En pocos días la vida de Gaspar había cambiado
notablemente desde que una extraña mujer le había entregado en la plaza San
Martín una caja dorada con la magia de hacer desaparecer a quien el quisiera y
colocase su nombre dentro de ella. Primero fue Mario, enemigo y vecino de su
infancia; luego Alfredo, el encargado del lugar donde trabaja; le siguió su
padre y por último, Renato, el investigador que iba tras él para apresarlo. No
obstante, su propia novia lo había delatado ante la policía y ahora estaba muy
confundida.
Ocurre que muchas veces queremos ayudar y sin
saber cómo, terminamos por perjudicar a quienes amamos. Más aun cuando actuamos
bajo una emoción fuerte que solo nos impulsó a hacer algo que no puede
revertirse. Y nos sentimos culpables, tristes, confundidos o solo con ganas de
que el mundo se termine para nosotros. Tania, observa el auto volcado de Renato
y camina llorando a la casa de su novio que vivía cerca del Hospital Nº 50. Lo
llama por la ventana, Gaspar sale con la caja en sus manos y terminan hablando
sentados sobre el puente próximo al nosocomio.
El sabía que algo había pasado, conocía que
esa cara podía decir más de lo que expresaran los labios. Ella comienza
pidiéndole perdón y finalmente le cuenta que lo había denunciado. Gaspar se
incorpora asustado, comienza a insultarla y sin controlarse termina por
empujarla. Tania le pide que se detenga: “¡Anotá mi nombre y ponelo en la
caja!” – le ruega, “¡sé que no sirvo para nada!”
“No, ¡hoy no!” – manifiesta Gaspar
descendiendo del puente pero dejándole la caja; “¡hacelo vos!”. Camina hacia su
casa muy nervioso, entra y comienza a colocar ropa dentro de una mochila. Allí
junto a la puerta de su cuarto estaba su sobrina preguntándole qué estaba
haciendo. El trata de escapar de la situación pero ella insiste interrogándole
si iba a buscar a su abuelo. “El abuelo jamás aparecerá” – le informa con
lágrimas en sus ojos, le da un fuerte abrazo y sale de su hogar. Pero afuera
había varios móviles policiales y el agente Marcos le apuntó en la cara
finalmente para apresarlo y llevarlo a la comisaria 27ª.
Solos en una habitación, Marcos le interroga
queriendo saber dónde estaba esa caja. Gaspar permanece callado y sin levantar
su mirada. “Incluso si me dices dónde está… ¡puedo darte dinero para que hagas
desaparecer a cierta gente de mi vida!” – manifestó el policía muy seguro de su
propuesta y captando su atención. Pero decide aguardar en silencio por lo cual
es puesto en una celda junto a dos malhechores.
Mas tarde, el agente brinda información a los
medios de Arroyo Seco sobre la detención. Habla de la seguridad de haber
apresado al responsable de las desapariciones pero no da detalles de la manera
en la que sucedieron, “ni tampoco sabemos dónde se encuentran las personas
buscadas” – detalla frente a varios micrófonos. Así es, mediante el noticiero
local, como la familia de Gaspar se entera de lo ocurrido: su madre muy
confundida abrazada a su hija, la pequeña Damaris con temor y Tania sentada en
un sofá por largos minutos y sin poder decir algo hasta que finalmente se
incorpora y sale.
Media hora más tarde, por la dependencia
policial, pasó Gisel intentando ver a su ex pareja. Como se lo negaron, solo le
dejó un chocolate que el guardia, a punto de finalizar su turno, se lo acercó a
la celda. La chica terminó mirando los peluches de El Indiecito deseando que
Gaspar se acuerde de ella en el momento difícil que estaba atravesando.
¡Qué hacemos cuando no hay más nada para
hacer! Es en esos segundos donde pensamos que hubiera sido mejor no haber
nacido que estar pasando por ese momento difícil, allí cuando solo tenemos a
nuestro lado gente que desconoce lo que nos pasa y que difícilmente pueden
ayudarnos. Instantes en los que preferimos desaparecer por completo. No
obstante, aun en los lugares más oscuros también aparecen los destellos de luz.
Cuando el silencio reinaba en la comisaria y
las agujas del reloj marcaban las cinco horas de la madrugada, una agente de
policía se acerca a la reja y lo despierta. Traía un enorme regalo: “Gaspar…
¡no sé que es! Pero se acercó una chica que te dejó este regalo. Dijo que eran
unos dulces y que te ama mucho.” La inocente policía abre la reja, coloca el
paquete en el suelo del interior de la celda, cierra la misma y se retira para
continuar con su guardia.
Gaspar quita el envoltorio y junto a la caja
se encontraba una carta que rezaba: “¡Parece que solo funciona con vos! ¡No la
uses para mal! Te amo.” Y la firma de la nota era la de Tania. Además había un
anotador y una birome. Apela a un poco de su astucia y llama a la empleada que
sutilmente se acerca a la reja. Le agradece por el gesto y luego de varios
minutos de intercambio de palabras, le pregunta su nombre y apellido. La
oficial se lo brinda, el lo anota en una hoja que finalmente introduce en la
caja. En un pestañeo, el cuerpo de la mujer se esfuma dejando su ropa en el
suelo. Por último, extrayendo la llave entre el uniforme, abre la reja y logra
escaparse.
Corre en dirección a las vías pero antes se
topa con su novia que lo esperaba sentada en la vidriera de la zapatería de San
Martín y 9 de Julio. Cruzan las calles y se esconden entre los enormes galpones
del predio de la estación de trenes.
(continúa en la próxima edición)
La Posta Hoy - 16/11/2013
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