Mientras que Martin se cansa de
esperar al paso del tren sobre calle San Nicolas, retrocede y pasa en
contramando esquivando las barreras bajas; en otros lugares de la ciudad no hay
mucha diferencia en cuanto a las imprudencias que se producen. Hay una Motomel
110 transportando tres personas por el centro de la ciudad, ninguna de ellas
con casco y a una velocidad mucho mayor a la permitida.
Por otro lado, al mismo tiempo, Carlos
estaciona su auto en doble fila por calle San Martín mientras espera que su
esposa salga del supermercado chino con sus compras. Cuando ve a su amada
cargada de bolsas, se propone bajarse para ayudarla y abre la puerta sin mirar
si detrás viene otro coche o un ciclista. Y finalmente se toma todo el tiempo
del mundo para cargar la mercadería.
En el semáforo de Colón y Belgrano,
Julia pasa el semáforo en luz roja luego de observar que por la calle
perpendicular no se aproximaba ningún otro rodado. Pese a que su accionar pone
en riesgo a una abuela que intentaba
cruzar la calle en dirección a la parroquia para pedirle al padre Pedro que
bendijera su botella de agua.
Varios vehículos estacionarán sobre
la senda peatonal de H. Primo y San Martín; por ende, los transeúntes tendrán
que hacer zigzag entre los coches e inclusive dificultándosele muchísimo a una
joven que intentaba pasar de vereda a vereda en su silla de ruedas. Además de
que cuando intente llegar a la otra vereda, esta última, se encuentre con una
moto que obstruye la rampa de acceso al cordón.
Un remis se estaciona frente al acceso
de la ambulancia de la clínica céntrica y no necesariamente a esperar a alguien
que sale de nosocomio sino a una mujer del supermercado. Y a una cuadra más
adelante, tres chicas pasaran de vereda a vereda por el medio de la cuadra
obligando a varios conductores a reducir drásticamente la marcha de su
vehículo.
Lejos de ahí, doña Olga viene en
bicicleta por calle J. B. Justo y doblará en calle San Martín en dirección contraria
a la permitida. Llega a la calle Sarmiento y deja estacionada su bicicleta en
el medio de la vereda para tomarse el tiempo de elegir un vestido en una tienda
del lugar. Cerca de ella, por calle Sarmiento, transita una pequeña familia en
una moto: un joven al volante, su esposa detrás y el pequeño Benito, de cinco
meses, que viaja apretado por uno de los brazos de su madre al costado de la
misma.
Por calle Constantini, al ingreso
norte de la ciudad, un vehículo se adelanta a otro para intentar llegar más
rápido a su casa sin tener en cuenta la curva del lugar. Este mismo vehículo,
pese a tener otros coches detrás, dobla en calle J. B. Justo sin antes indicar
su maniobra de giro a través de las luces correspondientes. Y llega a su casa
aunque después de media hora sigue transitando por la ciudad aun sabiendo desde
hace dos meses atrás que los frenos de su rodado no funcionan bien.
Romina y Felipa, dos chicas
adolescentes, pasean por calle Independencia en su cuatriciclo. Al cruce de
calle 9 de Julio, esquivan a una camioneta
que vende verduras en la calle pero que no cuenta ni con seguro ni con
ninguna de sus luces. Y para finalizar, las chicas dejarán estacionado su
rodado en plena vereda complicándoles el paseo a varios abuelos que salen a
caminar y dar la vuelta a la manzana desde el geriátrico que se encuentra en la
cuadra.
Por calle Gaboto va una joven en su
Dax a una velocidad considerable y peléando por teléfono con su novio a causa
de las malas lenguas que le dijeron haber visto a su amado coqueteando con otra
en la pileta del club Talleres. Completamente enojada, jamás se percata de los
vehículos que se ven obligados a frenar en cada cruce de calles para darle paso
y posteriormente, para romper con la relación termina arrojando el móvil a la
calle. A los veinte minutos recapacita, vuelve a buscar el chip y lo coloca en
un nuevo aparato para llamar a su enamorado y restaurar la relación. En el
mismo lugar, viene una mamá en bicicleta con su pequeña detrás y por esquivar
los restos del teléfono caen al perder el equilibrio en el contacto con el cordón
cuneta.
Por calle Mitre, don Seguro saca su
vehículo del garaje a la calle sin ni siquiera mirar si viene un transeúnte u
otro rodado. Sube a toda su familia y toma el acceso al autopista en dirección
a Rosario aunque jamás se abrocha el cinturón de seguridad ni él ni su esposa y
además permitiendo que el más chiquito de la familia viaje sentado sobre su
madre en el asiento del acompañante. Y en menos de diez minutos llega a la gran
ciudad.
Y en la otra punta de la ciudad,
cinco jóvenes hacen una carrera subidos a sus respectivas motos por calle
Maffei desde la ruta hasta la ingreso al Rowing y ante la mirada de otros
adolescentes que aplauden al mejor. Todos ellos con escapes libres e hijos de
madres que se suman a una marcha reclamando al gobierno mayor control y
seguridad en las calles.
Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 16/03/2013
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