Si había algo que Saturnina tenía
bien en claro, era su papel de portera de escuela secundaria. A su trabajo le
ponía alma y pasión, a fin de que toda su escuela marchara como corresponde.
Había llegado a su cargo mucho antes de que apareciera la cuestión del
escalafón, y su antigüedad le daba el derecho de mandar, inclusive, más que la
propia directora.
Saturnina llegaba todas las mañanas y
antes de poner las llaves en el portón de la escuela, juntaba los envoltorios
de caramelos que habían arrojado los alumnos a la salida del día anterior. A su
ingreso, mientras ponía la cafetera en el fuego, recorría salón por salón
encendiendo las luces y acomodando los pupitres desordenados: “Son unos
caballos estos pibes” – refunfuñaba.
Se tomaba el primer café de la mañana
y se acercaba al portón principal para recibir a los primeros alumnos, “Rodríguez
levántese el nudo de la corbata… ¡Llevarla en el ombligo no es forma!” – le indicó
a Miguelito, un adolescente que iba al colegio sólo esperando que le entregasen
la notebook de la presidenta para desaparecer del mapa. “Molinari… ¡Ése no es
el uniforme de la escuela!” – corrigió a Malenita, una chica que, aunque
intentó explicarle que su ropa estaba aún mojada, tuvo que regresar a su casa.
“Schugler… ¡Con ese peinado no está
bien que entre al colegio!” – continuó corrigiendo a un estudiante flogger, que
le refutó: “Mi apellido es Eschuller!”. Fue allí cuando Saturnina trató de mal
educado al alumno por contestarle y rebelarse a la autoridad que ella
ostentaba… En las próximas horas sería esto lo primero en enterarse la
directora (que siempre llegaba tarde).
También allí en el ingreso se
encargaba de amargarle el día a determinados profesores que llegaban algo tarde
al establecimiento, “profe… ¡Muy tarde vino hoy! ¡Tiene que dar el ejemplo!” –
le dijo a una docente, que si no fuera por la ética escolar ya la hubiera
golpeado con uno de los libros que traía en sus manos. Y así, cuando llegaba la
directora, era justamente la portera Saturnina la encargada de pasarle las
primeras novedades de la mañana.
Continuamente trataba mal a los
estudiantes apelando a que dentro del establecimiento todas las cosas deben
hacerse con orden y respeto. Era capaz de abofetear al alumno que arrojara
migajas de un sándwich en el patio del colegio, que despreciara su copa de
leche, que escribiera su pupitre con mensajitos de amor o que simplemente esté
distraído al momento de izar la bandera.
Un día encontró un cigarrillo en el
inodoro del baño de mujeres. Fue aquel día que, con todo su atrevimiento,
ordenó a todas las alumnas salir de sus aulas al patio para olfatear una por
una, hasta descubrir a la maleducada que había fumado. Cuando la identificó,
ella misma la escoltó hasta la dirección, donde la directora sólo esperaba
hacer lo que su portera le recomendara.
Si luego de que sonara el timbre
había alumnos en el patio, ella misma iría con una especie de picana eléctrica
con la que arreaba a los mismos hasta las respectivas aulas. Esperaba que cada
uno estuviera sentado en su silla y recién allí le entregaba la clase al
profesor que, desde su escritorio, no sabía qué hacer hasta que Saturnina se
retiraba del lugar.
De mal llevada que era no permitía
que ningún docente ingresara a la cocina, ahí mandaba ella (allí y afuera). Así
fue como una profesora le solicitó un termo con agua caliente y ella se la
entregó tibia, argumentando que no había mucho gas y que había que economizar. La
educadora tomó el termo y entre dientes le dijo: “¡Vieja loca!”. Eso dio motivo
a que Saturnina pasara a convertirse como Hulk, arrojara el termo en el piso y
se arme una batalla campal con dos mujeres agarradas de los pelos.
“Con profesoras así… ¡Cómo no vamos a
tener los pibes que tenemos!” – argumentaba la portera, que daba golpes a la
docente. Gracias a la intervención de otros empleados provinciales ambas se
calmaron, pero Saturnina no tardó ni un minuto más y fue ante la presencia de
la directora que, por amiguismo, terminó expulsando a la profesora en cuestión.
Toda la comunidad educativa temía a
Saturnina. Se sabía que detrás de esta mujer que se paseaba por el patio con
una escoba y un trapo de piso, había una imparable bestia difícil de dominar en
su estado agresivo. Que en cualquier momento, si había razones, era capaz de
ingresar si fuera necesario a un aula y maltratar verbalmente a los inocentes
púberes, interrumpiendo a cualquier docente en su hora de cátedra.
Lo más probable es que, luego de leer
este cuento, dos profesoras dialoguen entre sí diciendo que hay porteras que
son muy buenas y excelentes personas, “pero que Saturninas las hay… Las hay” –
concluirá una de ellas.
Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 23/06/2012
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