sábado, 25 de mayo de 2013

EL GORDO MORTADELA


El mismo gordo, Adán, que había protagonizado una masacre en el estadio de Unión luego de que se le escapara el botón de su pantalón, era el que en más de una oportunidad habían intentado atrapar en las redes del amor pero siempre sin éxito. De por cierto, se había enamorado un par de veces pero jamás lograron llevarlo al altar ya que prefería seguir haciéndole compañía a su vieja y no tener que rendir cuentas a nadie, de sus salidas con amigos.
Una rubia que atendía una tienda de pleno centro de la ciudad había sido la novia que más le duro: cinco semanas con cuatro discusiones de por medio que los distanciaron un par de días. En realidad no eran más que peleas por los celos de la flaca cuando al gordo le llovían los mensajes en la madrugada de sus compañeros que lo invitaban a jugar un pool en el bar de San Martin e H. Yrigoyen. Esta misma una tarde le mandó un mensaje diciéndole que estaba embarazada de un mes a lo que el simpatizante del panza se negó a aceptar y desapareció por arte de magia. A los nueve meses, descubrió que había tomado la mejor decisión porque el niño era blanco, rubio, con ojos azules y rulitos... totalmente lo contrario a su buen y elegante aspecto.
Al año tuvo otra novia con la que más cerca estuvo de comprometerse en el altar; era una buena chica, estudiante de maestra jardinera y militante de la juventud radical. Pero esta a los cinco días de noviazgo ya le había propuesto poner dinero juntos para comprar un terreno y proyectarse al futuro a lo que "mortadela" le dio a entender que el único terrenito que estaría dispuesto a pagar sería en el San Roque. Y la relación terminó cuando la novia le invitó a portar una bandera en una marcha de la UCR en Rosario por lo que el gordo le expresó que el único trapo al que estaba dispuesto a hacerle el aguante era de la 14 sin excepciones.
Otra de las chicas que ganó por poco tiempo su corazón fue una secretaria de una reconocida empresa de Arroyo Seco. Se conocieron haciendo la cola en la caja del banco Macro. Adán la invitó a tomar una café y hasta le regaló una caja de bombones, pero cuando todo parecía tomar forma, la chica le advierte que era musulmana: “y si queres ser mi novio tenes que usar turbante, dejarte la barba y nada de alcohol”. El gordo salió corriendo del bar y jamás supo nada de ella; inclusive pagó sus cuentas en otra entidad bancaria por temor a volver a cruzársela.
Un domingo se despierta al mediodía y encuentra en su mano derecha un anillo de compromiso. Fue ese momento cuando sintió que el corazón se le detenía y se le terminaban sus salidas nocturnas. Se agarró la cabeza y antes de que llamara al teléfono de asistencia al suicida, recibió un mensaje de su amigo, el rengo, manifestándole que la alianza no era más que una broma. Mortadela había terminado muy mal la noche anterior y no pudo percibir cuando sus amigos le colocaron el anillo provocando su desesperación tal cual Gollum en el "Señor de los Anillos". Por la tarde se fue con su inseparable amigo a Villa Constitución para ver jugar al panza rayada.
Solamente dos veces había pisado el altar de la parroquia. Una cuando tenía unos trece años y colaboraba con el Padre Miguel como monaguillo hasta que un día salió corriendo del lugar con la copa llena de vino privando al sacerdote de celebrar la eucaristía. Fue allí cuando lo excomulgaron de la grey pese a que su madre varias veces intentó traer otros curas a su casa para exorcizarlo. La segunda oportunidad fue cuando tuvo que encender un cirio siendo padrino del bebe de su prima pero también de esa ocasión, no quedaron lindos recuerdos: cuando bajaba del altar, tropezó con los escalones y terminó por arrojarle la vela en la cabeza de una abuela que estaba sentada en el primer banco provocando que tuvieran que venir los bomberos a sofocarle el fuego de su peluquín.
Pero finalmente Cupido lo cazó y Adán se dio cuenta de que era demasiado tarde cuando una mañana entró a su baño y se encontró con un cepillo de dientes rosa junto al suyo. Y no había marcha atrás, una flaca llamada Eva lo había cautivado con su belleza además de ganarse a su madre, que esperaba ansiosamente llegar a conocer a sus nietos "mortadelitas" antes de partir.
Como siempre durmió en cama de dos plazas, no tuvo que hacer muchas adaptaciones en la pieza más que despegar unos posters de la pared y sacar los calzoncillos y medias que dejaba colgados en el velador. Y así el gordo pasó a estar en concubinato pareciendo todo tener un final feliz, hasta que cierto domingo la chica le cuestionó por qué prefería ir a la cancha antes que ir a tomar unos mates con ella en la plaza del anfiteatro.
(Continúa en la próxima edición)



 Publicado en el semanario "La Posta Hoy" el 25/01/2013

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