sábado, 15 de junio de 2013

EL GORDO MORTADELA IV


Adán se había ido a ver el partido de Unión como visitante en P. Esther dejando a su esposa y suegra tomando mates solas en la placita de la estación. Pero el amor fue más fuerte y en la mitad el partido, decidió apostar a su relación y volver a Arroyo. Tomó el colectivo A y bajó en la garita de Libertad e Independencia.
Ya para cuando estaba pasando frente al anfiteatro vio a su amada sentada próxima al abandonado carrusel. Ella también lo vio venir y se puso de pie. Así como el reencuentro de Jack y Rous en Titanic, ambos comenzaron a correr con los brazos abiertos achicando a cada instante, las distancias. Pero faltando un metro para el abrazo, el gordo Mortadela tropezó con el tronco sobresalido de un árbol, perdió el equilibrio chocando de cabeza a su amada y terminó estrellándose contra el carrito del pororero que terminó volcándose.
A la media hora el gordo se despierta en una habitación de la clínica Martins con suero y rodeado de su amada, su madre, su suegra y el rengo. “Descansa querido que te diste un golpe muy fuerte en la cabeza” – le expresó su progenitora mientras acarició su cabellera. “Si es hombre que se lo aguante” – balbuceó doña Dina, su suegra. Tal había sido el impacto que el carrito del pochoclero había terminado en el boulevard provocando que cientos de niños se abalanzaran sobre los pororós.
Siendo las nueve de la noche, Adán cena la rica comida hospitalaria de la mano de su amada Eva que le informa: “mi mamá se ofreció para cuidarte esta noche.” El gordo se durmió pensando en el panza que levantando una copa en algo daba la vuelta olímpica en su cancha, pero por un instante entreabrió sus ojos y notó a su suegra que con una sonrisa maquiavélica estaba a punto de inyectar algo en su suero: “¿Qué hace suegra?” – le preguntó. Doña Dina intentó hacerse la distraída y guardó rápidamente la jeringa en su cartera.
Al día siguiente con su cabeza vendada y ya de alta médica, se juntó con su amigo compartir una cerveza en la sede del CAU. “Gordo, ¡es terrible lo que está pasando! Tenemos que hacer algo” – le  manifestó el rengo proponiéndole  su separación o mandar a matar a la suegra; “además tenes que volver a la cancha; este domingo viene el clásico y no podes estar ausente.”
Mortadela llegó a su casa y su mujer le dijo que no se olvidara de sacar las salchichas del agua mientras ella se daba una ducha. Pero Adán se enganchó mirando los goles del CAU en el resumen del noticiero del 6 y para cuando Eva salió del baño las salchichas estaban totalmente deformadas que igual el gordo se los comió como pancho pese a que las mismas no entraban en los pebetes.
Cuando se fue a la cama, su pareja lo espero sentada en la cama muy seria: “¡Tenemos que hablar!” – le dijo obligándolo a tragar saliva; “o es la cancha o yo… así no puedo seguir.” Mortadela la miro y para evitar otras discusiones, la besó diciéndole que ella estaba siempre en primer lugar. La noche comenzó a puro romanticismo a tal punto que lo expresado se revertió y Eva accedió a acompañarlo el domingo próximo al clásico. Si hay algo que Adán tenía bien en claro, era su poder de convencimiento.
Así fue como el domingo, el gordo llegó al estadio escoltado de un lado por Eva y del otro, por el rengo. “¿Los de negro y blanco son los de Unión?” – pregunta la flaca subiendo a la tribuna. Mortadela le dio las ultimas indicaciones y todo estalló en una enorme fiesta cuando los jugadores ingresaron a la campo de juego. Adán se abrazó a los muchachos y comenzó a saltar alentando con las mejores fuerzas de su voz mientras que su pareja se sentó, sacó sus agujas y se puso a bordar debajo de la bandera de la 14.
“¡Picante te voy a matar!” – gritó el gordo a un jugador del ASAC que entraba en el área del equipo local. “¡Querido no podes ser tan agresivo así!” – trató de tranquilizarlo ella. El futbolista pateó y marco el primer gol para el equipo visitante. “¡Goooool!” – gritó Eva entre el doloroso momento de la tribuna panza. Fue allí cuando los barrabravas optaron por sacar al gordo y su mujer del estadio, y Adán tuvo que enterarse del triunfo panza por el relato radial de Claudio Giancrisostemi.
“¡Mortadela dominado y vendido!” – le gritaron al día siguiente cuando iba de camino a tomar el colectivo para ir a su trabajo. Pero el gordo para aclarar los tantos, se levantó el buzo de su trabajo y le mostró la camiseta de sus amores… la que jamás vendería por nada ni nadie. Y para hacer olvidar el mal momento de su Eva en la tribuna, la invitó a pasear al Uruguay mediante un llamado telefónico: “¡Qué lindo! Y podemos llevar a mi mamá que siempre quiso conocer ese país” – le manifestó ella.

(continúa en la próxima edición)


 Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 15/06/2013

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