Un paseo por la ciudad, un sábado por
la noche, con la familia en el coche implica comenzar desde San Martin e H.
Primo, hasta Libertad y girar allí hacia la calle Belgrano. Girar frente al
palacio municipal, retomar calle San Martín para doblar nuevamente en calle
Libertad en dirección a Independencia y regresar a casa.
"Es muy aburrida la vuelta"
- le expresó el más chiquito de la familia a su papá luego de que este le
informara que iban a pasear nuevamente por el centro. Entonces, con su espíritu
paternalista, le agregó un par de cuadras al recorrido: en vez de doblar en
Libertad, lo hizo en calle J. B. Justo y al venir por Belgrano, desvió por
Mitre para tomar Rivadavia y regresar por 9 de Julio nuevamente a la calle
principal. Y luego, antes de volver a casa, le sumó unos minutos de esparcimiento
en la plazoleta de los juegos próxima al anfiteatro hasta que se acercaron al
lugar unos sospechosos de capucha y se sentaron en la cercanía del parrillero.
"En auto, ¡otra vez no!" -
le manifestó el hijo del medio a su padre cuando nuevamente este les iba a
llevar a pasear. Ahora la excursión comenzó en bicicleta. Por las mismas calles
y el mismo recorrido, simplemente que al llegar a la Plaza 9 de Julio, al no
poder dar la vuelta entera a la manzana por la calle, lo hicieron por la vereda
hasta que la rueda trasera del rodado del más chiquito se pincho por la
cantidades de botellas rotas que estaban próximas a la ex fuente de agua. Así
que regresaron a casa caminando y con una bicicleta al hombro.
Al fin de semana siguiente, el paseo
sumó un helado en Grido y el alquiler de una película animada en Unelen para
ver posteriormente, en casa. En la heladería tendrían una hora esperando para
ser atendidos, debido a la gran cantidad de personas, y en la videoteca,
película que querían, película que ya estaba alquilada. Así que finalmente
optaron por alquilar “Nemo” y tomar un helado Panda que se vende en el kiosco
del barrio.
El cambio se sintió al siguiente sábado.
Donde la excursión además contó con una visita al puerto local. Allí
encontraron parrilleros sucios, olor a basura, bancos y mesitas en penumbras y
un arenero repleto de pedazos de pescados. Igualmente el padre les motivó a
tirar su mojarrero mientras él pescó con su reel aunque lo único que sacaron
fueron las botas de un pescador que estaba dormido en la canoa cerca del muelle
de Dreyfus y la habían enganchado cuando traían la tanza. Antes de regresar, el
jefe del hogar se acercó al pescador que regresaba a la orilla, le devolvió la
bota y le compró un cachorro.
Para la próxima vuelta, el sábado
siguiente, la diversión se potenció dentro del coche cuando el más grande de
los niños invitó a su vecinito del barrio a sumarse al paseo. El recorrido no
cambió aunque el viaje fue interrumpido cuando unos inspectores de tránsito les
solicitaron la documentación como parte de un operativo de control casi en la intercesión
de las calles H. Irigoyen y Belgrano. Así que el padre frenó su coche y se
dispuso a entregar su documentación mientas que detrás del inspector pasaron
cuatro motocicletas: una con cinco personas arriba, otra sin luces y a alta
velocidad, otra con un conductos de diez años y la última con un escape libre
que hizo vibrar todos los videos de la zona. En el apuro, el buen hombre se había
olvidado su billetera y así, su carnet de conducir. Fue así que la vuelta
concluyó en una caminata de regreso a casa.
A los sietes días, la vuelta
consistía en una caminata para mirar vidrieras y saludar algún que otro
conocido que paseaba en el auto. El recorrido no cambio en nada más allá de
hacer una parada en Premiss donde el padre compró una pizza y gaseosa para la
familia. Allí estuvieron algo de dos horas saludando a cada uno de los
conocidos que transitaban por la vereda céntrica y luego se dirigieron a la
plaza 9 de Julio para recorrer puestos de artesanos que participaban de un
evento municipal.
En la feria miraron diferentes stands
y compraron a los niños unas pelotas de multicolor que llamaban la atención a
cualquier transeúnte. Escucharon algo de música y finalmente regresaron a su
casa, al momento en que las pelotas ya dejaron de iluminarse. Se dieron el
gusto de darse un chapuzón en su pelopincho y finalmente se acostaron algo
cansados de la caminata.
Para cuando se propusieron dar la
vuelta nuevamente a pie, por tres fines de semana seguido llovió en Arroyo Seco
de manera torrencial. Aunque cuando se proponían mirar una peli en casa, al
primer relámpago se cortaba la luz y los obligaba a irse a dormir. Y todo eso
los llevó a esperar con mucho entusiasmo un nuevo sábado para dar, en familia,
una nueva vuelta por la ciudad… siempre por las mismas calles, con el mismo
recorrido y sin más.
Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 23/03/2013
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