Roberto es un
padre de familia, camionero y reclamador constante, como muchos, de poder vivir
con mayor seguridad en la ciudad. La única vez que fue victima de robo fue
cuando haciendo ejercicios una tardecita sobre el boulevard Maiorano, se le
acercó un joven que tras intimidarlo con una navaja terminó por robarle el
celular. El ladrón de alzó con el aparato de última generación y huyó antes de
que reaccionara y saliera a correrlo. Y aunque pidió auxilio a otras personas
del lugar, el caco ya se hallaba bastante lejos como para ser alcanzado.
Indignado llegó
a su casa, publicó en su Facebook su descargo y no reparó en cargar contra las
autoridades políticas por no aplicar acciones concretas para frenar la
delincuencia. A su publicación en la red social, se le sumó el repudio de
varios vecinos entre ellos el de Celina quien, meses atrás, sufrió el arrebato
de su cartera mientras caminaba por
peatonal San Martín de Rosario. Y la crítica de la mujer se centralizó
en culpabilizar al gobierno provincial por no hacer nada: “esa es la provincia,
gobernada por amigos del narco que no hacen nada para frenar los robos.”
Otro de los
comentarios al post de Roberto fue el de doña Meregilda, muy indignada también
tras dos robos en el lapso de un mes en su salón de ventas. En una oportunidad,
unas chicas, haciéndose pasar por clientas, aprovecharon su distracción
mientras guardaban en su ropa interior varias prendas y objetos de valor. Al
día siguiente se dio cuenta de las cosas que le faltaban. Y en la segunda
ocasión, mientras se disponía a colocar la reja del exterior del comercio fue
sorprendida por un muchacho encapuchado que, bajo amenaza con un arma blanca,
pudo llevarse todo lo recaudado en el día.
Meregilda
comentó también apelando a la crítica discriminatoria sobre personas que viven
en villas de emergencia “vagos mantenidos por este gobierno” – escribió
mientras propuso, deliberadamente, en algunas oraciones más adelante
directamente ir a esos barrios con una topadora y arrasar con todos ellos. Y
como si fuera poco, terminó criticando a los jueces que permiten que “entren y
salgan de la comisaria como si nada hicieran.”
Y haciendo
sobremesa en un asado familiar de domingo, Roberto terminó escuchando a su
cuñado quien le manifestó no poder dormir al tener que dejar su auto Renault 9
sobre la calle frente a su domicilio, viviendo a dos cuadras de una villa de
emergencia. “Lo que me deja un poco más tranquilo es que los conozco” – contó a
su cuñado; “son dos o tres los que siempre roban así que no conviene que me
toquen el auto porque iré a buscarlos hasta debajo de la cama.”
No obstante, lo
que Roberto nunca comentó es de dónde vino el celular que le sustrajeron. Una
vez por mes viajaba con su camión a Buenos Aires y en una estación de carga se
cruzaba con, además de los operadores de logística, de unos jóvenes que vendían
objetos robados. Uno le ofreció el celular de gran valor en el mercado a un
costo muy accesible: quinientos pesos. Dado que Roberto no contaba con ese
dinero en aquel viaje, terminó cerrando la operación a doscientos pesos
adquiriendo el aparato con cargador y funda de protección. Y ahora esperaba al
próximo viaje para apelar a la oferta de uno de estos muchachos y regresar a su
casa con un nuevo equipo telefónico.
Celina, por su
parte, luego de comprarse otra cartera se dirigió a un local comercial donde
vendían joyas y bijouterie de dudosa procedencia. “Estoy buscando comprar un
reloj de pulsera” – le indicó a la vendedora quien le informó que podía pedirlo
para los próximos días. La vendedora le enviaría un mensaje a una joven
conocida del barrio quien a su vez lo compraría robado a unos jóvenes cuya
facilidad era ingresar a las propiedades para alzarse de todas las cosas de
valor.
Meregilda, sin
embargo, seguía vendiendo cosas que le proveían sin remitos ni ninguna otra
documentación. Una vez por semana, su hijo mayor viajaba hasta la plaza central
de Villa Gobernador Galvez donde una mujer le entregaba artículos de bazar y
regaleria que unos muchachos de su barrio le vendían a bajo costo. Muchachos
que a su vez, por ejemplo, entraron a robar elementos donados a un comedor
comunitarios convirtiéndolos, mas
adelante, en cosas vendidas en el salón de ventas de Meregilda con envoltorios
como nuevos.
Y por último, el
cuñado de Roberto salió una tardecita afuera de su casa y mientras limpiaba con
unos rollisec el vidrio de su auto, aprovechó que unos jóvenes del barrio
pasaron a su lado para consultarles algo: “¿saben quién puede estar vendiendo
un celular robado?” Los pibes le respondieron que no pero el vecino fue por
más: “les encargo si tienen algún stereo o equipo de audio para autos.” “Esta
noche te conseguimos algo” – le manifestó un joven.

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