lunes, 16 de abril de 2012

DOCTOR PERSECUTTO


Aquella mañana de lunes la secretaria ingresó a la oficina de su patrón a quien encontró ojeando un diario y muy encrespado. Se trataba del Dr. Persecutto, un abogado de la ciudad cuya carrera le llevó unos quince años terminar y que ahora contaba con su pequeño estudio jurídico gracias al primer juicio que había ganado.
“Buen día Dr; ¿desea un café?” – le preguntó la amable empleada. El abogado le respondió afirmativamente y su secretaria volvió a salir para complacerle.

Desde la conversación de dos mujeres que hacían la cola en el Banco Santa Fe, había trascendido que el Dr. Persecutto era vidente. Una de ellas lo había encontrado cierta tarde en la intercesión de dos importantes calles de Arroyo Seco.  Ahí estaba de pie muy tranquilo hasta que a los tres minutos, dos autos a gran velocidad colisionaron en aquella esquina haciendo que el letrado, secándose la baba, se acercara a uno de los conductores a entregarle su tarjeta. Pero era obvio que no era vidente, sino que el Dr. Persecutto tenía la virtuosa habilidad de llegar al lugar de un accidente incluso antes de que éste ocurriera.

“Dr. aquí tiene su café” – le expresó su secretaria mientras dejaba un pocillo en el escritorio junto al diario.
“Gracias Romina. Alcánceme los legajos que les dejé el otro día” – le ordenó el profesional.
“Claro, ya se los alcanzo.”

También las malas lenguas habían dicho que el Dr. Persecutto en ciertas oportunidades hacía vigilia fuera del hospital y las clínicas de la ciudad. Allí esperaba dentro de su vehículo sagazmente. Y cuando veía salir del nosocomio alguna persona llorando descendía de su auto y se le abalanzaba encima ofreciéndoles sus servicios. Fue así como un día se arrojó sobre un hombre que salía llorando, “¿Quiere hacerle algún juicio a la clínica? Aquí tiene mi tarjeta” – le expresó. “No, para nada, nos han atendido muy bien… es que acabo de ser papá y estoy muy emocionado” – le respondió el hombre. Pero el Dr. Persecutto antes de retirarse del lugar, le propuso: “¿Por qué no le envía una carta documento a su esposa obligándola hacer el adn al bebé? Tal vez no es suyo… por eso aquí le dejo mi tarjeta.”

“Dr. sírvase los legajos… los ordené alfabéticamente. ¿Necesita algo más Dr.?”
“Gracias Romina… por ahora nada más.”
La empleada volvió a retirarse luego de dejar unos papeles sobre el escritorio.

También días atrás había cierto comentario que relacionaba al Dr. Persecutto con malas jugadas en relación a sus colegas. “¿Cómo te va con el caso de la señora Mendieta?”- le consultó a un colega que había cruzado en el registro civil. “No pasa nada, viene lento el caso” – le informó el joven abogado que recién trabajaba en su primer caso. Pero por las noches cuando el Dr. Persecutto llegó a su casa, se arrojó brutalmente sobre la guía de teléfono y buscó el apellido Mendieta. “La llamo señora para ofrecerle mis servicios como abogado, ya que estoy al tanto que quien tiene su caso se ha dormido y yo puedo ganarle ese juicio en una semana” – le ofreció a quien días después se convirtió en su nueva clienta.

La secretaria ingresó a la oficina nuevamente pero ahora algo preocupada:
“Dr. lo está buscando la señora Mendieta… está muy malhumorada ya que asegura que usted se quedó con más dinero de lo que le correspondía a sus honorarios por el juicio” – le comunicó.
“Dígale que no la puedo atender hoy… que vuelva la semana próxima luego de mis vacaciones.”
Pero la empleada antes de retirarse notó a su patrón aún indignado sin despegar su mirada del diario. Se le acercó lentamente y con mucho respeto le preguntó:
“Dr. lo notó furioso por algo… ¿ocurre algún problema?”
El Dr. Persecutto levantó lentamente su vista del semanario La Posta y miró a su secretaria al tiempo que mordía la punta de su lengua y zigzagueaba su cabeza dando a entender que una nueva idea nacía en sus neuronas:
“Pienso demandar a este diario por publicar, en la sección de los cuentos, mi biografía.”


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