(Primera parte)
Miguel llegó como
todos los días a las seis de la mañana a su fábrica. Se cambió en el vestuario
y cuando se dispuso a operar en el depósito, se cruzó con su jefe, Santos Ulini, que, al igual que siempre, ni lo saludó y rápidamente
le dio ordenes de mover unos pallet: "¡Y dale, negro, espero que hoy hayas
venido con ganas de laburar."
Movió el pallet de
mil kilos solo con una zorra y su fuerza al final del depósito para cuando su
jefe se dirigió a los gritos: "¡Negro, traeme otra vez ese pallet para acá
adelante! ¡Y rápido porque no servís para nada". Y así es como Miguel
venía aguantando cada mañana, por diez años,
a un jefe soberbio, engreído y por sobre todas las cosas, bastante
hostigador. Entonces luego de su trabajo llegaba a su casa cansado y
malhumorado.
Una noche, tomaba
unas cervezas con su amigo Carlos en La Tablita y aprovechó para contarle los
disgustos que le provocaba su jefe cada mañana. Fue ahí cuando su compañero le
habló de manera reservada: "¿Por qué no lo mandas a matar a ese
viejo?"
"¿En serio me decís?"
- le preguntó Miguel. Y Carlos le
mencionó un muchacho amigo de un amigo de otro amigo que el conocía que estaba
en cosas raras y que era capaz de matar a una persona por unos pocos pesos:
"es de Villa Gdor. Galvez y lo único que tenes que hacer es llamarlo y
juntarte a hablar." Pero para un padre de familia, la idea escapaba a su
vida normal así que regresó a su casa para disfrutar de un programa local sobre
una liga de fútbol.
Al día siguiente en
su trabajo, nuevamente los continuos hostigamientos y rebajas de don Santos
Ulini; un hombre al que le faltaban algo de un año para jubilarse y que estaba
dispuesto a arruinar la vida de todos los que se le cruzaban en su camino. Se
sabía que varios le habían querido pegar en ciertas oportunidades e incluso
hubo varios reclamos de otros empleados, pero como Santos era muy amigo de la
intendencia de la empresa, ninguna queja tenia sentido.
Muy cansado de la
situación a media mañana, en el momento del desayuno, Miguel llama a su amigo
para interiorizarse sobre aquella persona: "¿Es seguro eso loco? No quiero
tener problemas... ¿vos de donde lo conoces?"
Carlos le dió
seguridad: "Tengo un amigo que es policía en la 25ª de Galvez y de ahí lo conoce a este loco... el que hace
estos trabajitos y no compromete a nadie. Cuando me cortes, te mando por un
mensaje el celular y lo llamas. Quedate tranquilo."
A los diez minutos
Miguel tenia en su aparato un numero que podía ayudarlo a terminar con ese continuo
maltrato verbal de parte de don Santos. Camino a casa, se detiene cerca de la
plazoleta del Anfiteatro y se sienta en un banco a pensar en las circunstancias
y en la propuesta de su camarada. Con el celular amaga un par de veces hasta
que finalmente llama.
Del otro lado
atiende un joven llamado Darío. Miguel tartamudea explicándole el motivo de la
llamada a lo que el muchacho le expresa: "Bien, conozco Arroyo Seco...
mañana a esta misma hora te espero en el medio de la plaza San Martín y
hablamos. Lleva seis mil pesos." El llamado terminó y solo restaba esperar
al día siguiente para el encuentro de ambos y definir así el mandado.
Por esas cosas de
la vida, Miguel se queda dormido al día siguiente y llega a la fabrica solo cinco
minutos mas tarde pero el tiempo suficiente para darle motivos a Santos a que
lo amenace todo el tiempo con echarlo del trabajo mientras lo trató de
inservible y vago. Por momentos, Miguel quería que pasara rápido el tiempo y
por otros, prefería no encontrarse nunca con el extraño temiendo a quedar preso
por mandar a matar a una persona, aunque este se lo mereciera.
Tomó, sin que se
entere su esposa, seis mil pesos de unos
ahorros y siendo las ocho de la noche, se sentó algo desconcertado en el medio
de la plaza San Martín observando como una mujer paseaba un perro mestizo y una
pareja de jóvenes se besaban junto a lo que fue en su momento, una fuente de
agua. A los cinco minutos se le acercó un joven que se presentó como Darío y se
sentó a su lado. Se trataba de un tipo serio, vestido algo desalineado pero muy
locuaz y midiendo cada palabra que pronunciaba: "Anotame el nombre
completo de esta persona, su domicilio y otros datos que puedas aportar y
listo" - le expresó el joven. Pero cuando procedía a anotar los datos en
un papel, Miguel se detuvo a observar a un vehículo del comando que se acercaba
al lugar.
(Continúa en la próxima edición.)
Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 08/12/2012
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