sábado, 18 de agosto de 2012

TSUNAMI II


(viene de la edición pasada)

Nadie había en la ciudad más que el máximo funcionario que permanecía encerrado en su despacho leyendo las cartas de quejas de los vecinos que guardaba por años en su escritorio. Todos estaban esperando que aconteciera lo que el Servicio Meteorológico Nacional había comunicado treinta días antes. De repente, un enorme viento del este comenzó a girar sobre el río Paraná provocando un enorme embudo. El mismo comenzó a arrastrar el agua primero hacia las islas para luego crear una enorme ola que en cuestión de segundos pasó las barrancas.
Por primera vez en la historia, el barrio del Puerto fue el primero en sentir el suceso. Le enorme ancla de Prefectura fue arrastrada hasta el ingreso de Grimoldi… imágenes que fueron grabadas por las cámaras de seguridad al igual que un aparente hombre lobo que corría por el lugar. En cuestión de segundos, Acevedo, el Rowing, el Boteclub y Playa Mansa terminaron bajo el agua. Y tierra de Sueños se convirtió en Waterworld defraudando a cientos de ciudadanos que habían comprado su terrenito y esperaron la habilitación de la provincia.
Un barco del puerto local fue arrastrado hasta la cancha del Asac donde quedó varado en las tribunas. Y su ancla destruyó el parrillero donde se preparaban los infaltables choripanes de los partidos. El local del Comando Radioeléctrico quedó bajo el agua luego de que, después de varios años, se decidieran pintarlo y hermosearlo. Y de esta manera la ola continuó avanzando sobre la calle Galvez y dejando por ejemplo, que cuatro peces viejas del agua terminaran prendidas al calzón que doña Margarita había olvidado en el tendedero.
Desde Albarellos un concejal sintió dolor en su alma al enterarse que su proyecto de barrio de Kenedy y Galvez estaba todo bajo el agua. Y otro de los funcionarios no tardó en hacer política diciendo “nada de esto ocurría hace veinte años atrás.”
La ola llegó a la calle independencia inundando la Plaza de los Juegos, destruyendo el carrusel que jamás volvió a reconstruirse y dejando un par de peces rayas estampilladas en el fondo del escenario del anfiteatro. Pero allí el tsunami no se detuvo y al cruzar la vía llegó a la otra mitad de la ciudad. En el barrio Guemes, que era el único barrio que aun permanecía con luz eléctrica, hubo cortos circuitos y explosiones como grandes fuegos artificiales. Y Pasacalle pasó a convertirse en un túnel acuático.
Por calle Belgrano, el agua arrasó un colectivo de Serodino (el único que quedaba dando vueltas por la zona), la Biblioteca se convirtió en una pecera y el pasillo del Registro Civil se llenó de camalotes, peces muertos y musgos… (o sea, más limpio de lo que está generalmente). Al momento de la ola golpear contra el palacio municipal, el intendente se encomendó a Dios, abrazó sus diplomas y se encerró en su despacho.
La plaza 9 de Julio y la Parroquia se convirtieron en el fondo del río, una palometa quedó prendida de la cabeza de la estatura de la madre y cinco cangrejos quedaron agarrados de la antena de Radio Asunción funcionando, luego, como busca-polos. Además, unos peces dorados quedaron estacados en el polo de la paz del Colegio Goretti y una unas mojarras terminaron en un picadito en Tercer Tiempo.
Ya cuando comenzó a pasar la calle Rivadavia, la ola comenzó a perder fuerzas. No obstante, se metió en el club Talleres destrozando los trofeos que tenían en exhibición y arruinando a todas las motos y autos que estaban en el Corralón a la espera de sus dueños. Por otra parte, varios ratones salieron del galpón de maestranza y se dirigieron al campo para salvar su vida.
Finalmente el gran tsunami terminó siendo una pequeña marea que llegó hasta el estadio de Rosario Central y hasta el salón de los Testigos de Jehová, donde unos fieles se subieron a unas canoas para seguir predicando, de igual manera, casa por casa.
El agua en la ciudad duro algo de seis días hasta que fue regresando a su lugar y, de a poco, los vecinos comenzaron a regresar a sus casas. Aunque a veces algo tristes, pero también contentos por los cardúmenes que encontraban en sus patios. Pero lo más emocionante fue cuando todos los habitantes se juntaron frente al palacio municipal para llorar por su heroico intendente.
De repente, todos escucharon algunos ruidos del interior del palacio municipal y para alegría de todos, sobre el techo apareció el máximo funcionario saludando a la gente que lo aplaudía. “Vecinos, la casa está en orden… volvamos a la vida normal” – gritó a todos los presentes que regresaron a sus casas motivados a rehacer sus vidas.

La tragedia pasó, no hubo víctimas pero Arroyo Seco volvió en poco tiempo a ser la misma ciudad que antes, porque quedo demostrado que acá hay gente que, a pesar de las grandes adversidades, la sigue peleando.

Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 18/08/2012

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