sábado, 30 de marzo de 2013

POTRERO


Sin necesidad del PES o del FIFA y con una mejor calidad de competencia sana, así eran los encuentros que se armaban en el baldío del barrio que se usaba como potrero. No estaba la cancha marcada pero bastaba con que estuviera el césped bien corto y los arcos se encontraran en el lugar. Sin previa convocatoria, porque no había telefonía celular, todos los pibes ahí se encontraban para el partido de la tarde.
En realidad, si faltaban los arcos… esto jamás impediría el partido.
Varios de los pibes contaban con pelota, pero era cuestión de elegir para el partido aquella que estaba más inflada o bien que pintaba de más original por la marca. Y si era de marca y no estaba inflada, solo bastaba con llevarla por unos minutos al bicicletero del barrio que con un pico y el compresor, la dejaba lista para iniciar el partido de la tarde. Lo que era seguro, era que el dueño del balón jugaba sí o sí en el encuentro por más queso que resultase en las diferentes jugadas.
Para armar el equipo, si eran muchos, los dos más fanfarrones del barrio elegían a los jugadores pero siempre se quedaban ellos con los puestos de delanteros. Luego de un “pan – queso”, uno comenzaba a elegir a los demás y siempre dejando al gordito para el último… que después de toda, siempre terminaba en el arco o tenía que salir a la mitad del partido cuando un nuevo pibe se acercaba al predio y pedía entrar.
Todo estaba listo cuando los presentes quedaban divididos para el enfrentamiento. Por ahí surgía el problema de uno que quedaba afuera de la división al ser numero impar: “no importa, ¡quédate detrás del arco que entras en el segundo tiempo!” – le indicaba quien ya se había puesto la etiqueta de capitán del equipo. Los fanfarrones que habían elegido a sus pares, ahora armaban las posiciones y algunas que otras tácticas de pases que jamás eran respetadas… y el flaco que jugaba de dos siempre subía y terminaba metiendo un gol.
Solo restaba que al lado de cada arco quedasen las camperas y pantalones largos para que la pelota comenzara a rodar. El partido era interrumpido cuando una madre aparecía en escena para llamar a su hijo para que le hiciera un mandado, entonces se producía el cambio y el que estaba parado detrás del arco, entraba. O peor aún, que justo el que debía retirarse era el dueño del balón… entonces todos se quedarían mirando hasta terminar usando una bocha sin marca y algo desinflada.
A los quince minutos, el encuentro nuevamente debía ser interrumpido cuando un perro galgo entró a la cancha y corrió en dirección a su dueño. Sin mayores problemas, el can se sentó cerca de la pelota para rascar la picazón de sus pulgas hasta que varios jugadores lo corrieran del predio y pasara a ser parte de la tribuna. Lo que complicaba las cosas era cuando en vez de uno, eran dos los perros que ingresaban y encima se ponían a pelear en el medio del potrero.
Para algunos resultaba ser un partido más entre los pibes del barrio pero para otros, era casi un clásico de las ligas mayores. Había empujones y algunos enojos, otros que no se aguantaban un pequeño roce y otros que se rebelaban a su capitán y se pasaban directamente al equipo contrario. La emoción aumentaba cuando a los costados de la cancha aparecían las chicas del barrio y su presencia motivaba a los cancheros a que corrieran como los mejores y se esforzaran a más no poder, por meter el gol que definiera el encuentro.
Cada gol se celebraba a lo grande. Si se cobraba penal, siempre el fanfarrón y capitán del equipo era el que se auto-elegía para patearlo pese a que siempre lo erraba. Por esas razones, a veces su equipo se le enojaba y aparecía alguno que quejándose decidía abandonar la cancha para hacer jueguitos detrás del arco con el hermanito más chiquito que por su edad, quedó afuera del partido.
La jornada no se cortaba aunque cayeran lluvias en la cancha. En todo caso, el barro le ponía el ingrediente de diversión al encuentro que terminaba con todos los amigos saltando charcos y embarrándose hasta que aparecían las madres para pedirles que regresen a su casa y tomar la merienda con matecocido y tortas fritas.
A los pocos días, uno de los padres se encargaría de cortar el césped de la cancha con la finalidad de seguir apostando a los encuentros sanos de su hijo junto a sus amigos del barrio.
Los pibes fueron creciendo y el potrero, ocupado por otras generaciones hasta que algún que otro emprendimiento, cultural o comercial, ocupara aquel lugar dejando sepultada las huellas de pibes que pasaban tardes enteras en el lugar. De allí, solo algunos hicieron carrera y se dedicaron al futbol profesional incluso llegando a competir en las ligas mayores. Y otros, en cambio, tomaron rumbos diferentes al deporte… pero siempre llevando en su memoria aquellos momentos vividos en la canchita del barrio.


Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 30/03/2013 

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