sábado, 23 de junio de 2012

LA PORTERA


Si había algo que Saturnina tenía bien en claro, era su papel de portera de escuela secundaria. A su trabajo le ponía alma y pasión, a fin de que toda su escuela marchara como corresponde. Había llegado a su cargo mucho antes de que apareciera la cuestión del escalafón, y su antigüedad le daba el derecho de mandar, inclusive, más que la propia directora.
Saturnina llegaba todas las mañanas y antes de poner las llaves en el portón de la escuela, juntaba los envoltorios de caramelos que habían arrojado los alumnos a la salida del día anterior. A su ingreso, mientras ponía la cafetera en el fuego, recorría salón por salón encendiendo las luces y acomodando los pupitres desordenados: “Son unos caballos estos pibes” – refunfuñaba.
Se tomaba el primer café de la mañana y se acercaba al portón principal para recibir a los primeros alumnos, “Rodríguez levántese el nudo de la corbata… ¡Llevarla en el ombligo no es forma!” – le indicó a Miguelito, un adolescente que iba al colegio sólo esperando que le entregasen la notebook de la presidenta para desaparecer del mapa. “Molinari… ¡Ése no es el uniforme de la escuela!” – corrigió a Malenita, una chica que, aunque intentó explicarle que su ropa estaba aún mojada, tuvo que regresar a su casa.
“Schugler… ¡Con ese peinado no está bien que entre al colegio!” – continuó corrigiendo a un estudiante flogger, que le refutó: “Mi apellido es Eschuller!”. Fue allí cuando Saturnina trató de mal educado al alumno por contestarle y rebelarse a la autoridad que ella ostentaba… En las próximas horas sería esto lo primero en enterarse la directora (que siempre llegaba tarde).
También allí en el ingreso se encargaba de amargarle el día a determinados profesores que llegaban algo tarde al establecimiento, “profe… ¡Muy tarde vino hoy! ¡Tiene que dar el ejemplo!” – le dijo a una docente, que si no fuera por la ética escolar ya la hubiera golpeado con uno de los libros que traía en sus manos. Y así, cuando llegaba la directora, era justamente la portera Saturnina la encargada de pasarle las primeras novedades de la mañana.
Continuamente trataba mal a los estudiantes apelando a que dentro del establecimiento todas las cosas deben hacerse con orden y respeto. Era capaz de abofetear al alumno que arrojara migajas de un sándwich en el patio del colegio, que despreciara su copa de leche, que escribiera su pupitre con mensajitos de amor o que simplemente esté distraído al momento de izar la bandera.
Un día encontró un cigarrillo en el inodoro del baño de mujeres. Fue aquel día que, con todo su atrevimiento, ordenó a todas las alumnas salir de sus aulas al patio para olfatear una por una, hasta descubrir a la maleducada que había fumado. Cuando la identificó, ella misma la escoltó hasta la dirección, donde la directora sólo esperaba hacer lo que su portera le recomendara.
Si luego de que sonara el timbre había alumnos en el patio, ella misma iría con una especie de picana eléctrica con la que arreaba a los mismos hasta las respectivas aulas. Esperaba que cada uno estuviera sentado en su silla y recién allí le entregaba la clase al profesor que, desde su escritorio, no sabía qué hacer hasta que Saturnina se retiraba del lugar.
De mal llevada que era no permitía que ningún docente ingresara a la cocina, ahí mandaba ella (allí y afuera). Así fue como una profesora le solicitó un termo con agua caliente y ella se la entregó tibia, argumentando que no había mucho gas y que había que economizar. La educadora tomó el termo y entre dientes le dijo: “¡Vieja loca!”. Eso dio motivo a que Saturnina pasara a convertirse como Hulk, arrojara el termo en el piso y se arme una batalla campal con dos mujeres agarradas de los pelos.
“Con profesoras así… ¡Cómo no vamos a tener los pibes que tenemos!” – argumentaba la portera, que daba golpes a la docente. Gracias a la intervención de otros empleados provinciales ambas se calmaron, pero Saturnina no tardó ni un minuto más y fue ante la presencia de la directora que, por amiguismo, terminó expulsando a la profesora en cuestión.
Toda la comunidad educativa temía a Saturnina. Se sabía que detrás de esta mujer que se paseaba por el patio con una escoba y un trapo de piso, había una imparable bestia difícil de dominar en su estado agresivo. Que en cualquier momento, si había razones, era capaz de ingresar si fuera necesario a un aula y maltratar verbalmente a los inocentes púberes, interrumpiendo a cualquier docente en su hora de cátedra.

Lo más probable es que, luego de leer este cuento, dos profesoras dialoguen entre sí diciendo que hay porteras que son muy buenas y excelentes personas, “pero que Saturninas las hay… Las hay” – concluirá una de ellas.

Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 23/06/2012

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