiera el logo partidario para reproducirlo en su folletería o en los dos pasacalles que tenía en toda la ciudad.
Llegó el día de las elecciones y Rubertino aceitó la cadena de su bicicleta para recorrer los colegios, dialogando con periodistas e informando a algún que otro ciudadano que no encontraba su mesa de votación.
“¿Me permite ingresar al cuarto oscuro para ver si faltan votos?” – preguntó a un presidente de mesa tal cual veedor electoral.
“Señor, en estas elecciones se usan planillas y una birome para votar…” – le informó el docente, que no veía la hora de que fueran las seis de la tarde para llenar planillas e irse a su casa.

Sacó en total sólo cuatro votos. Ni siquiera el dos por ciento de su familia lo había votado. Es más, en su propia mesa su planilla había sido anulada porque Rubertino la había marcado en el lugar incorrecto. Se animó a decir que había sido un fraude electoral y prometió a un medio gráfico investigar lo sucedido.

En los siguientes días bajó las persianas de su local y continuó su vida de manera normal, aunque pagando las cuentas de su campaña. A los cuatro años volvió a aparecer dispuesto a dar pelea otra vez y ahora con CAMBIOS… o sea, con una nueva bicicleta con cambios.

Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 09/06/2012

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