sábado, 22 de diciembre de 2012

QUIERO MATAR A MI JEFE III


(Tercera parte)

Miguel solo tenía que esperar a que, de alguna manera, le llegara la información del asesinato de su insoportable jefe. Llegó aquella mañana a la fábrica y para su asombro, don Santos Ulini no llegó. Todos los operarios comenzaron la jornada bajo las directivas del segundo de la empresa pero Miguel miraba alrededor esperando que alguien comentara algo sobre el ausente.
Aquel día terminó y nadie supo nada del jefe, al menos por lo que pudo consultar con sus compañeros de depósito. La intriga se sumó a la ansiedad, y estas cosas obligaron a que Miguel se fuera nuevamente a La Tablita para hablar con su amigo.
“¡Si ya lo hubiera matado, te habrías enterado!” – le comentó Carlos mientras pelaba unos maníes.
“Carlitos… si llego a caer, ¡al menos vení a visitarme a la 27ª” – expresó Miguel.
Pero su amigo, poniéndole una mano en el hombro se le acercó para infundirle tranquilidad: “¡Claro, además vamos a pedir que no te pongan junto con los violadores!”
Llegó a su casa, saludó a su esposa y se puso a mirar el noticiero de Canal 2. Ahí estaba el periodista anunciando las noticias de la ciudad mientras filmaba, producía, dirigía, entrevistaba, atendía el teléfono y dirigía los controles. Pero la nueva policial solo fue una nota con el comisario hablando de una mujer que acuchilló a otra en el barrio San Francisco por un hombre en común; quien por cierto era bien feo y nadie comprendía cómo dos mujeres podrían pelearse a ese extremo por él.
Se fue a acostar siempre pensando que podía ser aquella su última noche en esa cama. Un ruidito sencillo proveniente del patio le produjo la sensación de tratarse de policías federales que podrían ingresar a su casa descendiendo de unos helicópteros o derrumbando sus puertas de un solo golpe. Pero luego se tranquilizó para finalmente dormirse.
Todo el trayecto a su trabajo fue pensando que era un asesino. Cruzó la calle sin mirar y por pocos centímetros no fue  arroyado por una traffic conducida por una malhumorada mujer y que transportaba alumnos del Goretti. Por momentos pensó en preguntarle a Darío si había pasado algo, pero jamás lo hizo: “si ya está detenido y la policía ve mi mensaje, eso me traerá problemas” – analizó.
Es más, miraba cualquier papel que había en el piso pensando que podía tratarse de una panfleteada que lo acusara de asesino. Pero solo eran folletos de Novogar con promociones para el día del padre… cientos de ellos que quedaban amontonados en el cordón cuneta de algunas calles provocando que las aguas estuvieran estancadas.
Como todos los días, llegó a la fábrica, marcó su dedo y saludó a sus compañeros que, como si nada malo hubiera pasado, estaban dispuestos a comenzar el día. Tomó un autoelevador y se dispuso a mover unos pallet pero algo estaba por romper con su rutina.
Dos horas después de arrancar la jornada, el nuevo superior lo llama convocándolo a una reunión a solas en la oficina. Fue en ese momento donde el corazón de Miguel comenzó a latir muy fuerte y el temor invadió su cuerpo. “¡Igual nadie sabe que yo pagué a ese tipo para matar a Santos” – sostuvo tranquilizándose a sí mismo. Caminó hacia la oficina donde el flamante jefe le ordena que pasara y cerrara la puerta. Así lo hizo y se sentó finalmente frente a aquella persona que algo importante tenía para decirle con un papel en mano.
“Miguel, acá está tu apercibimiento que Santos Ulini dejó” – le comunicó;  “pero el viejo, aunque cascarrabias, adelantó su jubilación y antes de irse me pidió que desestimara esta sanción como si nada hubiera pasado.” Miguel quedo sorprendido pero no se animó a preguntarle si Santos seguía con vida. Agradeció al superior y regresó al depósito.
Se apartó a un costado y envió un mensaje a Carlos: “Sea como sea, habla con Darío y decile que no lo mate… que el dinero se lo regalo” – le pidió y su amigo le respondió que se quedara tranquilo.
Terminó la jornada y para disfrutar del día, nuevamente se fue a La Tablita esperando a su compañero de copas, el que jamás apareció. Se tomó a solas una cerveza y regresó a su casa; pensando cómo haría, obviamente, para devolver el dinero de los ahorros de su matrimonio. Y lejos de allí, en Villa Gdor. Galvez, tres amigos se encontraban comiendo un asado y repartiéndose seis mil pesos entre ellos: Carlos, Darío y don Santos.


Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 22/12/2012

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