“Buen día, vengo a averiguar qué
papeles debo presentar para abrir un negocio en mi casa” – dijo Celestina a un
empleado municipal de la oficina de comercio, quien le consultó: “¿de qué
rubro?”
“Pienso vender porros y tal vez
algunas bolsas de marihuana” – le notificó la señora mientras golpeaba con sus
dedos el mostrador de la municipalidad. “Señora” – le comunicó el joven, “para
ese tipo de comercio se tiene que dirigir directamente a la policía.”
“¿Y el impuesto de todo comercio?”
“No se preocupe por el impuesto,
desde allí mismo, irán una vez por mes a cobrarle los impuestos de su
kiosquito” – concluyó el empleado que vestía con ropa de La Salada.
La noche anterior Celestina se había
reunido con su mejor amiga a tomar unos mates. La conversación giraba sobre la
necesidad de abrir algún tipo de negocio, “algo tengo que hacer, ¡ya no me
alcanza con la asignación” – le expresó la mujer a su amiga Marta, “voy a poner
un kiosco que venga droga.”
Marta la miró algo desconcertada;
“¡vos estás loca! no tenés corazón sino pensas un poco en la cantidad de vidas
que vas a arruinar.” Pero su amiga estaba decidida a hacer la vista gorda con
tal de llenarse sus bolsillos, “las zapatillas para colgar en los cables frente
a mi casa ya las tengo… así que lo voy a abrir a ese kiosco.”
“¡Qué Dios te libre de esa,
Celestina!” – le dijo Marta.
“¿Y en qué parte de Arroyo quiere
abrir ese kiosco?” – le preguntó el agente de policía mientras se le hacía agua
su boca. Entonces Celestina extrajo de su cartera un papel con la dirección y
se la entregó al empleado provincial; “es al lado de la canchita, ¡ahí voy a
tener clientes a granel después de cada partido!”
“Hay un problema” – le objetó el
policía, “por cuestiones de franquicia, en ese barrio no puede haber otro
kiosco igual.”
Así que Celestina salió de la
seccional muy indignada al truncársele su proyecto. Cruzó la plaza 9 de Julio
donde un par de adolescentes con uniforme escolar encendían sus fasos y se
dirigió a su casa. Igualmente a los dos días consiguió proveedores de Villa
Gdor. Galvez y abrió su kiosco con pacos de mejor calidad al que los de su
competencia barrial: con menos vidrios molidos en su composición. Y decoró su
negocio con dos paquetes de yerba, una bolsa de caramelos, una cajita de te y
dos tic-tac entre varios estantes.
A la semana, Marta fue a la seccional
a denunciar la existencia del kiosco de su ex amiga: “tengo hijos adolescentes
y tengo miedo que caigan en esa porquería” – le expresó desesperada al
sumariante que le tomaba la declaración. Luego también se dirigió a tribunales,
pero de allí volvió más indignada aún, cuando un empleado le indicó: “Señora,
no podemos hacer nada, para actuar necesitamos fotos, videos, facebook, talla
de pie y marca de la ropa interior de quien usted sospecha que vende drogas en
su barrio.”
La cuestión es que diez años después,
gracias a Celestina, en ese barrio hubo más jóvenes con menos neuronas; entre
ellos, los propios hijos de Marta… quien luego de hacer la denuncia tuvo que
quedarse en el molde cuando su ex amiga mando a patotearla con sus clientes.
Pasaron los meses y el kiosco se hizo popular.
Cierto día Marta salió a caminar por
la plaza llena de impotencia por no poder frenar ese negocio y viendo la cantidad
de jóvenes drogándose, rezó: “¡Que Dios tenga misericordia de vos, Celestina!”
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