Adán se había ido a
ver el partido de Unión como visitante en P. Esther dejando a su esposa y
suegra tomando mates solas en la placita de la estación. Pero el amor fue más
fuerte y en la mitad el partido, decidió apostar a su relación y volver a
Arroyo. Tomó el colectivo A y bajó en la garita de Libertad e Independencia.
Ya para cuando estaba
pasando frente al anfiteatro vio a su amada sentada próxima al abandonado
carrusel. Ella también lo vio venir y se puso de pie. Así como el reencuentro
de Jack y Rous en Titanic, ambos comenzaron a correr con los brazos abiertos
achicando a cada instante, las distancias. Pero faltando un metro para el
abrazo, el gordo Mortadela tropezó con el tronco sobresalido de un árbol,
perdió el equilibrio chocando de cabeza a su amada y terminó estrellándose
contra el carrito del pororero que terminó volcándose.
A la media hora el
gordo se despierta en una habitación de la clínica Martins con suero y rodeado
de su amada, su madre, su suegra y el rengo. “Descansa querido que te diste un
golpe muy fuerte en la cabeza” – le expresó su progenitora mientras acarició su
cabellera. “Si es hombre que se lo aguante” – balbuceó doña Dina, su suegra.
Tal había sido el impacto que el carrito del pochoclero había terminado en el
boulevard provocando que cientos de niños se abalanzaran sobre los pororós.
Siendo las nueve de la
noche, Adán cena la rica comida hospitalaria de la mano de su amada Eva que le
informa: “mi mamá se ofreció para cuidarte esta noche.” El gordo se durmió
pensando en el panza que levantando una copa en algo daba la vuelta olímpica en
su cancha, pero por un instante entreabrió sus ojos y notó a su suegra que con
una sonrisa maquiavélica estaba a punto de inyectar algo en su suero: “¿Qué
hace suegra?” – le preguntó. Doña Dina intentó hacerse la distraída y guardó
rápidamente la jeringa en su cartera.
Al día siguiente con
su cabeza vendada y ya de alta médica, se juntó con su amigo compartir una
cerveza en la sede del CAU. “Gordo, ¡es terrible lo que está pasando! Tenemos
que hacer algo” – le manifestó el rengo
proponiéndole su separación o mandar a
matar a la suegra; “además tenes que volver a la cancha; este domingo viene el
clásico y no podes estar ausente.”
Mortadela llegó a su
casa y su mujer le dijo que no se olvidara de sacar las salchichas del agua
mientras ella se daba una ducha. Pero Adán se enganchó mirando los goles del
CAU en el resumen del noticiero del 6 y para cuando Eva salió del baño las
salchichas estaban totalmente deformadas que igual el gordo se los comió como
pancho pese a que las mismas no entraban en los pebetes.
Cuando se fue a la
cama, su pareja lo espero sentada en la cama muy seria: “¡Tenemos que hablar!”
– le dijo obligándolo a tragar saliva; “o es la cancha o yo… así no puedo
seguir.” Mortadela la miro y para evitar otras discusiones, la besó diciéndole
que ella estaba siempre en primer lugar. La noche comenzó a puro romanticismo a
tal punto que lo expresado se revertió y Eva accedió a acompañarlo el domingo
próximo al clásico. Si hay algo que Adán tenía bien en claro, era su poder de
convencimiento.
Así fue como el
domingo, el gordo llegó al estadio escoltado de un lado por Eva y del otro, por
el rengo. “¿Los de negro y blanco son los de Unión?” – pregunta la flaca
subiendo a la tribuna. Mortadela le dio las ultimas indicaciones y todo estalló
en una enorme fiesta cuando los jugadores ingresaron a la campo de juego. Adán
se abrazó a los muchachos y comenzó a saltar alentando con las mejores fuerzas
de su voz mientras que su pareja se sentó, sacó sus agujas y se puso a bordar
debajo de la bandera de la 14.
“¡Picante te voy a
matar!” – gritó el gordo a un jugador del ASAC que entraba en el área del
equipo local. “¡Querido no podes ser tan agresivo así!” – trató de
tranquilizarlo ella. El futbolista pateó y marco el primer gol para el equipo
visitante. “¡Goooool!” – gritó Eva entre el doloroso momento de la tribuna
panza. Fue allí cuando los barrabravas optaron por sacar al gordo y su mujer
del estadio, y Adán tuvo que enterarse del triunfo panza por el relato radial
de Claudio Giancrisostemi.
“¡Mortadela dominado y
vendido!” – le gritaron al día siguiente cuando iba de camino a tomar el
colectivo para ir a su trabajo. Pero el gordo para aclarar los tantos, se
levantó el buzo de su trabajo y le mostró la camiseta de sus amores… la que
jamás vendería por nada ni nadie. Y para hacer olvidar el mal momento de su Eva
en la tribuna, la invitó a pasear al Uruguay mediante un llamado telefónico:
“¡Qué lindo! Y podemos llevar a mi mamá que siempre quiso conocer ese país” –
le manifestó ella.
(continúa en la
próxima edición)
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