La vida de Carmen siempre estuvo marcada por su tardanza.
Defecto que inclusive se pudo descubrir en su llegada al mundo: aunque su
nacimiento estaba programado para un 2 de junio, ella nació el 30 de ese mes.
De niña, cuando sus amiguitas iban a buscarla a su casa para jugar, salía
quince minutos más tarde ya cuando las demás no tenían más ganas de estar con
ella.
En el jardín de infantes, salía al patio en el recreo siempre
cinco minutos más tarde. Y claro, también regresaba cinco minutos después al
aula. Ya en la primaria, cuando comenzó a ir sola al colegio no hubo un día que
no llegase temprano. Siempre arribaba al colegio luego de que sus compañeros
hubieran izado la bandera e ingresaran al salón.
Durante toda su etapa escolar fue la última en entregar
los trabajos prácticos y exámenes. Y en los actos, donde ella participaba,
siempre debía retrasarse el inicio dado que Carmen llegaba algo de diez minutos
más tarde.
En su adolescencia, la cosa no cambio mucho. Si sus
amigas pasaban a buscarla para pasear, ella saldría de su cuarto casi veinte minutos
después… el tiempo que tomaba en acomodarse el cabello, pintarse las uñas,
elegirse la ropa, maquillarse, etc. Y el día que tuvo la primera cita con un
enamorado fue en la plaza 9 de Julio, donde el chico se había echado una siesta
de cuarenta minutos recostado en el banco hasta que finalmente llegó ella.
Así en su fiesta de quince años, Carmen llegó al salón
junto con los invitados del brindis. Y ya en la universidad siempre rindió en
el tercer llamado de cada examen y el profesorado de historia que es de cuatro
años, ella lo cursó en diez. Siempre fue de las que llegaban a las paradas
luego de que haber pasado el colectivo y para los escalafones se intentaba anotar
cuando la inscripción ya había cerrado.
Cierto día fue a una tienda decidida a comprarse una
campera.
“¿Ropa de abrigo? – Estamos por empezar diciembre y por
ende, ya guardamos la ropa de invierno” – le expresó la joven de la tienda de
pleno centro, comercio que traía vestimenta de La Salada pero la vendía como si
fueran de primera marca.
Llegó el día de su casamiento. Y si bien es común que la
novia se retrase un poco, ella lo hizo de manera excedida. A tal punto que el
padre Pedro se sentó en los escalones del altar y se puso a jugar al chinchon
con las cartas de Ben10 del sobrinito del novio. Y cuando los velones se
consumieron completamente, la abuela se había dormido recostada a los pies de
la imagen de un santo y un empleado pasaba el lampazo al piso de la parroquia
llegó Carmen que, en cima, se tomaba el tiempo de caminar como tortuga hacia
donde estaba su novio dormido de sueño.
La que había cambiado fue la vida de su esposo luego de
esa boda, comenzando también a llegar tarde incluso a las comidas familiares,
partidos de fútbol y eventos de la ciudad. El día que asistieron a un evento
cultural en el Antiteatro, llegaron para el momento que los organizadores
amontonaban las sillas de plástico y juntaban los envoltorios y bolsas del
césped. Y cuando el decidió llevarla al Village, el tiempo que a ella le llevó
producirse estéticamente ocasionó que llegaran en el instante que daban los
créditos de la película.
Quedó embarazada y no hubo una ocasión en la que llegara
a tiempo para el turno del control médico. Y cuando la cesárea estaba programada
para un día martes, ella llegó a dar a luz al día siguiente. Ya con su bebé, lo
llevó al hospital para cada vacuna un mes después de cada fecha del calendario
de vacunación. Y para cuando debía inscribirlo para que comenzara el jardín de
infantes, tuvo que perder un año porque ella se acordó demasiado tarde para
anotarlo.
En las reuniones de madre de la escuela, siempre fue la
que llegaba al momento en que la docente daba las ultimas explicaciones, encima
levantaba la mano y preguntaba cosas que la maestra había explicado
anteriormente. El día que el colegio organizó una cena para recaudar fondos y
se ofreció para colaborar en la cocina, llegó al salón para el momento en que
debían lavar los platos.
Para el cumpleaños de sus amigas, siempre les enviaba el
mensajito de felicitaciones el día después. Todos los impuestos terminaba
abonándolos en el segundo vencimiento o aun más, con considerables intereses;
encima le comentaba a su madre que en la EPE le robaron cobrándole un recargo.
Así fue como toda su vida se la pasó llegando tarde a
todos lados. Hasta que finalmente falleció.
Muchos amigos y amigas llegaron a su velorio. Y para
honrar su vida, aunque la sala velatoria anunciaba las exequias a las diez de
la mañana sus restos recién fueron inhumados a las doce del mediodía.
Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 04/08/2012
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