lunes, 23 de abril de 2012

EL KIOSCO


“Buen día, vengo a averiguar qué papeles debo presentar para abrir un negocio en mi casa” – dijo Celestina a un empleado municipal de la oficina de comercio, quien le consultó: “¿de qué rubro?”
“Pienso vender porros y tal vez algunas bolsas de marihuana” – le notificó la señora mientras golpeaba con sus dedos el mostrador de la municipalidad. “Señora” – le comunicó el joven, “para ese tipo de comercio se tiene que dirigir directamente a la policía.”
“¿Y el impuesto de todo comercio?”
“No se preocupe por el impuesto, desde allí mismo, irán una vez por mes a cobrarle los impuestos de su kiosquito” – concluyó el empleado que vestía con ropa de La Salada.

La noche anterior Celestina se había reunido con su mejor amiga a tomar unos mates. La conversación giraba sobre la necesidad de abrir algún tipo de negocio, “algo tengo que hacer, ¡ya no me alcanza con la asignación” – le expresó la mujer a su amiga Marta, “voy a poner un kiosco que venga droga.”
Marta la miró algo desconcertada; “¡vos estás loca! no tenés corazón sino pensas un poco en la cantidad de vidas que vas a arruinar.” Pero su amiga estaba decidida a hacer la vista gorda con tal de llenarse sus bolsillos, “las zapatillas para colgar en los cables frente a mi casa ya las tengo… así que lo voy a abrir a ese kiosco.”
“¡Qué Dios te libre de esa, Celestina!” – le dijo Marta.

“¿Y en qué parte de Arroyo quiere abrir ese kiosco?” – le preguntó el agente de policía mientras se le hacía agua su boca. Entonces Celestina extrajo de su cartera un papel con la dirección y se la entregó al empleado provincial; “es al lado de la canchita, ¡ahí voy a tener clientes a granel después de cada partido!”
“Hay un problema” – le objetó el policía, “por cuestiones de franquicia, en ese barrio no puede haber otro kiosco igual.”
Así que Celestina salió de la seccional muy indignada al truncársele su proyecto. Cruzó la plaza 9 de Julio donde un par de adolescentes con uniforme escolar encendían sus fasos y se dirigió a su casa. Igualmente a los dos días consiguió proveedores de Villa Gdor. Galvez y abrió su kiosco con pacos de mejor calidad al que los de su competencia barrial: con menos vidrios molidos en su composición. Y decoró su negocio con dos paquetes de yerba, una bolsa de caramelos, una cajita de te y dos tic-tac entre varios estantes.

A la semana, Marta fue a la seccional a denunciar la existencia del kiosco de su ex amiga: “tengo hijos adolescentes y tengo miedo que caigan en esa porquería” – le expresó desesperada al sumariante que le tomaba la declaración. Luego también se dirigió a tribunales, pero de allí volvió más indignada aún, cuando un empleado le indicó: “Señora, no podemos hacer nada, para actuar necesitamos fotos, videos, facebook, talla de pie y marca de la ropa interior de quien usted sospecha que vende drogas en su barrio.”

La cuestión es que diez años después, gracias a Celestina, en ese barrio hubo más jóvenes con menos neuronas; entre ellos, los propios hijos de Marta… quien luego de hacer la denuncia tuvo que quedarse en el molde cuando su ex amiga mando a patotearla con sus clientes. Pasaron los meses y el kiosco se hizo popular.

Cierto día Marta salió a caminar por la plaza llena de impotencia por no poder frenar ese negocio y viendo la cantidad de jóvenes drogándose, rezó: “¡Que Dios tenga misericordia de vos, Celestina!”

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