sábado, 8 de diciembre de 2012

QUIERO MATAR A MI JEFE I


(Primera parte)

Miguel llegó como todos los días a las seis de la mañana a su fábrica. Se cambió en el vestuario y cuando se dispuso a operar en el depósito, se cruzó con su jefe, Santos Ulini,  que, al igual que siempre, ni lo saludó y rápidamente le dio ordenes de mover unos pallet: "¡Y dale, negro, espero que hoy hayas venido con ganas de laburar."
Movió el pallet de mil kilos solo con una zorra y su fuerza al final del depósito para cuando su jefe se dirigió a los gritos: "¡Negro, traeme otra vez ese pallet para acá adelante! ¡Y rápido porque no servís para nada". Y así es como Miguel venía aguantando cada mañana, por diez años,  a un jefe soberbio, engreído y por sobre todas las cosas, bastante hostigador. Entonces luego de su trabajo llegaba a su casa cansado y malhumorado.
Una noche, tomaba unas cervezas con su amigo Carlos en La Tablita y aprovechó para contarle los disgustos que le provocaba su jefe cada mañana. Fue ahí cuando su compañero le habló de manera reservada: "¿Por qué no lo mandas a matar a ese viejo?"
"¿En serio me decís?" - le preguntó Miguel.  Y Carlos le mencionó un muchacho amigo de un amigo de otro amigo que el conocía que estaba en cosas raras y que era capaz de matar a una persona por unos pocos pesos: "es de Villa Gdor. Galvez y lo único que tenes que hacer es llamarlo y juntarte a hablar." Pero para un padre de familia, la idea escapaba a su vida normal así que regresó a su casa para disfrutar de un programa local sobre una liga de fútbol.
Al día siguiente en su trabajo, nuevamente los continuos hostigamientos y rebajas de don Santos Ulini; un hombre al que le faltaban algo de un año para jubilarse y que estaba dispuesto a arruinar la vida de todos los que se le cruzaban en su camino. Se sabía que varios le habían querido pegar en ciertas oportunidades e incluso hubo varios reclamos de otros empleados, pero como Santos era muy amigo de la intendencia de la empresa, ninguna queja tenia sentido.
Muy cansado de la situación a media mañana, en el momento del desayuno, Miguel llama a su amigo para interiorizarse sobre aquella persona: "¿Es seguro eso loco? No quiero tener problemas... ¿vos de donde lo conoces?"
Carlos le dió seguridad: "Tengo un amigo que es policía en la 25ª de Galvez  y de ahí lo conoce a este loco... el que hace estos trabajitos y no compromete a nadie. Cuando me cortes, te mando por un mensaje el celular y lo llamas. Quedate tranquilo."
A los diez minutos Miguel tenia en su aparato un numero que podía ayudarlo a terminar con ese continuo maltrato verbal de parte de don Santos. Camino a casa, se detiene cerca de la plazoleta del Anfiteatro y se sienta en un banco a pensar en las circunstancias y en la propuesta de su camarada. Con el celular amaga un par de veces hasta que finalmente llama.
Del otro lado atiende un joven llamado Darío. Miguel tartamudea explicándole el motivo de la llamada a lo que el muchacho le expresa: "Bien, conozco Arroyo Seco... mañana a esta misma hora te espero en el medio de la plaza San Martín y hablamos. Lleva seis mil pesos." El llamado terminó y solo restaba esperar al día siguiente para el encuentro de ambos y definir así el mandado.
Por esas cosas de la vida, Miguel se queda dormido al día siguiente y llega a la fabrica solo cinco minutos mas tarde pero el tiempo suficiente para darle motivos a Santos a que lo amenace todo el tiempo con echarlo del trabajo mientras lo trató de inservible y vago. Por momentos, Miguel quería que pasara rápido el tiempo y por otros, prefería no encontrarse nunca con el extraño temiendo a quedar preso por mandar a matar a una persona, aunque este se lo mereciera.
Tomó, sin que se entere su esposa,  seis mil pesos de unos ahorros y siendo las ocho de la noche, se sentó algo desconcertado en el medio de la plaza San Martín observando como una mujer paseaba un perro mestizo y una pareja de jóvenes se besaban junto a lo que fue en su momento, una fuente de agua. A los cinco minutos se le acercó un joven que se presentó como Darío y se sentó a su lado. Se trataba de un tipo serio, vestido algo desalineado pero muy locuaz y midiendo cada palabra que pronunciaba: "Anotame el nombre completo de esta persona, su domicilio y otros datos que puedas aportar y listo" - le expresó el joven. Pero cuando procedía a anotar los datos en un papel, Miguel se detuvo a observar a un vehículo del comando que se acercaba al lugar.

 (Continúa en la próxima edición.)


Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 08/12/2012

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