Entre tantas caras nuevas que se postulan
para cargos políticos en nuestra ciudad, en cierta elección apareció un tal
Rubertino Solitario… De Proyecto Sur, candidato a intendente de Arroyo Seco.
Poco se sabía de él, más que se trataba de un humilde militante que estaba en
cientos de comisiones directivas de varias instituciones de la ciudad. Había
militado en otro partido, pero por no coincidir con ideales, se separó formando
su propio bloque. Tenía mucha fe de llegar e incluso hasta de colocar a alguno
de sus nombres en el cargo de concejal, lista que conformaban en su totalidad
tres hermanos, su suegra y dos sobrinas.
Rubertino comenzó la campaña como si
fuera un Pocho Leprati, y no necesariamente por su labor social sino por ir en
bicicleta. Visitó a los medios y le hicieron un par de notas sobre sus
propuestas, que no eran otra cosa más que la que proponen siempre todos los
candidatos elección tras elección en nuestra ciudad. Habló de FAE, radicación
de empresas, mejorar el hospital, seguridad, reordenar el tránsito y wi-fi en
todas las plazoletas.
Solicitó licencia en su trabajo y se
dedicó a recorrer barrios siempre en dos ruedas. Empeñó su sueldo en compras en
el supermercado y llevó a varias familias bolsones de mercadería, garrafas y zapatillas
para niños carenciados. Se lo vio a la salida de los colegios repartiendo
golosinas a los niños e incluso algunos globos, los que justamente no hacían
propaganda con su nombre, sino en los que se leía Feliz Cumpleaños.
Fuera del hospital recibió la queja
de tres vecinos: una abuela que dijo estar cinco horas esperando al médico de
guardia que dormía su siesta, una señora indignada con una enfermera y un
hombre que se quejó de que le hayan cobrado cinco pesos de contribución, cosa
que lo privó de comprarse sus cigarrillos. Rubertino tomó nota de todo eso en
una servilleta, ya que no alcanzaba su presupuesto de campaña para comprarse
una agenda.
Con esas herramientas salió al ataque
de las autoridades, “una vergüenza nuestro hospital… ¡Cientos de vecinos me han
manifestado su queja!” – expresó a un medio radial. Y luego de hablar entregó a
la periodista un folleto de su campaña: una fotocopia de una hojita tipeada en
Word con errores ortográficos.
Con mucho esfuerzo alquiló un local
en donde montó un tablón con caballetes y algunas sillas de plástico blancas,
con las que esperaba atender a los vecinos que pudieran estar interesados en
sus proyectos. A saber, jamás nadie visitó el lugar más que una abuela que
llegó de casualidad buscando la verdulería que dejó de funcionar en ese local
dos meses atrás. De todas maneras, Rubertino era un hombre de fe.
“Sr. Solitario, ¿por qué se postula?
Las encuestas lo ubican en el último lugar” – fue el interrogante que le hizo
una movilera de radio en la Plaza 9 de Julio.
“Esas encuestas no son fehacientes” –
objetó el candidato, “veo el apoyo de la gente mientras camino las calles, así
que estoy bien seguro de ganar estas elecciones.”
Comprometiendo sus últimos recursos
monetarios, organizó una choripaneada donde reunió a su familia, amigos de sus
hijos, algunos vecinos y diez simpatizantes, que de ahí se irían a comer los
choripanes de otro candidato. Durante la comida tomó la palabra ante la mirada
atenta del público y agradeció el apoyo de todos los que apostaban al cambio
votándolo a él.
“¡Vamos Rubertino, carajo!” – gritó
un vecino con algunas copas de más.
La emoción alcanzó a los presentes,
que se unieron en un solo aplauso ante la sonrisa de Rubertino, que del partido
que representaba no había recibido ningún aporte económico, ni siquiera el logo
partidario para reproducirlo en su folletería o en los dos pasacalles que tenía
en toda la ciudad.
Llegó el día de las elecciones y
Rubertino aceitó la cadena de su bicicleta para recorrer los colegios,
dialogando con periodistas e informando a algún que otro ciudadano que no
encontraba su mesa de votación.
“¿Me permite ingresar al cuarto
oscuro para ver si faltan votos?” – preguntó a un presidente de mesa tal cual
veedor electoral.
“Señor, en estas elecciones se usan
planillas y una birome para votar…” – le informó el docente, que no veía la
hora de que fueran las seis de la tarde para llenar planillas e irse a su casa.
Sacó en total sólo cuatro votos. Ni
siquiera el dos por ciento de su familia lo había votado. Es más, en su propia
mesa su planilla había sido anulada porque Rubertino la había marcado en el
lugar incorrecto. Se animó a decir que había sido un fraude electoral y
prometió a un medio gráfico investigar lo sucedido.
En los siguientes días bajó las
persianas de su local y continuó su vida de manera normal, aunque pagando las
cuentas de su campaña. A los cuatro años volvió a aparecer dispuesto a dar
pelea otra vez y ahora con CAMBIOS… o sea, con una nueva bicicleta con cambios.
Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 09/06/2012
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