sábado, 31 de octubre de 2015

ROBO A-Z: ROBADO



Roberto es un padre de familia, camionero y reclamador constante, como muchos, de poder vivir con mayor seguridad en la ciudad. La única vez que fue victima de robo fue cuando haciendo ejercicios una tardecita sobre el boulevard Maiorano, se le acercó un joven que tras intimidarlo con una navaja terminó por robarle el celular. El ladrón de alzó con el aparato de última generación y huyó antes de que reaccionara y saliera a correrlo. Y aunque pidió auxilio a otras personas del lugar, el caco ya se hallaba bastante lejos como para ser alcanzado.
Indignado llegó a su casa, publicó en su Facebook su descargo y no reparó en cargar contra las autoridades políticas por no aplicar acciones concretas para frenar la delincuencia. A su publicación en la red social, se le sumó el repudio de varios vecinos entre ellos el de Celina quien, meses atrás, sufrió el arrebato de su cartera mientras caminaba por  peatonal San Martín de Rosario. Y la crítica de la mujer se centralizó en culpabilizar al gobierno provincial por no hacer nada: “esa es la provincia, gobernada por amigos del narco que no hacen nada para frenar los robos.”
Otro de los comentarios al post de Roberto fue el de doña Meregilda, muy indignada también tras dos robos en el lapso de un mes en su salón de ventas. En una oportunidad, unas chicas, haciéndose pasar por clientas, aprovecharon su distracción mientras guardaban en su ropa interior varias prendas y objetos de valor. Al día siguiente se dio cuenta de las cosas que le faltaban. Y en la segunda ocasión, mientras se disponía a colocar la reja del exterior del comercio fue sorprendida por un muchacho encapuchado que, bajo amenaza con un arma blanca, pudo llevarse todo lo recaudado en el día.
Meregilda comentó también apelando a la crítica discriminatoria sobre personas que viven en villas de emergencia “vagos mantenidos por este gobierno” – escribió mientras propuso, deliberadamente, en algunas oraciones más adelante directamente ir a esos barrios con una topadora y arrasar con todos ellos. Y como si fuera poco, terminó criticando a los jueces que permiten que “entren y salgan de la comisaria como si nada hicieran.”
Y haciendo sobremesa en un asado familiar de domingo, Roberto terminó escuchando a su cuñado quien le manifestó no poder dormir al tener que dejar su auto Renault 9 sobre la calle frente a su domicilio, viviendo a dos cuadras de una villa de emergencia. “Lo que me deja un poco más tranquilo es que los conozco” – contó a su cuñado; “son dos o tres los que siempre roban así que no conviene que me toquen el auto porque iré a buscarlos hasta debajo de la cama.”
No obstante, lo que Roberto nunca comentó es de dónde vino el celular que le sustrajeron. Una vez por mes viajaba con su camión a Buenos Aires y en una estación de carga se cruzaba con, además de los operadores de logística, de unos jóvenes que vendían objetos robados. Uno le ofreció el celular de gran valor en el mercado a un costo muy accesible: quinientos pesos. Dado que Roberto no contaba con ese dinero en aquel viaje, terminó cerrando la operación a doscientos pesos adquiriendo el aparato con cargador y funda de protección. Y ahora esperaba al próximo viaje para apelar a la oferta de uno de estos muchachos y regresar a su casa con un nuevo equipo telefónico.
Celina, por su parte, luego de comprarse otra cartera se dirigió a un local comercial donde vendían joyas y bijouterie de dudosa procedencia. “Estoy buscando comprar un reloj de pulsera” – le indicó a la vendedora quien le informó que podía pedirlo para los próximos días. La vendedora le enviaría un mensaje a una joven conocida del barrio quien a su vez lo compraría robado a unos jóvenes cuya facilidad era ingresar a las propiedades para alzarse de todas las cosas de valor.
Meregilda, sin embargo, seguía vendiendo cosas que le proveían sin remitos ni ninguna otra documentación. Una vez por semana, su hijo mayor viajaba hasta la plaza central de Villa Gobernador Galvez donde una mujer le entregaba artículos de bazar y regaleria que unos muchachos de su barrio le vendían a bajo costo. Muchachos que a su vez, por ejemplo, entraron a robar elementos donados a un comedor comunitarios  convirtiéndolos, mas adelante, en cosas vendidas en el salón de ventas de Meregilda con envoltorios como nuevos.   
Y por último, el cuñado de Roberto salió una tardecita afuera de su casa y mientras limpiaba con unos rollisec el vidrio de su auto, aprovechó que unos jóvenes del barrio pasaron a su lado para consultarles algo: “¿saben quién puede estar vendiendo un celular robado?” Los pibes le respondieron que no pero el vecino fue por más: “les encargo si tienen algún stereo o equipo de audio para autos.” “Esta noche te conseguimos algo” – le manifestó un joven.


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