sábado, 30 de noviembre de 2013

SIETE (parte 11)



¿Qué hacemos cuando nuestros secretos más importantes salen a la luz? ¿A dónde vamos cuando las puertas de ayudas se nos cierran? ¿Y cómo enfrentamos las consecuencias que puede ocasionar justamente ese secreto? Gaspar, en una casa del barrio Doña Pepa, está entre el dilema de hacer desaparecer a su novia o su ex, la sexta persona. Porque tarde o temprano, todos terminamos por entender que cada una de las decisiones que tomamos tienen sus consecuencias.
Tras la misteriosa desaparición de cinco personas, la ciudad se encuentra conmovida y asustada. Hay manifestaciones en la via pública y la presencia de la policía y gendarmes se hace cada vez más fuerte en las calles. El agente Marcos intenta explicar lo ocurrido a los medios pero miente al explicar que se está trabajando por la aparición de esas personas; incluso de la joven oficial que dejó escapar al único sospechoso. Cuando termina de dialogar con los periodistas, se escabulle entre varios uniformados y sale de la seccional 27ª sin ser visto.
Los nervios y la impotencia hicieron que Verónica se desvaneciera y fuera llevada al hospital Nº 50. Allí permanecía en observaciones, adormecida mientras su madre, Nerina, aguardaba a algún profesional sentada en el largo sillón de cemento en el pasillo principal. Se tomaba su cabeza, lagrimeaba, se ponía de pie, caminaba observando el interior de cada consultorio y volvía a sentarse. Y cuando pocas personas habían quedado en el nosocomio, por la puerta de guardia ingresa su hijo con el cofre en  mano.
Cuando las cosas nos superan podemos negar muchas realidades para encontrar otra salida alternativa, menos de la familia. O sea, de cada una de esas personas que amamos y que sabemos nos comprenden mejor que otros. Nerina corre para abrazarlo y llorar juntos. “Hijo, ¿qué está pasando? ¿Qué hiciste?” – le pregunta pero no deseando su respuesta, sino solo que lo interroga desde su angustia. Gaspar la calma sentándola nuevamente, deja la caja a un costado y le acomoda la cabellera. La mujer le cuenta sobre el secuestro de su sobrina, “la nota decía que no aparecerá hasta que vuelva Mario” – detalla.
Luego ingresa lentamente a la sala donde se encontraba su hermana. Siempre tenía entre sus manos la caja. Permanece por varios minutos de pie a su lado y vuelve. Junto a la puerta, lo espera Marcos apoyado en la pared que sin decir palabras le indica que ingrese a otra de las salas, va tras él y cierra la puerta. Adentro, muy distendido el agente le propone negociar por el uso de la caja: “necesito hagas desaparecer a alguien por mi, ¿cuál es tu oferta?” – le preguntó. Marcos tenía el deseo de hacer eliminar de la vida a su superior con la finalidad de ascender y ocupar el primer lugar en la seccional 27ª.
Allí es donde Gaspar ve la oportunidad ideal para proponerle que recupere a su sobrina a cambio de utilizar la magia de la caja a su favor. El oficial consiente con la propuesta y llegan al acuerdo. Y mientras Marcos permanece sentado en la camilla de la sala y con una sonrisa, Gaspar aprovecha para salir por detrás del hospital. Salta un cerco y camina en dirección a la ruta. Busca los lugares en penumbra de las veredas y se dirige hacia el norte de la ciudad; aunque con un rumbo poco  definido.
El agente se dirige hacia el lugar donde se encontraba Nerina y se sienta a su lado. La mujer le explica que su hijo es un buena persona, “aunque no entiendo qué está pasando” – expresa.  No obstante el oficial aprovecha la ocasión para indagarle sobre quien podría tener cautiva a su nieta; “ella aparecerá” – le asegura.
Varias columnas y postes de luz comenzaron a llenarse con la fotografía de Gaspar y acusándolo de asesino. Pero sus hechos que para algunos lo convertían en enemigo, para otros era algo no solo inexplicable sino deseable. Ingresa al baño de la estación de servicios Oil y de pie frente al mingitorio se da cuenta que detrás estaba un joven paralizado que venía a cargar gas a su vehículo. Lo reconocía de las fotos y de lo que todos comentaban en la ciudad. Pero como Gaspar lo notó asustado, siguió con lo suyo, se lavó las manos y se dirigió a la salida; “si decís algo, ¡te hago desaparecer!” – le indicó.
A los diez minutos ingresaba al predio descampado que se encuentra frente al del basural. Entra por un enorme arco de material y aunque varios perros del predio del frente, comenzaron a ladrarle, igual se sumergió en la oscuridad. Tomó la caja, la colocó en el piso, la rodeó de hojas y ramas y se preparó para prenderla fuego. Pero antes de que acercara la llama de un encendedor al cofre, notó que a los pocos metros se encontraba aquella mujer que en la plaza San Martín le había entregado la misma.


(continúa en la próxima edición)

La Posta Hoy - 30/11/2013

No hay comentarios:

Publicar un comentario