El
deliveri de una reconocida pizzería de la ciudad llamó a la puerta y fue
atendido por la dueña de casa que sacó de su corpiño el dinero para abonar. “Debe
haber un error” – indicó la mujer; “nosotros solo pedimos una de muzzarella.” Pero
el muchacho permaneció por unos segundos estático, en la vereda, con dos cajas
en la mano.
Luego
de comunicarse con el comercio, el empleado informó que hubo un segundo llamado
desde ese domicilio agregando una especial al primer pedido. La mujer lo negó
argumentando que ella hizo el pedido y que no había agregado nada más. “¿Y
alguna otra persona de la casa que haya realizado el segundo llamado” –
preguntó el muchacho que seguía sosteniendo en sus manos la pizza especial.
“Eso
es imposible” – respondió la mujer, algo incómoda, dado que unas vecinas
pasaban frente al domicilio cuchichiando entre sí; “acá estamos mi marido, el
abuelo y yo.” Incluso comentó irónicamente que había mascotas pero que no
hablaban… salvo, y aclarando el asunto, “que la lora del abuelo haya pedido la
otra pizza” – reflexionó la mujer para cuando su esposo y el anciano habían
salido también a la vereda.
“Hace
tiempo que vengo diciendo que esa lora un día nos iba a traer problemas” –
renegó la señora frente a la mirada del joven que había indicado no irse de ese
lugar hasta que no recibieran y le abonasen también la segunda pizza. Para
entonces, la mujer muy furiosa tomó la segunda caja e ingresó a la casa seguida
por su esposo y el abuelo.
Le
llevaron la especial a la lora que solo con visualizar la caja, comenzó a
gritar de alegría al recibir su pedido. El abuelo le abrió la caja y la lora
salió de su jaula para comerse la cena. No obstante, fuera de casa permanecía
el deliveri esperando que la familia se pusiera de acuerdo sobre quién pagaría
el pedido del ave.
“Si
la lora es del abuelo” –argumentó la mujer; “que el abuelo la pague”. Pero el
anciano se defendió objetando que la culpa no era del animal sino de ella dado
que había hecho el pedido delante del animal que rápidamente tomó el
inalámbrico y remarcó la última llamada. Y a todo esto, la lora seguía comiendo
las porciones de pizzas saboreándose con los morrones, los tomates y el queso.
Allí
el esposo de la mujer recordó cuando días atrás nadie entendió como de la
farmacia llegaron a la casa trayendo un pedido de viagra a domicilio, “y
nosotros le echamos la culpa al abuelo pero fue la lora” – aclaró. Y en ese
momento el abuelo le guiñó el ojo a su mascota. E incluso una semana antes,
había solicitado a Fito dos kilos de helado y luego a la redacción de La Posta,
un ejemplar del semanario aunque, en este último caso, lo único que hacía la
lora era leer los avisos fúnebres para informar a su amo.
A
los cinco minutos, la mujer salió a la calle con la lora en mano ofreciéndola
al deliveri como forma de pago de la segunda pizza. “LLevate esta hora que me
tiene re podrida y hacela condimento para pizzas” - renegó la mujer ante el muchacho que no quiso
recibir el pago en especies.
Entre
idas y vueltas, y dado que tampoco el abuelo quiso hacerse cargo de la deuda
contraída, finalmente el deliveri se llevó a la lora a la pizzería obligándola a
lavar las fuentes. Pero la suerte estuvo del lado del animal que por su
dedicación y bajo presupuesto, ascendió de puesto y terminó, a los dos días,
por convertirse en la telefonista del negocio.
Dado
que un inspector del AFIP llegó al comercio, el dueño no tuvo otra opción que
registrar a la lora como empleada y pagarle el retroactivo correspondiente por
los días que había trabajado en negro. E incluso la afilió al gremio
correspondiente con la finalidad de que otros también velasen por sus derechos
como empleada. No solo eso, sino que para evitar alguna futura denuncia de
diferentes proteccionistas de animales, le hizo firmar al ave una contrato donde
dejaba en claro que aceptaba esas condiciones de empleo. Y aun más, en las
siguientes semanas, la lora fue elegida como empleada del mes.
Así
cuanto pedido recibía, la lora le agregaba diferentes aderezos como viagra,
helado y ejemplares del semanario de la ciudad. Y con algo de resentimiento,
cada vez que la primera mujer volvía a llamar para pedir su pizza de
muzzarella, ella terminaba por enviarle una especial para volverla loca.
La Posta Hoy - 10/01/2015
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