Justamente este es el sobrenombre de
Octavio, uno que tiene la particularidad, entre sus amigos, de jamás poner un
peso para cuando hay que armar una "vaquita" que beneficie a todos. Cuando
lo invitaron a comer en la sede del Club Talleres, le expresó a sus amigos que
no tenia un peso porque tuvo problemas con su tarjeta en el cajero del banco; y
en cierta oportunidad que tomó unas cervezas en un bar céntrico, luego no pagó
excusándose por haber olvidado su billetera en casa.
Sus frases más comunes argumentando
no poder poner un peso iban desde estar ajustado con las cuentas, tener
embargado el total de su sueldo, estar pagando el nicho de su suegra, haber
pasado por el cajero que no tenía dinero disponible o estaba fuera de
funcionamiento, gastos altísimos en la mecánica de su coche y haber perdido la
billetera con el total de su dinero.
Para cuando se juntaba a comer algo
con amigos, siempre zafaba y esquivaba el momento de pagar. Una noche en la
Enoteka, simuló un llamado urgente de su esposa que se encontraba con fiebre y
salió corriendo para llevarla al hospital. En otra oportunidad, cuando extrajo
la billetera argumentó haber pensado que tenía más dinero del que debía pagar y
le solicitó a uno de sus compañeros que le hicieran el aguante aunque jamás lo
devolvería.
Tenía la fama de jamás dejar una
propina en algún bar o restaurante. Siempre vivía quejándose de no llegar a
cubrir el total de los gastos de su casa. Difícilmente colaboraba en campañas
solidarias o aportes a los necesitados. Jamás puso dinero para el aporte de
mejoras en la manzana de su barrio y vivía atrasado con las cuotas de los
créditos que tenía.
"No tengo, hermano" - era
la frase excusadora que más podía oírsele cuando un vendedor o un cobrador
llegaba a su casa. Cuando iba a la peluquería solicitaba un corte por quince
pesos que era lo máximo que llevaba en el bolsillo de su pantalón y sacarle un
peso de manera voluntaria era tan difícil como creer que Arroyo Seco tendrá
subtes en algún momento. El día que sus hijos le recordaron de la cuota de la
cooperadora, se enojó y argumentando que se trataba de una escuela pública, no
los mandó más a estudiar.
Octavio tenia en claro que no valía
la pena gastar en un celular de última tecnología cuando prefería mil veces
quedarse con el escueto aparatito que solo servía para llamadas y mensajes. El
día de su primera comunión fue la última vez que puso una moneda en la ofrenda
de la parroquia y de allí, sin embargo, siempre vivió llorándole a cada santo
para que le ayude a cubrir los impuestos y gastos de su familia. Jamás se iba a
dar un gusto extra más allá de lo planificado o del estricto estilo de vida...
ni mucho menos llevaría a sus hijos al cine o a su esposa a comer a Petra o, aunque
sea, en el carrito del Tiki.
El día que uno de sus vecinos le
recomendó asociarse al Panza, su club favorito, a fin de aportar y contribuir
para le mejora de la institución... rápidamente se hizo Picante. El día que le
tocó perder diez pesos, movió cielos y tierra para encontrarlos y al fracasar,
lloró casi un mes hasta superar aquel difícil momento que concluyó con el
instante en que su esposa le dio ese billete de regalo. Igual le quedó la marca
de dolor en su corazón.
Difícilmente se lo podía encontrar a
Octavio de compras en un supermercado. Cuando así lo hacia, dentro del Arco
Iris, comparaba precios a dos manos, elegía los paquetes y embases de menor
kilaje neto, aprovechaba de toda oferta y promoción, elegía artículos de
segunda y tercera marca, y llegaría al sector de cajas con solo tres productos
en su changuito. Abonaba con mucho dolor, desconfiaba del vuelto de la cajera y
finalmente salía quejándose de los altos costos con los que se encontró en el
lugar. Y si su auto estaba dañado, prefería caminar unas treinta cuadras que
gastar en un remiss.
Para poseer muchas e interesantes
cosas, esperaba que su vecino o un pariente se lo regalase. Tenía la facilidad
de llorar rogando descuentos o implorando misericordia cuando un cobrador
llamaba insistentemente a su puerta. Le costaba sacar billetes grandes ni
siquiera para cambiarlos por billetes más chicos pero en el mismo valor. Era
para el, un placer, asistir a fiestas o cumpleaños para comer de arriba y de
vez en cuanto, llamaba a sus cuñadas o suegra invitándose para caer justo en el
momento del almuerzo o cena. Y como si fuera poco, siempre tenía la explicación
perfecta para negarse a comprar una rifa para colaborar con alguna institución:
"¡quién sabe si realmente va al hospital!" - expresaba a su esposa.
Señor lector, ¿lo conoce? ¿O conoce algún
que otro Octavio? - Lo cierto es que este señor "agarrado" vive feliz
de la vida con lo que tiene y sin que nadie le demande nada, ni muchos menos
algo monetario. Es real... está entre sus amigos, en su barrio, en Arroyo
Seco... tal como un ciudadano más aunque con un enorme cocodrilo en los
bolsillos de su jeans. Y como si fuera poco, de todas maneras, nunca se
enterará de este cuento porque jamás gastará un billete para comprar este
semanario.
Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 02/03/2013
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