“¡Pobre abuela!” – fue el comentario
que varios hicieron al leer la historia de Beatriz*, que por no dar con las
paradas de colectivos (cambiadas), tuvo que llegar al cementerio caminando.
¿Qué es de su paradero? Se lo contamos.
Días atrás la ubicamos en pleno
centro de la ciudad, aún perdida por no encontrar las paradas correctas en las
que pudiera tomar el colectivo amarillo que la llevara al cementerio para
acercarle flores a su difunto marido. En un momento llega a una esquina para
subir a un ómnibus, detrás de dos mujeres que irían al casino.
“¿Dónde viaja abuela?”
“Al cementerio, joven” – respondió
Beatriz al chofer, mientras hurgaba en su monedero.
“Abuela, tiene que tomar el cole a
una cuadra… Este va para Rosario.”
Se bajó del vehículo y cuando el
semáforo indicó el color rojo se determinó a cruzar la calle. Esquivó a un par
de vehículos que estaban estacionados sobre la senda peatonal y llegó a la otra
vereda, donde una pomposa joven le entregó un descuento para Pasacalle. Lo
guardó en su monedero y continuó caminando mientras visualizó que una tropa de
adolescentes corría en bicicletas en su dirección, tal como autos en ‘Rápido y
Furioso’.
Esquivó a un par de bicicletas pero
finalmente un manubrio la golpeó en su brazo derecho, arrojándola contra la
vidriera de El Indiecito, originando un fuerte ruido. Dos empleadas de la
librería salieron a socorrerla y una de ellas le manifestó:
“Abuela… ¡Si quería ver los precios de los ositos no tenía que acercarse tanto a la vidriera!”
“Abuela… ¡Si quería ver los precios de los ositos no tenía que acercarse tanto a la vidriera!”
Beatriz agradeció la ayuda y
siguiendo su camino. Más adelante tuvo que resguardarse contra la pared, ahora
esquivando a un grupo de perros que caminaban desesperados detrás de una perra.
Un mestizo olfateó su pierna, levantó su pata y orinó su cancán. Se secó con su
pañuelo y se dispuso a cruzar de vereda.
Pasó frente a la comisaria, donde en
ese momento dos policías introducían esposado a un integrante de la comisión de
un ex club deportivo de la ciudad. Beatriz se persignó mirando la cara de
mafioso de aquella persona y se acercó a la salida del Registro Civil, donde
varias personas esperaban a la feliz pareja que acababa de contraer matrimonio.
Allí se detuvo. Aquella situación le
trajo a la memoria cuando se casó con su esposo (QEPD). Estaba a punto de
emocionarse por ver nuevamente a una parejita de enamorados que habían dado el
sí para toda la vida y estaban a punto de salir de la oficina para ser
aplaudidos por familiares y amigos.
Beatriz se dispuso a ver la cara de
aquella jovencita que iba a salir seguramente con un rostro angelical, un
hermoso vestido y un ramo de rosas en su mano, tal como princesa de cuento de
hadas. Seguramente se iba a identificar con ella en su recuerdo. Pero para su
sorpresa, del Registro salieron dos jóvenes varones de traje, abrazados y
besándose entre ellos. Agachó la cabeza y siguió.
“Señorita, ¿dónde puedo tomar el
colectivo para ir al cementerio?” – le preguntó a una empleada municipal que en
su horario de trabajo aprovechaba a salir de su oficina para comprarse ropa.
“Abuela, en la esquina puede tomar el
colectivo” – le comunicó la persona cuyo sueldo pagamos todos los ciudadanos.
Pasando frente a la Municipalidad no
pudo evitar mirar a unos periodistas que entrevistaban a varios sindicalistas
que criticaban al intendente.
“Siguiremo con las protextax hasta
quel intendete nos del aumentos que le pidimos” – comunicaba un gremialista a
la prensa. Detrás de esta persona podía verse una montaña de bolsas de basura y
la Plaza 9 de
Julio con pastos que tapaban el monumento central. La empleada que regresaba de
hacer mandados personales en su horario de trabajo se sumó a la queja gremial.
Beatriz llegó a la parada junto a
varias personas. Llegó el colectivo. Todos se apuraron a subir dejándola en
último lugar y haciendo que subiera al ómnibus casi al borde de la puerta.
“Joven, voy al cementerio.”
El chofer le entregó el boleto y la
abuela tuvo que viajar parada, agarrada con una mano en el caño, ya que con la
otra sostenía el ramo de flores que ya se estaba marchitando. Así fue como
durante todo el viaje se balanceaba tal cual si se encontrara en un samba de un
parque de diversiones.
Finalmente llegó ante la tumba de su
esposo. Colocó sus flores y regresó.
Pero faltaba más. Si bien ese día
pudo dar con la parada correcta de colectivo y evitar ir al cementerio
caminando, lo que no pudo evadir fue volver a pie… ya que, por no contar con
cambio justo, el chofer se quedó con sus últimos diez pesos.
*
Publicado en La Posta
el 18 de febrero
La Posta Hoy - 02/06/2012
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