(Tercera parte)
Miguel solo tenía
que esperar a que, de alguna manera, le llegara la información del asesinato de
su insoportable jefe. Llegó aquella mañana a la fábrica y para su asombro, don
Santos Ulini no llegó. Todos los operarios comenzaron la jornada bajo las
directivas del segundo de la empresa pero Miguel miraba alrededor esperando que
alguien comentara algo sobre el ausente.
Aquel día terminó y
nadie supo nada del jefe, al menos por lo que pudo consultar con sus compañeros
de depósito. La intriga se sumó a la ansiedad, y estas cosas obligaron a que
Miguel se fuera nuevamente a La Tablita para hablar con su amigo.
“¡Si ya lo hubiera
matado, te habrías enterado!” – le comentó Carlos mientras pelaba unos maníes.
“Carlitos… si llego
a caer, ¡al menos vení a visitarme a la 27ª” – expresó Miguel.
Pero su amigo,
poniéndole una mano en el hombro se le acercó para infundirle tranquilidad:
“¡Claro, además vamos a pedir que no te pongan junto con los violadores!”
Llegó a su casa,
saludó a su esposa y se puso a mirar el noticiero de Canal 2. Ahí estaba el
periodista anunciando las noticias de la ciudad mientras filmaba, producía,
dirigía, entrevistaba, atendía el teléfono y dirigía los controles. Pero la
nueva policial solo fue una nota con el comisario hablando de una mujer que acuchilló
a otra en el barrio San Francisco por un hombre en común; quien por cierto era
bien feo y nadie comprendía cómo dos mujeres podrían pelearse a ese extremo por
él.
Se fue a acostar
siempre pensando que podía ser aquella su última noche en esa cama. Un ruidito
sencillo proveniente del patio le produjo la sensación de tratarse de policías
federales que podrían ingresar a su casa descendiendo de unos helicópteros o
derrumbando sus puertas de un solo golpe. Pero luego se tranquilizó para
finalmente dormirse.
Todo el trayecto a
su trabajo fue pensando que era un asesino. Cruzó la calle sin mirar y por
pocos centímetros no fue arroyado por
una traffic conducida por una malhumorada mujer y que transportaba alumnos del
Goretti. Por momentos pensó en preguntarle a Darío si había pasado algo, pero
jamás lo hizo: “si ya está detenido y la policía ve mi mensaje, eso me traerá
problemas” – analizó.
Es más, miraba
cualquier papel que había en el piso pensando que podía tratarse de una
panfleteada que lo acusara de asesino. Pero solo eran folletos de Novogar con
promociones para el día del padre… cientos de ellos que quedaban amontonados en
el cordón cuneta de algunas calles provocando que las aguas estuvieran
estancadas.
Como todos los
días, llegó a la fábrica, marcó su dedo y saludó a sus compañeros que, como si
nada malo hubiera pasado, estaban dispuestos a comenzar el día. Tomó un
autoelevador y se dispuso a mover unos pallet pero algo estaba por romper con
su rutina.
Dos horas después
de arrancar la jornada, el nuevo superior lo llama convocándolo a una reunión a
solas en la oficina. Fue en ese momento donde el corazón de Miguel comenzó a
latir muy fuerte y el temor invadió su cuerpo. “¡Igual nadie sabe que yo pagué
a ese tipo para matar a Santos” – sostuvo tranquilizándose a sí mismo. Caminó
hacia la oficina donde el flamante jefe le ordena que pasara y cerrara la
puerta. Así lo hizo y se sentó finalmente frente a aquella persona que algo
importante tenía para decirle con un papel en mano.
“Miguel, acá está
tu apercibimiento que Santos Ulini dejó” – le comunicó; “pero el viejo, aunque cascarrabias, adelantó
su jubilación y antes de irse me pidió que desestimara esta sanción como si
nada hubiera pasado.” Miguel quedo sorprendido pero no se animó a preguntarle
si Santos seguía con vida. Agradeció al superior y regresó al depósito.
Se apartó a un
costado y envió un mensaje a Carlos: “Sea como sea, habla con Darío y decile
que no lo mate… que el dinero se lo regalo” – le pidió y su amigo le respondió
que se quedara tranquilo.
Terminó la jornada
y para disfrutar del día, nuevamente se fue a La Tablita esperando a su
compañero de copas, el que jamás apareció. Se tomó a solas una cerveza y
regresó a su casa; pensando cómo haría, obviamente, para devolver el dinero de
los ahorros de su matrimonio. Y lejos de allí, en Villa Gdor. Galvez, tres
amigos se encontraban comiendo un asado y repartiéndose seis mil pesos entre
ellos: Carlos, Darío y don Santos.
Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 22/12/2012
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